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miércoles, 4 de abril de 2018

"Sigo siendo yo", por Jojo Moyes.

Lou Clark sabe demasiadas cosas...

Sabe cuántos kilómetros hay entre su nuevo hogar en Nueva York y su nuevo novio, Sam, en Londres.

Sabe que su jefe es un buen hombre y sabe que su mujer le está ocultando un secreto.

Lo que Lou no sabe es que está a punto de conocer a alguien que va a poner toda su vida patas arriba.

Porque Josh le recordará tanto a un hombre que conocía que hace que el corazón le duela.

Lou no sabe lo que hará a continuación, lo que sí sabe es que lo que decida lo cambiará todo para siempre.


Lou Clark sabe demasiadas cosas, reza la sinopsis de "Sigo siendo yo". Jojo Moyes, su autora, también. Sabe que el filón de Lou le permitirá seguir vendiendo libros como rosquillas. Sabe que mucha gente los comprará movida por los sentimientos que generó en muchos de nosotros "Yo antes de ti". Sabe también que es una buena contadora de historias, que se le da bien hablar de sentimientos. Sabe ponérselo fácil al lector, ofreciéndole su estilo sencillo y amable, salpicado de un humor que te permite leer con una sonrisa en los labios. Lo que no sé si Jojo sabe es que ni este libro, ni su anterior, tienen sentido más allá del negocio editorial. Que ella tuvo una historia que contar, y lo hizo maravillosamente bien, pero ahí debió quedarse, en el punto y final de "Yo antes de ti".

Habrá, obviamente, cientos, miles de lectores que no compartan mi opinión, y que estén dispuestos a seguir la errática carrera de Lou por donde quieran llevarla. Así que no os toméis demasiado en serio lo que digo, especialmente si eres un potencial lector de esta entrega.

Confieso que a pesar del desengaño de la segunda parte, me gustó mucho el arranque de este "Sigo siendo yo". Moyes vuelve a colocar a Lou en territorio hostil, allá en la jungla neoyorkina, en medio de una familia tan rica como peculiar, y ante todo, llena de secretos. Me gustó la introducción de personajes como Ilaria o Agnes, que aportaban un punto de misterio y de carácter que le faltó a las incorporaciones de la segunda parte. No tanto el recurso del chico que se parece a Will, que de manido y simplón me dio ganas de lanzar el libro desde lo alto del Empire State. La cuestión es que a mitad de novela, el misterio en torno a los Gopnik se diluye y pasamos a otra cosa, sin más. Entiendo que el punto fuerte de Moyes no es el manejo del suspense, que lo suyo es contar otro tipo de historias. Vale. Pero qué chasco.

A partir de ahí, la trama desemboca en una especie de comedia romántica, con triángulo amoroso incluido, en el que algunos personajes dejan de ser coherentes con todo lo que han hecho hasta ese momento, y se vuelven imbéciles o encantadores, según toque, por exigencias del guión.  Aquí te aguantas las ganas de leer en diagonal porque es Lou y le tienes cariño, pero las tropecientas páginas se te empiezan a hacer bola y se anuncia una severa indigestión.

Guardé durante años la continuación de "Yo antes de ti" es la estantería, sin decidirme a abrirlo, porque me temía que me ocurriese, precisamente, lo que me ha ocurrido. Que me pareciese todo innecesario y que me estropease el grato recuerdo de la historia de Lou y Will. Esta lectura conjunta me pareció la excusa perfecta para rescatarla y darle la oportunidad, segura de que si no era ahora, posiblemente no la leería nunca. Y aunque me arrepienta un poquito de haberlo hecho, me gustaría agradecer a los blogs organizadores la oportunidad que nos ofrecen, en innumerables ocasiones, de leer historias a las que, de otro modo, no llegaríamos.

viernes, 6 de octubre de 2017

"Un café a las seis", por Pilar Muñoz Álamo.


Raquel se dispone a acudir a una cita de compañeros de promoción organizada por su amiga Lourdes después de 25 años, aunque en el fondo siente que no debería ir; una parte del pasado, que no la ha dejado vivir en paz, podría estar esperándola en el hotel donde tendrá lugar la celebración. 

Ansía ese encuentro tanto como lo teme. Porque aquello de lo que ha estado alimentándose a lo largo de su vida podría dejar de ser real. O atraparla para siempre. 
Unas veces, no podemos huir del pasado. Otras, no deseamos escapar de él.

«Un café a las seis» es una historia intensa, emotiva, reflexiva, visceral. Una historia escrita con el corazón. De las que te hacen sentir.



Raquel es una más de tantas. Un poco de tu madre, o de mi hermana o de nuestra vecina del primero. Una mujer que es invisible hasta que alguien necesita una camiseta limpia o un bocadillo para llevar. A Raquel la asfixia la rutina del día a día, pero apenas es consciente de ello. Se ha olvidado de que tiene unos vaqueros ceñidos en el armario que le quedan de puta madre, de que el sexo no es una coreografía ensayada y repetida hasta el hartazgo y de que una vez se enamoró como una cría. A todo eso lo sepultó el paso del tiempo, otra vida que eligió ella, sin más coacciones que la ignorancia. Un paso mal dado al que le sigue otro, y otro más. No penséis que Raquel es infeliz. Tiene dos hijos por los que daría la vida, una relación de pareja cómoda, un trabajo y amigos. Pero no está llena.

Pilar Muñoz vuelve a poner al frente de su historia a un personaje aparentemente anodino, una mujer más, y nos invita a escarbar en sus recovecos, en su verdadera complejidad. A través de la narración en primer persona, somos testigos de excepción de sus miedos y sus esperanzas. Porque ese reencuentro va a servir para obligarla a mirar atrás y volver a ver cada instante en que claudicó, cada elección hecha dando prioridad a otros, sin querer anteponer lo que ella deseaba realmente. Una revisión de errores que la han llevado hasta el lugar donde está.

¿Qué he estado haciendo yo? Toda la vida esperando sin saber a qué, [...] dejando transcurrir el tiempo, lamentándome por lo que perdí, quitándome la frustración a guantazos. deseando tal vez que un rayo cayera del cielo y partiera mi mundo en dos para volver a empezar, porque yo sola no tenía las agallas de hacerlo. He sido una cobarde de mierda. Ahora lo sé. El temor a lo que pudiera venir fuera peor que lo que dejaba me ha tenido atada y amordazada durante años. A medio vivir. Y hay veces en que hay que dejarse morir para poder optar luego a vivir con plenitud.

Siempre me ha gustado el modo en que Pilar Muñoz retrata a sus personajes femeninos, mujeres fuertes y valientes escondidas tras la fachada de lo cotidiano, mujeres que han cometido errores pero que tienen el valor de sobreponerse a ellos y seguir mirando hacia adelante. A Raquel le cuesta un mundo digerir los suyos, y al final, ese reencuentro con ese amor de la juventud no es más que un detonante, la chispa necesaria para que todo su mundo salte por los aires.

Y siempre me ha gustado, sobre todo, su forma de contarlo. Esa intimidad que sabe crear con sus lectores, una conexión que apela a lo emocional, valiéndose de los sentimientos como vehículo para contar una historia, un lenguaje que todos entendemos.

Quizá no me ha gustado tanto algo que ocurre en la última parte del libro, que sirve como una especie de justificante ajeno para las decisiones que toma Raquel. No puedo ir más allá sin desvelar algo que no debiera, pero sí os cuento que habría preferido que ocurriese de otro modo, aunque quizá eso hiciera que Raquel no saliese tan bien parada. Sobre el final, aún estoy decidiendo si me dejo llevar por mi parte racional o me lío la manta a la cabeza y gana el pulso mi yo emocional, el que se decanta por creer en el azar y el destino.

He disfrutado, como ya lo hice con las anteriores, la nueva novela de Pilar Muñoz. Me ha encantado perderme en la vorágine emocional en que se ve inmersa Raquel, volver con ella a los años de la juventud y la universidad, pensar en cómo las pequeñas decisiones que vamos tomando nos conduce por caminos a los que nunca esperamos llegar. Una historia bonita y bien contada, apta para casi cualquier lector.

jueves, 22 de junio de 2017

"La mujer de la libreta roja", por Antoine Laurain.


Laurent Letellier, banquero parisino convertido en feliz propietario de una pequeña librería, encuentra una mañana de camino al trabajo un bolso de mujer depositado encima de una papelera. Intrigado, se lo lleva a la tienda con la intención de devolverlo a su propietaria. Sin billetero ni teléfono, la tarea se presenta más complicada de lo que podría parecer y Laurent, arrastrado por una irrefrenable curiosidad, empieza a reconstruir el rompecabezas de la vida de la desconocida a través de los objetos que contiene el bolso. El diario de Laure, que así se llama la mujer, una libreta roja llena de anotaciones, pensamientos y recuerdos será el hilo conductor que le proporcionará las pistas para buscarla. Pero, a la vez, la libreta es una llave a su intimidad, y Laurent se encontrará cada vez más inmerso y, en cierta forma, conectado a la historia de esta misteriosa mujer, cuya búsqueda se convierte en una absorbente labor detectivesca.


Me ha gustado mucho “La mujer de la libreta roja”, y no solo porque ocurre en París y llueve. También porque hay un librero atractivo, de cuarenta y tantos, que se cansó de los números y las falsedades que acompañaban a su oficio de banquero. Y se atrevió a ceder a la tentación de las letras, abrió una librería en el corazón de la ciudad del amor y la llamó Le Cahier Rouge.

Me ha gustado tanto, quizá, porque el amor por los libros y las letras se siente en cada uno de los breves capítulos que conforman esta novela. Porque por sus páginas pasea el mismísimo Patrick Modiano, que un día le firmó un libro a una mujer con un bolso malva, y que será requerido por el destino para interceder en esta historia. Y eso no pasa a menudo, claro.

Me ha gustado la pluma delicada de Antoine Laurain, tan amable y tan sencilla, sin ínfulas de protagonista. En ocasiones reflexiva, en ocasiones tremendamente divertida. Será difícil que olvide el viaje de William en metro, tratando de elaborar una hipótesis plausible para la existencia del librero.

Me ha gustado porque Laure y Laurent son de verdad y, al mismo tiempo, les envuelve un aura mágica, como de cuento. Y porque hay un gato, también por eso.


“Uno se oye pronunciar frases que nunca ha dicho, oye sus pasos resonar en lugares adonde jamás ha ido, distingue el oleaje de una playa cuya arena no ha pisado en su vida. Oye la risa y las palabras de amor de una mujer que la que no ha llegado a relacionarse. Le ronda la idea de una historia con ella. Por alguna razón desconocida, no hemos cedido al exquisito vértigo que acompaña los pocos centímetros que hay que recorrer hasta el rostro del otro en el primer beso. Hemos pasado al lado de algo, hemos pasado tan cerca de algo que una parte permanece.”

martes, 6 de junio de 2017

"Bajo los cielos de zafiro", por Belinda Alexandra.


En 1942, después de la invasión alemana al a Unión Soviética, se formó un escuadrón compuesto exclusivamente por mujeres. Bautizadas como las Brujas de la Noche, se convirtieron en uno de los grupos más temidos por el ejército alemán durante la Segunda Guerra Mundial.

Año 2000. Los restos de un avión de combate de la Segunda Guerra Mundial aparecen en un bosque cerca de la frontera entre Ucrania y Rusia. El avión pertenecía a Natalia Azarova, una de las Brujas de la Noche. Pero su actual paradero sigue sin respuesta. ¿Era realmente una espía alemana que fingió su propia muerte, como afirma el Kremlin? Su amante, Valentín Orlov, ahora un general condecorado, se niega a creerlo.



Ni la novela histórica ni la romántica son géneros que me gusten especialmente. Sin embargo, de cuando en cuando alguna novela que aúna ambos me hace tilín y me dejo llevar. Algo así me ocurrió con esta que hoy os traigo, que me atrajo por la ambientación en la Rusia de Stalin y por el hecho de estar protagonizada por un grupo de mujeres que se dedicaron a combatir en la II Guerra Mundial.

“Bajo los cielos de zafiro” es una de ésas novelas en las que aparecen dos líneas temporales y en las que, inevitablemente, uno acaba más enganchado a una que a la otra. En este caso, el hilo actual no es más que una mera excusa para narrar la anterior. Quizá por eso su protagonista me ha resultado un tanto insípida, y me ha costado conectar con ella y su dolor por la reciente pérdida de su marido. Al final, Lily ha resultado ser poco más que un vehículo para hablarnos de la verdadera protagonista de la novela, la piloto Natalia Azarova, combatiente de las fuerzas soviéticas durante la ocupación alemana.

Con una prosa ligera y amable, Belinda Alexandra nos conduce por la infancia de Natalia, por su amistad con Svetlana, y la posterior caída de su familia en manos de las fuerzas de Stalin. Ahí comienza un periplo que nos llevará a la Lubjanka, la temible cárcel soviética, y a los campos de concentración. Me ha gustado el retrato de la Rusia de la época,  los contrastes entre la opulencia de los amigos del régimen y la miseria de los que no son gratos. La autora no se recrea en exceso, pero da las pinceladas suficientes para crear una ambientación eficaz y adecuada con el tono de la novela. Acierta sobre todo en lo emocional, retratando con tino la pérdida, el hambre, la incertidumbre.

Sí que he echado en falta, ya que lo prometía la sinopsis, saber más de ese escuadrón de mujeres combatientes. Lo cierto es que esperaba saber mucho más de ellas, y en ese sentido, la novela se me ha quedado algo corta, ya que se limita demasiado al personaje de Natalia, a sus habilidades en el aire y, sobre todo, a su romance con su camarada Valentín Orlov. Una historia que, personalmente, me ha parecido bonita pero que no ha llegado a calarme de una forma especial.

“Bajo los cielos de zafiro” me ha parecido una novela amable, entretenida, con un buen equilibrio de sus elementos, y que quizá, falla prometiendo en su sinopsis algo que luego no acaba de dar. Aún así, la trama funciona y concluye tirando de una emotividad sin excesos que, yo personalmente, agradezco. 

miércoles, 31 de mayo de 2017

"Música para feos", por Lorenzo Silva.


Mónica y Ramón se conocen por azar, en un local nocturno, en el que ninguno de los dos pinta gran cosa. A veces, las historias comienzan así. Mónica y Ramón no han tenido mucha suerte en la vida, ni les quedan demasiadas esperanzas de tenerla alguna vez. Mónica es una periodista al borde de los treinta que subsiste con un subempleo que detesta. Ramón, mediados los cuarenta, se obstina en ser un misterio: no desvela a qué se dedica. 

Podrían no haberse vuelto a ver nunca, pero una semana después se reencuentran y la cosa ya no tiene remedio: la música que se les negaba empieza a sonar. Tiempo después, Mónica lo recuerda. En sus propias palabras: “Lo único limpio y hermoso que de veras he tenido”.




Qué difícil resulta escribir una buena historia de amor. Qué complejo retratar el sentimiento más universal y más trillado de la literatura, y hacerlo sin caer en la cursilada y el tópico. Y qué valiente en este caso en particular, viniendo de la mano de un autor consagrado como Lorenzo Silva, cuyo nombre se asocia además a un género que está en las antípodas de esta “Música para feos”. Y sin embargo, viene a demostrar que las buenas historias lo son sin más, ajenas a etiquetas y prejuicios.

A través de Mónica y Ramón, Silva saca esa capacidad tan suya para retratar el alma humana y su contenido. Y así dibuja llena de luz una primera parte que me robó el sueño, que me dejó temblando, como si me hallase yo misma en ésa cálida antesala de la historia de amor naciente. Con Mónica, con Ramón, asistimos a la reconciliación que uno ha de llevar a cabo consigo mismo antes de empezar de nuevo, y con ellos retomamos la esperanza, la fe. Sin revolcarse en las penurias pasadas, con la convicción que te otorgan esos primeros días.

“Me dormí pensando lugares donde citarle, con aquel temor antiguo a que decidiera no venir; el temor que un día había sido la antesala de la luz más hermosa, la luz que esa noche recé, como la creyente que ya no era, para que volviera a acariciarme la piel”.

Por mucho que me empeñe, difícilmente haré justicia con mis palabras, tan limitadas, a la amalgama de sensaciones que esa primera parte despertó en mí. Pero todo me pareció tan bien narrado, tan acertado en el tono y en la forma, envuelto en el aura de una madurez que suelo echar de menos cuando un autor me quiere hablar de amor.

Me gustó también la segunda parte, en la que la música toma protagonismo, y a través de ella casi siempre se hablan Mónica y Ramón, se dicen aquello con lo que no les alcanzan las palabras y los cuerpos. Porque a pesar del devenir de la trama, de la que nada más se debe desvelar, conserva la calidez y la belleza que me conquistó en los primeros capítulos.

Mucho más dura me resultó una tercera parte de la poco puedo hablar por miedo a hacerlo más de la cuenta. Pero me lo resultó, sobre todo, porque se aborda un tema sobre el que mis ideas están tan claras, desde hace tanto, que no pude acabar de conectar con ella. En el fondo, yo solo quería que siguiera sonando la música.

“Y veo la paz de eso que ya éramos, de eso que podríamos ser, no sé si durante meses, años o toda la vida, porque esto nadie lo sabe y los escorpiones de la incomprensión y el recelo acechan debajo de cada piedra que puedas un mal día o una mala noche levantar.”

No seré yo quien le descubra a nadie, a estas alturas, las bondades de la narrativa de Silva. Pero sí os invito a visitar esta novela, que ha sido para mí una grandísima sorpresa, a pesar de que ya estaba familiarizada con su estilo, pues por mis manos han pasado prácticamente todas las novelas protagonizadas por Bevilacqua y Chamorro. Aquí hay música, aquí reside una historia más honda, más bella, e inevitablemente, más dolorosa. 

martes, 16 de mayo de 2017

"La chica que dejaste atrás", por Jojo Moyes.


En 1916 el artista francés Édouard Lefèvre ha de dejar a su mujer, Sophie, para luchar en el frente. Cuando su ciudad cae en manos de los alemanes, ella se ve forzada a acoger a los oficiales que cada noche llegan al hotel que regenta. Y desde el momento en que el nuevo comandante posa su mirada en el retrato que Édouard pintó de su esposa nace en él una oscura obsesión que obligará a Sophie a arriesgarlo todo y tomar una terrible decisión.

Casi un siglo más tarde, el retrato de Sophie llega a manos de Liv Halston como regalo de boda de su marido poco antes de su repentina muerte. Su belleza le recuerda su corta historia de amor. Pero cuando un encuentro casual revela el verdadero valor de la obra, comienza la batalla por su turbulenta historia, una historia que está a punto de resurgir, arrastrando con ella la vida de Liv.



Hay algo especial en la forma de escribir de Jojo Moyes. Creo que es la naturalidad con la que fluye su narración, la forma en la que crea sus personajes, consiguiendo que casi se materialicen frente a tus ojos. Es también ese toque de humor en medio del caos, la sonrisa que surge en mitad de la desesperación que todos hemos sentido alguna vez. Porque Moyes construye historias amables, bonitas, que sin embargo contienen un poso de tristeza en sus cimientos.

En “La chica que dejaste atrás”, esos cimientos se hallan en la ocupación francesa por parte de las tropas alemanas durante la I Guerra Mundial. En la pequeña localidad de Péronne ya solo quedan mujeres y niños, pues los hombres partieron al frente. Allí, Sophie y su hermana Hèlene siguen regentando Le Coq Rouge, un pequeño hostal que supone el único medio de supervivencia para toda la familia.

Me ha parecido una auténtica delicia esta primera parte. Moyes retrata con precisión y sutilidad sentimientos como el dolor ante la ausencia de los seres queridos, la desazón de no poder alimentar a los tuyos o el miedo de vivir bajo la opresión del enemigo.  Todo ello en el marco del pequeño Le Coq Rouge, con sus olores y sabores, y más allá de sus puertas, el pequeño pueblo de St Péronne, con lo bueno y lo malo de ésos pequeños pueblos, con sus fidelidades, sus habladurías y sus maledicencias. Al frente de esta línea temporal se halla el personaje de Sophie, una mujer valiente, fiel a sus creencias, que se verá obligada a luchar contra sus propios principios para seguir adelante.

Quizá por eso me costó el cambio de tercio, cuando la historia de Sophie se corta de una forma un tanto abrupta y nos adentramos en la línea temporal presente.  En ella conocemos a Liv Halston, una mujer frágil, rota por la reciente pérdida de su marido, que se verá inmersa, para más inri, en un complicado proceso judicial. Y es que Liv es la dueña del cuadro La chica que dejaste atrás, en el que el artista francés Édouard Lefèvre retrató a su esposa, Sophie, antes de la guerra y que acabó en manos de los nazis.

Me ha resultado interesante el tema de las obras de arte expoliadas durante la II Guerra Mundial, y el proceso por el que muchas de ellas son devueltas a los descendientes de sus legítimos dueños. Sin embargo, he de confesar que fascinada como estaba por la trama de Sophie, el periplo de Liv se me ha hecho innecesariamente largo y doloroso, aderezado por un romance bonito pero que se desarrolla de forma un tanto precipitada.

En todo caso, estamos a una lectura muy agradable, narrada con ese estilo amable y delicado tan característico de Moyes, con unos personajes bien perfilados y que acaban resultando entrañable (mención especial a ese neurótico padre de Liv). Una encantadora novela para todos los públicos, ideal para un fin de semana de ésos de manta, café calentito y sofá.

miércoles, 5 de abril de 2017

"Violet & Finch", por Jennifer Niven.




Violet está rota. Finch está roto. ¿Pueden dos mitades rotas reconstruirse?
Esta es la historia de una chica que aprende a vivir de un chico que pretende morir; de dos jóvenes que se encuentran y dejan de contar los días para empezar a vivirlos.



Que no os engañe esa sinopsis que bien podría haber escrito una niña de once años después de un par de horas viendo series de Disney Channel. Leí “Violet & Finch” a lo largo de cuatro noches larguísimas, de ésas de que uno ha de estar en vela forzada. Necesitaba una lectura que me acompañara sin exigirme demasiado, que me dejase un poso de bienestar. Y me equivoqué por completo en la elección. Porque me dejó tocada durante un par de días sin que lo hubiera visto venir.

“Conozco lo suficientemente bien la vida como para saber que no puedes contar con que las cosas permanezcan intactas e inmóviles, por mucho que te gustaría que así fuera. No puedes evitar que la gente muera. No puedes evitar que se marche. Ni siquiera uno mismo puede evitar marcharse.”

De “Violet & Finch” esperaba una historia de amor ligerita, adolescente, amable, entre un freak y una animadora. Y al principio sí que hay algo de eso, pero después, la historia de Violet y Finch se atreve también con conceptos como la enfermedad mental, el acoso escolar, el dolor de los que se quedan tras una pérdida, el maltrato infantil.  Y lleva este atrevimiento hasta un extremo inesperado, al menos para mí, y me imagino que mucho más para los lectores habituales de un género que, en general, suele edulcorar mucho más sus argumentos.

Narrada a dos voces, las de Violet y Finch,  la autora logra imprimir carácter propio a ambos personajes, aunque ahonda más en la compleja mente de Finch, lo que ha hecho que esa parte sea, inevitablemente, más interesante para mí. Me ha gustado como Jennifer Niven se adentra en distintos conceptos a través de él, valiéndose muchas veces de referencias literarias y citando, a menudo, a autores como Cesare Pavese o Virginia Woolf, cuya elección no es ni mucho menos casual.

“Violet & Finch” (“All the Bright Places” en la versión original, un título para mi gusto mucho más bonito) me ha parecido una novela juvenil entretenida y, sobre todo, arriesgada, que se adentra en algunos terrenos que el género no suele frecuentar, y narrada por dos personajes a los que me ha gustado conocer.


martes, 21 de febrero de 2017

"El aviso de los cuervos", por Raquel Villaamil.

Brigit regresa a su ciudad de nacimiento en búsqueda del único familiar que tiene, su abuela. De los escasos recuerdos que guarda, poco queda en la casi abandonada ciudad de Ballymote. Sus calles, casas y bosques esconden misterios que parecen retroceder a los tiempos en que de las leyendas surgió algo real, algo monstruoso.

Brigit tendrá que encontrar todas las respuestas, buscar entre sus pesadillas y descubrir la verdad en un mundo que ya no es el suyo, y que se revela de entre las sombras cuando avisan los cuervos.

Hay historias que suponen para nosotros un viaje a otro tiempo y lugar. La novela que hoy os traigo ha sido, para mí, la vuelta a una estupenda época en la que devoraba novelas de corte fantástico, los fines de semana eran la excusa perfecta para darme un atracón de series y aún podía comer sándwiches de nocilla a pares sin que se quedasen a vivir para siempre en mis caderas. Sólo por ese viaje ya ha valido la pena leer “El aviso de los cuervos”.

Pero la nostalgia no es la única razón que me ha hecho disfrutar de esta novela de Raquel Villaamil. Y es que su atmósfera, sus personajes y la historia que nos plantea conforman un cóctel que agradará seguro a aquellos que disfrutan de las novelas que aúnan fantasía y romance.

La novela arranca con la vuelta de Brigit a Ballymote, de donde huyó siendo una niña. La ciudad pronto se convierte en una de las indiscutibles protagonistas de esta historia. Sobre ella flota una sensación opresiva y constante de inquietud, y el lector, como Brigit, siente un temor que no se concreta pero que flota constantemente en el ambiente. Villaamil apela a nuestros miedos infantiles, a la pérdida y el abandono, al ancestral temor al bosque, y consigue crear una atmósfera inquietante que se erige como uno de los puntos fuertes de la novela.

Quizá lo que mejor hace Villaamil es equilibrar los elementos de los que dispone, dosificando con acierto intriga, romance y fantasía, y manejando muy bien los tiempos de la novela. Así, la inquietud predominante en las primeras páginas va dejando paso a la fantasía, que gana terreno conforme los misterios se van desplegando ante nosotros, dando lugar a un universo con sus propias normas y habitantes que funciona bastante bien, a pesar de no ser especialmente novedoso.

Aquí, claro, es importante recordar que nos enfrentamos a un universo fantástico, y que en algún momento, tendrá que surgir la magia y las bestias, haciendo que ese miedo impreciso se materialice de algún modo. Por tanto, no es una historia para escépticos, pero sí para todos aquellos que disfrutan dejándose llevar por estos terrenos.

Me ha gustado mucho también el aspecto romántico de la novela, a pesar de que en algún momento Brigit me ha parecido un poquito volátil, pero la autora se las arregla para que incluso eso quede bien cerrado y justificado.

Como veis, son muchas las razones que me han hecho disfrutar de “El aviso de los cuervos”. Si os gustan este tipo de propuestas, os invito a adentraros en Ballymote y a conocer a sus habitantes a través de la narración de Raquel Villaaamil, una autora a la que me gustará seguir leyendo. ¿Qué tal un spin off sobre Mist? ;)

miércoles, 8 de febrero de 2017

"Juntos, nada más", por Anna Gavalda.

Nosotros cuatro, aquí, ahora, en este Clío destartalado, liberados, juntos, y que venga lo que tenga que venir…

Qué difícil se me hace hablar de las historias que me alcanzan así, a traición. De esa forma tan inesperada que a veces te arrebatan los libros la vida que tienes fuera de ellos. Esos días en los que caminas con la cabeza en otra parte, en los que te encuentras frunciendo el ceño y sonriendo sin motivo, ajena a lo que ocurre a tu alrededor, buscando un resquicio de calma para abrir una novela y evadirte. Evadirte de verdad, marcharte lejos, no entender nada de lo que ocurre a tu alrededor. Así han sido mis días con ellos, con Camille, con Paulette, con Franck y Philipert. “Juntos nada más” se llama la historia que ha regalado un montón de instantes de absoluta felicidad. Y Anna Gavalda su autora, a la que tanto hice esperar en mi estantería…

Camille dibujaría si tuviera fuerzas para hacerlo. Malvive en una buhardilla y limpia oficinas de noche. Un día, cuando ya está al borde del abismo, es rescatada por su vecino, Philibert, un caballero venido de unos siglos atrás, educado, tartamudo y vendedor de postales, compañero de piso de un cocinero malhablado, Franck Lestatier, que a su vez, vive encabronado porque la única persona que le ha querido en la vida se apaga en un asilo sin que él pueda hacer más por ella, por su abuela Paulette.

Y eso es todo. No ocurre mucho más a lo largo de las más de quinientas páginas que conforman esta novela. Ni falta que le hace. Porque sus personajes, con sus vivencias, llenan el espacio que necesita el lector y hacen que uno quiere quedarse con ellos por siempre. Anna Gavalda construye unos personajes reales, sazonados de una tristeza inmensa de la que aprenden a desprenderse juntos. Y así, Camille empieza de nuevo a dibujar, y Franck cocina en casa para que a esa niña frágil le engorden las muñecas y las piernas, y Philibert va encajando las sílabas y perdiendo el miedo, y Paulette aprende y enseña acerca de la resignación.

Sonrieron a sus reflejos en el espejo y ese medio segundo duró más que un medio segundo normal.

Para conseguir eso, se necesita escribir muy bien. Y así lo hace Gavalda en esta historia, cuánto lamento el tiempo que la tuve en la estantería, sin acercarme siquiera a mirarla. Aún no me explico cómo no presentí la ligereza, la belleza que se escondía en sus páginas. La francesa no necesita alardes literarios, no presume de nada. Escribe, del mismo modo que Camille dibuja, con sencillez, aferrada a lo mínimo, a lo más básico. Sin adornos ni exquisiteces, con delicadeza, con ternura, captando instantes que van de lo cotidiano a lo excepcional, retratándolos con exactitud. La francesa insufla vida a sus personajes a través de los diálogos, buscando la voz propia con la que ha de expresarse cada uno de ellos y logrando unos diálogos que suenan espontáneos y reales.

Como veis, ha sido una lectura de la que he disfrutado muchísimo y a la que no he encontrado nada que objetar. Ahora me toca seguir leyendo a la francesa, aunque me da un poco de respeto leer por ahí que esta es su mejor novela y que quizá las otras no vayan a gustarme tanto. ¿Me recomendáis algún otro título suyo?

miércoles, 18 de enero de 2017

"Besos sabor a café", por Raquel Antúnez.

A todos nos gustan los besos con sabor a café. No me digáis que no. También los chicos como Carlos, pero creo que esos no existen. Al menos no fuera de la novela de Raquel Antúnez que hoy os traigo. Pero es bonito pensar que sí, ¿verdad?

Adriana dejó Canarias hace años de la mano de Álvaro, ambos en busca de un futuro mejor. Siete años más tarde, su relación está en un punto de no retorno. Sobreviven gracias al precario trabajo de él mientras ella acumula años y kilos en casa. Y un buen día, corriendo por el parque, Adriana se tropieza con Carlos y ¿ya adivináis qué pasa, a que sí?

Adriana, Álvaro y Carlos se ven inmersos en un triángulo amoroso que no sólo vive de besos y algún momento erótico. Su historia viene salpicada de bocados de realidad: el desempleo, la soledad, una bofetada puntual, la paz momentánea que ofrece una botella, el desamparo de los que abandonan a los suyos en busca de una oportunidad… Es en esta dinámica en la que mejor funciona “Besos sabor a café”,  mucho mejor como novela romántica con trasfondo de actualidad que como novela chick lit o similares.

Me ha gustado mucho también el buen ritmo de la novela, armada en capítulos cortos, sin abusar demasiado de los típicos encuentros y desencuentros del género, con un lenguaje sencillo pero correcto y sin caer ésa dejadez gramatical que a veces me he topado en las novelas autoeditadas y que aquí he percibido más cuidada.

Y supongo que ahora toca hablar de lo que no me ha gustado, que ya os digo que es algo más bien anecdótico, ya que en conjunto, me ha parecido una estupenda historia escrita con ganas y gusto.

Peeeero….

Pero si hay algunas cosas que cambiaría. Porque no me gustó que Adriana tarde tanto en darse cuenta de hacia adonde va lo suyo con Álvaro, ni me gustó que sea tan ingenua, ni me gusta que moje las bragas, perdonadme la expresión, con tantísima frecuencia. Y especialmente me molesta esto último. Entiendo que vivimos aún las secuelas de “50 sombras de Grey”, no hay más leer el primer capítulo, pero de verdad que la novela no lo necesita y que las alusiones me han parecido excesivas.

Y esto enlaza con lo poco, poquísimo, que me gusta ésa portada. Sobre todo porque no es representativa de lo que contiene y porque puede llevar a equívoco a los posibles lectores que se acerquen a ella. “Besos sabor a café” es, en contenido, mucho más bonita y honda de lo que denota ésa imagen y me atrevería a decir que podría llegar a espantar a algún posible lector que podría disfrutarla. No sé si os parece un aspecto superficial, pero en mi caso creo que es un factor más determinante de lo que pensamos para comprar, o no, un libro. Yo, por suerte, leí este sin fijarme en ella. De no haberlo hecho, me habría perdido una estupenda historia.





martes, 15 de septiembre de 2015

"Déjame saber quién eres", por Estefanía Yepes.

A veces el alcohol hace extraños compañeros de cama. Unas copas de vino y una cena tediosa y larga fueron los culpables de que acabase entre las sábanas con un título como el que hoy os traigo. Muchos ya sabéis que no frecuento demasiado el género rosa. Soy muy incrédula para estas cosas y creo que me falta un poquito de romanticismo. Cuando lo he intentado, el resultado ha sido el mismo que al intentar comer merengue. He terminado empachada y jurando no volver a hacerlo. Pero aún así, esta vez caí. Llegué a casa a altas horas, sin frío ni sed en este cuerpo mío y un poquito enfadada con el mundo en general. Así que abrí mi kindle y me dispuse a tomarme la última en el sofá mientras navegaba por la librería virtual. Entre las ofertas del día vi aparecer un título muy sugerente, "Déjame saber quién eres". Me dejé llevar por las estrellitas, le di a la tecla de comprar, me acomodé y...

Las letras me entraban con la misma facilidad que el vino. Así como os lo cuento. Me ventilé la primera mitad de una sentada y además me enteré de todo, que tiene mérito dado mi estado de agitación mental en aquellos momentos. Me dormí abrazada al lector, imbuida por el espíritu del amor verdadero e intrigada por un vestido de novia sin dueña y unas cartas sin remite llenas de palabras bonitas. Y a pesar de la resaca, desperté con ganas de seguir conociendo a Étienne, ése músico guapo, con su coleta despeinada (lo que me gusta a mí un chico con coleta) y su aire despreocupado y encantador. Oh sí, quería saber más. Me importó medio pimiento que la novela cumpliese a rajatabla con los clichés del género: la chica que no quiere saber nada del amor, el chico encantador que la obliga a correr bajo la nieve, guitarras, música y fuegos artificiales.

Estefanía Yepes, a la que no había tenido el gusto de leer antes, muestra una prosa solvente y sencilla, ciertamente prometedora aunque con algunos aspectos a pulir. Y es que me exasperaban un poco las descripciones de la ropa de Brianna, la protagonista, y las continuas referencias a las habilidades de nuestra chica combinando bolso y zapatos. También hay algún error ortográfico y gramatical, aunque he de decir que me han parecido menos de los que se suelen encontrar en muchas novelas autoeditadas. Con un repaso en ambos aspectos, nos quedaría una novela agradable, ligera y bien escrita con la que pasar un buen rato.

Al final "Déjame ser quién eres" resultó ser un caramelo, ya sabéis lo que eso implica. Amable, azucarado, quizá un pelín empalagoso en los últimos coletazos, pero que a veces, apetece. Que a nadie le amarga un dulce, ya lo dice el refrán.


miércoles, 24 de junio de 2015

"Amor prohibido", por Coia Valls.

Empecé este año con un montón de retos en mente, siempre lo hago. Me gusta que el tiempo me marque pautas, inicios, finales, me ayuda a poner orden. Luego la inconstancia me traiciona, pero siempre doy pasitos pequeños. De momento no me ha ido mal. Una de mis propuestas era diversificar, ampliar horizontes y salir un poco, de vez en cuando, de mi área de confort. Un espacio en el que me instalo cuando me encuentro apática o agobiada y que hace que mis lecturas se reduzcan a un par de novelas negras ligeritas y mal leídas. Así pues, con el objetivo de obligarme a hacer alguna expedición literaria, me apunté a un montón de retos e iniciativas, a leer cosas que de otro modo no leería. Gracias al mes de la novela histórica, y a la recomendación de Francisco, ése lector indiscreto que es casi un máster del universo en la materia, llegué a la novela que hoy os traigo. Él me puso frente al nombre de Coia Valls y, casualmente, unos días después, fui a toparme en la librería del barrio con un libro suyo. Y se vino a casa.

“Amor prohibido” os puede llevar a engaño, como hizo conmigo. El título y la sinopsis parecen ponernos en el camino de la más clásica novela romántica, un sacerdote y una señorita de bien, allá en la Barcelona medieval, sufriendo de mal de amores. Cuando empecé a leer no las tenía todas conmigo, lo reconozco. Pero es fácil, muy fácil, dejarse envolver por la delicada y hermosa prosa de Coia Valls. Su narración resulta tan agradable, tan sencilla, que te atrapa. Por sus páginas empiezan a desfilar una serie de personajes abrumados por el amor y la culpa, moviéndose en el escenario de una Cataluña medieval y casi apocalíptica, asolada por el hambre, las epidemias y los terremotos.

Es precisamente la narración del terremoto que asoló en Valle del Camprodon en 1428 el que marca un punto de inflexión en la novela, cambiando de lugar la piedra angular que la sostiene. Así, la relación entre Agnès y Marc pasa a un segundo plano y gana protagonismo otro amor vetado, el de una mujer por el oficio de la medicina en pleno siglo XV. Y aquí es cuando me quedé prendada de esta historia. La estancia de Agnès en Manresa y su formación como doctora de la mano de las figuras de Floreta Sanoga y Margarida Tornerons aportan a la novela otra línea argumental más interesante, para mí, que la anterior. La historia de amor inicial permanece tras esta, malviviendo al paso de los años, escondida bajo la sombra de una ermita en la que San Valentín protege y bendice a los enamorados.

También se atreve a poner Coia Valls entre sus letras temas como la lucha de clases, la todopoderosa presencia de la iglesia o el celibato en el sacerdocio. Y lo hace situando su historia en un hermosísimo escenario, muy bien dibujado, que nos llevará por la Cataluña de la época, una tierra de valles luminosos y monasterios, de asaltantes en los caminos, de hambre, supersticiones y oraciones.

Como veis, ha sido agradable mi primer encuentro con esta autora catalana. Reconozco que quizá me quedaría más con la forma de contarlo que con lo que nos cuenta, que igual no estamos ante una trama que me haya resultado particularmente atractiva en sus inicios, pero que va ganando en consistencia conforme avanza. Y sobre todo, me quedaría con sus personajes, los que existieron y los que no, y los particulares demonios y luchas de cada uno de ellos.

martes, 14 de abril de 2015

"Uno más uno", por Jojo Moyes.

Cantaba Enrique Bunbury, en una de las letras más hermosas que se han escrito en castellano, que todo arde si le aplicas la chispa adecuada. Siempre he pensado que es una frase aplicable a todo, incluso a los libros. Porque al margen de calidades literarias, géneros y autores, tengo el convencimiento de que cualquier novela puede gustar a cualquiera si se acomoda al instante necesario, ése que hace que prenda la chispa, la química, entre la historia y el lector. “Uno más uno” ha caído en mis manos en un momento de necesidad, de ésos que uno anda por las esquinas boqueando para aspirar un poquito de optimismo. Y vaya si lo he encontrado.

Jojo Moyes tiene un poder especial. Hay escritores que lo tienen. De hecho, casi todos creen que lo tienen. La británica tiene un don para la creación de personajes, consiguiendo seres reales, corpóreos, amables, a los que es imposible no querer. Personajes que siempre son un poquito estrafalarios, con alma de perdedores, pequeños desastres andantes. Como Jess, que convive con una hija, Tanzie, que es un genio en matemáticas y un hijo, Nicky, que realmente no es suyo sino de su ex marido y que suele llevar más rímel que ella. También hay un perro, pero no un perro listo ni bonito. Un perro baboso, peludo e insufrible.  Jess se dedica a limpiar casas y a intentar que sus hijos traspasen el umbral de la adolescencia con los menos traumas posibles a pesar de su precaria situación económica. Y un día se cruza con esta atípica familia Ed Nichollls, un tipo que acaba de perderlo todo por culpa de una mujer. Juntos emprenderán un viaje que va a cambiar muchas cosas.

Jojo Moyes lo cuenta bonito, con un estilo desenfadado, muy agradable y asequible, intercalando abundantes diálogos que son sin duda el punto fuerte de su narración. Unos diálogos que consiguen sonar reales, ágiles y muy divertidos. Reconozco que más de una vez he sonreído como una idiota mientras la gente a mi alrededor me miraba, con mi cara de boba y mi libro verde, pensando que había venido de algún lugar más allá de Orión.

“Uno más uno” se ha adaptado a mi instante, nos hemos entendido bien, como ya me pasó con su novela anterior. Quizá aquí estamos ante una historia mucho más desenfadada, menos comprometida si uno quiere verlo así, aunque tras su apariencia superflua floten temas como el acoso escolar o la difícil situación económica y la forma en la que afecta a ciertos colectivos. Jojo Moyes ha vuelto a regalarme una lectura amable, de las que uno necesita para tomar aire, para sonreír, para escapar.


martes, 3 de marzo de 2015

"El despertar de la señorita Prim", por Natalia Sanmartin Fenollera.

Cuando la pulcra señorita Prim, mujer de amplia cultura y cuidados modales, llega a la pequeña población de San Ireneo para trabajar como bibliotecaria en la mansión de un señor algo excéntrico pero ciertamente encantador, uno podría pensar que se ha colado sin querer en una novela inédita de Jane Austen o Charlotte Brontë. Porque es innegable que hay un poquito de la orgullosa Elizabeth Bennett o de la insatisfecha  Jane Eyre en la personalidad de la señorita Prim. Pero también hay pinceladas en esta novela, y en su orgullosa protagonista, que nada tienen que ver con las heroínas de la novela clásica sino que, muy al contrario, tienen mucho de crítica a la sociedad en que nos movemos hoy, tan cuadriculada y frenética.

-          Pero, Prudencia, ¿me va a decir ahora que ignora que San Ireneo es un pequeño reducto para exiliados de la confusión y agitación modernas?

 “El despertar de la señorita Prim” es una novela que no deja indiferente al lector que se aproxima a ella. No he leído una sola reseña que se pueda calificar de tibia sobre la novela de Natalia Sanmartin Fenollera: o entusiasma o la ponen a caer de un burro. Creo que tiene mucho ver en ello la perspectiva, el enfoque, que como lector damos a la historia que se nos está contando. Porque esta lectura puede interpretarse de muchas formas, todas ellas válidas: desde el homenaje a las novelas de las mencionadas Austen o Brontë hasta la novela romántica o una edulcorada distopía. En mi caso particular, desde el principio, “El despertar de la señorita Prim” se me antojó un fabuloso cuento para adultos, impregnado de guiños literarios y entrañables personajes.

-      -  Señorita Prim, ¿usted cree que existe de verdad en el mundo alguna persona como el señor Darcy? (…)
-       - Yo, creo, Eksi, que Jane Austen merece toda nuestra admiración por haber creado al hombre perfecto. Pero como tú eres una niña muy lista sabrás que no existe ninguna persona perfecta…

Ambientada en un pueblo pequeño reconvertido en sociedad idílica, un lugar donde siempre hay tiempo para una taza de chocolate a media tarde, hay en esta novela una invitación evidente a pisar el freno y a valorar lo cotidiano. En San Ireneo la gente vive despacio, los nuevos habitantes llegan buscando espacio y aire, los niños leen a Dante y Homero y una paz casi beatífica envuelve sus calles. Una atmósfera encantadora, que dota a la historia de una entrañable quietud, y en la que se mueven una amplia galería de personajes construidos con gusto y acierto: el encantador Horacio Delàs, la refinada Herminia Treaumont o un agradable coro de niños que aman los libros.

Porque son los libros otros de los grandes protagonistas de “El despertar de la señorita Prim”. Y no sólo porque nuestra protagonista sea la encargada de limpiar, mimar y recolocar los pesados tomos de la biblioteca de El Hombre del Sillón. Lo son porque se habla de ellos, porque están ahí durante toda la narración, convertida en un precioso homenaje a la literatura de cualquier tiempo y estilo, la valorada por la crítica y la tradición y aquella valorada por los lectores de a pie.

La bibliotecaria sonrió aliviada. Por un momento había temido que Herminia Treaumont perteneciese a ese grupo de almas toscas incapaces de comprender el valor radical de una vieja edición de Mujercitas en un plan de educación.

Merece también atención la delicada, cuidada y agradable prosa de Natalia Sanmartin, su buena mano para la creación de unos diálogos en los que se palpa la química entre sus personajes, con lo difícil que es conseguir eso por escrito. Una narración elaborada pero con chispa, ágil y discreta.


No puedo dejar de recomendaros esta novela si estáis con la señorita Prim y conmigo, si sois de los que pensáis que Mujercitas, con todo su almíbar, es una novela necesaria y amable. Si incluso, secretamente y aunque no se lo contéis a nadie, Homero os parece un escritor muy reputado pero un poco denso para leer al volver de trabajar. O si simplemente hay días en los que os bajaríais del mundo para comer una tostada con miel y un chocolate caliente. Entonces, os gustará “El despertar de la señorita Prim”. 

jueves, 5 de febrero de 2015

"Me encontrarás en el fin del mundo", por Nicolas Barreau.

¿Habéis estado alguna vez en París? Yo no. Quizá por eso conservo en mi mente una imagen de postal de la capital francesa. En mi imaginación, París es una enorme urbe que orbita en torno a la Torre Eiffel, plagada de calles que huelen a café y a pan recién hecho, poblada de hombres y mujeres elegantes y de suaves ademanes. La novela que de la que hoy os hablo, “Me encontrarás en el fin del mundo”, dibuja también esa estampa de la ciudad del amor. Por eso ha sido un poco como estar allí…

Jean Luc es un galerista parisino, obviamente guapo y exitoso, que un día recibe una carta, metida en un sobre azul, que resulta ser una apasionada declaración de amor de una desconocida. Unas líneas que intrigarán a nuestro protagonista, que caerá sin remedio en el juego que le propone la dama sin nombre. Con este punto de partida, algo trillado y cursi, para qué lo vamos a negar, se inicia una trama sencilla, algo previsible pero bien narrada y agradable de leer.

El estilo de Nicolas Barreau es tremendamente sencillo, su prosa algo almibarada, pero amigos ¡esto es París! Aderezada con un suave humor blanco y alguna simpática referencia literaria, “Me encontrarás en el fin del mundo” es el equivalente a ése bombón de chocolate que te comes a escondidas después de cenar: carece de nutrientes, dura un suspiro, pero te endulza la vida. Quizá el uso ocasional de expresiones en el idioma original seguidas de su traducción al castellano puede crear una sensación extraña en el lector, como si los personajes repitieran sus frases sin sentido, pero imagino que es un recurso para recordarnos, otra vez, donde estamos.

La ambientación parisina no se limita a la esporádica aparición de baguettes y galerías de arte. Nicolas Barreau nos invita a un tour turístico por las más emblemáticas rues de la ciudad, por sus restaurantes más famosos y sus tiendas carísimas, los cafés plagados de gentiles hombres y mujeres que frenan sus vidas un instante para degustar un croissant a media mañana. París se siente y se huele tras las letras.

Construye también el autor una interesante galería de excéntricos personajes, llenos de glamour y color, como no podía ser de otra forma. Jean Luc es guapo, mujeriego, superficial… pero es un buen tipo, cae bien. A su alrededor pululan artistas, profesores, ricos caprichosos, mujeres hermosas, todos dibujados sin demasiada profundidad pero con mucho encanto.

“Me encontrarás en el fin del mundo” es un entretenimiento sencillo, agradable, que explota la idílica premisa del amor más allá de la apariencia física, la posibilidad de enamorarse de alguien sin rostro, la loca idea de que incluso la rolliza hija del panadero pueda convertirse en la particular reina de Saba de un galerista terriblemente rico y guapo. No, no os estoy destripando nada, lo juro. Si queréis conocer la misteriosa identidad de la dama, tendréis que viajar a París con Nicolas Barreau. A la vuelta, seguro que sólo podéis exclamar un alegre Oh, là là!

viernes, 1 de agosto de 2014

"Yo antes de ti", por Jojo Moyes

De vez en cuando, MUY de vez en cuando, surge una novela como “Yo antes de ti”. Una novela que genera sensaciones positivas, que nacen en la blogosfera como un murmullo y se extienden como la pólvora, hasta convertirse en una presencia ensordecedora. Cuando una novela triunfa porque hay tras ella un impecable trabajo de márketing, se nota. Cuando lo hace porque tiene alma, también. La novela de Jojo Moyes, publicada por Suma de Letras, entra dentro del segundo grupo.

“Yo antes de ti” es la historia de Will y Lou, dos seres distintos, que provienen de mundos totalmente opuestos aunque ubicados en el mismo entorno. Ella necesita un trabajo y él, alguien que le devuelva las ganas de vivir. Así escrito, suena tan tópico… No lo es. Will y Lou no son personajes bien construidos y ya está. Es que están tan bien dibujados que tienen entidad propia, son casi físicos, hay aliento de vida en ellos. Te los crees. Una característica extensible a los secundarios: unos torpes, otros algo esperpénticos, nada que no se encuentre uno en cualquier familia normal.

Jojo Moyes escribe con sencillez, los diálogos  resultan naturales, ni rastro de artificio. Su escritura es un mero vehículo para contar la historia que quiere contar, para dejarla fluir...

¿Habéis visto “Intocable”, la película francesa? Cuando empecé a leer “Yo antes de ti” mencioné que había mucho de ella en la novela.  Y vaya si lo hay. Ambas comparten a un protagonista tetrapléjico, un ayudante que cambiará su vida y una ambientación formidable. Pero comparten, sobre todo, ésa pátina de humor sutil, delicioso, que impregna el conjunto y lo dota de una suave amabilidad que, sin embargo, no se usa para maquillar la cara fea del asunto.

“Yo antes de ti” contiene tanto en su interior que no cabría aquí. Te obliga a plantearte ciertas cuestiones, a imaginar qué harías tú si… Te obliga a ver cosas que antes no veías: un bordillo insalvable, un aparcamiento imposible, una rampa que no tiene sentido donde está. Aborda también temas más ásperos. El derecho a vivir dignamente. Y a morir de la misma forma. Y lo hace con valentía y sin pudor, sin saña ni paños calientes.

¿Le pondría algún “pero”? SÍ. Definitivamente sí. Ésa portada injusta, más propia de otros géneros. En otra época, cuando no había reseñas ni teníamos todo tan a la mano, no habría tocado el libro ni con un palo. El color y el diseño parecen más próximos al chick lit (un género que personalmente odio MUCHO) y no. Por mucho que Lou sea algo estrafalaria y un poco Bridget Jones. No. Es injusta. Mirad otras portadas de otros lugares del mundo y morid de envidia.



“Yo antes de ti” es una novela para leer con una sonrisa en los labios y un nudo en la boca del estómago, una combinación casi imposible que, sin embargo, aquí se logra con una facilidad pasmosa. Leedla cuanto antes. Seguro que enseguida viene alguien que hace una película y lo estropea todo. ;)

Gracias a Suma de Letras y OMeuCartafol por el ejemplar.

viernes, 11 de julio de 2014

"Un hotel en ninguna parte", por Mónica Gutiérrez.

Devoré, saboreé “Un hotel en ninguna parte” amparada por dos noches de tormenta salvaje. En mi tierra, cuando el cielo se enfada, lo hace a lo grande. Los astros, o las borrascas, sea quien sea, se conjuraron para regalarle a mi lectura ésa ambientación perfecta que dan el agua y los truenos. Y después lo he dejado reposar, para ver qué pasaba. Por si las sensaciones que en su momento encontré se diluían con el sol o, por el contrario, hacían poso ahí adentro. Y ahora estoy aquí, con mi café hirviendo entre los dedos. Hace días que cerré la historia de Emma, que ya no leo sus mails, ni los de Samuel, ni los de Tristán. Pero parece que quiere llover otra vez…

Si hay algo que hace especial a esta novela son sus personajes. Emma, con su prosa lírica, llena de matices, de guiños… Emma te conquista desde el primer instante, tan abandonada, tan vulnerable, que es imposible que no se te meta dentro. Emma, que está descreída y de vuelta de todo, y tan dispuesta a volver a creer. Emma, tan real, que no hay nada extraño en que se entretenga en describir fachadas via email. Emma, tan melómana, tan cinéfila, que es imposible no imaginarla en blanco y negro.

O Samuel, que escribe como vive, con su coraza, correcto, honesto, intachable. Samuel quiere ser huraño, pero no sabe o no puede. Samuel evoluciona de hombre de bien a hombre a secas, arrastrado por ésa Emma también perdida, pero menos que él.

Tristán. Tristán y sus postdatas. Tristán, ése hombre al que te encuentras leyendo con cara de tonta, absurdamente embobada, con una sonrisa franca en los labios.

Y Joaquín. Y Marbel y Aurora. Hasta Philip. Todos los personajes que Mónica ha creado tienen un encanto especial. Tienen alma. Te los crees. Los puedes ver, oler, sentir, casi tocar. Igual que ése hotel, ése bosque plagado de hadas que ya no están, o que nadie ve. Tan protagonista como los seres de carne y hueso, porque les ofrece el decorado perfecto para que ellos se abran y se desdoblen, para que evolucionen hacia adelante y lo hagan de forma creíble.

No sé si fue la tormenta. No sé si yo, que conseguí sentir muy cerca a Emma. No sé si la prosa, si el té o el bizcocho. No sé qué fue, pero mi estancia en El Bosc de Les Fades me regaló unas horas de vacaciones agradables, alejadas del resto del universo. Una lectura de ésas que te ayudan a evadirte, a sonreír, con las que te apetece volver a ver ésa película que te encantaba, o poner ése disco que un día escuchabas sin parar. Una novela llena de nostalgia y belleza, un cuento para adultos que aún creen en el poder curativo del té, el cine o un buen libro.

lunes, 23 de junio de 2014

"Bajo la misma estrella", por John Green.

"Creo que en este mundo tienes que elegir cómo cuentas las historias tristes, y nosotros elegimos la versión divertida"

Llorarás y reirás, promete la portada de “Bajo la misma estrella”, en palabras de Markus Zusak, autor de “La ladrona de libros”. Y lo cumple. Ay de ti si no lo hace, porque entonces, algo no anda bien ahí dentro. Es imposible no rendirse al encanto de la novela de John Green. Porque sí, es una novela juvenil, es una novela sobre el cáncer, es una novela de la que saldrá una película que nos saldrá hasta en la sopa. Es todo eso, pero es muchas cosas más y no es, en su esencia, tan banal o tan seria como uno pudiera prejuzgar.

No os dejéis influir por las etiquetas. Si habéis descartado esta novela porque viene con el sambenito de novela juvenil, dad marcha atrás y pensadlo otra vez. Olvidaos de la narración típica de algunos autores de este género, que creen estar escribiendo para adolescentes incapacitados gramaticalmente. Esto no es “Divergente” y Veronica Roth exhibiendo su uso exclusivo y abusivo de la primera persona del presente de indicativo. Hay una narración rítmica, evocadora y con sustancia. Hay buenos diálogos, repletos de humor, chispeantes. Es una novela que está fantásticamente escrita y es a la vez asequible para cualquier lector, con un importante componente de metaliteratura, agradable, cruda, adolescente, hermosa, triste.

Hazel, enferma de cáncer en estadio IV, momentáneamente paralizado por un milagroso medicamento, conoce a Augustus, ex enfermo de osteosarcoma. La enfermedad, con todo lo que conlleva, no ha hecho que dejen de ser lo que son: dos adolescentes sacudidos por unas circunstancias distintas, pero iguales al resto en el fondo. Ella es cabezota, contestona, dulce y obsesiva. Él es tremendamente locuaz e inquieto. Hazel vive pegada a un carrito con oxígeno sin el que no puede dar más de dos pasos. A Gus le falta una pierna. Cosas de la enfermedad. Pero ni una cosa ni la otra impiden que se enamoren, que fantaseen juntos, que se quieran ni que emprendan un viaje, cruzando medio mundo, en busca del autor de “Un dolor imperial”, el libro que obsesiona a Hazel y que ha releído mil veces.

No sólo ese libro y su autor, Peter Van Houten (ambos ficticios) conforman el aspecto metaliterario del libro. Viajaremos también a la casa de Anna Frank en Ámsterdam, donde recorreremos el museo y su historia, y asistiremos a una de ésas escenas tan bonitas que te entran ganas de lanzar el libro, ponerte en pie y aplaudir y dar saltitos por el salón.

John Green lo borda en la construcción de sus personajes, ése es el punto fuerte de su novela. Incluso aunque ocasionalmente caiga en algún maniqueísmo propio de novela adolescente, a Hazel y a Gus se les coge cariño, te los crees.  

¿Hay situaciones edulcoradas? Sí. Pero sin caer en el empalago. Es una novela sencilla, sin artificios, que se ve venir, predecible en su desarrollo, sin que eso le reste un ápice de emotividad. Es una novela para no tenerle miedo. Ni por ser un súper ventas, ni por el público al que parece dirigirse, ni por la temática que aborda. Quizá debáis darle una oportunidad si no lo habéis hecho. Igual os espera una grata sorpresa. 

viernes, 16 de mayo de 2014

"Detrás del cristal", por Mayte Esteban

Qué difícil resulta, a veces, aproximarse a una novela cuya temática está en las antípodas de las lecturas habituales de uno. Yo me obligo a hacerlo cada cierto tiempo, para ejercitar la mente y constatar que hay mundo más allá de los encantadores asesinos en serie (me acuerdo de ti ahora, Augusto); de los universos paralelos y los muertos que regresan.
Como veis, mis lecturas están plagadas de cosas bonitas y agradables...

"Detrás del cristal" es la antítesis de todo eso. Es una novela sobre personas comunes y sentimientos corrientes, con una dosis de comicidad y un puñado de realidad. Sus personajes se llaman Ana, Andrés, Raquel o Paco. Sus problemas se encuadran en lo cotidiano, hay relaciones que hacen aguas, una madre soltera que no llega a fin de mes y un chico bien que lo tiene todo pero que tiene que echar mano de los ansiolíticos para que la ansiedad no le devore.

Llegué a "Detrás del cristal" de la misma forma que llego a casi todo lo que leo últimamente: a través de los blogs literarios de un grupo de personas cuya opinión me sirve de mucha ayuda a la hora de acercarme a autores desconocidos o géneros a los que hace unos años no habría tocado ni con un palo. No sabía exactamente qué iba a encontrarme, pero las reseñas positivas me convencieron para darle una oportunidad.

Lo primero que encontré fue una prosa tremendamente agradable, sencilla y accesible, muy volcada en lo sentimental y el universo interior de sus personajes. Unos personajes tras los que se vislumbra un esfuerzo enorme por crear seres reales, palpables y complejos, bien construidos. Mayte Esteban lucha por alejarse de los cánones de la novela romántica más ligera y no se centra en el aspecto físico o sexual, sino que nos traslada al lado humano, la lucha del día a día, que hará que Ana, su protagonista, termine tomando una decisión descabellada que dará el pistoletazo de salida a la trama: dejar a su bebé, por unas horas, en la puerta de un desconocido.

He de reconocer que el giro inicial me dejó descolocada. No me lo creí. Puede tener (mucho) que ver el hecho de que yo también tengo un Pablo revoloteando por aquí, que ocupa últimamente buena parte de mis días y la plenitud de mis noches. Pero me costó entender esa decisión, se me fue la empatía así, por las buenas. Y en varias ocasiones durante la novela me encontré con la misma sensación. No entendía a Ana. Me encontraba a mí misma hablando sola, igual que mi abuela hacía cuando veía películas de vaqueros, y diciendo algo así como"¿pero qué haces?" en voz (muy) alta.

Aún así, la novela fluye y se lee con agrado, uno se desliza por las letras con esa sensación tan placentera de "un poquito más y lo dejo", Mayte escribe con cariño, cree en su historia, se percibe, y aunque en ciertas ocasiones cae en algunas frases o comparaciones que a mi, en lo personal, me resultan demasiado "ñoñas", el tono general es sobrio y amable.

Se le puede achacar también cierta previsibilidad en la línea principal de la historia, pero la autora se sacude esa sensación con un golpe sobre la mesa que afectará a uno de los personajes secundarios y que, si bien consigue que este caramelo amargue un poco, aporta una dosis de realidad que te abofetea cuando menos te lo esperas y que ayuda a armar una novela con más cuerpo, más fondo.

Así pues, a pesar de que no he encontrado el tipo de historia que quizá más disfruto leyendo, sí que creo haber descubierto a una autora, a la que me quedo con ganas de leer en otros terrenos menos mundanos, más "oscuros".

















lunes, 5 de mayo de 2014

"La restauradora", de Amanda Stevens.

Los años no me han hecho espabilar. Títulos como éste, de Amanda Stevens, me hacen darme cuenta de lo cándida e inocente que sigo siendo. Cuando era (más) joven, debí leer demasiado a Poe, Bécquer y Rosalía de Castro, todos tan lánguidos y románticos, porque ahora, es ver un cementerio en portada y allá que voy yo, rauda y veloz. Soy una criatura inocente y susceptible de engaño, me doy cuenta.
Vaya por delante, merece la pena aclararlo, que no me gusta la novela romántica tal como la entendemos, de personajes planitos y tramas más bien ñoñas y predecibles. Obviamente, no meto en esta categoría cualquier novela que se sustente en la relación (amorosa o no) entre sus protagonistas. No hablo de Somerset, o de Pérez Reverte o de las hermanas Brontë. Hablo de otra cosa.

"La restauradora" no es un thriller paranormal (ni mucho menos) ni una historia de fantasmas (aunque los haya), sino más bien una novela romántica al uso con asesinato(s) de por medio. También hay fantasmas, pero muy peculiares ellos, ya que nuestra intrépida chica consigue hacerles creer que ella ni les ve, ni les siente ni les padece. Así consigue mantenerles a raya y que no le roben la energía. O algo así.

Al estilo de las novelas de Karen Rose, pero con menos sangre y con una protagonista con algo menos de gancho (y eso que las chicas de la señora Rose no son, precisamente, Madame Bovary), Amelia resulta ser un cruce imposible entre la Melinda Gordon de "Entre fantasmas" y la indescriptible Anastasia Steele, la de Grey. De hecho, hay instantes en los que crees que aparecerá la diosa que Amelia lleva dentro y hará una pirueta con triple mortal antes de morderse el labio inferior y caer tras una de las lápidas en las que trabaja. Su narración en primera persona, cosa que ya en sí misma me exaspera bastante los nervios, cae una y otra vez en lo dura que es su vida y en lo seductor, romántico y ancho de espaldas que le resulta el inspector John Devlin, segundo de abordo en la historia. Si ella es sosa y aburrida, él no se queda atrás. Muy atormentado, muy triste, acosado por fantasmas del pasado... Muy todo, pero el pobre parece no enterarse ni de por dónde le da el aire. Lo que decíamos. Personajes planos, planitos, sin aristas, sin ángulos, sin sal, sin nada.

Exceptuando el capítulo con el que arranca la historia, en la niñez de Amelia, que sentará las bases de la trama y que sí que tiene cierto encanto aunque parezca narrado por un niño de primaria, el resto es lo de siempre. Chica conoce chico, relación complicada, nos rozamos, investigamos un poquito, ahora estamos atrapados... Oh, sorpresa, otro cadáver. Y eso. Aderezado todo con una prosa sosa, reiterativa, cursi. No es que sea sencilla. Es que da la sensación de que la autora no da para más.

Ni el protagonista masculino (que pese a lo ancho de su espalda, te deja más fría que un témpano) ni los secundarios tienen el carácter suficiente para salvarte del aburrimiento. Todos están dibujados a grandes rasgos, quizá porque este es solo el primer volumen de una saga que promete, si no me equivoco, cuatro títulos más, titulada "La reina del cementerio" (sí, el subtítulo ya me debería haber escamado). Eso sí, la trama de asesinatos se cierra en este primer tomo. Lo que no os voy a contar es cómo, pero confieso que si el desarrollo del libro me ha parecido algo más horrible que un cólico nefrítico, el final es aún peor.

Pues eso. Una saga. Otra. Raro en estos tiempos que corren, en los que parece que se está perdiendo la capacidad de narrar historias en poco espacio. Y eso puede estar bien cuando uno tiene mucho que contar. Pero no parece que sea el caso.