Bilbao se prepara para
una noche festiva cuando un macabro asesinato atrae todas las miradas hacia la
imponente chimenea del parque de Etxebarria. Un joven estudiante de la
Universidad de Deusto pende envuelto en llamas de su vieja estructura de
ladrillo. La elección del momento y el lugar apunta a un crimen ritual.
La
escritura Leire Altuna y la ertzaina Ane Cestero dirigirán una investigación en
la que se enfrentarán a grupos neonazis, sectas destructoras y demoledoras
intrigas familiares.
Siempre es un placer reencontrarse con autores y personajes
que nos han regalado buenas historias, y en mi caso, Ibon Martín es uno de ésos
valores fijos. Después de “El faro del silencio” y “La fábrica de las sombras”,
el autor vasco nos lleva de nuevo al norte y nos sumerge en una novela negra
que, a mi parecer, es aún mejor que las anteriores. Os cuento por qué.
En “El último akelarre” nos encontraremos con dos líneas
temporales, una ubicada en la actualidad y protagonizada por nuestra intrépida
y sagaz escritora, Leire Altuna; y otra ambientada en los inicios del siglo
XVII, con El Santo Oficio haciendo de las suyas en España. Aunque esta segunda
línea temporal ocupa mucho menos espacio en el grueso de la novela, creo que
casi todos los que hemos participado de esta lectura conjunta hemos coincidido en
lo mucho que nos ha gustado. Tanto María, el personaje principal, como la
narración de esa persecución atroz que muchos inocentes sufrieron a manos de la
Santa Inquisición, dotan a la novela de un mayor dinamismo y, en mi caso,
interés. Y es que el tema de las brujas me seduce, para qué negarlo. Quizá sea
esa una de las razones que ha hecho que esta novela me haya parecido mucho
mejor que sus predecesoras. Pero ya os adelante que no es la única.
Otro de los aciertos de “El último akelarre” es su fabulosa
ambientación que, aunque es un aspecto que ya destacaba en las anteriores
entregas, aquí me ha parecido redonda. De la mano de Leire y María, recorremos
la costa vasca, desde el Nervión hasta los últimos caseríos de la frontera con
Francia, con estancia en la encantadora y misteriosa Zugarramurdi. Martín se
explaya en la descripción de colores, olores, sabores incluso, dotando a sus
escenarios de un inmenso protagonismo, y haciendo que el lector se sienta parte
de ese lugar. Se percibe en general una madurez en el estilo narrativo del
autor, que maneja cada vez mejor los tiempos y la información.
En cuanto a los personajes, tengo que confesar que el de la
ertzaina Ane Cestero nunca ha sido de mis favoritos. Por eso, creo que la
novela se beneficia de su pérdida de protagonismo. Y es que nuestra intrépida
Leire no necesita ya de ningún salvoconducto que excuse su presencia allá donde
haya un crimen. La Jessica Fletcher de
la costa vasca tiene un imán para detectar posibles escenarios, y huele la
sangre a distancia, aunque luego no resulta tan avezada a la hora de dar con el
criminal en cuestión. No le demos más vueltas. Creo también que es bueno para
el desarrollo de la novela que su situación familiar pase a segundo plano y se
centre más en la investigación, como ocurre “El último akelarre”.
Cabe destacar también la intensa labor de documentación que
ha llevado a cabo el autor en lo referente a la persecución que sufrieron los
vecinos de los valles del Baztan y Bidasoa por parte de los inquisidores.
Incluso se conservan en la historia los nombres originales de los miembros del
Santo Oficio o algunas de las acusaciones que se recogían en la época con la
intención de añadir veracidad a una historia que, al menos a mí, me ha puesto
la piel de gallina en más de una ocasión.
No puedo dejar de recomendaros a este autor y esta novela en
particular, que podéis leer con total tranquilidad incluso si no conocéis las
anteriores. Una novela que aúna intriga y un poquito de ficción histórica,
aderezada por una magnífica ambientación y una trama compleja y muy bien
hilvanada que gustará sin duda a los que frecuentan el género pero también a
aquellos que no son devotos de la novela negra y que buscan, simplemente, una
buena historia.


