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viernes, 6 de octubre de 2017

"Un café a las seis", por Pilar Muñoz Álamo.


Raquel se dispone a acudir a una cita de compañeros de promoción organizada por su amiga Lourdes después de 25 años, aunque en el fondo siente que no debería ir; una parte del pasado, que no la ha dejado vivir en paz, podría estar esperándola en el hotel donde tendrá lugar la celebración. 

Ansía ese encuentro tanto como lo teme. Porque aquello de lo que ha estado alimentándose a lo largo de su vida podría dejar de ser real. O atraparla para siempre. 
Unas veces, no podemos huir del pasado. Otras, no deseamos escapar de él.

«Un café a las seis» es una historia intensa, emotiva, reflexiva, visceral. Una historia escrita con el corazón. De las que te hacen sentir.



Raquel es una más de tantas. Un poco de tu madre, o de mi hermana o de nuestra vecina del primero. Una mujer que es invisible hasta que alguien necesita una camiseta limpia o un bocadillo para llevar. A Raquel la asfixia la rutina del día a día, pero apenas es consciente de ello. Se ha olvidado de que tiene unos vaqueros ceñidos en el armario que le quedan de puta madre, de que el sexo no es una coreografía ensayada y repetida hasta el hartazgo y de que una vez se enamoró como una cría. A todo eso lo sepultó el paso del tiempo, otra vida que eligió ella, sin más coacciones que la ignorancia. Un paso mal dado al que le sigue otro, y otro más. No penséis que Raquel es infeliz. Tiene dos hijos por los que daría la vida, una relación de pareja cómoda, un trabajo y amigos. Pero no está llena.

Pilar Muñoz vuelve a poner al frente de su historia a un personaje aparentemente anodino, una mujer más, y nos invita a escarbar en sus recovecos, en su verdadera complejidad. A través de la narración en primer persona, somos testigos de excepción de sus miedos y sus esperanzas. Porque ese reencuentro va a servir para obligarla a mirar atrás y volver a ver cada instante en que claudicó, cada elección hecha dando prioridad a otros, sin querer anteponer lo que ella deseaba realmente. Una revisión de errores que la han llevado hasta el lugar donde está.

¿Qué he estado haciendo yo? Toda la vida esperando sin saber a qué, [...] dejando transcurrir el tiempo, lamentándome por lo que perdí, quitándome la frustración a guantazos. deseando tal vez que un rayo cayera del cielo y partiera mi mundo en dos para volver a empezar, porque yo sola no tenía las agallas de hacerlo. He sido una cobarde de mierda. Ahora lo sé. El temor a lo que pudiera venir fuera peor que lo que dejaba me ha tenido atada y amordazada durante años. A medio vivir. Y hay veces en que hay que dejarse morir para poder optar luego a vivir con plenitud.

Siempre me ha gustado el modo en que Pilar Muñoz retrata a sus personajes femeninos, mujeres fuertes y valientes escondidas tras la fachada de lo cotidiano, mujeres que han cometido errores pero que tienen el valor de sobreponerse a ellos y seguir mirando hacia adelante. A Raquel le cuesta un mundo digerir los suyos, y al final, ese reencuentro con ese amor de la juventud no es más que un detonante, la chispa necesaria para que todo su mundo salte por los aires.

Y siempre me ha gustado, sobre todo, su forma de contarlo. Esa intimidad que sabe crear con sus lectores, una conexión que apela a lo emocional, valiéndose de los sentimientos como vehículo para contar una historia, un lenguaje que todos entendemos.

Quizá no me ha gustado tanto algo que ocurre en la última parte del libro, que sirve como una especie de justificante ajeno para las decisiones que toma Raquel. No puedo ir más allá sin desvelar algo que no debiera, pero sí os cuento que habría preferido que ocurriese de otro modo, aunque quizá eso hiciera que Raquel no saliese tan bien parada. Sobre el final, aún estoy decidiendo si me dejo llevar por mi parte racional o me lío la manta a la cabeza y gana el pulso mi yo emocional, el que se decanta por creer en el azar y el destino.

He disfrutado, como ya lo hice con las anteriores, la nueva novela de Pilar Muñoz. Me ha encantado perderme en la vorágine emocional en que se ve inmersa Raquel, volver con ella a los años de la juventud y la universidad, pensar en cómo las pequeñas decisiones que vamos tomando nos conduce por caminos a los que nunca esperamos llegar. Una historia bonita y bien contada, apta para casi cualquier lector.

jueves, 11 de mayo de 2017

"La canción del silencio", por Leara Martell.

La vida de Aída Lizaro era perfecta. Un amante esposo, una casa bonita, dinero y el estatus social necesario para ser alguien en la vida. Lo tenía todo a su alcance hasta que un día despierta desmemoriada y encerrada tras una pared de barrotes, con la única certeza de que ella no lo hizo, por mucho que las pruebas se empeñen en insinuar lo contrario.

Una prostituta, un enfermero y un niño serán los encargados de derribar y reconstruir la falsedad del matrimonio Delveccio. Tres testigos de una vida llena de abusos y mentiras, apariencias y dolor. Tres testimonios que se encargarán de abrir los ojos a la vergüenza y a la desesperación.

Su silencio era el arma favorita de Carlo Delveccio y eso le dio alas a Aída para volar. Amor, pasión, debilidad, sangre y una bonita canción de fondo hablando de muerte y liberación. Meses atrás, cuando la música no paraba de sonar.


Cuando un tema vuelve a la actualidad de forma recurrente y provoca un impacto fuerte en la sociedad, es inevitable que la literatura termine hablando de él. Quizá por eso,  la violencia de género se ha convertido en los últimos años en parte de la línea argumental de muchas novelas. Y reconozco que en lo que a mí respecta, no siempre me ha gustado la forma de abordarlo, sobre todo cuando el autor se entrega al drama o tira de cliché. Por eso hay que agradecerle a Leara Martell, sobre todo, su esfuerzo en dotar a una historia mil veces contada de una atrevida originalidad. Y hay que alabarle que, a pesar de los riesgos, salga victoriosa del lance.

Esta es mi obra. Mi debut. Mi regalo de muerte. Mi oda de amor.

Y es que “La canción del silencio” es un thriller concebido con alma de ópera. O al revés. Tanto monta, monta tanto. Dividida en cinco actos, más un prólogo y un epílogo, lo más llama la atención de entrada es la prosa de Leara Martell, barroca y excesiva, teatral. Cada acto será protagonizado por un personaje: Aída, Violeta, Bruno y Canio, cada cual con su soliloquio, apenas interrumpido de cuando en cuando por una línea de diálogo. Nos adentramos, así, en lo más hondo de cada cual, en sus motivaciones, y vamos descubriendo en qué modo tomó parte cada uno en la muerte de Carlo Delveccio.

Reconozco que al principio me chocó un tanto el estilo y la forma de abordar la historia. Pero conforme me fui familiarizando con ella, me pareció más atrevida, más valiente y más coherente, de modo que la narración, los personajes y la misma trama se aunaban con acierto. Más aún, la autora nos va llevando hacia un acto final cuya revelación ya intuimos desde mucho antes sin que eso le reste un ápice de apoteosis a la caída del telón.

Tras el epílogo, además, nos encontramos con un bonus track que la autora nos regala en forma de tres relatos breves. “Cisne roto”, “Venganza ciega” y “El secreto está en la masa” nos muestran la otra cara de una autora que exhibe aquí un lenguaje mucho más llano y un tono totalmente distinto al de “La canción del silencio”, aunque se adivinan la misma imaginación y originalidad. 

No es muy común últimamente, o al menos así me ha ocurrido a mí, toparse con autores noveles que consigan atraparte de la forma que Martell lo hace aquí, mostrando una voz fresca y propia y haciendo gala de un imaginario que tiene mucho que contar.

martes, 15 de septiembre de 2015

"Déjame saber quién eres", por Estefanía Yepes.

A veces el alcohol hace extraños compañeros de cama. Unas copas de vino y una cena tediosa y larga fueron los culpables de que acabase entre las sábanas con un título como el que hoy os traigo. Muchos ya sabéis que no frecuento demasiado el género rosa. Soy muy incrédula para estas cosas y creo que me falta un poquito de romanticismo. Cuando lo he intentado, el resultado ha sido el mismo que al intentar comer merengue. He terminado empachada y jurando no volver a hacerlo. Pero aún así, esta vez caí. Llegué a casa a altas horas, sin frío ni sed en este cuerpo mío y un poquito enfadada con el mundo en general. Así que abrí mi kindle y me dispuse a tomarme la última en el sofá mientras navegaba por la librería virtual. Entre las ofertas del día vi aparecer un título muy sugerente, "Déjame saber quién eres". Me dejé llevar por las estrellitas, le di a la tecla de comprar, me acomodé y...

Las letras me entraban con la misma facilidad que el vino. Así como os lo cuento. Me ventilé la primera mitad de una sentada y además me enteré de todo, que tiene mérito dado mi estado de agitación mental en aquellos momentos. Me dormí abrazada al lector, imbuida por el espíritu del amor verdadero e intrigada por un vestido de novia sin dueña y unas cartas sin remite llenas de palabras bonitas. Y a pesar de la resaca, desperté con ganas de seguir conociendo a Étienne, ése músico guapo, con su coleta despeinada (lo que me gusta a mí un chico con coleta) y su aire despreocupado y encantador. Oh sí, quería saber más. Me importó medio pimiento que la novela cumpliese a rajatabla con los clichés del género: la chica que no quiere saber nada del amor, el chico encantador que la obliga a correr bajo la nieve, guitarras, música y fuegos artificiales.

Estefanía Yepes, a la que no había tenido el gusto de leer antes, muestra una prosa solvente y sencilla, ciertamente prometedora aunque con algunos aspectos a pulir. Y es que me exasperaban un poco las descripciones de la ropa de Brianna, la protagonista, y las continuas referencias a las habilidades de nuestra chica combinando bolso y zapatos. También hay algún error ortográfico y gramatical, aunque he de decir que me han parecido menos de los que se suelen encontrar en muchas novelas autoeditadas. Con un repaso en ambos aspectos, nos quedaría una novela agradable, ligera y bien escrita con la que pasar un buen rato.

Al final "Déjame ser quién eres" resultó ser un caramelo, ya sabéis lo que eso implica. Amable, azucarado, quizá un pelín empalagoso en los últimos coletazos, pero que a veces, apetece. Que a nadie le amarga un dulce, ya lo dice el refrán.


martes, 2 de junio de 2015

"Dónde enterré a Fabiana Orquera", por Cristian Perfumo.

Cuando era pequeña, disfrutaba especialmente de aquellas novelas juveniles, de portada en color rojo, que convertían al lector en detective, obligándole a tomar decisiones que le llevaban a una u otra página, a veces con fatales consecuencias. Yo era bastante torpe en mis decisiones, pero también concienzuda y paciente, así que probaba y probaba combinaciones hasta que conseguía atrapar al malo y salir victoriosa de la aventura, aunque para ello tuviera que morir varias veces. El regusto de aquellas historias es el que he encontrado en la novela que hoy os traigo: “Dónde enterré a Fabiana Orquera”, de Cristian Perfumo.

Una misteriosa carta que ha permanecido tres décadas escondida en una cómoda dará el pistoletazo de salida a la investigación de Nahuel, un joven periodista que se verá envuelto, casi sin darse cuenta, en un juego de pistas y acertijos que habrán de conducirle a lo ocurrido treinta años atrás en la misma casa donde él se aloja. Allí desapareció Fabiana Orquera, y allí se gestó la caída de Raúl Báez, su amante y candidato a la alcaldía.

 La ambientación es una de las grandes peculiaridades de esta novela, cuya trama se desarrolla en la exótica Patagonia argentina, una región en la que conviven la estepa, las grandes mesetas y las regiones montañosas. Carreteras imposibles, salinas y casas separadas del mundo que consiguen transmitir una intensa sensación de aislamiento, propicia para hacer aún más difícil la investigación de Nahuel.

Como os contaba al principio, hay en esta novela de Cristian Perfumo un poco de aquellas novelas juveniles de aventuras, un poco de ésa ingenuidad, de ésa simpleza… El juego de acertijos contiene instrucciones que llevarán a nuestro protagonista hacia una nueva pista y, en última instancia, a la resolución del enigma. No se trata de una novela negra, tal como uno pudiera intuir por la sinopsis, sino de una de aventuras ligerita, suave, con su obligatorio toque de misterio.

Quizá lo que más me ha gustado ha sido el descaro de Perfumo a la hora de narrar su historia. Su prosa resulta realmente refrescante, sin los complejos ni los egocentrismos que a veces uno encuentra en las narraciones de los que se auto editan. No se excede ni enreda con localismos y consigue crear un lenguaje propio que suena a La Patagonia (o al menos suena a argentino, que no es poco) pero que resulta accesible y ágil para cualquier lector.

“Dónde enterré a Fabiana Orquera” es una de ésas novelas que uno necesita de vez en cuando para aligerar, para combinar, para descansar o para escapar. Una novela sin exigencias para con el lector, amable, para remolonear dentro del área de confort. Y es también una novela para los nostálgicos de aquellas historietas de aventuras y misterio que coparon tantas tardes de nuestra adolescencia.

viernes, 3 de abril de 2015

"El eterno legado", por Elisabet Castany.

Igual que el más avinagrado crítico cinéfilo se pone al llegar a casa una peli de Bruce Willis, hay momentos en la vida en los que incluso el más cultivado lector necesita tomarse un respiro. Épocas en las que uno no quiere más miserias de la guerra ni más prosas de impecable factura ni más detectives alcohólicos. Sólo un momento de evasión. Eso es lo que ofrece Elisabet Castany en su novela debut, “El eterno legado”. Una combinación de aventuras, fantasía y romance, agitada y servida a buena temperatura.

Amy es la protagonista de esta historia, una joven de fuerte carácter que ha quedado dolorosamente afectada por la reciente muerte de su padre. Su pérdida le conduce al hallazgo de unas cartas relacionadas con la familia de su madre, a la que Amy no conoció. En su necesidad de saber más de ella, nuestra chica terminará en un pueblecito del Pirineo francés donde se sucederán los descubrimientos, a cada cual más sorprendente.

Así contado, pudiera parecer que estamos ante una de ésas novelas de secretos e intrigas familiares. Pero pronto la trama coge otros caminos y se va más por los vericuetos de lo fantástico y la aventura, incluyendo sueños premonitorios, lobos domesticados, poderes y un montón de chicos demasiado guapos y encantadores para existir en la vida real.

La galería de personajes es amplísima y tradicional: los buenos son muy buenos, valientes, aguerridos y encantadores. Los malos son muy malos, malos de remate, y les odias con toda tu alma. Como en toda buena historia que se precie, hay también algún elemento con el que jugar, del que dudar, con el que sorprenderse.  Elisabet Castany dosifica bien los giros imprevistos, dejándolos caer de cuando en cuando pero sin abusar del factor sorpresa. Consigue así imprimir un ritmo constante, de puro entretenimiento, tirando de una prosa muy sencillita y asequible, aderezada con diálogos muy ágiles y con bastante chispa.

En el otro lado de la balanza, “El eterno legado” comete los pecadillos típicos del autor novel: el uso excesivo de adjetivos, las explicaciones innecesarias y cierta reiteración de escenas. No son elementos que lastren la narración, pero sí están ahí de forma evidente. También agradecería la novela un repasito para reducir el número de páginas, pues a pesar de leerse con fluidez, resulta larga y uno tiene la sensación de que lo mismo se podría haber contado con menos.

A resumidas cuentas, “El eterno legado” es una apuesta interesante dentro de su género, una voz fresca la de Elisabet Castany, que nos ofrece horas de evasión y una historia con unos ingredientes que resultan muy atractivos: secretos, un romance condenado a no consumarse, elementos sobrenaturales y una lectura sencilla y fluida para desconectar del mundanal ruido.