Mostrando entradas con la etiqueta Antonia J. Corrales. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Antonia J. Corrales. Mostrar todas las entradas

martes, 4 de noviembre de 2014

"En un rincón del alma", por Antonia J. Corrales.

Jimena es una mujer corriente. Puede que te la hayas cruzado en la panadería, o por la calle, parapetada tras unas gafas de sol que sirven como escondrijo. Puede que en algún día de lluvia te haya llamado la atención el paraguas rojo al que se aferra como si fuese un salvavidas. Lo que hace diferente a Jimena es que ella se ha atrevido a saltar, ha cogido impulso y ha cubierto, en un vuelo sin motor, la distancia insalvable que la separa de la rutina, del día a día, de los hijos que se hacen mayores y del marido que ahora ya sólo duerme a tu lado.

Jimena comienza una larga carta a su madre en el aeropuerto, a punto de embarcar rumbo a Egipto. Y a través de ésas letras, asistiremos a su pasado y al futuro que se abre ante ella. La prosa de Antonia Corrales, evocadora, soñadora, mágica, crea un cordón invisible que une a Jimena y al lector, dotando al relato de una intensísima intimidad.

“En un rincón del alma” cuenta una historia que es a ratos triste, descarnada, amarga; a ratos, mágica y esperanzadora. Sobre ésa compleja dualidad, la trama camina en equilibrio, sin derramarse hacia uno u otro lado.

Y por ahí camina también Jimena, una protagonista construida para llevar sobre sus hombros el peso de la novela: ella narra, predice, recuerda, reprocha. Ella es ésa alma complicada, llena de rincones y recovecos, harta de esperar, de ser lo que es. Jimena es real y es, a un tiempo, pura fantasía. 

Reales son sus motivos para dar el salto y huir: el hartazgo que produce la rutina, la soledad de una matriarca que vive rodeada de gente que se mueve a su alrededor sin verla, el querer ser algo que no es. Qué fantástica su lucha por leer “El rodaballo” de Gunter Grass, para ser más culta, para ser más lista; como si leer a ciertos autores y denostar el maquillaje y los tacones pudieran otorgarle un nuevo status de mujer realizada y plena. Jimena nunca le contaría a nadie que “El rodaballo” se le hizo bola. Prefiere llevarlo con ella, eternamente señalizado con un marcapáginas, para que todos crean que ella es mucho más que la Jimena madre, esposa, amiga, vecina y ama de casa.


Más allá de tanta realidad, también hay un poco de magia en Jimena, un algo de fantasía en su partida que dota a su historia de un aroma distinto. Paraguas rojos y bolsas de tela para transportar presagios por medio mundo, de España a Egipto, en un viaje que el lector concluye emocionado y agradecido.