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jueves, 25 de enero de 2018

"Respirar por la herida", por Víctor del Árbol.


Para Eduardo la vida no tiene sentido desde que perdió a su esposa y a su hija en un trágico accidente de coche. A partir de entonces, pasa los días inmerso en un estado depresivo, incapaz de cerrar la profunda herida que le atormenta. Abandonó la pintura y pasó de ser un artista respetado a convertirse en víctima del alcohol y la autocompasión.

Pero su vida da un nuevo giro cuando recibe un encargo insólito. Gloria Tagger, una famosa violinista, le pide que pinte el retrato de Arthur Fernández, un rico empresario responsable de la muerte de su hijo y de otra niña. Él, tanto como Gloria, necesita comprender qué se esconde tras su rostro; averiguar qué siente, qué piensa y si se arrepiente. A cada pincelada, y a medida que cobra forma la obra, más supura la herida de Eduardo. Ha iniciado un viaje del que tal vez no podrá regresar...


Nunca he salido viva de una novela de Víctor del Árbol. De hecho, ya procuro enfrentarme a ella con los arrestos que precisa semejante tarea, a sabiendas ya de la que me espera: un esfuerzo para entrar, para querer formar parte de una amalgama de personajes grisáceos, desmenuzados en su pasado y en su interior para ofrecérselos a un lector que ha de encargarse de ubicarlos. Ya se encarga el propio autor después de irles cambiando de sitio, de llevar al infierno a los buenos para que los despedace la vida y de mostrarnos al torturador vulnerable y con principios. Aquí ya sabemos que no hay categorías, que nadie está a salvo, ni siquiera parapetado tras las páginas. De aquí no sale nadie indemne.

"Respirar por la herida" es un tratado sobre el dolor y la pérdida, una visita guiada por la cara más fea de la vida, todo disfrazado de novela negra, camuflado bajo una trama complejísima, que se asemejaba en mi mente, cuando iba leyendo, a una construcción descomunal, llena de entresijos. La sostienen unos cimientos sólidos, sus personajes, al principio ladrillos sueltos que van conformando, poco a poco, un todo. A Eduardo, a Gloria, a Arthur, a todos los que orbitan a su alrededor, es imposible no sentirlos cerca, no sentir por ellos compasión. Pero también se les detesta un poco, por pusilánimes, o por cobardes, o por exceso de arrojo. Como sea, son ellos los que sostienen sobre sus hombros el peso de una trama llena de giros y vericuetos, de cambios de tiempo y escenario que nos van a situar en el pasado y el presente de todos ellos.

Y narrándolo todo, el estilo asfixiante de Víctor del Árbol, su prosa delicada y dolorosa, su vocabulario, sus metáforas, sus diálogos, su forma casi exclusiva de contar el dolor.  

El único pero que encontré, allá por los compases finales, fue la sensación de que alguna pieza necesitaba un esfuerzo extra para ser encajada, como si ya mi mente anduviese saturada de probabilidades, dolor y casualidad. También es cierto que estamos ante una novela extensa y que requiere un esfuerzo, sobre todo, emocional, para completarla, por lo que es inevitable la sensación final de hartazgo y tristeza.


martes, 6 de octubre de 2015

"Un millón de gotas", por Víctor del Árbol.

Mi padre empezó a poner ladrillos muy pronto. No lo hacía por gusto, le gustaban más los libros que la paleta, pero a veces no se puede elegir. Mi padre es albañil, y aunque no es lo que él quería ser, hace su trabajo con extraña devoción. Coloca los ladrillos, deberíais verlo, con mimo y precisión, y entorna mucho los ojos para ajustar el nivel y tensar la cuerda. Puede pasar mucho tiempo así. Dando pasos aquí y allí que nadie podría descifrar, pasos que sólo él entiende.

He pensado mucho en mi padre leyendo "Un millón de gotas". En parte porque Víctor del Árbol habla mucho de éso, de nuestros padres, de lo que nosotros vemos, de la que imagen que de ellos dibujamos para construir sus mitos. Y en parte porque me imagino al autor haciendo un trabajo parecido al que hace mi padre. Un trabajo lento y minucioso, feo al principio, desolador cuando aún se están echando los cimientos. Una obra que gana en belleza y empaque con tiempo y paciencia, que necesita horas de incomodidad para erigirse como el lugar hermoso y casi confortable que resulta al final.

"Un millón de gotas" es la historia de Elías Gil, el joven que llegó a la URSS con un título de ingeniería bajo el brazo y volvió con una carga demasiado pesada a la espalda. Es la historia de Gonzalo, el hijo de Elías, un antihéroe, un hombre sometido por su familia política, por su incómodo matrimonio y por la carga de su propio padre. Es también la historia de Laura, de Luis, de Alcázar... Un amplio coro de personajes que no se pierden en la enorme galería que conforman, sino que se dibujan de forma individual, precisa e intensa. Víctor del Árbol toma páginas y tiempo, todo el que necesita, para recrearse en su creación, dándoles forma a través de su presente y su pasado, de sus actitudes y sus miedos, dando lugar a una fascinante amalgama de personalidades e historias crudas y amargas, como la vida misma.

No os voy a engañar, no es una lectura cómoda ni fácil, sino una de ésas que necesita paciencia, tiempo y fe para entrar en ella. El apartado histórico recoge varios episodios de la historia de ésos que hacen que tengas ganas de bajarte del mundo, plagados de violencia, crudos y descarnados. Víctor del Árbol escribe bonito pero no disfraza ni pone paños en la herida, su prosa no se recrea en las heridas, pero tampoco las tapona. Como si quisiera dejar la sangre fluir.

Reconozco que hacia el final, cuando ya estaba completamente dentro de la historia, y como ya me pasó con su novela "La tristeza del samurai", a veces debía pararme para cerrar el libro, tomar aire y tratar de deshacer el nudo del estómago. "Un millón de gotas" es una novela que duele, pero también me ha parecido imprescindible para los amantes de la buena literatura.
No es título, sin embargo, que me atrevería a recomendar a nadie. Creo que es una novela que da mucho pero que exige otro tanto al lector; que requiere de ciertos espacios, ambientes y estados de ánimo. "Un millón de gotas" necesita de un instante muy particular para ser leída, un lugar en el tiempo que yo no supe encontrarle y que me dificultó mucho el avance durante la primera mitad de la novela. Pero a pesar de ello, es casi con toda seguridad, una de las mejores lecturas que me ha traído este año.