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viernes, 17 de febrero de 2017

"La chica del abrigo azul", por Monica Hesse.

En mayo de 1940, el ejército alemán invadió los Países Bajos. A partir de ese momento, la población hebrea fue prácticamente aniquilada. Murieron las tres cuartas partes de los judíos holandeses. A pesar de ello, la población nunca renunció a su derecho a ser héroes. Entre los estudiantes, muchos de ellos aún niños, se gestaron numerosos grupos que colaboraban de forma activa con la resistencia. En “La chica del abrigo azul”, Monica Hesse intenta recrear a través de sus personajes a aquellos muchachos, especialmente el Grupo de Estudiantes de Amsterdam, universitarios que se dedicaron a rescatar niños de las garras de los nazis.

Hanneke se dedica a comprar y vender en el mercado negro, a escondidas de sus padres. El ejército alemán ha invadido Amsterdam y unos pocos cigarrillos o unos gramos de chocolate son un preciado tesoro. Un día, una de sus clientes le hace un encargo distinto: localizar a una chica judía, que hasta ahora vivía oculta en su despensa, y que ha desaparecido sin dejar rastro. A partir de ese momento, Hanneke se obsesiona con la chica del abrigo azul, y moverá cielo y tierra para encontrarla.

Creo que el planteamiento de la novela de Monica Hesse era difícilmente mejorable. El Holocausto, con todo lo que conllevó, es un período histórico que no conviene olvidar y que siempre ha actuado como magnífica ambientación para narrar historias, reales o ficticias. Aquí, la autora se vale de las primeras para crear a unos personajes que podrían haber existido, o que lo hicieron de alguna manera. Hanneke, Ollie, Mina… todos ellos adolescentes que se jugaron el tipo para boicotear al ejército nazi. Unos repartían panfletos, otros capturaban imágenes a escondidas y los más osados, rescataban a otros de los centros de deportación, especialmente a los niños.

Es una pena que Hesse no se atreviera a llevar su historia hasta las últimas consecuencias. Porque a pesar de todo, no consigue capturar la dureza de lo que nos está contando. Su prosa es correcta, pero quizá demasiado amable, y todo el conjunto tiene un aire a novela juvenil que aquí no encaja. Todo resulta demasiado tibio. No me entendáis mal, ya todos conocemos los horrores de esta guerra, no necesito ahondar en ellos. Pero me gusta creerme lo que leo, y en este caso, no lo he conseguido.

Así pues, en definitiva, ¿me ha gustado la novela? Sí, en su planteamiento, y no, en su forma de desarrollarla. Me habría gustado un poco más de nervio, que la autora se hubiese arriesgado a llevar a sus personajes unos pasos más allá y les hubiese imprimido algo más de carácter en sus palabras y actos, no sólo en su descripción; y sobre todo, que hubiese prescindido de los aires románticos que soplan de vez en cuando y los hubiera cambiado por un narración más pegada a la realidad que se debió vivir aquellos días en las calles de Ámsterdam. 

martes, 8 de septiembre de 2015

"Nos vemos allí arriba", por Pierre Lemaitre.

“Sin dejar de abrazarlo, Albert se dice que durante toda la guerra Édouard no ha pensado más que en sobrevivir, como todos, y ahora que la guerra ha acabado, y está vivo, resulta que lo único en lo que piensa es en desaparecer. Si incluso los supervivientes sólo desean morir, qué desastre…”

Todos tenemos nuestras guerras. Ganamos y perdemos pequeñas y grandes batallas. Constantemente. Vivimos en mil frentes, y en todos ellos habita el amigo y el enemigo. Perdemos efectivos, ganamos camaradas, celebramos el descalabro del otro. Y como en la vida, la novela de Lemaitre se vale de ése encuadre bélico como excusa para hablar de todo lo demás. De padres e hijos, de la comprensión mutua que ambas palabras exigen; de amistad y paciencia, de amor de hermana, de madre, de compañero. De ambición y escrúpulos.

Si habéis leído a Lemaitre y no habéis leído “Nos vemos allí arriba”, entonces es como si sólo le hubieses leído a medias. Como si sólo hubieseis atisbado un pequeño destello de lo que puede darnos este autor francés. Porque aquí hay mucho más que un narrador correcto o un gran creador de ambientes. Aquí hay un escritor en estado de gracia, dotado de una inmensa lucidez para destripar al ser humano. No de la forma que lo hace en sus thrillers, sino desde el plano más emocional. Sin caer en el drama, con lo fácil que era entre tanta bala, tanta tumba y tanto soldado muerto, mutilado, traumatizado. Con sobriedad, con una pizca de ése humor que a veces baila sobre la línea de lo correcto, Lemaitre describe hombres, lugares,  situaciones, estados de ánimo. Y lo hace esgrimiendo una narración fluida, evocadora, de ésas que te obligan a luchar con tus propias convicciones para no terminar llenando las páginas de subrayados y pegatinas.

No os voy a hablar de cómo construye Leimatre a sus personajes. No os voy a decir nada de la adjetivación, ni de la profundidad. Prefiero enseñároslo.

“Y junto a ése padre amante pero poco expansivo, estaba Édouard, Édouard el exuberante, diez años, doce, quince, desbordante, Édouard el apocalíptico, el disfrazado, el actor, el extravagante, el desaforado, la llama, la creatividad…

Y así, así todo el tiempo. No sólo con Albert, con Édouard, con ése malvado Pradelle, el más maniqueo de todos ellos, pero tan necesario para la historia, como todos los malos lo son. Lemaitre dibuja a todo un país, a una Francia de posguerra que vive sumida en su pérdida, que ensalza y alaba a los que cayeron en el frente y le vuelve la cara a los que tuvieron la desgracia de volver de él (“El país era presa de un frenesí conmemorativo en honor de los muertos directamente proporcional a su aversión por los supervivientes”.) Y con mano firme y prodigiosa, retuerce sus destinos, entrelazándolos y separándolos, de decepción en decepción, de abrazo en abrazo. Hasta dejarse acunar por una muerte contra la que uno se revuelve a pesar de desearla a veces.

“Édouard aguardaba la muerte y, tardara lo que tardase, era la única solución posible, menos que un cambio, la simple transición de un estado a otro, aceptada con resignada paciencia, como esos silenciosos e impotentes ancianos a quienes se acaba por no ver y que ya sólo sorprenden el día en que se mueren.”

La novela de Lemaitre es magnífica desde donde la quieras mirar. Lo es en su desarrollo, lo es en la intensa profundidad de sus personajes, lo es en la forma y en el fondo. Y es, también, una novela valiente, en la que el autor sale de la comodidad de los thrillers a los que nos (se) había acostumbrado para adentrarse en una trama hecha de retazos de historia, capaz de zarandearte y obligarte a sonreír al instante siguiente. “Nos vemos allí arriba” se halla en las antípodas de “Alex” o “Vestido de novia” y conserva, sin embargo, la pulcritud y el estilo de su autor, que permanece reconocible pero elevado a la enésima potencia. Diría que al señor Lemaitre le va a costar superar esto. Pero no me atrevo.

viernes, 4 de septiembre de 2015

"Las flores de la guerra", por Geling Yan.

Hay hechos que la historia misma parece querer olvidar, que apenas aparecen en los libros, de los que casi no se habla porque destrozan nuestro concepto del ser humano y nos muestran hasta dónde puede llegar la brutalidad intencionada contra nuestros semejantes. Hechos que el tiempo se traga. Yo nunca había oído hablar de la masacre de Nanjing. Por si a vosotros os ha ocurrido lo mismo, os pongo en antecedentes. En 1937, el ejército japonés sitió la ciudad de Nanjing. Durante meses, sus habitantes vieron como su ciudad era bombardeada, quemada y asfixiada. En Diciembre, las tropas entraron y comenzó una masacre que acabó con la vida de miles de civiles. Los soldados japoneses tenían especial predilección por las mujeres, que fueron vejadas, torturadas y violadas de forma sistemática. Aquellas que tenían la desgracia de sobrevivir eran enviadas a las llamadas casas de confort, en las que trabajaban como esclavas sexuales hasta su muerte.

Una historia tan dura exige ser contada con el talante que lo hace Geling Yan en “Las flores de la guerra”.  Porque a pesar de ello, los horrores de la guerra se cuentan como el que mira de reojo, a través de pequeños fragmentos de recuerdos, entre tragos de vino y humo de cigarro, a través de la fragilidad de la niñez o de los ojos de un extranjero.

Durante toda la narración, apenas salimos de la pequeña parroquia de Santa María Magdalena, la iglesia del padre Engelmann, en la que han quedado atrapadas trece estudiantes. Al iniciarse la invasión, un pequeño grupo de prostitutas llegará allí buscando refugio. El choque es brutal, como os podréis imaginar. Pero cuando afuera silban las balas, quizá las diferencias  más evidentes no sean tan importantes. Sacerdotes, niñas y prostitutas inician una convivencia condicionada por el miedo y sus diferencias, sin apenas comida ni agua, en la que todos resultan ser igualmente vulnerables.

Gaeling Yan construye una novela coral, poblada de personajes que traza con intensidad y mucho tino a través de sus recuerdos y actitudes. Destacan la figura del padre Engelmann, párroco y hombre al frente de tan dispar rebaño; Fabio, hombre de Dios y extranjero en todas partes; Zhao Yumo, una prostituta de alto copete que un día también fue una niña bien.  Todos ellos me han conmovido, de una forma u otra. Algunos hasta las lágrimas. Mucha culpa la tiene también la narración de la autora china, que no se vale de florituras ni dramatismos, sino que dibuja el panorama con lucidez y precisión, con una pasmosa sencillez y una elegantísima naturalidad.

“Las flores de la guerra” es una novela para sentirla, para leerla con la pausa que requiere y dejarse envolver por una historia que, a pesar de su crudeza, sabe ser también hermosa. Una de ésas historias que te arrebata la fe en el ser humano para luego devolvértela.