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miércoles, 31 de mayo de 2017

"Música para feos", por Lorenzo Silva.


Mónica y Ramón se conocen por azar, en un local nocturno, en el que ninguno de los dos pinta gran cosa. A veces, las historias comienzan así. Mónica y Ramón no han tenido mucha suerte en la vida, ni les quedan demasiadas esperanzas de tenerla alguna vez. Mónica es una periodista al borde de los treinta que subsiste con un subempleo que detesta. Ramón, mediados los cuarenta, se obstina en ser un misterio: no desvela a qué se dedica. 

Podrían no haberse vuelto a ver nunca, pero una semana después se reencuentran y la cosa ya no tiene remedio: la música que se les negaba empieza a sonar. Tiempo después, Mónica lo recuerda. En sus propias palabras: “Lo único limpio y hermoso que de veras he tenido”.




Qué difícil resulta escribir una buena historia de amor. Qué complejo retratar el sentimiento más universal y más trillado de la literatura, y hacerlo sin caer en la cursilada y el tópico. Y qué valiente en este caso en particular, viniendo de la mano de un autor consagrado como Lorenzo Silva, cuyo nombre se asocia además a un género que está en las antípodas de esta “Música para feos”. Y sin embargo, viene a demostrar que las buenas historias lo son sin más, ajenas a etiquetas y prejuicios.

A través de Mónica y Ramón, Silva saca esa capacidad tan suya para retratar el alma humana y su contenido. Y así dibuja llena de luz una primera parte que me robó el sueño, que me dejó temblando, como si me hallase yo misma en ésa cálida antesala de la historia de amor naciente. Con Mónica, con Ramón, asistimos a la reconciliación que uno ha de llevar a cabo consigo mismo antes de empezar de nuevo, y con ellos retomamos la esperanza, la fe. Sin revolcarse en las penurias pasadas, con la convicción que te otorgan esos primeros días.

“Me dormí pensando lugares donde citarle, con aquel temor antiguo a que decidiera no venir; el temor que un día había sido la antesala de la luz más hermosa, la luz que esa noche recé, como la creyente que ya no era, para que volviera a acariciarme la piel”.

Por mucho que me empeñe, difícilmente haré justicia con mis palabras, tan limitadas, a la amalgama de sensaciones que esa primera parte despertó en mí. Pero todo me pareció tan bien narrado, tan acertado en el tono y en la forma, envuelto en el aura de una madurez que suelo echar de menos cuando un autor me quiere hablar de amor.

Me gustó también la segunda parte, en la que la música toma protagonismo, y a través de ella casi siempre se hablan Mónica y Ramón, se dicen aquello con lo que no les alcanzan las palabras y los cuerpos. Porque a pesar del devenir de la trama, de la que nada más se debe desvelar, conserva la calidez y la belleza que me conquistó en los primeros capítulos.

Mucho más dura me resultó una tercera parte de la poco puedo hablar por miedo a hacerlo más de la cuenta. Pero me lo resultó, sobre todo, porque se aborda un tema sobre el que mis ideas están tan claras, desde hace tanto, que no pude acabar de conectar con ella. En el fondo, yo solo quería que siguiera sonando la música.

“Y veo la paz de eso que ya éramos, de eso que podríamos ser, no sé si durante meses, años o toda la vida, porque esto nadie lo sabe y los escorpiones de la incomprensión y el recelo acechan debajo de cada piedra que puedas un mal día o una mala noche levantar.”

No seré yo quien le descubra a nadie, a estas alturas, las bondades de la narrativa de Silva. Pero sí os invito a visitar esta novela, que ha sido para mí una grandísima sorpresa, a pesar de que ya estaba familiarizada con su estilo, pues por mis manos han pasado prácticamente todas las novelas protagonizadas por Bevilacqua y Chamorro. Aquí hay música, aquí reside una historia más honda, más bella, e inevitablemente, más dolorosa. 

martes, 9 de junio de 2015

"El lejano país de los estanques", por Lorenzo Silva.

Hay libros que saben esperar, son pacientes con nosotros, guardan turno en nuestras estanterías, castigadas por una superpoblación literaria que no se alivia nunca. Y sin embargo ahí siguen. Así me esperó a mí “El lejano país de los estanques”, de Lorenzo Silva. Una novela que había empezado hace tres años y que hasta hace nada, creía haber leído. Pero no. Entre ella y yo se interpuso una mudanza y una boda y la olvidé por completo. Mi hermano, mi pequeño terrorista literario, hizo uso de la novela para la clásica tarea de calzar una mesa. Y ahí la encontré, con su marcapáginas colocado allá por la página noventa. Ella, silenciosa y resignada. Yo en medio de una desconcertante apatía lectora pero con muchas horas por delante, poco que hacer y sin nada que leer. Era inevitable, claro.

Todo fue fácil, muy fácil. Ya nos conocíamos. No era ni mucho menos mi primer encuentro con el carácter honesto y sarcástico del sargento Bevilacqua a pesar de ser éste el primer título de la saga, que he leído en el orden que se me ha antojado. Así que imaginaos encontrarme con las primeras peripecias de esta pareja de guardias civiles, el Vila de siempre y una agente Chamorro que era soldado raso, aún más tímida, más precavida e inocente que nunca. Quizá el resto de personajes me resultaron algo más deslavazados que de costumbre, Lorenzo Silva siempre atina en la construcción de sus malos y sus buenos, creando personajes siempre dotados de cierta complejidad. He echado un poco de menos eso aquí, pero puede tener mucho que ver el hecho de que hayan pasado tres años desde su esbozo hasta la resolución de la historia.

La prosa de Lorenzo Silva sí es la de siempre, amable, fluida y a la vez, salpicada de frases y pensamientos que te aguijonean un poquito en la conciencia, o en el pecho, o en los dos sitios a la vez. También encontramos en “El lejano país de los estanques” una estructura similar al resto de la saga, tramas en las que prima un juego policial dirigido por la deducción y perspicacia de sus protagonistas, donde la intuición y la observación están por encima de las pruebas forenses. Y el siempre agradable juego de la relación entre los dos protagonistas, aquí en sus inicios.

Volver a Lorenzo Silva y a sus personajes es jugar sobre seguro. Su propuesta siempre pasa por una novela negra limpia y honesta, que nunca defrauda, que siempre aporta buena compañía. Una de mis próximas propuestas es leer alguna novela del autor dentro de otro género, degustar otros personajes que no me resulten tan familiares, y ver qué sensaciones me deja. Serán mis deberes de verano.