“La caricia de Tánatos” es, como ya sabéis, el primer
volumen de la Trilogía del Mal de María José Moreno. Una historia de la que se
ha hablado mucho en la blogosfera en los últimos tiempos y casi siempre muy
bien. De hecho, no ha sido raro verla entre vuestras listas de mejores lecturas
del pasado año. Así que me armé de valor, porque hay que hacerlo para
adentrarse en una saga en estos tiempos que corren, y traté de frenar mis
expectativas, que suelen jugarme alguna que otra mala pasada. Y lo cierto es
que no ha sido una lectura fácil…
Supongo que mi error de base fue olvidar que estamos ante
una primera novela, y que eso tiene que notarse. Me costó Dios y ayuda entrar
en la historia, lo reconozco. El lenguaje de la autora, aunque correctísimo, se
me antojaba poco natural en boca de sus personajes, con diálogos muy largos,
faltos de dinamismo y realidad. La relación de Miguel y Mercedes, que se cuaja
en las primeras páginas de la novela, se me antojó algo precipitada y no me los
terminaba de creer, ni juntos ni por separado. Creo que no terminaba de ver
adonde se dirigía la historia.
La introducción del antagonista y de Marina, con su carácter
débil y manipulable, le otorgaron un plus a la trama, y ahí sí, comenzó a
despertar mi interés. Tanto que una vez me planté en la mitad de las páginas,
me las acabé bebiendo con ganas. Me gustó, sobre todo, lo que María José Moreno
aporta desde su ángulo de psiquiatra: su visión de cada paciente, los distintos
enfoques y metodologías, cómo dibuja el rol de Marina y nos habla a través de
ella del maltrato psicológico y sus consecuencias.
Poco a poco también me fueron ganando sus personajes y sus
realidades, sus dificultades para gestionar la culpa, la vergüenza, los
remordimientos, la pérdida… Mercedes, Miguel, Marina, todos ellos representan
distintas realidades, distintos miedos que habitan en cualquiera de nosotros.
Me parecieron sumamente reales y bien elaborados, por lo que me interesa seguir
su progresión en las dos novelas que conforman la trilogía.
Merece también una mención la ambientación en la ciudad de
Córdoba, lugar de residencia de la autora, que sin tener un excesivo
protagonismo, sí se dibuja como una urbe inquieta y viva, que no se deja
asfixiar por el calor que la castiga.
