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jueves, 18 de junio de 2015

"El hombre de la máscara de espejos", por Vicente Garrido y Nieves Abarca.

“Tesis” es la película con la que más miedo he pasado en mi vida. Para los que tengáis la fortuna de ser lo suficientemente jóvenes como para no haber oído hablar de ella, os contaré que se trata de la película con la que debutó un tal Alejandro Amenábar, que por entonces era un chaval que me imagino que ni soñaba con ganar un Oscar. “Tesis” nos descubrió a todos el concepto de las películas snuff, grabaciones en las que aparecen escenas de sexo, violencia y muerte que son reales. Quizá ahora que tenemos estómagos grandes y resistentes, que ya nos queda lejos el romanticismo de grabar con una mastodóntica cámara al hombro, “Tesis” os resulte menos dura, incluso un poquito naif. Pero en los noventa, acojonaba. Os lo prometo.

“El hombre de la máscara de espejos” retoma aquel concepto, no demasiado explotado en el cine y la literatura, y lo hace poniendo al frente a dos personajes llenos de carisma: la inspectora Valentina Negro y el criminólogo Javier Sanjuán, viejos conocidos de los que ya hemos leído con gusto las entregas anteriores de la saga escrita por Vicente Garrido y Nieves Abarca. Dos caracteres contrapuestos, ella mujer de carácter, brusca, honesta hasta la médula; él reflexivo, pausado. Su evolución, la de ellos mismos como personajes y la de la relación que mantienen es una de las grandes bazas de la novela. Una maduración que resulta creíble, sólida y serena, que se dibuja aquí mejor que nunca.

Esta tercera entrega, lo reconozco, me ha resultado menos algo menos intensa que las anteriores, especialmente que su predecesora “Martyrium”. Y he echado en falta algo de ésa intensidad. No es porque esta tercera entrega sea menos violenta o menos explícita, sino más bien me queda la sensación de que yo también le he fallado a la novela, a lo que ella me pedía a mí. Un thriller que ofrece un ritmo alto, que te obliga a seguir leyendo, te exige también a ti, como lector, dedicarle cierto tiempo, mantenerle el pulso. Y yo no he podido hacerlo al ritmo que ella me pedía. Así que se me ha antojado un poco larga, no tanto por las páginas que tiene si no por el tiempo que yo he necesitado para leerla.

Otro aspecto que he echado de menos, respecto a las entregas anteriores, es todo lo referido al mundo del arte. En este caso, nuestro criminal es un cinéfilo empedernido, con unos gustos de lo más peculiares. Pero en mi caso, prefería el clasicismo de El Artista que el expresionismo alemán, que me pilla un poquito lejos.

“El hombre de la máscara de espejos” es, a pesar de mis peros particulares, una continuación acorde, entretenida y coherente que disfrutaréis de igual modo si habéis leído las entregas anteriores o si no lo habéis hecho, ya que resulta algo más independiente que el resto y creo que puede leerse sin problemas como novela única. Nieves Abarca y Vicente Garrido vuelven a enseñarnos lo bien que se les da pensar a dúo y escribir a cuatro manos, ojalá algún día nos cuenten su secreto.

jueves, 30 de abril de 2015

"Martyrium", por Vicente Garrido y Nieves Abarca.

Martyrium. Del griego martyrion, lugar que da testimonio de la fe cristiana.

Y sin embargo, no está Dios en esta ciudad de Roma que Nieves Abarca y Vicente Garrido construyen para el lector de su segunda novela. Sobre las hermosas cúpulas, sobres las cruces que pueblan la capital, flotan la depravación y la maldad. Bajo el luminoso carnaval no hay más que callejones oscuros y máscaras que amparan monstruos e inocentes, haciéndoles iguales.

En “Martyrium” nos reencontramos con la inspectora Valentina Negro, ahora en misión extraoficial para ayudar a su amiga Rebeca de Palacios, cuya hija ha sido secuestrada en Roma para someter a chantaje a la magistrada. Allí, el camino de nuestra heroína se cruzará también con el de “Il Mostro”, un asesino en serie que ha conmocionado a la población romana.

“Martyrium” conserva las peculiaridades de su predecesora “Crímenes exquisitos”: una violencia brutal, desnuda; sexo sin edulcorantes; una galería amplísima de personajes bien trazados y un ritmo vertiginoso que aquí empieza ya en el prólogo. Todo ello narrado con un lenguaje casi invisible, la palabra al servicio de la historia. Aún así, se percibe un estilo electrizante, pegadizo, ágil. Los diálogos suenan reales, con lo difícil que eso es. Las descripciones son ajustadas, aportan consistencia a la ambientación pero no se entretienen los autores en la belleza de la ciudad. Y a pesar de ello, consiguen sumergirte en la capital italiana más allá del Coliseo y la Fontana di Trevi, invitándonos a un recorrido por las pequeñas iglesias pobladas de lóbregas criptas y subterráneos.

Dos pilares fundamentales sostienen la novela: su trama y sus personajes. La historia puede resultar retorcida, algo inverosímil en ocasiones, pero te mantiene pegado a las páginas. Sin tregua. Y además, está bien armada. Los capítulos, breves, dinámicos, van entretejiendo una trama compleja y densa, urdida a cuatro manos y dos mentes, doblemente endiablada.  Embutidos en ella, una coral de personajes algo arquetípicos pero muy bien esbozados. Es sorprendente cómo los secundarios se describen en muy pocas líneas, sin dedicar demasiado tiempo a ello, pero consiguiendo que sean muy resultones y creíbles.

Si tuviera que ponerle algún pero, probablemente sería el epílogo. Entiendo su necesidad para poder dar pie a la tercera parte de la saga, “El hombre de la máscara de espejos”. Pero no me pareció que estuviese a la altura del resto de la novela, resultándome algo precipitado e inverosímil. También eché de menos algo más de la relación Valentina – Sanjuán, cuya dinámica se echa de menos a lo largo de la novela (¡tardan tanto en encontrarse que no me quedaban uñas!) y luego parece ocurrir algo entre ellos que permanece ajeno al lector y que quizá nos habría gustado leer.

“Martyrium” es una lectura obligada para los que disfrutáis de la novela negra y el thriller, es ésa novela que Dan Brown aún está intentando escribir. Brutal, arriesgada, contundente. Pura evasión, bien escrita, bien llevada, sin respiro para el lector.