Después de varias semanas
sumida en una sucesión malsana de libros empezados y no terminados, de lecturas
agarradas con pocas ganas y abandonadas con una frustración tremenda, que no
eres tú libro, que soy yo la que no está, la que no se centra, la que no se
motiva… Ante semejante absurdo, no queda más que la impulsividad. Me puse
frente a la pobre estantería, abarrotada de novelas con el brazo en alto,
esperando ser leídas. Y cayó entre mis manos “Caja negra”, de Francisco Narla.
Estoy segura de que si no
la habéis leído, al menos habéis oído hablar de ella. Cómo no hacerlo, dada la
estratagema urdida por la editorial para venderla, aprovechando la conocida
catástrofe aérea de Germanwings. Alguien, perdóneme Dios si me equivoco, leyó
la novela muy por encima, dando lugar en su cerebro a un cortocircuito neuronal
que decidió que era bueno aprovechar aquello para publicitar la novela de
Narla. No voy a entrar a valorar nada en el terreno de la moral, allá cada
cual, que la mía suele ser relajada y liviana. Pero en el terreno literario y
de márketing, mucho me temo que el número de lectores que se acercó a la novela
atraído por esa acción publicitaria debe ser directamente proporcional al de
que aquellos que huyeron despavoridos. Y no hay motivo ni para una cosa ni para
la otra, porque el problema, a resumidas cuentas, es que la novela se asemeja a
lo que uno espera encontrar en ella como un huevo a una castaña.
Poco o nada sabe de
aviones el bueno de Sinesio Amorós, que allá por los años setenta, se empeña,
con su radio al hombro, en captar sonidos del otro mundo en lugares siniestros.
En su periplo se encontrará con dos voces que pretenden transmitirle un
mensaje. Desde los celtas hasta las archiconocidas caras de Bélmez, Narla nos
invita a un recorrido, de la mano del entrañable Amorós, por algunos de los
casos más emblemáticos de la historia de la parapsicología. En la otra línea
temporal conocemos a Thomas Rye, un psicópata que bien podría haber escrito
Brett Easton Ellis para que formara parte de su “American Psycho”. Thomas es
piloto de una línea aérea de bajo coste, y tras su apariencia pulcra y
atractiva, se esconde todo un depredador.
Como siempre, habrá una
línea temporal que despierte más el interés del lector que la otra. En mi caso,
mientras que el camino de Rye se me antojaba algo predecible y repetitivo, me
encariñé rápidamente con ese torpe de Amorós. Aún así, el ritmo de la novela
resulta algo irregular en ocasiones aunque uno llega a perder el interés,
gracias a los capítulos más bien cortos y a la alternancia de ambas líneas
temporales. Me ha gustado especialmente la forma en que el autor hilvana y
entreteje varias historias, de cara al final, para dotar de un sentido global a
la trama que nos ha presentado.
“Caja negra” es una novela
recomendable para los amantes del thriller de tono pausado, alejado de giros
vertiginosos, con una sugerente ambientación y la inclusión de varios hechos
reales que dotan a la novela de empaque, aderezando con gracia los caminos de
Amorós y Rye. Una buena historia, bien contada, cuya portada y demás adornos no
deben despistar a ningún lector que quiera sumergirse en ella.
