Hay hechos que la
historia misma parece querer olvidar, que apenas aparecen en los libros, de los
que casi no se habla porque destrozan nuestro concepto del ser humano y nos
muestran hasta dónde puede llegar la brutalidad intencionada contra nuestros
semejantes. Hechos que el tiempo se traga. Yo nunca había oído hablar de la
masacre de Nanjing. Por si a vosotros os ha ocurrido lo mismo, os pongo en
antecedentes. En 1937, el ejército japonés sitió la ciudad de Nanjing. Durante
meses, sus habitantes vieron como su ciudad era bombardeada, quemada y
asfixiada. En Diciembre, las tropas entraron y comenzó una masacre que acabó
con la vida de miles de civiles. Los soldados japoneses tenían especial
predilección por las mujeres, que fueron vejadas, torturadas y violadas de
forma sistemática. Aquellas que tenían la desgracia de sobrevivir eran enviadas
a las llamadas casas de confort, en las que trabajaban como esclavas sexuales
hasta su muerte.
Una historia tan dura
exige ser contada con el talante que lo hace Geling Yan en “Las flores de la
guerra”. Porque a pesar de ello, los
horrores de la guerra se cuentan como el que mira de reojo, a través de
pequeños fragmentos de recuerdos, entre tragos de vino y humo de cigarro, a
través de la fragilidad de la niñez o de los ojos de un extranjero.
Durante toda la
narración, apenas salimos de la pequeña parroquia de Santa María Magdalena, la
iglesia del padre Engelmann, en la que han quedado atrapadas trece estudiantes.
Al iniciarse la invasión, un pequeño grupo de prostitutas llegará allí buscando
refugio. El choque es brutal, como os podréis imaginar. Pero cuando afuera
silban las balas, quizá las diferencias
más evidentes no sean tan importantes. Sacerdotes, niñas y prostitutas inician
una convivencia condicionada por el miedo y sus diferencias, sin apenas comida
ni agua, en la que todos resultan ser igualmente vulnerables.
Gaeling Yan construye una
novela coral, poblada de personajes que traza con intensidad y mucho tino a
través de sus recuerdos y actitudes. Destacan la figura del padre Engelmann, párroco
y hombre al frente de tan dispar rebaño; Fabio, hombre de Dios y extranjero en
todas partes; Zhao Yumo, una prostituta de alto copete que un día también fue
una niña bien. Todos ellos me han
conmovido, de una forma u otra. Algunos hasta las lágrimas. Mucha culpa la
tiene también la narración de la autora china, que no se vale de florituras ni
dramatismos, sino que dibuja el panorama con lucidez y precisión, con una
pasmosa sencillez y una elegantísima naturalidad.
