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martes, 30 de junio de 2015

"Extraños en el tren nocturno", por Emily Barr.

Si “Extraños en el tren nocturno” fuese una película en vez de un libro, es muy probable que Alfred Hitchcock hubiese estado encantado de dirigir su primera parte, David Fincher habría hecho virguerías con la segunda y la tercera habría quedado para un director majo de acción rollo Pierre Morel. La novela de Emily Barr parte de una interesante premisa y una excelente ambientación que no logra mantenerse hasta el final. Pero es que era difícil.

Lara Finch es una mujer aburrida, en una ciudad aburrida, casada con un hombre que la aburre soberanamente. Lara se asfixia, y así lo cuenta, en primera persona. Lara es una gran narradora, y por eso uno rápidamente se mete en su pellejo. Un trabajo en Londres se erige como su única opción para tomar aire, una salida para pasar cinco días fuera de casa y volver cada viernes a Cornualles en el tren nocturno. En ese tren conocerá a Guy, un tipo terriblemente encantador. No os cuento más. Esta es una de ésas historias en las que cuanto menos se sepa, mejor.

Como os decía, “Extraños en el tren nocturno” tiene un arranque brutal. La narración de Lara tiene fuerza, es una heroína inmoral, hastiada, a la que tú, lector, quieres ayudar a escapar. Ése tren nocturno resulta un escenario sugerente y propicio para la seducción y el misterio. Un tren de pequeños vagones que pasa la noche traqueteando mientras sus habitantes beben gintonics en el bar y se rozan inevitablemente al cruzarse por los estrechos pasillos. Sobre los personajes, y sobre el lector, flota la sensación de que algo va a ocurrir. Y también de que algo ocurrió que, de algún modo, nos ha traído hasta aquí. Y hasta aquí habría filmado Hitchcock.

En la segunda parte, Iris toma el relevo de Lara y la narración pierde un poquito de fuelle. Y aún así, la intriga se mantiene aún cuando cambiamos el tren nocturno por un Londres gris y bullicioso. Sigue existiendo el misterio, la tensión, la expectación. Y poco a poco, la narración va ganando en ritmo y en esta ocasión eso no es bueno. Porque la intriga va derivando en una novela de la acción más básica, con un malo tremendamente malo, intentos de huída in extremis y algún mamporro que podría haber firmado Liam Neeson. La historia sigue siendo entretenida pero ahora nos falta el encanto inicial.

No os defraudará la novela de Emily Barr si os la lleváis en la maleta para leer entre chapuzón y granizado, o para amenizar alguna noche de hotel o un viaje en avión. No será una lectura que marque vuestro verano, pero sí tiene el suficiente empaque y, a la vez, es lo bastante ligera, como para resultar grata y entretenida.