“Tesis” es la película
con la que más miedo he pasado en mi vida. Para los que tengáis la fortuna de
ser lo suficientemente jóvenes como para no haber oído hablar de ella, os
contaré que se trata de la película con la que debutó un tal Alejandro Amenábar,
que por entonces era un chaval que me imagino que ni soñaba con ganar un Oscar.
“Tesis” nos descubrió a todos el concepto de las películas snuff, grabaciones en las que aparecen escenas de sexo, violencia y
muerte que son reales. Quizá ahora que tenemos estómagos grandes y resistentes,
que ya nos queda lejos el romanticismo de grabar con una mastodóntica cámara al
hombro, “Tesis” os resulte menos dura, incluso un poquito naif. Pero en los
noventa, acojonaba. Os lo prometo.
“El hombre de la máscara
de espejos” retoma aquel concepto, no demasiado explotado en el cine y la
literatura, y lo hace poniendo al frente a dos personajes llenos de carisma: la
inspectora Valentina Negro y el criminólogo Javier Sanjuán, viejos conocidos de
los que ya hemos leído con gusto las entregas anteriores de la saga escrita por
Vicente Garrido y Nieves Abarca. Dos caracteres contrapuestos, ella mujer de
carácter, brusca, honesta hasta la médula; él reflexivo, pausado. Su evolución,
la de ellos mismos como personajes y la de la relación que mantienen es una de
las grandes bazas de la novela. Una maduración que resulta creíble, sólida y
serena, que se dibuja aquí mejor que nunca.
Esta tercera entrega, lo
reconozco, me ha resultado menos algo menos intensa que las anteriores,
especialmente que su predecesora “Martyrium”. Y he echado en falta algo de ésa
intensidad. No es porque esta tercera entrega sea menos violenta o menos explícita,
sino más bien me queda la sensación de que yo también le he fallado a la
novela, a lo que ella me pedía a mí. Un thriller que ofrece un ritmo alto, que
te obliga a seguir leyendo, te exige también a ti, como lector, dedicarle
cierto tiempo, mantenerle el pulso. Y yo no he podido hacerlo al ritmo que ella
me pedía. Así que se me ha antojado un poco larga, no tanto por las páginas que
tiene si no por el tiempo que yo he necesitado para leerla.
Otro aspecto que he
echado de menos, respecto a las entregas anteriores, es todo lo referido al
mundo del arte. En este caso, nuestro criminal es un cinéfilo empedernido, con
unos gustos de lo más peculiares. Pero en mi caso, prefería el clasicismo de El
Artista que el expresionismo alemán, que me pilla un poquito lejos.

