Jack nació en La
Habitación. Ahora que acaba de cumplir cinco años, Mamá se ha empeñado en
explicarle que hay algo más allá de las cuatro paredes en las que viven. Para
Jack, todo lo que Mamá le cuenta es Tele. Otros niños, parques, tiendas,
animales… Ficción, utopía, imposible. Porque Jack nunca ha salido de La
Habitación. Pero por eso mismo, no le importa. De hecho, la idea de un universo
gigante ahí afuera le asusta más aún que las visitas ocasionales de El Viejo
Nick. Al fin y al cabo, cuando él viene solo tiene que esconderse en el armario
y portarse bien.
Siempre he admirado a los
autores que se arriesgan a meterse en la mente de un niño pequeño y consiguen
llevar a cabo una narración creíble. Emma Donoghue lo hace maravillosamente
bien en “La habitación”. Gracias a su delicada prosa, uno se encariña con Jack
en los primeros compases de la historia. Más allá de la inocencia y la ternura
implícitas en el personaje de un niño cuya madre es sometida a un secuestro,
uno no puede más que maravillarse ante la mente de Jack, sus mecanismos de
escape y control del miedo, su capacidad para no dejar de ser niño a pesar de
las circunstancias. Imposible también no rendirse al encanto de esa madre que
encuentra en Jack la fuerza para sobrellevar sus propios traumas, consiguiendo
hacer de la habitación un lugar confortable y amable para su hijo,
facilitándole los medios para que desarrolle sus capacidades sin que las cuatro
paredes que les encierran le limiten más de lo que ya lo hacen.
No os puedo contar mucho
más de la historia sin desvelar algo que pueda estropear su lectura. Sí que hay
algún aspecto en la parte central de la historia que me descolocó bastante, y
que puede chirriar o resultar poco creíble, pero que está justificado por lo
que ocurre después. Porque era necesario contarlo.
