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martes, 20 de junio de 2017

"El guerrero a la sombra del cerezo", por David B. Gil.

Japón, finales del siglo XVI. El país deja atrás la Era de los Estados en Guerra y se adentra en un titubeante periodo de paz. Entre las víctimas del largo conflicto se halla Seizo Ikeda, único superviviente del clan regente de la provincia de Izumo, huérfano a los nueve años tras el exterminio de su casa. Hostigado por los asesinos de su familia y condenado al destierro y al olvido, inicia un largo peregrinaje al amparo de Kenzaburo Arima, último samurái con vida del ejército de su padre, convertido ahora en su mentor.

En el otro extremo del país, Ekei Inafune, un médico repudiado por aplicar las artes aprendidas entre los bárbaros llegados de Occidente, se ve implicado en una conjura urdida a la sombra de los clanes más poderosos del país. Una conspiración capaz de acabar con el frágil periodo de calma que da comienzo.
Una novela cruda y bella, cargada de matices, que nos hace viajar a través de un Japón devastado por más de dos siglos de guerra, entre cuyas cenizas, sin embargo, florecen los más hermosos cerezos.

Esta es una de ésas veces en las que uno sabe que no va a hacer justicia a la novela de la que le toca hablar. Los que invertís también parte de vuestras horas en este pasatiempo de hablar de los libros que van cayendo en nuestras manos sabéis que a veces ocurre. Y que ocurre sobre todo cuando toca alabar una historia que ha pulverizado cualquier expectativa que pudieseis tener sobre ella. Hoy es uno de esos días, a ver cómo lo hago…

“La paciencia es una gran virtud – dijo Kenzaburo -, pero un samurái no sueña como los pájaros, no se limita a esperar que las cosas sucedan. Los hombres débiles tienen sueños, Seizo, los fuertes tienen voluntad.”

El autor da el pistoletazo de salida a su novela con un pequeño prólogo que sitúa el contexto histórico de la novela. Nos hallamos en el Japón medieval, en medio de una situación política calma en apariencia y realmente inestable bajo la quietud de una paz que es nueva para sus habitantes.  El joven Seizo, único superviviente del clan Ikeda, inicia su largo peregrinaje de la mano de su mentor, Kanzaburo Arima. Un periplo que sólo puede culminar con el extermino de los que trajeron la desgracia para su familia. Al otro lado del país, en la peculiar ciudad de Fukui, el médico Ekei Inafune deberá adentrarse en la sólida jerarquía de los Yamada y evitar una guerra inminente.

Se inicia la novela con un ritmo pausado, que nace, ni más ni menos, de la necesidad del autor de construir con esmero a unos personajes que van a sostener las más de setecientas páginas que conforman “El guerrero a la sombra del cerezo”. Y así, gracias a la alternancia de capítulos protagonizados por uno y otro, nos vamos adentrando en la peculiar personalidad de Seizo y Ekei. Entiendo que a algunos lectores esta primera parte se les pueda antojar un poco lenta, a mí desde luego no me lo pareció y me deslicé por sus páginas casi sin darme cuenta. Para cuando quise levantar la cabeza de sus páginas, ya estaba prendada de ambos personajes.

Aunque debo confesarlo, ha sido Ekei mi debilidad. Un médico japonés que se ha dejado, sin embargo, seducir por los conocimientos de la medicina occidental en un tiempo en que la tradición manda. Un tipo rebelde, inteligente y con los suficientes arrestos como para introducirse en un clan enemigo para evitar una guerra. Alrededor de él pululan unos secundarios de auténtico lujo: la doctora O-Ine Itoo, una mujer consagrada a la medicina, que sufre su propia guerra interior; el indómito e imponente León de Fukui, Torakusu Yamada; y Asaemon, que samurái que pronto se convertirá en fiel amigo y compañero de correrías nocturnas del médico. Unos personajes que van a permanecer conmigo durante mucho tiempo.

Entre las bondades de la novela está también la magnífica ambientación que construye David B. Gil. Tras ella se halla, por un lado, una ardua tarea de documentación en la que nada queda al azar. Las jerarquías, las vestimentas, las armas y técnicas de lucha… Todo se exhibe en la novela de forma discreta, sin necesidad de largos párrafos didácticos, con sutileza. Por otro lado se halla la pluma de un autor que se saca de la manga una ciudad viva, colorida, de callejuelas estrechas e intrincadas, donde uno casi puede oler el salitre y el sake que empapan la bahía.

“Este es el verdadero rostro de Fukui, amigo mío. Si quieres saber cómo es una capital, visita sus arrabales: aquí es donde la ciudad te mira de verdad a los ojos”.

En “El guerrero a la sombra del cerezo”, ya lo veis, se aúnan varios géneros: histórico, aventuras, suspense, y una emotiva parte final.  Todo bien dosificado, sin alardes  y con mucho oficio por parte de un autor que me ha sorprendido muy gratamente. Me ha emocionado incluso leer en el apartado de agradecimientos que tardó seis años al menos en terminar este novela. Se nota, desde luego, que su autor ha puesto toda su alma y energía en ella.

En mi caso, este título se irá a esa lista final que siempre nos gusta hacer, con las mejores lecturas del último año. La colocaré ahí, estoy segura, junto a De Vigan y Luján. Me parece un bonito sitio para estar.

“Los buenos recuerdos son engañosos, son como piedras sumergidas en  el lecho de un río: la corriente va puliendo sus filos hasta que solo queda la forma suave de aquello que queremos recordar. Pero nada fue tan hermoso como lo atesoramos en nuestra memoria.”

Os recuerdo que permanece activo en el blog, hasta finales de esta semana, el sorteo de un ejemplar de "El guerrero a la sombra del cerezo". Podéis participar pinchando en el banner.


martes, 6 de junio de 2017

"Bajo los cielos de zafiro", por Belinda Alexandra.


En 1942, después de la invasión alemana al a Unión Soviética, se formó un escuadrón compuesto exclusivamente por mujeres. Bautizadas como las Brujas de la Noche, se convirtieron en uno de los grupos más temidos por el ejército alemán durante la Segunda Guerra Mundial.

Año 2000. Los restos de un avión de combate de la Segunda Guerra Mundial aparecen en un bosque cerca de la frontera entre Ucrania y Rusia. El avión pertenecía a Natalia Azarova, una de las Brujas de la Noche. Pero su actual paradero sigue sin respuesta. ¿Era realmente una espía alemana que fingió su propia muerte, como afirma el Kremlin? Su amante, Valentín Orlov, ahora un general condecorado, se niega a creerlo.



Ni la novela histórica ni la romántica son géneros que me gusten especialmente. Sin embargo, de cuando en cuando alguna novela que aúna ambos me hace tilín y me dejo llevar. Algo así me ocurrió con esta que hoy os traigo, que me atrajo por la ambientación en la Rusia de Stalin y por el hecho de estar protagonizada por un grupo de mujeres que se dedicaron a combatir en la II Guerra Mundial.

“Bajo los cielos de zafiro” es una de ésas novelas en las que aparecen dos líneas temporales y en las que, inevitablemente, uno acaba más enganchado a una que a la otra. En este caso, el hilo actual no es más que una mera excusa para narrar la anterior. Quizá por eso su protagonista me ha resultado un tanto insípida, y me ha costado conectar con ella y su dolor por la reciente pérdida de su marido. Al final, Lily ha resultado ser poco más que un vehículo para hablarnos de la verdadera protagonista de la novela, la piloto Natalia Azarova, combatiente de las fuerzas soviéticas durante la ocupación alemana.

Con una prosa ligera y amable, Belinda Alexandra nos conduce por la infancia de Natalia, por su amistad con Svetlana, y la posterior caída de su familia en manos de las fuerzas de Stalin. Ahí comienza un periplo que nos llevará a la Lubjanka, la temible cárcel soviética, y a los campos de concentración. Me ha gustado el retrato de la Rusia de la época,  los contrastes entre la opulencia de los amigos del régimen y la miseria de los que no son gratos. La autora no se recrea en exceso, pero da las pinceladas suficientes para crear una ambientación eficaz y adecuada con el tono de la novela. Acierta sobre todo en lo emocional, retratando con tino la pérdida, el hambre, la incertidumbre.

Sí que he echado en falta, ya que lo prometía la sinopsis, saber más de ese escuadrón de mujeres combatientes. Lo cierto es que esperaba saber mucho más de ellas, y en ese sentido, la novela se me ha quedado algo corta, ya que se limita demasiado al personaje de Natalia, a sus habilidades en el aire y, sobre todo, a su romance con su camarada Valentín Orlov. Una historia que, personalmente, me ha parecido bonita pero que no ha llegado a calarme de una forma especial.

“Bajo los cielos de zafiro” me ha parecido una novela amable, entretenida, con un buen equilibrio de sus elementos, y que quizá, falla prometiendo en su sinopsis algo que luego no acaba de dar. Aún así, la trama funciona y concluye tirando de una emotividad sin excesos que, yo personalmente, agradezco. 

viernes, 17 de febrero de 2017

"La chica del abrigo azul", por Monica Hesse.

En mayo de 1940, el ejército alemán invadió los Países Bajos. A partir de ese momento, la población hebrea fue prácticamente aniquilada. Murieron las tres cuartas partes de los judíos holandeses. A pesar de ello, la población nunca renunció a su derecho a ser héroes. Entre los estudiantes, muchos de ellos aún niños, se gestaron numerosos grupos que colaboraban de forma activa con la resistencia. En “La chica del abrigo azul”, Monica Hesse intenta recrear a través de sus personajes a aquellos muchachos, especialmente el Grupo de Estudiantes de Amsterdam, universitarios que se dedicaron a rescatar niños de las garras de los nazis.

Hanneke se dedica a comprar y vender en el mercado negro, a escondidas de sus padres. El ejército alemán ha invadido Amsterdam y unos pocos cigarrillos o unos gramos de chocolate son un preciado tesoro. Un día, una de sus clientes le hace un encargo distinto: localizar a una chica judía, que hasta ahora vivía oculta en su despensa, y que ha desaparecido sin dejar rastro. A partir de ese momento, Hanneke se obsesiona con la chica del abrigo azul, y moverá cielo y tierra para encontrarla.

Creo que el planteamiento de la novela de Monica Hesse era difícilmente mejorable. El Holocausto, con todo lo que conllevó, es un período histórico que no conviene olvidar y que siempre ha actuado como magnífica ambientación para narrar historias, reales o ficticias. Aquí, la autora se vale de las primeras para crear a unos personajes que podrían haber existido, o que lo hicieron de alguna manera. Hanneke, Ollie, Mina… todos ellos adolescentes que se jugaron el tipo para boicotear al ejército nazi. Unos repartían panfletos, otros capturaban imágenes a escondidas y los más osados, rescataban a otros de los centros de deportación, especialmente a los niños.

Es una pena que Hesse no se atreviera a llevar su historia hasta las últimas consecuencias. Porque a pesar de todo, no consigue capturar la dureza de lo que nos está contando. Su prosa es correcta, pero quizá demasiado amable, y todo el conjunto tiene un aire a novela juvenil que aquí no encaja. Todo resulta demasiado tibio. No me entendáis mal, ya todos conocemos los horrores de esta guerra, no necesito ahondar en ellos. Pero me gusta creerme lo que leo, y en este caso, no lo he conseguido.

Así pues, en definitiva, ¿me ha gustado la novela? Sí, en su planteamiento, y no, en su forma de desarrollarla. Me habría gustado un poco más de nervio, que la autora se hubiese arriesgado a llevar a sus personajes unos pasos más allá y les hubiese imprimido algo más de carácter en sus palabras y actos, no sólo en su descripción; y sobre todo, que hubiese prescindido de los aires románticos que soplan de vez en cuando y los hubiera cambiado por un narración más pegada a la realidad que se debió vivir aquellos días en las calles de Ámsterdam. 

martes, 29 de noviembre de 2016

"La maldición de los Montpensier", por Francisco Robles.

La historia nunca ha sido lo mío, supongo que es bueno partir de ahí a la hora de encarar esta reseña. Ni me gustó como asignatura en su momento ni frecuento demasiado el género literario. En el instituto, hubo un par de cursos en que aborrecía la asignatura a más no poder. Sólo en mi último año me topé con un profesor que me enseñó a tolerarla y casi a disfrutarla. Su mayor virtud, que yo recuerde, era su sencillez a la hora de narrar hechos históricos. Lo contaba como quien te cuenta, con un café por medio, lo que le pasó a la amiga de su amiga la semana pasada. Con él aprendí a digerir aquella bola indigesta que era para mí su asignatura. Aprendí a deducir, a que era más importante el por qué, que si aquello fue en abril o en mayo. Quizá sea que soy algo estrecha de entendederas, pero necesito luz y claridad para acercarme al género. Y justo eso es lo que no he encontrado en "La maldición de los Montpensier", una novela puramente histórica que no he conseguido disfrutar.

Y es que lo más llamativo de esta novela de Francisco Robles no es tanto lo que cuenta sino el cómo lo cuenta. Es obvio que el autor conoce a la perfección los hechos que nos está narrando, que hay una labor ingente de documentación tras estas "memorias" de la Infanta María Luisa Fernanda de Borbón y que se trata de un instante histórico digno de profundizar en él. Pero Francisco Robles se vale de un estilo tan sumamente recargado y descriptivo que la narración se hace lenta y, me perdonen, soporífera. No se le puede negar su capacidad para recrear lugares y atmósferas, especialmente la del palacio de San Telmo y las calles de Sevilla, pero uno termina saturado ante ese estilo barroco y oscuro.

El elemento de intriga que se introduce, con la muerte del escultor Antonio Susillo y su relación con la Infanta, deja enseguida de mantener cualquier atisbo de tensión y mi interés al respecto se diluyó más pronto que tarde, sobrepasada por la cantidad de datos, personajes y saltos en el tiempo que van sacudiendo la historia.

No pongo en duda las bondades de la novela, pero sí su capacidad para llegar al lector medio o a cualquiera que no sea un auténtico devoto del género histórico y que traiga ya de casa algún conocimiento al respecto de la época que aquí se cuenta. Sí creo que la premisa era buena, sobre todo con la introducción de personajes como Antonio Susillo o el inspector Cranio, pero uno se ve pronto sepultado por el peso de una narración demasiado densa que no la hace apta para cualquiera.

jueves, 20 de octubre de 2016

"La habitación de los niños", por Valentine Goby.

Estará sin duda “La habitación de los niños” entre mis mejores lecturas de este año. Después de una larguísima temporada huyendo de las novelas históricas encuadradas en el Holocausto, con la sensación de que está casi todo contado al respecto, esta novela de Valentine Goby me descubre que aún nos queda mucho que aprender y recordar.

Mila, una joven militante de la Resistencia francesa, es deportada al campo de concentración de Ravensbrück. Como el resto de prisioneras políticas, sabe que no será condenada a muerte, pero ignora todo sobre el futuro que le aguarda, a ella y a la criatura que nadie sabe que guarda en el vientre.

“Cada noche repite el día, el día se vive dos veces, pues, vuelve a vivirse por la noche, y cada nuevo día es semejante al anterior. Se pierde así toda noción el tiempo, de sus rupturas en el mundo de fuera, fuera del campo, el campo es un día sin fin que dura toda la noche y todos los días sucesivos, un largo día sin costuras infectado por imágenes de muerte.”

Hay varios aspectos de “La habitación de los niños” que la hacen especial. Lo es, sobre todo, por la bellísima prosa de su autora. Es tarea difícil escribir sobre el horror y que tu narración resulte hermosa, y lo consigue con aparente facilidad Valentine Goby. Desde los paisajes hasta los sentimientos más íntimos de las mujeres que pueblan Ravensbrück, todo está contado con intensa belleza. La prosa de Goby resulta cuidada, pulida y bonita. Sí es cierto que hay abundancia de palabras en alemán, que la dotan de cierta dureza y que contribuyen a la inmersión del lector, que siente con Mila el desconcierto y la incomprensión a la que ella se enfrenta.

“El campo es una lengua. Esa noche y los días sucesivos surgirán imágenes que no tendrán nombre, como tampoco lo tenía el campo la noche de su llegada, como tampoco tienen nombre todavía las formas a los ojos de un recién nacido”.

Mila es un personaje que se te pega a la piel, su forma de ver el mundo, entre la ingenuidad y el miedo, entre la ilusión y la desesperanza, ha conseguido conmoverme. A su alrededor orbitan cientos, decenas de miles de mujeres que mueren o sobreviven pero que van dejando una pequeña impronta en ella y en ti, como lector.

No es una lectura fácil, ni agradable, ni cómoda. Y sin embargo es necesaria, obligatoria, valiente e incluso esperanzadora.

miércoles, 2 de marzo de 2016

"Una pasión rusa", por Reyes Monforte.

“¿Qué sería de los sueños si la gente fuese feliz?”

“Una pasión rusa” juega a los contrastes desde su título, combinando la adjetivación siempre ardiente de la pasión y el frío atroz de las tierras rusas. Así funciona la novela, tintes de luz y pasajes sombríos, belleza y atrocidad conviven en las páginas de la biografía novelada de Lina Codina que escribe Reyes Monforte, una autora con la que me he encontrado aquí por vez primera. Estructurada en cuatro partes, de Nueva York a El gulag, pasando por la luminosa París y la opresiva atmósfera del Moscú comunista, Monforte sigue los pasos de Lina Codina, reconvertida en Lina Prokofiev al casarse con el genial compositor ruso.

Cuatro partes que han creado en mí sensaciones muy distintas. Confieso que al comienzo me deslumbró el exceso de luz y champán, que me produjo cierta incredulidad el amor incipiente entre Lina y Serguei, que no llegaba a conectar del todo con una historia que me parecía que estaba bien escrita, sin más.

 El traslado a París y el carácter cada vez más difícil de Prokofiev caldearon un poco mi relación con la novela, aderezada con visitas al Le Boeuf sur le Toit, las referencias a la vanguardia artística, la aparición de Kiki de Montparnasse y Coco Chanel… Seda, champán, abrigos de piel y ésa inenarrable sensación de libertad del París de los años veinte me conquistaron casi del todo. Quizá eché de menos que la presencia de ciertos personajes fuese más allá de la mera anécdota (Chaplin, Picasso…), como si aquellos nombres estuvieran ahí sólo como adorno, como reclamo, nada más.

 La atmósfera de la novela se transforma con la llegada de la familia Prokofiev a Moscú. No quisiera ir más allá, no vaya a ser que alguien sienta que estoy contando demasiado. Pero aquí jugamos de nuevo a los contrastes, y la atmósfera de libertad imperante en París se transforma aquí en pura opresión, en miedo, en caminar por la calle girando la cabeza constantemente y hablar siempre en voz baja. Se acabaron el champán y el visón. Aquí se puede leer la mejor versión de “Una pasión rusa” y de la prosa de Reyes Monforte, con la narración de la debacle emocional de Lina.

Una debacle que continúa en la cuarta parte, cuyo título ya es lo suficientemente elocuente, y que me gustó casi tanto como la anterior, a excepción de alguna referencia final donde he intuido, de forma demasiado evidente, el ideario personal de la autora.

Como veis, me gustó en líneas generales "Una pasión rusa", y me gustó aún más conocer a Lina Prokofiev, una mujer con un carácter y una fortaleza que ya quisiera yo para mí. A pesar de algún altibajo en el ritmo narrativo, la novela se lee con agrado y gustará a los amantes del género histórico, pero también a aquellos que simplemente buscan buenas historias.

sábado, 26 de diciembre de 2015

"Lo que mueve el mundo", por Kirmen Uribe.

- […] En mi opinión, lo que importa es algo que no aparece en el texto, que está entre líneas. 
- ¿El encanto? 
- Yo no usaría esa palabra. Prefiero llamarlo impulso. Cuando en un libro detectas la presencia real del autor, cuando sabes que nadie te podrá contar esa historia mejor que él, cuando no puedes dejar de escuchar su voz…[...]


Encanto e impulso, ambos están muy presentes en esta versión novelada de la vida del intelectual Robert Mussche contada por Kirmen Uribe. Y sobre todo, está la permanente sensación de que nadie podría contar esa historia como lo hace él.

No conocía la figura de Mussche, apenas sabía nada de ésos niños vascos que acabaron en un barco rumbo al exilio allá en mayo de 1937 en busca de un lugar mejor y, sin embargo, me encontré con este libro entre las manos. A veces son ellos los que nos encuentran. Del mismo modo que fue la figura de Robert Mussche la que se cruzó, casi por azar, con el autor vasco; de ésa misma forma casual, tonta, “Lo que mueve el mundo” me acompañó a lo largo de una noche especialmente larga, en vela obligada. Y no sabéis cuanto bien me hizo…

Tras el bombardeo de Gernika, miles de niños vascos salieron del puerto de Santurce rumbo a Europa. Así llegó la pequeña Carmen a la vida de Robert Mussche, alterando su pacífica existencia. Y tanto le marcó que llamaría también Carmen a su hija biológica, nacida años después, y que nunca llegó a conocer a su padre. Es ella la que aporta a Uribe los instrumentos necesarios para que él novele la vida del intelectual, el luchador, el padre, el amigo, el compañero ausente. Desde la llegada de Carmen hasta el infierno del campo de concentración, la prosa de Uribe narra la historia de Mussche con una sensibilidad fuera de lo común, llenando de luz incluso los pasajes más tristes y aterradores que os podáis imaginar. Dotando de belleza a lo horrible, obligándote a parar a respirar…

“Lo que mueve el mundo” es una novela triste y hermosa a partes iguales, esperanzadora a pesar de la pena,  obligada para aquellos que saben disfrutan del simple acto de leer y enredarse en las palabras, para los que saben dejarse llevar por las letras. En la novela de Uribe se habla del amor, de la ausencia, de ésas cosas grandes de la vida, pero de forma sencilla, íntima, como si te las contaran al oído.  Ojalá siempre hubiera alivios tan efectivos para las noches en vela…

martes, 6 de octubre de 2015

"Un millón de gotas", por Víctor del Árbol.

Mi padre empezó a poner ladrillos muy pronto. No lo hacía por gusto, le gustaban más los libros que la paleta, pero a veces no se puede elegir. Mi padre es albañil, y aunque no es lo que él quería ser, hace su trabajo con extraña devoción. Coloca los ladrillos, deberíais verlo, con mimo y precisión, y entorna mucho los ojos para ajustar el nivel y tensar la cuerda. Puede pasar mucho tiempo así. Dando pasos aquí y allí que nadie podría descifrar, pasos que sólo él entiende.

He pensado mucho en mi padre leyendo "Un millón de gotas". En parte porque Víctor del Árbol habla mucho de éso, de nuestros padres, de lo que nosotros vemos, de la que imagen que de ellos dibujamos para construir sus mitos. Y en parte porque me imagino al autor haciendo un trabajo parecido al que hace mi padre. Un trabajo lento y minucioso, feo al principio, desolador cuando aún se están echando los cimientos. Una obra que gana en belleza y empaque con tiempo y paciencia, que necesita horas de incomodidad para erigirse como el lugar hermoso y casi confortable que resulta al final.

"Un millón de gotas" es la historia de Elías Gil, el joven que llegó a la URSS con un título de ingeniería bajo el brazo y volvió con una carga demasiado pesada a la espalda. Es la historia de Gonzalo, el hijo de Elías, un antihéroe, un hombre sometido por su familia política, por su incómodo matrimonio y por la carga de su propio padre. Es también la historia de Laura, de Luis, de Alcázar... Un amplio coro de personajes que no se pierden en la enorme galería que conforman, sino que se dibujan de forma individual, precisa e intensa. Víctor del Árbol toma páginas y tiempo, todo el que necesita, para recrearse en su creación, dándoles forma a través de su presente y su pasado, de sus actitudes y sus miedos, dando lugar a una fascinante amalgama de personalidades e historias crudas y amargas, como la vida misma.

No os voy a engañar, no es una lectura cómoda ni fácil, sino una de ésas que necesita paciencia, tiempo y fe para entrar en ella. El apartado histórico recoge varios episodios de la historia de ésos que hacen que tengas ganas de bajarte del mundo, plagados de violencia, crudos y descarnados. Víctor del Árbol escribe bonito pero no disfraza ni pone paños en la herida, su prosa no se recrea en las heridas, pero tampoco las tapona. Como si quisiera dejar la sangre fluir.

Reconozco que hacia el final, cuando ya estaba completamente dentro de la historia, y como ya me pasó con su novela "La tristeza del samurai", a veces debía pararme para cerrar el libro, tomar aire y tratar de deshacer el nudo del estómago. "Un millón de gotas" es una novela que duele, pero también me ha parecido imprescindible para los amantes de la buena literatura.
No es título, sin embargo, que me atrevería a recomendar a nadie. Creo que es una novela que da mucho pero que exige otro tanto al lector; que requiere de ciertos espacios, ambientes y estados de ánimo. "Un millón de gotas" necesita de un instante muy particular para ser leída, un lugar en el tiempo que yo no supe encontrarle y que me dificultó mucho el avance durante la primera mitad de la novela. Pero a pesar de ello, es casi con toda seguridad, una de las mejores lecturas que me ha traído este año.

martes, 8 de septiembre de 2015

"Nos vemos allí arriba", por Pierre Lemaitre.

“Sin dejar de abrazarlo, Albert se dice que durante toda la guerra Édouard no ha pensado más que en sobrevivir, como todos, y ahora que la guerra ha acabado, y está vivo, resulta que lo único en lo que piensa es en desaparecer. Si incluso los supervivientes sólo desean morir, qué desastre…”

Todos tenemos nuestras guerras. Ganamos y perdemos pequeñas y grandes batallas. Constantemente. Vivimos en mil frentes, y en todos ellos habita el amigo y el enemigo. Perdemos efectivos, ganamos camaradas, celebramos el descalabro del otro. Y como en la vida, la novela de Lemaitre se vale de ése encuadre bélico como excusa para hablar de todo lo demás. De padres e hijos, de la comprensión mutua que ambas palabras exigen; de amistad y paciencia, de amor de hermana, de madre, de compañero. De ambición y escrúpulos.

Si habéis leído a Lemaitre y no habéis leído “Nos vemos allí arriba”, entonces es como si sólo le hubieses leído a medias. Como si sólo hubieseis atisbado un pequeño destello de lo que puede darnos este autor francés. Porque aquí hay mucho más que un narrador correcto o un gran creador de ambientes. Aquí hay un escritor en estado de gracia, dotado de una inmensa lucidez para destripar al ser humano. No de la forma que lo hace en sus thrillers, sino desde el plano más emocional. Sin caer en el drama, con lo fácil que era entre tanta bala, tanta tumba y tanto soldado muerto, mutilado, traumatizado. Con sobriedad, con una pizca de ése humor que a veces baila sobre la línea de lo correcto, Lemaitre describe hombres, lugares,  situaciones, estados de ánimo. Y lo hace esgrimiendo una narración fluida, evocadora, de ésas que te obligan a luchar con tus propias convicciones para no terminar llenando las páginas de subrayados y pegatinas.

No os voy a hablar de cómo construye Leimatre a sus personajes. No os voy a decir nada de la adjetivación, ni de la profundidad. Prefiero enseñároslo.

“Y junto a ése padre amante pero poco expansivo, estaba Édouard, Édouard el exuberante, diez años, doce, quince, desbordante, Édouard el apocalíptico, el disfrazado, el actor, el extravagante, el desaforado, la llama, la creatividad…

Y así, así todo el tiempo. No sólo con Albert, con Édouard, con ése malvado Pradelle, el más maniqueo de todos ellos, pero tan necesario para la historia, como todos los malos lo son. Lemaitre dibuja a todo un país, a una Francia de posguerra que vive sumida en su pérdida, que ensalza y alaba a los que cayeron en el frente y le vuelve la cara a los que tuvieron la desgracia de volver de él (“El país era presa de un frenesí conmemorativo en honor de los muertos directamente proporcional a su aversión por los supervivientes”.) Y con mano firme y prodigiosa, retuerce sus destinos, entrelazándolos y separándolos, de decepción en decepción, de abrazo en abrazo. Hasta dejarse acunar por una muerte contra la que uno se revuelve a pesar de desearla a veces.

“Édouard aguardaba la muerte y, tardara lo que tardase, era la única solución posible, menos que un cambio, la simple transición de un estado a otro, aceptada con resignada paciencia, como esos silenciosos e impotentes ancianos a quienes se acaba por no ver y que ya sólo sorprenden el día en que se mueren.”

La novela de Lemaitre es magnífica desde donde la quieras mirar. Lo es en su desarrollo, lo es en la intensa profundidad de sus personajes, lo es en la forma y en el fondo. Y es, también, una novela valiente, en la que el autor sale de la comodidad de los thrillers a los que nos (se) había acostumbrado para adentrarse en una trama hecha de retazos de historia, capaz de zarandearte y obligarte a sonreír al instante siguiente. “Nos vemos allí arriba” se halla en las antípodas de “Alex” o “Vestido de novia” y conserva, sin embargo, la pulcritud y el estilo de su autor, que permanece reconocible pero elevado a la enésima potencia. Diría que al señor Lemaitre le va a costar superar esto. Pero no me atrevo.

viernes, 4 de septiembre de 2015

"Las flores de la guerra", por Geling Yan.

Hay hechos que la historia misma parece querer olvidar, que apenas aparecen en los libros, de los que casi no se habla porque destrozan nuestro concepto del ser humano y nos muestran hasta dónde puede llegar la brutalidad intencionada contra nuestros semejantes. Hechos que el tiempo se traga. Yo nunca había oído hablar de la masacre de Nanjing. Por si a vosotros os ha ocurrido lo mismo, os pongo en antecedentes. En 1937, el ejército japonés sitió la ciudad de Nanjing. Durante meses, sus habitantes vieron como su ciudad era bombardeada, quemada y asfixiada. En Diciembre, las tropas entraron y comenzó una masacre que acabó con la vida de miles de civiles. Los soldados japoneses tenían especial predilección por las mujeres, que fueron vejadas, torturadas y violadas de forma sistemática. Aquellas que tenían la desgracia de sobrevivir eran enviadas a las llamadas casas de confort, en las que trabajaban como esclavas sexuales hasta su muerte.

Una historia tan dura exige ser contada con el talante que lo hace Geling Yan en “Las flores de la guerra”.  Porque a pesar de ello, los horrores de la guerra se cuentan como el que mira de reojo, a través de pequeños fragmentos de recuerdos, entre tragos de vino y humo de cigarro, a través de la fragilidad de la niñez o de los ojos de un extranjero.

Durante toda la narración, apenas salimos de la pequeña parroquia de Santa María Magdalena, la iglesia del padre Engelmann, en la que han quedado atrapadas trece estudiantes. Al iniciarse la invasión, un pequeño grupo de prostitutas llegará allí buscando refugio. El choque es brutal, como os podréis imaginar. Pero cuando afuera silban las balas, quizá las diferencias  más evidentes no sean tan importantes. Sacerdotes, niñas y prostitutas inician una convivencia condicionada por el miedo y sus diferencias, sin apenas comida ni agua, en la que todos resultan ser igualmente vulnerables.

Gaeling Yan construye una novela coral, poblada de personajes que traza con intensidad y mucho tino a través de sus recuerdos y actitudes. Destacan la figura del padre Engelmann, párroco y hombre al frente de tan dispar rebaño; Fabio, hombre de Dios y extranjero en todas partes; Zhao Yumo, una prostituta de alto copete que un día también fue una niña bien.  Todos ellos me han conmovido, de una forma u otra. Algunos hasta las lágrimas. Mucha culpa la tiene también la narración de la autora china, que no se vale de florituras ni dramatismos, sino que dibuja el panorama con lucidez y precisión, con una pasmosa sencillez y una elegantísima naturalidad.

“Las flores de la guerra” es una novela para sentirla, para leerla con la pausa que requiere y dejarse envolver por una historia que, a pesar de su crudeza, sabe ser también hermosa. Una de ésas historias que te arrebata la fe en el ser humano para luego devolvértela.

martes, 18 de agosto de 2015

"La hija del dragón", por Myriam Millán.

Érase una vez una bellísima condesa que habitaba en un enorme castillo. Era una dama de noble cuna, emparentada con la más alta realeza de su tiempo. Una mujer que no sólo era hermosa, sino que también era culta, encantadora, una magnífica amazona y poseedora de una vasta biblioteca. Hablaba además varios idiomas, algo impensable en plena Edad Media, y salía de cacería vestida con pantalones. Y hasta aquí el cuento de hadas, porque nuestra condesa, de nombre Erzsébet de Báthory, Isabel, es también una de las mayores asesinas en serie de la historia. Haciendo gala de una extrema afición por la sangre de jovencitas, Erzsébet se empeñó en buscar en ella el secreto de la eterna juventud, llevándose por delante la vida de más de seiscientas niñas y adolescentes. Basándose en este personaje, entre la historia y la leyenda, Myriam Millán construye su novela “La hija del dragón”, un thriller de ésos que te dejan pegado a sus páginas.

Contada a través de dos líneas temporales alternas, Érzsébet es la protagonista absoluta de una de ellas, a mi parecer la más interesante, y en la que encontramos el origen de la trama que se desarrolla en la actualidad, protagonizada por una serie de personajes que vienen de la anterior novela de Myriam Millán, “Décima Docta”, que no he leído y que he echado de menos a la hora de enfrentarme a esta que os traigo, porque todo el tiempo he tenido la sensación de que me faltaban datos. Así que mi recomendación, si os queréis acercar a este thriller, es que lo hagáis en orden. Quizá por ése vacío de información no me han llegado tanto los personajes de Nel y Natalia, ni ésa extraña conexión que hay entre ellos. Las alusiones a lo ocurrido en “Décima Docta” son recurrentes y además, me temo, revelan información importante. Así que, lo reconozco, me han resultado algo deslavazados estos dos. Pero es que la sombra de la condesa de Báthory es alargada, y eclipsaría a cualquiera.

La estructura de la novela, armada en capítulos cortos que alternan ambas líneas de acción, hacen de “La hija del dragón” un thriller clásico: la dotan de un ritmo trepidante y muy ágil. La narración de Myriam Millán es sencilla y ajustada a la historia que se trae entre manos, aunque la novela agradecería mucho una revisión ortográfica y gramatical profunda que corrigiera, entre otras cosas, el caótico uso de los signos de puntuación. También sería recomendable un pequeño recorte de la parte central, en la que a causa de la similitud de las tramas de las dos líneas temporales y a la extensión de la novela, el lector acaba saturado entre tanta sangre y aparato de tortura medieval.

Ay, el Medievo. Qué tiempos, qué caldo de cultivo para los locos. Ahí sí acierta de pleno Myriam Millán. La ambientación y el desarrollo de la línea temporal protagonizada por la condesa sangrienta, como se conoce a Érzsebet, no sólo está excelentemente documentada, sino que además la autora consigue transmitir la frialdad, la humedad, la niebla y la oscuridad que habitan en el castillo de Cacthice y sus aledaños.


Me gustaría cerrar mi reseña agradeciendo a la autora su generosidad, ofreciendo su anterior novela a los participantes de la lectura conjunta pero, sobre todo, exponiéndose y participando activamente en los comentarios que han ido surgiendo a lo largo de la lectura conjunta que nos propuso Laky. Ya me gustaría ver a algunos de ésos que tanto venden sometiéndose voluntariamente a examen y siendo partícipes de ello. Se agradece la humildad y el respeto. Espero leer pronto “Décima Docta” y tener los deberes hechos para ésa tercera novela que espero, esté en camino.

miércoles, 24 de junio de 2015

"Amor prohibido", por Coia Valls.

Empecé este año con un montón de retos en mente, siempre lo hago. Me gusta que el tiempo me marque pautas, inicios, finales, me ayuda a poner orden. Luego la inconstancia me traiciona, pero siempre doy pasitos pequeños. De momento no me ha ido mal. Una de mis propuestas era diversificar, ampliar horizontes y salir un poco, de vez en cuando, de mi área de confort. Un espacio en el que me instalo cuando me encuentro apática o agobiada y que hace que mis lecturas se reduzcan a un par de novelas negras ligeritas y mal leídas. Así pues, con el objetivo de obligarme a hacer alguna expedición literaria, me apunté a un montón de retos e iniciativas, a leer cosas que de otro modo no leería. Gracias al mes de la novela histórica, y a la recomendación de Francisco, ése lector indiscreto que es casi un máster del universo en la materia, llegué a la novela que hoy os traigo. Él me puso frente al nombre de Coia Valls y, casualmente, unos días después, fui a toparme en la librería del barrio con un libro suyo. Y se vino a casa.

“Amor prohibido” os puede llevar a engaño, como hizo conmigo. El título y la sinopsis parecen ponernos en el camino de la más clásica novela romántica, un sacerdote y una señorita de bien, allá en la Barcelona medieval, sufriendo de mal de amores. Cuando empecé a leer no las tenía todas conmigo, lo reconozco. Pero es fácil, muy fácil, dejarse envolver por la delicada y hermosa prosa de Coia Valls. Su narración resulta tan agradable, tan sencilla, que te atrapa. Por sus páginas empiezan a desfilar una serie de personajes abrumados por el amor y la culpa, moviéndose en el escenario de una Cataluña medieval y casi apocalíptica, asolada por el hambre, las epidemias y los terremotos.

Es precisamente la narración del terremoto que asoló en Valle del Camprodon en 1428 el que marca un punto de inflexión en la novela, cambiando de lugar la piedra angular que la sostiene. Así, la relación entre Agnès y Marc pasa a un segundo plano y gana protagonismo otro amor vetado, el de una mujer por el oficio de la medicina en pleno siglo XV. Y aquí es cuando me quedé prendada de esta historia. La estancia de Agnès en Manresa y su formación como doctora de la mano de las figuras de Floreta Sanoga y Margarida Tornerons aportan a la novela otra línea argumental más interesante, para mí, que la anterior. La historia de amor inicial permanece tras esta, malviviendo al paso de los años, escondida bajo la sombra de una ermita en la que San Valentín protege y bendice a los enamorados.

También se atreve a poner Coia Valls entre sus letras temas como la lucha de clases, la todopoderosa presencia de la iglesia o el celibato en el sacerdocio. Y lo hace situando su historia en un hermosísimo escenario, muy bien dibujado, que nos llevará por la Cataluña de la época, una tierra de valles luminosos y monasterios, de asaltantes en los caminos, de hambre, supersticiones y oraciones.

Como veis, ha sido agradable mi primer encuentro con esta autora catalana. Reconozco que quizá me quedaría más con la forma de contarlo que con lo que nos cuenta, que igual no estamos ante una trama que me haya resultado particularmente atractiva en sus inicios, pero que va ganando en consistencia conforme avanza. Y sobre todo, me quedaría con sus personajes, los que existieron y los que no, y los particulares demonios y luchas de cada uno de ellos.

martes, 28 de abril de 2015

"Muerte de una heroína roja", por Qiu Xiaolong.

“Muerte de una heroína roja” es uno de esos libros que viene con advertencia y ya nos avisa, antes de entrar en materia, de que estamos ante una “inmersión en la historia, la cultura, la tradición poética y gastronómica y la vida cotidiana de la sociedad china”. Daos la vuelta y volved por donde habéis venido si buscabais una trepidante novela negra con aroma oriental o un despliegue de detectives expertos en artes marciales. La primera novela de Qiu Xiaolong no es apta para nerviosos ni impacientes, mucho menos para lectores principiantes o que no resistan el arte de la divagación. Y sin embargo, es una novela formidable, completísima y llena de pequeños rincones por explorar.

Un viernes de mayo de 1990, en el canal de Baili, cerca de Shangai, aparece el cadáver de una joven. La unidad de casos especiales, con el inspector Chen Cao a la cabeza, deberá desentrañar el misterio de su muerte. Pronto descubriremos que la joven era una modélica trabajadora de los Grandes Almacenes Número Uno de Shangai. Una mujer entregada a la causa del Partido cuya trayectoria pronto convertirá su muerte en un caso con importantes implicaciones políticas.

Reconozco que al principio no conseguía situarme en el espacio tiempo. No sé prácticamente nada de la historia de China más allá de cuatro sucesos que todos conocemos. La Revolución Cultural me sonaba lejana, y de la plaza de Tiananmen apenas podía esbozar en mi mente la célebre imagen de aquel joven frente al tanque. Qué experiencia más enriquecedora leer una novela que te anima a indagar, a saber más. Mientras iba leyendo, conforme más me adentraba en la sociedad china de los noventa, más necesita saber. He tirado de Google, de enciclopedia e incluso de algún artículo antiguo para entender un poco mejor el contexto histórico. Y lo he hecho con gusto. Qiu Xiaolong dota a su novela de una magnífica ambientación, consistente, muy elaborada pero necesaria para comprender el devenir de la trama que nos plantea.

De la mano de sus dos personajes principales, nos sumergimos en una sociedad y una época que a pesar de ser totalmente ajenas para el lector occidental, se dibujan con exquisita precisión. El inspector jefe Chen Cao, recién ascendido y prometedor activo del Partido, es además poeta y traductor. Ahondando con detalle en su psicología, Xiaolong crea un personaje que podría ser él mismo, un hombre cabal, disciplinado, pero con capacidad para plantearse la situación social, más interesado en la literatura que en su propio ascenso a nivel político y profesional y claramente influenciado por el mundo occidental. Junto a él, el inspector Yu, de carácter más reservado, representa la cultura más arraigada y el gusto por lo tradicional. A su alrededor orbitan una serie de personajes a los que el autor también dedica pequeños espacios, dotándolos de su propio mundo interior y exterior, exhibiendo para nosotros las estrecheces físicas e ideológicas de la época.

No es “Muerte de una heroína roja” una novela negra ni nada que se le parezca. No lo es, al menos, tal como la entendemos aquí y ahora. Su ritmo es extremadamente pausado, no abundan la sangre, el sexo o los cadáveres. La muerte de la joven Guan Hong Ying no es más que una excusa para llevarnos a un recorrido espectacular por la literatura clásica china, con especial atención a “Sueño en el pabellón rojo”. Una invitación a degustar fideos, cangrejos y serpientes, a beber un vino de arroz; a recorrer las estrellas calles de Shangai, pobladas de puestos de empanadillas fritas. Es un viaje a una época convulsa y compleja. Una narración impregnada de la sutileza asiática, sugerente y exótica, que disfrutaréis de buen grado si la leéis sin prisa, acompañada de un té de jazmín.

martes, 10 de marzo de 2015

"Últimas tardes con Teresa", por Juan Marsé.

Cerré la última página de “Últimas tardes con Teresa” embargada por ése intenso vacío que muchos lectores habituales conoceréis. Esa sensación de plenitud, casi negra, como de luto, que te deja una lectura que te ha llenado literaria y sentimentalmente. Cuesta despedirse de ella y tienen que pasar unos días hasta que uno puede centrarse en otra historia, en otra prosa. Nunca antes había leído a Marsé, que me sonaba a autor denso y a lectura obligada de instituto (qué falta de sensibilidad y de amor, obligar a leer esta novela). Pero unas cuantas voces de ésas a las que suelo atender me lo recomendaron y decidí probar con sus letras. En buena hora.

“Últimas tardes con Teresa” es un retrato, poderoso y satírico, de la Barcelona de los años cincuenta, una época de convulsa vida estudiantil en la que las señoritas pijas jugaban al comunismo y las gentes que habitaban el Monte Carmelo andaban demasiado ocupados en subsistir como para andar preocupándose de los derechos del proletariado. Los universitarios agitaban panfletos y leían a Balzac a la luz del día y sucumbían a la música de verbena y la ginebra al calor de la noche, mezclados con los de su misma especie, cada cual en su lugar.

El dibujo que Juan Marsé hace de sus personajes es prodigioso y calculado. Desde ése Manolo, cabrón de manual, de mal temple, algo rudo, casi violento, en constante pataleo para salir del barro de la clase obrera, encandilado por la luz de niña pija que emana Teresa. Teresita Serrat, niña bien, irremediablemente encaprichada del morbo del pobre. Y Maruja, la criada, sumisa y humilde como manda su posición. Más allá del retrato social y político, de la sátira escondida tras los rostros de sus protagonistas, “Últimas tardes con Teresa” es una historia de amor errado, condenado desde el principio, tan imposible como inevitable, surgido de las entrañas de dos seres que se necesitan más allá de los convencionalismos.

La prosa de Juan Marsé resulta hermosísima, cuidada, mimada, plagada de metáforas y símiles acertados e imposibles. A ratos bella y poética, a ratos descarnada y amarga. Excesiva si queréis. Marsé recrea, como pocas veces he tenido la fortuna de leer, el deseo, el abandono y la muerte. Su narrativa te envuelve, te posee con la misma necesidad que se ansían el Pijoaparte y Teresa. Incluso en ciertos pasajes se muestra dolorosa, afilada como un aguijón, desoladora y desolada.

Una novela imprescindible, tan exigente con el lector como lo es consigo misma, una lectura obligada que sin embargo ha de leerse por devoción y amor a la lectura y, a ser posible, con cierto bagaje lector para afrontarla con la madurez que requiere.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

"El cielo en un infierno cabe", por Cristina López Barrios.

Me gustan los libros gordos. Los tochos. Me ponen los libros con más de seiscientas páginas. En serio. No todos, claro. Intento ser selectiva y no sucumbir por puro placer. De hecho, hace poco vi el último de Ken Follet y no me lo compré. Pero sí, me gustan mucho. Aún más si la historia que traen viene contada en un tono pausado, sin prisas, dedicando el tiempo necesario a construir, a dibujar, a ambientar, a meterte dentro. Son dos características que cuando convergen a la sombra de una buena historia… ay. Amor y éxtasis literario.

Hechas las aclaraciones pertinentes, procedo a derramar mi más absoluto entusiasmo por “El cielo en un infierno cabe”. En esta reseña vomitaré ríos de enamoramiento literario y alabaré punto por punto las bondades de esta novela, que es hermosa desde su título hasta sus últimas letras, en forma y contenido.

Dividida en dos extensas partes, la primera de ellas nos sitúa en el Toledo del año 1625, cuando Berenjena se sienta ante el Santo Oficio para relatar la historia de Bárbara, la niña que llegó una noche al hospicio en el que ella trabajaba, envuelta en un hermoso chal azul y con las manos ardiendo. Unas manos que pronto demostraron su capacidad para sanar o destruir, y que ahora yacen envueltas en trapos y cuerdas en una celda de la Inquisición, esperando tormento, muerte o libertad. Tras esta primera parte, impregnada de un frío realismo pero con ciertos toques mágicos, se sucede una segunda en la que el ritmo es algo más ágil y la trama abandona ése realismo imperante en el apartado anterior para sumergirse de lleno en el mundo de la fantasía, la magia y la alquimia. Un giro que se ha de tomar con la mente abierta para no derrapar en él.

Qué bonito escribe Cristina López Barrios. Tanto, que olvidas que estás leyendo. Su prosa se recrea en la descripción de lugares, olores, sensaciones, de una forma tan sutil, tan elegante, que la novela se acaba convirtiendo en un bombardeo sensorial, un ejercicio de inmersión brutal. La historia pasa ante tus ojos, se ve, se siente. Hueles el humo, se te enfría el cuerpo, formas parte del todo.

La ambientación es absolutamente magistral. Imagino que hay tras ella una ardua labor de documentación que está ahí, pero que no se ve. Igual que hay autores que necesitan páginas y más páginas para demostrarte cuanto han preparado su historia, cuanto han aprendido en el proceso, aquí ese trabajo está integrado de tal forma que no eres consciente de él.

Pero si hay algo destacable de esta novela, es sin duda sus personajes. Seductores, misteriosos, llenos de aristas y dualidades. No creo que nadie, al terminar la última página, sea capaz de clasificarlos en modo algunos. Bárbara, Diego, Berenjena, la hermana Ludovica, Tomás… todos ellos son víctimas de sus pasiones y sus deseos, de sus virtudes y defectos. Todos yerran, todos aman de una u otra forma.

No es una novela para devorar, ni fácilmente catalogable. No podría encuadrarla dentro del género histórico, ni romántico, ni fantástico, aunque es todo ello a un tiempo. Es de desarrollo lento, invita a ir quedándose con pequeños detalles que quizá necesitaremos más adelante. Hay que leerla con pausa, dotándola del tiempo necesario para que su atmósfera nos absorba y sus personajes terminen de dibujarse. Pero una vez dentro, no querréis salir de ella.

lunes, 30 de junio de 2014

"La leyenda del ladrón", por Juan Gómez Jurado.

“La leyenda del ladrón” es un viaje de vuelta a la niñez. A los libros que mi padre me traía, algunos rescatados de obras viejas, entre ruinas, abandonados por sus dueños. Otros de algún puesto ambulante, en ferias y mercadillos. Verne, Dumas, Salgari, Stevenson. Mi capitán de quince años y mis mosqueteros.
Casi he vuelto a oler, a sentir aquellas tardes eternas, tirada sobre la retalera, envuelta toda mi alma entre piratas y bandoleros. Sólo por eso ya tengo que agradecerle a Juan Gómez Jurado que escribiera “La leyenda del ladrón”. Porque más allá del estilo, de la trama, de los personajes, de cualquier aspecto objetivo de una novela que uno quiera abordar, lo que prevalece siempre son las sensaciones. Más si son tan gratas. Más si te llevan de vuelta a la niñez, al sol del sur y a la leche fría, cuando no había Google para buscar qué era un maravedí y los niños poníamos en práctica esa técnica tan fabulosa de adivinar significados por el contexto. O preguntándole a mamá. Viene a ser lo mismo.

Es también un homenaje a los clásicos. A los que he nombrado y seguro que a muchos más que nunca he leído. La prosa de Juan Gómez Jurado, tan sencilla y a la vez tan respetuosa con el lector, tiene el sabor de la picaresca del Lazarillo de Tormes; el espíritu de los Mosqueteros de Dumas y el alma aventurera de Verne.
Un constante juego de guiños literarios en el que también los dos autores más relevantes de la literatura universal se pasean con plena naturalidad, interviniendo aquí y allá, jugando a que realidad y ficción se den la mano y dejando a su paso una suerte de referencias que personalmente, he encontrado divertidas y bien hiladas.

“La leyenda del ladrón” es una muestra de que la buena literatura y el más puro entretenimiento pueden ir de la mano. Una prosa sencilla, nada farragosa, acorde con la historia que nos cuenta y que es, a un tiempo, elegante y cuidada. Todo ello dentro de una ambientación maravillosamente visual, en la que la ciudad Sevilla se convierte en un personaje más, dotado de vida, retratado en el fondo y en la forma de manera que adquiere personalidad, convirtiendo sus calles en tramposos matones o ansiados refugios.

Los personajes se dibujan con buena mano, dentro de los cánones de la novela de aventuras: malos y buenos, sin medios tonos. Quizá he echado de menos un mayor desarrollo de las relaciones que surgen entre ellos, especialmente la de Sancho y Clara, que parece resolverse en cuatro escenas y que podría haber tenido un mayor recorrido, especialmente si tenemos en cuenta la extensión de la novela y que hay ciertas partes que provocan sensación de estancamiento (sobre todo la segunda, con Sancho en galeras, y los últimos compases que tienen lugar previos al clímax final).

A pesar de ello, es una novela de la que sin duda disfrutaréis. Un fantástico relato de aventuras con mucha miga, casi con un poso de metaliteratura, que os regalará unas cuantas horas del más puro entretenimiento.