Pasé varios días manoseando, mirando, cogiendo y dejando “Pez en
la hierba” antes de adentrarme en su lectura. Andaba apática y desganada, en
estado de espera, con la fe puesta en que ésos momentos siempre se resuelven en
buena compañía. Ese compás de espera tiene siempre la facultad de crear en uno
ciertas expectativas. No tienen por qué ser buenas, ni malas. En mi caso
consiguieron crear la sensación de que quería que me gustara la novela que
tenía entre las manos. Por muchas razones. Para ayudarme a recuperar las ganas,
porque necesitaba evadirme. Pero también porque tuve tiempo para adentrarme en
la figura de su autor, Ángel Gil Cheza, y me gustó lo que descubrí. Un tipo que
a los catorce años era batería de una banda hardcore – punk tiene el currículum
suficiente para que yo le adore, así sin más. Encontraréis también en su
biografía términos como cantautor, movimientos sociales, revista académica… Y
está casado con una violonchelista. Me gusta este tipo. A pesar de que no me
haya gustado “Pez en la hierba” tanto como yo quisiera.
Miquel Ortells regresa a su Villareal natal para acompañar a su
padre, convaleciente tras sufrir un infarto. Allí se topará con sus propios
recuerdos, con alguna leyenda local y con el misterioso asesinato de dos niñas
acaecido años atrás. En apariencia, nada nuevo bajo el sol. Pero sí se esfuerza
Gil Cheza en aderezar su trama añadiendo un poquito de literatura,
especialmente en lo relativo al trabajo del editor, que es el suyo propio; algo
de crítica social acerca del desconocido universo del fútbol femenino, y una
cuidada ambientación plagada de leyendas acerca de los cuevas y acequias que se
esconden bajo la ciudad castellonense.
Pero es sobre todo la forma de contarlo la que hace diferente a
“Pez en la hierba”. Ángel Gil Cheza mima su prosa, deposita cada palabra con
cuidado, haciendo gala de una mano que resulta igual de prodigiosa para narrar
un amanecer o una leyenda local, desplegando un vocabulario rico y hermoso.
Sin embargo, la trama, por sí misma, cojea en dos aspectos
fundamentales. Primero en el ritmo, que va de más a menos, partiendo de un
prólogo brutal y deslizándose después hacia una especie de thriller intimista
que sigue funcionando hasta que se rompe en la tercera parte. Por alguna razón,
el misterio inicial queda relegado a un segundo plano a favor de la leyenda
local, que toma un protagonismo radical y excesivo. De repente la narración se
torna densa, acosada por una superpoblación de datos históricos, geológicos, en
los que se pierde la trama, me perdí yo, se perdió mi interés. Fue un bache que
podría haber admitido de ocurrir mucho antes, pero no de cara al desenlace.
El otro hándicap de la novela está en sus personajes. Miquel, por
sí mismo, podría haber sido un protagonista aceptable, sin demasiado carisma
pero válido como narrador. También es acertada la ambivalencia del personaje de
su padre Pasqual, quizá el más mimado de todos ellos. Pero aparece en escena
Ainara, un personaje improbable, inverosímil y con el que no he conseguido
conectar en modo alguno. No me he creído su pasado, ni su presente, ni sus
actitudes, ni siquiera su modo de expresarse. Todas las escenas en las que
aparece resultan forzadas y extrañas.
Acogí “Pez en la hierba” precedida por la fama de buen narrador de
Ángel Gil Cheza, y no me ha decepcionado en absoluto en ése aspecto. Su voz
resulta sugerente, propia y evocadora. Pero no comparte ésas bondades con la
historia que nos quiere contar. A pesar de ello, me quedo con las ganas de
conocer al autor en otro registro, en una historia más personal, con menos
ramificaciones y más intimidad.
