A todos nos gustan los besos con sabor a café. No me digáis
que no. También los chicos como Carlos, pero creo que esos no existen. Al menos
no fuera de la novela de Raquel Antúnez que hoy os traigo. Pero es bonito
pensar que sí, ¿verdad?
Adriana dejó Canarias hace años de la mano de Álvaro, ambos
en busca de un futuro mejor. Siete años más tarde, su relación está en un punto
de no retorno. Sobreviven gracias al precario trabajo de él mientras ella
acumula años y kilos en casa. Y un buen día, corriendo por el parque, Adriana
se tropieza con Carlos y ¿ya adivináis qué pasa, a que sí?
Adriana, Álvaro y Carlos se ven inmersos en un triángulo
amoroso que no sólo vive de besos y algún momento erótico. Su historia viene
salpicada de bocados de realidad: el desempleo, la soledad, una bofetada
puntual, la paz momentánea que ofrece una botella, el desamparo de los que
abandonan a los suyos en busca de una oportunidad… Es en esta dinámica en la
que mejor funciona “Besos sabor a café”, mucho mejor como novela romántica con
trasfondo de actualidad que como novela chick lit o similares.
Me ha gustado mucho también el buen ritmo de la novela,
armada en capítulos cortos, sin abusar demasiado de los típicos encuentros y
desencuentros del género, con un lenguaje sencillo pero correcto y sin caer ésa
dejadez gramatical que a veces me he topado en las novelas autoeditadas y que
aquí he percibido más cuidada.
Y supongo que ahora toca hablar de lo que no me ha gustado,
que ya os digo que es algo más bien anecdótico, ya que en conjunto, me ha
parecido una estupenda historia escrita con ganas y gusto.
Peeeero….
Pero si hay algunas cosas que cambiaría. Porque no me gustó
que Adriana tarde tanto en darse cuenta de hacia adonde va lo suyo con Álvaro,
ni me gustó que sea tan ingenua, ni me gusta que moje las bragas, perdonadme la
expresión, con tantísima frecuencia. Y especialmente me molesta esto último.
Entiendo que vivimos aún las secuelas de “50 sombras de Grey”, no hay más leer
el primer capítulo, pero de verdad que la novela no lo necesita y que las
alusiones me han parecido excesivas.
Y esto enlaza con lo poco, poquísimo, que me gusta ésa
portada. Sobre todo porque no es representativa de lo que contiene y porque
puede llevar a equívoco a los posibles lectores que se acerquen a ella. “Besos
sabor a café” es, en contenido, mucho más bonita y honda de lo que denota ésa
imagen y me atrevería a decir que podría llegar a espantar a algún posible
lector que podría disfrutarla. No sé si os parece un aspecto superficial, pero
en mi caso creo que es un factor más determinante de lo que pensamos para
comprar, o no, un libro. Yo, por suerte, leí este sin fijarme en ella. De no
haberlo hecho, me habría perdido una estupenda historia.
