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viernes, 7 de abril de 2017

"Ojos de agua", por Domingo Villar.

Entre el aroma del mar y de los pinos gallegos, en una torre residencial junto a l playa, un joven saxofonista de ojos claros, Luis Reigosa, ha aparecido asesinado con una crueldad que apunta a un crimen pasional. Sin embargo, el músico muerto no mantiene una relación estable y la casa, limpia de huellas, no muestra más que partituras ordenadas en los estantes, saxofones colgados en las paredes y el libro –ya un clásico- de un gran filósofo del siglo XX sobre la mesilla de noche.

Leo Caldas, el solitario inspector de policía que compagina su trabajo en la comisaría con un consultorio radiofónico, se hará cargo de una investigación que le llevará de la bruma del anochecer al humo de las tabernas y los clubes de jazz .Rafael Estévez, un aragonés para quien las cosas “simplemente son o no son”, es su nuevo ayudante. Demasiado impetuoso para una Galicia irónica y ambigua, en la que todo se insinúa pero nada realmente se dice, y para el melancólico Leo, que busca entre sorbos de vino los fantasmas ocultos de los demás, mientras intenta sobrevivir a los suyos.

Galicia, tierra de bruma y salitre, es aquí escenario de un crimen atroz. Y Leo Caldas, hombre pacífico, es el inspector a cargo del caso. Un investigador al que ha sido un placer conocer, y al que me encantará seguir la pista en las dos novelas siguientes que ya ha publicado la editorial Siruela.
Armada en capítulos breves, cada uno de ellos se abre con la definición de una palabra sacada del diccionario. Una palabra que está relacionada, de un modo u otro, en alguna de sus acepciones, con lo que va a ocurrir. Me ha gustado esta forma de abrir los capítulos, y ha sido divertido tratar de adivinar cómo se vincula con la trama.

Los personajes han sido, para mí, el punto fuerte de la novela. Y es que el tándem Caldas – Estévez me lo ha hecho pasar en grande. Y eso a pesar de que cae en el estereotipo, el gallego introvertido y ambiguo, sobrio, de carácter pausado, pelín cínico; y a su lado el aragonés excesivo, brusco, duro de puños y de mollera. Una contraposición que se deja llevar por los clichés pero que pone una nota de humor a la historia que he disfrutado mucho.

Ambos, Caldas y Estévez, bucean por una trama bien armada, que quizá no resulta tan complicada como otras del mismo género, pero que mantiene la intriga y se solventa con acierto, que no es poco. Domingo Villar nos ahorra las escenas de acción y casi los giros propios de la novela negra para regalarnos una narración pausada, regada de vino, silencios y ambigüedades. Y se esmera en ambientar su novela, dibujando una Galicia bella, misteriosa y pacífica, que suena a jazz.

Llevaba mucho tiempo deseando saldar esta cuenta pendiente y conocer por fin al inspector Caldas, que llevaba años aguardando en la estantería de casa. Así que he cumplido un poquito con mi propósito de rescatar libros antiguos pero ahora, obviamente, tendré que hacerme con las dos novelas siguientes. Esto es un no parar. ;)