Cuando era pequeña,
disfrutaba especialmente de aquellas novelas juveniles, de portada en color
rojo, que convertían al lector en detective, obligándole a tomar decisiones que
le llevaban a una u otra página, a veces con fatales consecuencias. Yo era bastante
torpe en mis decisiones, pero también concienzuda y paciente, así que probaba y
probaba combinaciones hasta que conseguía atrapar al malo y salir victoriosa de
la aventura, aunque para ello tuviera que morir varias veces. El regusto de
aquellas historias es el que he encontrado en la novela que hoy os traigo:
“Dónde enterré a Fabiana Orquera”, de Cristian Perfumo.
Una misteriosa carta que
ha permanecido tres décadas escondida en una cómoda dará el pistoletazo de
salida a la investigación de Nahuel, un joven periodista que se verá envuelto,
casi sin darse cuenta, en un juego de pistas y acertijos que habrán de
conducirle a lo ocurrido treinta años atrás en la misma casa donde él se aloja.
Allí desapareció Fabiana Orquera, y allí se gestó la caída de Raúl Báez, su
amante y candidato a la alcaldía.
La ambientación es una de las grandes
peculiaridades de esta novela, cuya trama se desarrolla en la exótica Patagonia
argentina, una región en la que conviven la estepa, las grandes mesetas y las
regiones montañosas. Carreteras imposibles, salinas y casas separadas del mundo
que consiguen transmitir una intensa sensación de aislamiento, propicia para
hacer aún más difícil la investigación de Nahuel.
Como os contaba al
principio, hay en esta novela de Cristian Perfumo un poco de aquellas novelas
juveniles de aventuras, un poco de ésa ingenuidad, de ésa simpleza… El juego de
acertijos contiene instrucciones que llevarán a nuestro protagonista hacia una
nueva pista y, en última instancia, a la resolución del enigma. No se trata de
una novela negra, tal como uno pudiera intuir por la sinopsis, sino de una de
aventuras ligerita, suave, con su obligatorio toque de misterio.
Quizá lo que más me ha
gustado ha sido el descaro de Perfumo a la hora de narrar su historia. Su prosa
resulta realmente refrescante, sin los complejos ni los egocentrismos que a
veces uno encuentra en las narraciones de los que se auto editan. No se excede ni
enreda con localismos y consigue crear un lenguaje propio que suena a La
Patagonia (o al menos suena a argentino, que no es poco) pero que resulta
accesible y ágil para cualquier lector.
