“Sueño ligero” es una
extraña novela, complicada de clasificar, que se vende como un thriller pero
que carece, curiosamente, de todos ésos adjetivos que solemos endosarle al
género. La novela de Jessica Treadway no es trepidante, no es adictiva, no
tiene un ritmo frenético. Por no tener, ni siquiera tiene un asesino en serie,
ni un detective protagonista (el bueno del inspector Thornburgh apenas se deja
ver al principio y al final, porque pasaba por allí). Sí que tiene una
atmósfera densa, a ratos agobiante. Sí que resulta rítmica, sin llegar a perder
el paso en ningún momento. Su cualidad más destacable es, probablemente, la
tensión psicológica a la que está sometida Hanna Schutt, su personaje
principal, y que acaba contagiándose al lector.
Porque a Hanna Schutt le
ha ocurrido una verdadera putada, una faena de las gordas. Alguien entró a su
casa una noche, mientras Joe y ella dormían, y les apaleó con un mazo de
cróquet. Su marido murió pero ella tuvo la mala suerte de sobrevivir. Ahora,
después de varias operaciones y con serias dificultades cognitivas, Hanna
intenta retomar el acto de vivir. Lo peor es que la cosa no se queda aquí. Lo
peor es que a Hanna no recuerda qué ocurrió aquella noche, pero sí sabe, porque
figura en los informes policiales, que ella misma le dijo al inspector
Thornburgh que los responsables de lo ocurrido eran su hija pequeña, Dawn, y el
novio de ésta.
Jessica Treadway ambienta
su historia, con mucho tino, en el terreno de lo cotidiano, dentro de la
intimidad de una familia. A través de los recuerdos de Hanna asistimos a la
evolución de su hija pequeña, una niña acosada en el colegio. Entra en juego
aquí, con un importante protagonismo, el tema del bullying, obligándonos a
reflexionar acerca de cómo puede influir ése malestar cotidiano en la maleable
mente de un niño o si ése maltrato puede ser causante o justificación para lo que
pueda ocurrir en el futuro. Como Hanna, el lector arrastra la duda de si Dawn
participó realmente en la agresión a sus padres pero, a un tiempo, es imposible
no sentir lástima por ella. La autora juega con los flashbacks y dosifica
correctamente la acción, imprimiendo a su desarrollo un tono sosegado pero
constante. Consigue también una ambientación densa, plomiza, gracias al
limitado uso de los personajes (apenas aparecen unos pocos desligados de la
familia) y de los espacios, ya que la mayoría de escenas tienen lugar dentro de
la casa de los Schutt.
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