Hay ocasiones en las que uno
ha de olvidarse de las inacabables listas de libros pendientes, de los géneros
e incluso las apetencias, y escoger lectura dejándose guiar por la más desnuda
y simple necesidad. En mi caso, sentarme con Murakami es lo más parecido que
tengo en casa a una botella de whisky añejo, del que uno sólo se atiza un buen
trago cuando arrecia la tormenta interior. Su prosa me resulta balsámica,
acogedora, casi curativa.
“Los años de
peregrinación del chico sin color” nos cuenta la historia de Tsukuru Takazi, un
joven ingeniero que tiene una enorme herida abierta. Un ser solitario y
tranquilo que a sus treinta y seis años entiende que para empezar a vivir ha
de cerrar cuentas pendientes. Es por ello que decide volver atrás e intentar
averiguar qué ocurrió dieciséis años atrás, cuando sus cuatro mejores amigos
decidieron abandonarle sin darle explicación alguna.
Es probable que sea esta
la novela más sencilla de Murakami. Totalmente alejada de la complejísima
irrealidad de “El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas” o de la
onírica “After Dark”, el autor japonés construye su trama más lineal, menos
extravagante. Pero no por ello abandona los temas recurrentes de su literatura:
el amor, el sexo, la muerte, los sueños. Los colores del alma humana, las almas
sin color. Pero en este caso, el autor
nos habla sobre todo de una transición, la que va de la juventud a la vida
adulta, y de ésa extraña dicotomía entre el concepto que tenemos de nosotros
mismos y el cómo nos ven los demás.
Narrada con su prosa
siempre envolvente, reflexiva y siempre atinada, Murakami dibuja a sus
personajes de forma prodigiosa, con mimo, y nos los entrega para que nosotros
formemos parte del todo, otorgándonos la capacidad de juzgar, adivinar,
colorear.
