“Muerte de una heroína
roja” es uno de esos libros que viene con advertencia y ya nos avisa, antes de
entrar en materia, de que estamos ante una “inmersión en la historia, la
cultura, la tradición poética y gastronómica y la vida cotidiana de la sociedad
china”. Daos la vuelta y volved por donde habéis venido si buscabais una
trepidante novela negra con aroma oriental o un despliegue de detectives
expertos en artes marciales. La primera novela de Qiu Xiaolong no es apta para
nerviosos ni impacientes, mucho menos para lectores principiantes o que no
resistan el arte de la divagación. Y sin embargo, es una novela formidable,
completísima y llena de pequeños rincones por explorar.
Un viernes de mayo de
1990, en el canal de Baili, cerca de Shangai, aparece el cadáver de una joven.
La unidad de casos especiales, con el inspector Chen Cao a la cabeza, deberá
desentrañar el misterio de su muerte. Pronto descubriremos que la joven era una
modélica trabajadora de los Grandes Almacenes Número Uno de Shangai. Una mujer
entregada a la causa del Partido cuya trayectoria pronto convertirá su muerte
en un caso con importantes implicaciones políticas.
Reconozco que al
principio no conseguía situarme en el espacio tiempo. No sé prácticamente nada
de la historia de China más allá de cuatro sucesos que todos conocemos. La
Revolución Cultural me sonaba lejana, y de la plaza de Tiananmen apenas podía
esbozar en mi mente la célebre imagen de aquel joven frente al tanque. Qué
experiencia más enriquecedora leer una novela que te anima a indagar, a saber
más. Mientras iba leyendo, conforme más me adentraba en la sociedad china de
los noventa, más necesita saber. He tirado de Google, de enciclopedia e incluso
de algún artículo antiguo para entender un poco mejor el contexto histórico. Y
lo he hecho con gusto. Qiu Xiaolong dota a su novela de una magnífica
ambientación, consistente, muy elaborada pero necesaria para comprender el
devenir de la trama que nos plantea.
De la mano de sus dos
personajes principales, nos sumergimos en una sociedad y una época que a pesar
de ser totalmente ajenas para el lector occidental, se dibujan con exquisita
precisión. El inspector jefe Chen Cao, recién ascendido y prometedor activo del
Partido, es además poeta y traductor. Ahondando con detalle en su psicología,
Xiaolong crea un personaje que podría ser él mismo, un hombre cabal,
disciplinado, pero con capacidad para plantearse la situación social, más
interesado en la literatura que en su propio ascenso a nivel político y
profesional y claramente influenciado por el mundo occidental. Junto a él, el
inspector Yu, de carácter más reservado, representa la cultura más arraigada y
el gusto por lo tradicional. A su alrededor orbitan una serie de personajes a
los que el autor también dedica pequeños espacios, dotándolos de su propio
mundo interior y exterior, exhibiendo para nosotros las estrecheces físicas e
ideológicas de la época.
