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martes, 20 de enero de 2015

"La habitación", por Emma Donoghue.

Jack nació en La Habitación. Ahora que acaba de cumplir cinco años, Mamá se ha empeñado en explicarle que hay algo más allá de las cuatro paredes en las que viven. Para Jack, todo lo que Mamá le cuenta es Tele. Otros niños, parques, tiendas, animales… Ficción, utopía, imposible. Porque Jack nunca ha salido de La Habitación. Pero por eso mismo, no le importa. De hecho, la idea de un universo gigante ahí afuera le asusta más aún que las visitas ocasionales de El Viejo Nick. Al fin y al cabo, cuando él viene solo tiene que esconderse en el armario y portarse bien.

Siempre he admirado a los autores que se arriesgan a meterse en la mente de un niño pequeño y consiguen llevar a cabo una narración creíble. Emma Donoghue lo hace maravillosamente bien en “La habitación”. Gracias a su delicada prosa, uno se encariña con Jack en los primeros compases de la historia. Más allá de la inocencia y la ternura implícitas en el personaje de un niño cuya madre es sometida a un secuestro, uno no puede más que maravillarse ante la mente de Jack, sus mecanismos de escape y control del miedo, su capacidad para no dejar de ser niño a pesar de las circunstancias. Imposible también no rendirse al encanto de esa madre que encuentra en Jack la fuerza para sobrellevar sus propios traumas, consiguiendo hacer de la habitación un lugar confortable y amable para su hijo, facilitándole los medios para que desarrolle sus capacidades sin que las cuatro paredes que les encierran le limiten más de lo que ya lo hacen.

No os puedo contar mucho más de la historia sin desvelar algo que pueda estropear su lectura. Sí que hay algún aspecto en la parte central de la historia que me descolocó bastante, y que puede chirriar o resultar poco creíble, pero que está justificado por lo que ocurre después. Porque era necesario contarlo.

“La habitación” es una conmovedora excusa para hablar de la mente humana, de la capacidad del ser humano para sobreponerse al horror y salir adelante. Es también un recordatorio de lo terriblemente inhóspito y complicado que puede resultar el mundo para un niño, de lo difícil que es serlo en determinadas circunstancias. Emma Donoghue construye una novela distinta, sembrada de instantes que te remueven por dentro, instantes que llevan al lector de un estado de ánimo a otro. Una novela que es, a pesar de todo y sobre todo, bella y amable, necesaria. Una historia de las que se quedan alojadas en la boca del estómago durante semanas, resistiéndose a marcharse.