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martes, 3 de marzo de 2015

"El despertar de la señorita Prim", por Natalia Sanmartin Fenollera.

Cuando la pulcra señorita Prim, mujer de amplia cultura y cuidados modales, llega a la pequeña población de San Ireneo para trabajar como bibliotecaria en la mansión de un señor algo excéntrico pero ciertamente encantador, uno podría pensar que se ha colado sin querer en una novela inédita de Jane Austen o Charlotte Brontë. Porque es innegable que hay un poquito de la orgullosa Elizabeth Bennett o de la insatisfecha  Jane Eyre en la personalidad de la señorita Prim. Pero también hay pinceladas en esta novela, y en su orgullosa protagonista, que nada tienen que ver con las heroínas de la novela clásica sino que, muy al contrario, tienen mucho de crítica a la sociedad en que nos movemos hoy, tan cuadriculada y frenética.

-          Pero, Prudencia, ¿me va a decir ahora que ignora que San Ireneo es un pequeño reducto para exiliados de la confusión y agitación modernas?

 “El despertar de la señorita Prim” es una novela que no deja indiferente al lector que se aproxima a ella. No he leído una sola reseña que se pueda calificar de tibia sobre la novela de Natalia Sanmartin Fenollera: o entusiasma o la ponen a caer de un burro. Creo que tiene mucho ver en ello la perspectiva, el enfoque, que como lector damos a la historia que se nos está contando. Porque esta lectura puede interpretarse de muchas formas, todas ellas válidas: desde el homenaje a las novelas de las mencionadas Austen o Brontë hasta la novela romántica o una edulcorada distopía. En mi caso particular, desde el principio, “El despertar de la señorita Prim” se me antojó un fabuloso cuento para adultos, impregnado de guiños literarios y entrañables personajes.

-      -  Señorita Prim, ¿usted cree que existe de verdad en el mundo alguna persona como el señor Darcy? (…)
-       - Yo, creo, Eksi, que Jane Austen merece toda nuestra admiración por haber creado al hombre perfecto. Pero como tú eres una niña muy lista sabrás que no existe ninguna persona perfecta…

Ambientada en un pueblo pequeño reconvertido en sociedad idílica, un lugar donde siempre hay tiempo para una taza de chocolate a media tarde, hay en esta novela una invitación evidente a pisar el freno y a valorar lo cotidiano. En San Ireneo la gente vive despacio, los nuevos habitantes llegan buscando espacio y aire, los niños leen a Dante y Homero y una paz casi beatífica envuelve sus calles. Una atmósfera encantadora, que dota a la historia de una entrañable quietud, y en la que se mueven una amplia galería de personajes construidos con gusto y acierto: el encantador Horacio Delàs, la refinada Herminia Treaumont o un agradable coro de niños que aman los libros.

Porque son los libros otros de los grandes protagonistas de “El despertar de la señorita Prim”. Y no sólo porque nuestra protagonista sea la encargada de limpiar, mimar y recolocar los pesados tomos de la biblioteca de El Hombre del Sillón. Lo son porque se habla de ellos, porque están ahí durante toda la narración, convertida en un precioso homenaje a la literatura de cualquier tiempo y estilo, la valorada por la crítica y la tradición y aquella valorada por los lectores de a pie.

La bibliotecaria sonrió aliviada. Por un momento había temido que Herminia Treaumont perteneciese a ese grupo de almas toscas incapaces de comprender el valor radical de una vieja edición de Mujercitas en un plan de educación.

Merece también atención la delicada, cuidada y agradable prosa de Natalia Sanmartin, su buena mano para la creación de unos diálogos en los que se palpa la química entre sus personajes, con lo difícil que es conseguir eso por escrito. Una narración elaborada pero con chispa, ágil y discreta.


No puedo dejar de recomendaros esta novela si estáis con la señorita Prim y conmigo, si sois de los que pensáis que Mujercitas, con todo su almíbar, es una novela necesaria y amable. Si incluso, secretamente y aunque no se lo contéis a nadie, Homero os parece un escritor muy reputado pero un poco denso para leer al volver de trabajar. O si simplemente hay días en los que os bajaríais del mundo para comer una tostada con miel y un chocolate caliente. Entonces, os gustará “El despertar de la señorita Prim”.