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viernes, 5 de junio de 2015

"Un hijo", por Alejandro Palomas.

Tengo la suerte de convivir, cada día, con niños como Guille. Niños que caminan por los pasillos de otra forma, con un peso aún mayor sobre la espalda que el de la mochila que cargan. Son niños que conocen lo que se esconde tras las puertas de la orientadora y la maestra de pedagogía terapéutica, a cuyas aulas se dirigen primero ansiosos y asustados, después con la sensación de caminar hacia un lugar acogedor. Son hijos de padres angustiados o ausentes. Hijos y padres que te obligan a indagar, a intentar ir más allá y acabar cuestionándote el significado de cada dibujo, cada frase y cada redacción. Son niños que te enseñan,  casi siempre, más de lo que nunca tú podrás transmitirle a ellos. Como Guille.

Alejandro Palomas se me ha descubierto como un tipo atrevido, al que le gusta invadir el espacio vital de sus lectores. No he leído su anterior novela, “Una madre”, pero sé que ha entusiasmado a casi todos los que se han acercado a ella. Lo mismo está ocurriendo con “Un hijo”. Y es que Palomas juega con conceptos universales, con los dos amores más comunes e inabarcables que existen. Madres, padres, hijos.

“Un hijo” es una apuesta arriesgada, como resulta siempre que un adulto se mete en la piel y el alma de un niño. Más aún lo es cuando ese niño tiene una personalidad tan compleja como la de Guille. Reconozco que alguna expresión, alguna actitud también, me han provocado un pequeño chirrido ahí atrás, allá por el subconsciente. Quizá porque nunca conocí a ninguno de estos niños que quisiera ser Mary Poppins. De hecho, la mayoría ni siquiera han oído hablar de ella ni parecen dispuestos a creer en el poder de la magia y las palabras. Unas palabras que por regla general se les atascan mucho más que a Guille. Pero se lo concedo a Palomas, en beneficio de la historia que quiere contar.

Porque lo cuenta bonito. Con una prosa limpia, clara, nívea. Para que nadie tenga que hacer un esfuerzo más allá de lo emocional para leer su historia.

“Un hijo” me sacó por unas horas de una crisis lectora atroz, me mantuvo entretenida, emocionada. Me hizo pensar, me ayudó a recordar, porque cuando uno lo ve a diario se le olvida, lo inhóspito y salvaje que puede ser el mundo para un niño. La importancia de otorgarles tiempo para hablar, para digerir; lo necesario de abrazarles y sonreírles porque nunca está de más.

Me dolió un poco el final. Me dolió porque no me lo creí. Lo leí consciente de que debía emocionarme, de que tenía que sacudirme lo que estaba pasando. Pero mi cabeza se empeñaba en recordarme que a veces, los niños y los padres pueden ser también la otra cara de la moneda, que pueden ser crueles hasta el extremo. Quizá me falta fe en las personas, no digo yo que no. Me gustaría mucho saber qué sensaciones os provocó a los que habéis leído ésa escena final. Pero de nuevo entiendo, lo comprendo, que así tenía que ser, porque de haber acabado de otra forma, habría dolido aún más.

“Un hijo” es una novela deliciosa, que debéis leer, que queréis leer, que os va a gustar. Es posible que a los que estáis en contacto con ése pequeño microcosmos que formamos niños, padres, maestros, psicólogos… notéis, consigáis oír ése chirrido que de vez en cuando se dejaba sentir. Pero se lo concederéis de nuevo, porque la historia lo merece.