Roberto es un buen tipo.
Aunque le pegue demasiado a la botella y haya días que termine bebiéndose hasta
el agua de los floreros. Aunque los que fueron sus compañeros en la policía ya
no quieran ni verlo. Aunque algunos días se lo coma el asco, la resaca y la
pena. Es un buen tío. Por eso me cayó bien. Su perfil no está demasiado lejos
del típico detective de novela negra, atormentado y alcohólico. Pero Roberto
tiene una buena excusa. Su hijo Jaime pertenece a ése grupo de niños que se
desvanecen un día y no vuelven a aparecer. Niños que no están muertos, ni
vivos. Que habitan una especie de limbo al que se trasladan también sus
familias, y del que no se vuelve.
Roberto lo perdió todo el
día que Jaime desapareció. Después de su hijo, se fue al traste su matrimonio y
detrás, su trabajo. Incapaz de afrontar la pena, tira para adelante a golpe de
copas y analgésicos, haciendo trabajos como detective de medio pelo. Hasta que
un día, su ex mujer vuelve a él para pedirle que se haga cargo de otra
desaparición. Y con ella volverán los fantasmas, los miedos y quizá, las esperanzas.
Una novela negra en la
que la trama es sólo la excusa y el caldo de cultivo para la creación de un
fantástico personaje, teñido de una inmensa tristeza. Y aunque en la prosa de
su autor, Claudio Cerdán, se deja caer algún recurso manido, alguna frase
trillada, hay en líneas generales una intensa belleza y un marcado respeto por
el lector. Un estilo no demasiado habitual en el género, que suele tirar más de
una escritura más ligera y desenfadada. En este caso, la atmósfera viene creada
desde el mismo vocabulario y estilo del autor. La sensación de pérdida, ése
vacío, impregna todo el conjunto.
He disfrutado mucho con
“Un mundo peor”. Una inesperada y sorprendente lectura. No será desde luego mi
última aproximación a este autor, y espero que no sea mi último encuentro con
Roberto Cusac.
