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martes, 8 de septiembre de 2015

"Nos vemos allí arriba", por Pierre Lemaitre.

“Sin dejar de abrazarlo, Albert se dice que durante toda la guerra Édouard no ha pensado más que en sobrevivir, como todos, y ahora que la guerra ha acabado, y está vivo, resulta que lo único en lo que piensa es en desaparecer. Si incluso los supervivientes sólo desean morir, qué desastre…”

Todos tenemos nuestras guerras. Ganamos y perdemos pequeñas y grandes batallas. Constantemente. Vivimos en mil frentes, y en todos ellos habita el amigo y el enemigo. Perdemos efectivos, ganamos camaradas, celebramos el descalabro del otro. Y como en la vida, la novela de Lemaitre se vale de ése encuadre bélico como excusa para hablar de todo lo demás. De padres e hijos, de la comprensión mutua que ambas palabras exigen; de amistad y paciencia, de amor de hermana, de madre, de compañero. De ambición y escrúpulos.

Si habéis leído a Lemaitre y no habéis leído “Nos vemos allí arriba”, entonces es como si sólo le hubieses leído a medias. Como si sólo hubieseis atisbado un pequeño destello de lo que puede darnos este autor francés. Porque aquí hay mucho más que un narrador correcto o un gran creador de ambientes. Aquí hay un escritor en estado de gracia, dotado de una inmensa lucidez para destripar al ser humano. No de la forma que lo hace en sus thrillers, sino desde el plano más emocional. Sin caer en el drama, con lo fácil que era entre tanta bala, tanta tumba y tanto soldado muerto, mutilado, traumatizado. Con sobriedad, con una pizca de ése humor que a veces baila sobre la línea de lo correcto, Lemaitre describe hombres, lugares,  situaciones, estados de ánimo. Y lo hace esgrimiendo una narración fluida, evocadora, de ésas que te obligan a luchar con tus propias convicciones para no terminar llenando las páginas de subrayados y pegatinas.

No os voy a hablar de cómo construye Leimatre a sus personajes. No os voy a decir nada de la adjetivación, ni de la profundidad. Prefiero enseñároslo.

“Y junto a ése padre amante pero poco expansivo, estaba Édouard, Édouard el exuberante, diez años, doce, quince, desbordante, Édouard el apocalíptico, el disfrazado, el actor, el extravagante, el desaforado, la llama, la creatividad…”

Y así, así todo el tiempo. No sólo con Albert, con Édouard, con ése malvado Pradelle, el más maniqueo de todos ellos, pero tan necesario para la historia, como todos los malos lo son. Lemaitre dibuja a todo un país, a una Francia de posguerra que vive sumida en su pérdida, que ensalza y alaba a los que cayeron en el frente y le vuelve la cara a los que tuvieron la desgracia de volver de él (“El país era presa de un frenesí conmemorativo en honor de los muertos directamente proporcional a su aversión por los supervivientes”.) Y con mano firme y prodigiosa, retuerce sus destinos, entrelazándolos y separándolos, de decepción en decepción, de abrazo en abrazo. Hasta dejarse acunar por una muerte contra la que uno se revuelve a pesar de desearla a veces.

“Édouard aguardaba la muerte y, tardara lo que tardase, era la única solución posible, menos que un cambio, la simple transición de un estado a otro, aceptada con resignada paciencia, como esos silenciosos e impotentes ancianos a quienes se acaba por no ver y que ya sólo sorprenden el día en que se mueren.”

La novela de Lemaitre es magnífica desde donde la quieras mirar. Lo es en su desarrollo, lo es en la intensa profundidad de sus personajes, lo es en la forma y en el fondo. Y es, también, una novela valiente, en la que el autor sale de la comodidad de los thrillers a los que nos (se) había acostumbrado para adentrarse en una trama hecha de retazos de historia, capaz de zarandearte y obligarte a sonreír al instante siguiente. “Nos vemos allí arriba” se halla en las antípodas de “Alex” o “Vestido de novia” y conserva, sin embargo, la pulcritud y el estilo de su autor, que permanece reconocible pero elevado a la enésima potencia. Diría que al señor Lemaitre le va a costar superar esto. Pero no me atrevo.

martes, 17 de febrero de 2015

"Vestido de novia" por Pierre Lemaitre.

París ya no es una postal ni una ciudad anegada por el amor. El noir francés, casi un género nuevo con entidad propia, encarnado por dos autores como Thilliez y Lemaitre, desmonta la idílica imagen de la capital francesa para mostrarnos la otra cara: el París de los suburbios donde se arremolinan las prostitutas, una ciudad en la que también campan las ratas y el horror. 

Como ya hiciera en su anterior novela, “Alex”, Lemaitre reinventa la ciudad y nos ofrece un thriller con un ritmo espectacular y una trama magistralmente hilvanada.

“Vestido de novia” se estructura en cuatro partes muy distintas entre sí. La primera de ellas se lee mal. Resulta farragosa, desconcertante, casi incomprensible para el lector que como su protagonista, Sophie, no entiende qué está ocurriendo. Confieso que pasé semanas atascada en el arranque, sin encontrar las ganas de continuar, temerosa de una decepción con un autor y una historia de los que esperaba mucho, muchísimo. Me las apañé para seguir leyendo y entender, así, que Leimatre lo hace adrede. Que es necesario el desconcierto y el malestar que causa este inicio, tan complejo, para llegar confiada a la segunda parte. Y una vez llegados aquí, dejadme que os confiese algo. No hice ni la cena. La ropa se quedó dentro de la lavadora hasta el día siguiente. Y me fui a trabajar con muy poquitas horas de sueño a la espalda. Pero mereció la pena.

Con un giro absolutamente inesperado, magistral, la novela coge impulso y da un salto hacia adelante. Lemaitre juega, juega divertido con las letras, cambia de tiempo verbal, se regodea en la longitud mínima de algunas frases para imprimir un ritmo brutal a su narración. La novela te engulle, la trama fagocita al lector y sólo queda abandonarse a la historia hasta el final.

Podría haber sido un fiasco, podría haber estado mal resuelta, o mal justificada o podría tener algún pero. No digo yo que no lo tenga. Pero juro que no he sabido encontrarlo. La trama se construye prestando atención hasta al más minúsculo detalle, con precisión quirúrgica, y se cierra con la misma limpieza y exactitud. Pierre Lemaitre se erige como un narrador bestial, un contador de historias a la altura de los más grandes autores de novela negra clásica, conservando lo esencial e insuflando, a un tiempo, aire limpio en los pulmones de un género en el que ya creemos haberlo visto todo.