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miércoles, 11 de abril de 2018

"La muñeca rusa", por Juan Miguel Contreras.


¿Qué piensa un hombre que contempla la Tierra desde el espacio, donde va a morir sin regresar? Nunca podremos saberlo, sin embargo, la historia no se detiene, e Irina Belokoneva, hija de ese cosmonauta perdido entre la Luna y la Tierra, es parte de ella.

La muñeca rusa arranca con la entrada en 1968 de las fuerzas del Pacto de Varsovia en Praga. En un psiquiátrico de la ciudad, son testigos de ella el celador Milos Meisner e Irina. Ella ha ido a parar allí porque cuenta la extraña historia de su padre, un cosmonauta abandonado a su triste suerte en el limbo espacial; un relato que nadie puede ni quiere creer, salvo Milos Meisner.

La historia no se detiene y la del celador, convertido en protagonista de la narración ha de seguir en París, donde alcanza cierta notoriedad como escultor. Gracias a ello prosigue su errática carrera y va a parar a un pueblo perdido de Almería. Viaja con él la historia de Irina y la culpa de haberla abandonado por segunda vez. Se la relata al librero del pueblo y en su diálogo es donde el lector recupera la historia, esa historia que nunca se detiene...

"La muñeca rusa" es la historia de Irina, la loca Irina, que languidece en un sanatorio mental en Praga. Es la historia de su padre, el cosmonauta ruso cuyo nombre borraron de la historia, flotando eternamente en el espacio. Es la historia de un país sitiado y oprimido por una fuerza brutal que ahoga a los ciudadanos. Es la historia tal como se la cuenta Milos Meisner, el celador que se enamoró de Irina, a un librero de Almería muchos años después. Es un ejemplo de cómo el tiempo y las distintas voces tergiversan una historia.

Tiene pleno sentido el título que Juan Miguel Contreras elige para su novela. "La muñeca rusa" no alude solamente a esa Irina, expatriada y borrada, tan bella como inexistente. Más allá del símil más evidente, es esta una narración que contiene dentro de ella otras muchas historias. Como si de una de matrioshka se tratase, los distintas voces narrativas van destapando capas de madera y barniz, hasta mostrarnos de dónde venía y qué fue de Irina.

¿Cómo se cuenta a lo que Irina sobrevivió, cuando la única manera que tuvo de seguir viva fue abrazando la locura? ¿Cómo rebano las entradas de ese monstruo sin memoria si no estoy seguro de saber leer en sus tripas el destino de una persona a la que le arrebataron el futuro negándose su pasado? ¿Cómo relatar aquello que Irina vivió de manera tan desoladoramente privada? Si lo hago, sé que segaré su mirada, describiré unos ojos que nunca podré ver, que nunca me mirarán, que se vaciaron poco a poco de días y de promesas, que se resquebrajaron hasta hacerse de cristal, como los de un animal disecado.

El estilo de Contreras es denso, sin apenas diálogos, que cuando existen, lo hacen integrados en la narrativa. Hallamos párrafos largos, salpicados aquí y allá de historia contemporánea, de reflexión, de política, de amor. Esta mezcla de conceptos es la mayor bondad y quizá, también uno de los mayores lastres de la novela. Y es que su contenido, de tan rico, puede acabar agotando a un lector que se puede sentir abrumado ante tantas digresiones. También afecta, en este sentido, la estructura de la novela, que a pesar de avanzar de forma más o menos cronológica en el tiempo, tiene en el fondo un sentido circular, volviendo siempre a Irina y al psiquiátrico de Varsovia. A veces parece querer moverse hacia adelante, pero no ocurre realmente hasta los últimos compases.

La voz del narrador omnisciente se alterna con la del librero que comparte sus horas con Milos para seguirle la pista a través de los años, desde Praga hasta el pequeño pueblo almeriense donde el celador, reconvertido años más tarde en escultor, trata de reescribir su propia vida. Repasamos su amistad con personajes que existieron realmente, como el novelista checo Bohumil Hrabal, cuya obra tiene una gran influencia no sólo en la vida de Milos sino también, tengo la sensación, en el estilo del propio autor de esta novela.

Ya veis que no estamos ante una novela cómoda ni sencilla de leer. Tampoco de reseñar, doy fe. Ni el estilo, ni la estructura, ni los personajes que pueblan sus páginas son especialmente agradables. Sí que estamos ante una prosa bonita, muy rica, con ciertos destellos especialmente bellos. Me ha gustado especialmente Irina, la Irina del primer tercio de la novela, y la narración de la invasión soviética, con los ciudadanos checos tomando las calles frente a los tanques, formando una guerrilla urbana hecha de estudiantes, matrimonios y niños en lucha contra la represión. No me ha gustado tanto la parte final, cuando esa forma circular que toma la novela empieza a pesar y el misterio en torno a Irina se va desvaneciendo.

"La muñeca rusa" ha sido, sobre todo, una grata salida de la zona de confort, una novela que se sale de los cánones de las novedades que publican las grandes editoriales (gracias Baile de Sol) y que no habría llegado a mí de no ser por las chicas de Netherfield, a las que tenemos mucho que agradecerles en este sentido.

jueves, 15 de marzo de 2018

"Una suerte pequeña", por Claudia Piñeiro.



Después de veinte años una mujer vuelve a la Argentina, de donde partió escapando de una desgracia. Pero la que regresa es otra: no luce igual, su voz es diferente. Ni siquiera lleva el mismo nombre. ¿La reconocerán quienes la conocieron entonces? ¿La reconocerá él?

Mary Lohan, Marilé Lauría o María Elena Pujol -la que es, la que fue, la que había sido alguna vez- vuelve al suburbio de Buenos Aires donde formó una familia y vivió hasta que decidió huir. Aún no termina de entender por qué aceptó regresar al pasado que se había propuesto olvidar para siempre. Pero a medida que lo comprenda, entre encuentros esperados y revelaciones inesperadas, entenderá también que a veces la vida no es ni destino ni casualidad: tal vez su regreso no sea otra cosa que una suerte pequeña.


Una suerte, no sé de qué tamaño, fue encontrarme este título en la biblioteca, abandonado por algún demente entre los ejemplares de una colorida colección de clásicos firmados por autores americanos. Más desubicado no podía estar el pobre. Así que lo recogí y, de inmediato, reconocí a una autora y una novela de las que había oído hablar maravillas. Por supuesto, se vino a casa y se coló entre las lecturas que tenía previstas. Quién soy yo para ignorar al destino.

La protagonista, Mary Lohan, ha de volver a Buenos Aires, la ciudad que abandonó veinte años atrás y en la que dejó a la persona más importante de su vida. Entonces era María. Era la misma mujer que ahora, pero en su versión anterior. Porque siempre, en todas las vidas, hay un instante, o varios. Un punto de inflexión que lo pone todo patas arriba, y que ya no te permite volver atrás y dejar todo como estaba. Mary Lohan, Marilé, María, una mujer que es tres mujeres a la vez dependiendo de su ubicación antes o después del incidente.

Claudia Piñeiro se vale de una narración intimista, con apenas diálogos, y da voz en primera persona a su protagonista

"La tercera persona aleja, protege en la distancia. La primera me lleva al borde del abismo, me invita a saltar. La tercera me permite esconderme, quedarme dos pasos más atrás, no mirar el vacío ni siquiera al contarlo."

y nos permite ahondar en su psicología, ofreciéndonos las tres caras de esa misma mujer, su necesidad de alejarse de la tragedia, en una reacción tan acertada, tan válida, tan fallida, como lo habría sido cualquier otra. La prosa de Piñeiro es una delicia, juguetea con el lenguaje con gusto y mucho oficio. Y nos mantiene atrapados sin necesidad de giros ni grandes sorpresas, aunque acierta al mantener ese misterio acerca del instante en el que la tragedia y María se encuentran por primera vez.

Y a partir de ahí, la resiliencia. La capacidad de la persona para seguir adelante a pesar de lo vivido. Pero ¿qué hay de los demás? ¿Qué pasa con los seres que orbitan alrededor de esa persona? ¿Hasta dónde alcanza la onda expansiva? En la historia de María, tendremos que volver atrás con ella para entender cómo su desgracia alcanzó a su entorno, lo que dejó tras de sí cuando se marchó.  

Como veis, estamos ante una novela honda, muy íntima, de lectura sencilla pero compleja en lo emocional, y que me ha descubierto a una autora a la que me encantará volver a leer.

miércoles, 7 de febrero de 2018

"Los buenos", por Hannah Kent.



Inspirada en un caso real de infanticidio, Los Buenos se sitúa en el año 1825 en un remoto valle de Irlanda. Allí viven tres mujeres a las que unirán una serie de acontecimientos extraños y trágicos. Nóra Leahy ha perdido a su hija y a su marido el mismo año: solo le queda su pequeño nieto Michael, que no sabe andar ni hablar, y al que tiene oculto para que los vecinos no crean que ha sido víctima de una maldición sobrenatural. Mary Clifford es la joven contratada para cuidarlo y Nance Roche es la vieja curandera que alivia con hierbas y consejos los males inexplicables. 

La vida de estas tres mujeres se complicará con la llegada al pueblo de un nuevo sacerdote empeñado en limpiar el valle de supersticiones.



"Para cuando cayó la noche, la choza estaba llena de vecinos que se habían enterado de que Martin había muerto en la encrucijada junto a la herrería, se había desplomado cuando el martillo golpeó el yunque igual que si lo hubiera matado el tañido del hierro."

Así da comienzo "Los Buenos", con la muerte de Martin Leahy y sus vecinos reuniéndose en torno al fuego de su hogar y al aguardiente, encendiendo pipas de arcilla y lanzando cenizas para ahuyentar a Los que pudieran entorpecer su tránsito al otro lado.

Ya desde las primeras líneas, se intuye una narración magnífica a manos de la australiana Hannah Kent, que inspirándose en el folclore mágico irlandés, consigue crear una ambientación absolutamente perfecta para su novela. Desde el lenguaje utilizado hasta las referencias a las creencias populares de la Irlanda rural del siglo XIX, Kent mima cada pasaje, creando una especie de sinestesia que le permite al lector sentir, escuchar, oler cada rincón. Y eso no se logra solamente con una labor tremenda de documentación, que la hay, sino a través un estilo pulcro, riquísimo en matices y muy sugestivo. Una auténtica delicia.

En medio de ese universo, entre lo fantástico y lo histórico, están tres mujeres que conducen el peso de la historia: Nóra Leahy, la viuda que también perdió a su hija y que carga con un nieto que ni habla ni se sostiene en pie; Mary Clifford, la joven encargada de ayudar a Nóra en el cuidado del niño; y la anciana Nance Roche, que conoce en profundidad los males que aquejan al mundo y la forma de aliviarlos. Todas habitan un microcosmos cuyo equilibrio se rompe tras la muerte de Martin, como si ese fuese el más nefasto de los presagios. Las vacas dejan de dar leche, las mujeres embarazadas caminan en sueños y las gentes hablan de maldiciones. Una ruptura que se personifica también en la llegada del padre Healy, cuyas convicciones religiosas chocan de frente con el modo de actuar de los lugareños.

La trama que se desarrolla en torno a todos ellos se inspira en un hecho real, y a poco avezado que sea el lector, pronto averiguará cuál será su desenlace. A pesar de ello, el interés se mantiene y el ritmo de la novela, aunque pausado, no decae en ningún momento. No es este una novela de giros imprevisibles ni grandes sorpresas, pero sí una lectura para degustar con calma. Muy recomendable.

miércoles, 31 de enero de 2018

"El deshielo", por Lize Spit.



En 1988 nacieron tres niños en la pequeña ciudad de Bovenmeer: Laurens, Pim y Eva. Durante la infancia, y debido a la difícil situación familiar que vivía, la niña se volcó en su amistad con sus compañeros. Al llegar a la adolescencia, y azuzados por una incipiente curiosidad sexual, los chicos iniciaron un escabroso juego que tendría graves consecuencias para ellos. Transcurridos trece años de ese último verano juntos en que todo se desbocó, Eva regresa a Bovenmeer dispuesta a ajustar cuentas con el pasado. 

Esta es una de ésas novelas difíciles de reseñar. Primero, porque desde que se publicó en Bélgica allá por 2015, ha entrado en una bola creciente de popularidad que ha hecho que la veamos hasta en la sopa. Segundo, porque viene avalada por varios premios y una buena dosis de controversia, dos ingredientes que nunca fallan a la hora de azuzar a cualquier lector que se precie. Y tercero, por la novela en sí misma, por su contenido y por la forma de contarlo. Cómo se las gasta Lize Spit, amigos.


Eva vuelve a su localidad natal, Bovenmeer, después de años de exilio, con la excusa de participar en un homenaje a Jan, fallecido cuando ambos eran apenas adolescentes. Pronto sentiremos el peso que arrastra Eva, focalizado en ese enorme bloque de hielo que transporta en el maletero del coche, y que la llevará a recorrer su infancia y adolescencia junto a los otros dos niños que nacieron el mismo año que ella: Laurens y Pim. 

La infancia y los primeros compases de la adolescencia de Eva no son precisamente un terreno fácil ni agradable de pisar. En el hogar familiar, Eva sólo halla refugio en la figura de su hermana pequeña, Tesje, aquejada de un mal que la obliga a repetir rituales absurdos de forma constante.

Estructurada en varios tiempos, con constantes saltos adelante y atrás en el tiempo, "El deshielo" es una novela tremendamente exigente, que requiere una buena dosis de paciencia para entrar en ese clima cerrado, opresivo, de la infancia de Eva en Bovenmeer. Splitz se vale de un entorno rural, de ésos dados a la maledicencia y la rumorología, de ésos en los que uno vale más por lo que calla que por lo que cuenta, y en él coloca a Eva, Laurens y Pim en pleno despertar sexual. Una transición especialmente compleja en esta historia, que en más de una ocasión va a dejar al lector sin aliento, más por la dureza de lo que cuenta que por el ritmo de la novela, que es más que pausado. No por ello decae el interés del lector, que se ve inmerso en una trama que va in crescendo hasta que, en las últimas cien páginas, te golpea con contundencia. Fueron varias las veces en las que tuve que cerrar el libro para tomar aire, yo que pensaba que tenía el estómago curtido para estos menesteres.

Supongo que si habéis leído hasta aquí, no queda nada claro si la novela me ha gustado o no. Personalmente, sí. Me ha gustado la narrativa, pausada y con carácter, de Lize Spit. Me ha gustado que, después de tantas novelas negras a las espaldas, haya conseguido doblegarme como lectora, especialmente en las últimas cien páginas, y me haya obligado a tomar aire. Me ha gustado, pero no lo hará a todo el mundo, ese final tan necesario. ¿La recomendaría? Sólo a lectores con cierto bagaje y buena capacidad para encajar los golpes. ;)

martes, 23 de enero de 2018

"La parte escondida del iceberg", por Màxim Huerta.

«Te doy todo este libro para que aparezcas», dice el protagonista. Se ha escapado, mantiene una relación con el pasado, pero el pasado ya no está. La parte escondida del iceberg es la reconstrucción amorosa de un ser excepcional. Un escritor perdido en París; la ciudad le pesa, solo la necesita para encontrar los recuerdos, como migas de pan, de aquello que fue. Para eso debe atravesar un invierno de recuerdos. Se adentra en un territorio desconocido, devastado además por una tormenta emocional, una ruptura que arrasó su paisaje interior hasta hacerlo irreconocible. 

Un inventario de mentiras que le contaron y de las verdades que no quiso aceptar. Este es un libro sobre la vida, a medio camino entre el recuerdo y la superación del dolor; habla de las risas, de las amistades, de la noche, los días… y de ese lado vacío de la cama que se queda para siempre ocupado de recuerdos. Un libro que nos revelará muchas cosas de nosotros mismos.


Será difícil escribir esta reseña, me temo. Tan difícil como a mí me ha resultado la lectura de "La parte escondida del iceberg", una novela que he leído en varios tiempos, que tiene demasiadas cosas que no me han gustado, que directamente me estorbaban, pero que me ha provocado dolor en algunas partes del cuerpo que están tan hondas que no sabría ni nombrarlas. Esta es una de esas historias que a uno, como lector, le cuesta procesar y digerir. Que nunca recomendaríamos leer a alguien. Y aquí estoy, a ver qué os cuento.

"La parte escondida del iceberg" es, dice su autor, una especie de alivio de luto. No esperéis una novela, ni una biografía novelada como se podría intuir. Es más un exorcismo. Un sacarse de dentro el dolor dándose cabezazos contra una pared. Y por mucho que esa pared esté ubicada en el mismísimo alma de París, en la ciudad más bella del mundo, el golpe seguirá doliendo. Màxim Huerta juega a desnudar su pérdida, y enlaza ese dolor con el proceso creativo como herramienta para asumirla: "Aquel día comprendí nítidamente esa sensación, por bufonesca que parezca, que resume bien toda esta novela, mezcla de berrinche y de lápida."

El autor se revuelca en su dolor, en los errores y los recuerdos, en los "y si...". Recorre de nuevo París, ahora sin ninguna mano a la que aferrarse, y la ciudad parece ir cambiando de color bajo el prisma de su estado de ánimo. Montparnasse, el Marais, La Jolie Bohème, los cafés, las mujeres, los croissants... El empacho parisino fue, en mi caso, inevitable.

"En mi cerebro apareció París. No el París de las postales, apareció el París que visitamos juntos y que se quedó en la parte escondida del iceberg a falta de fotos. Esa novela que lleva atrapa en mi garganta dese hace tantos años y que surge a trozos en las que voy publicando. Ya no estoy en esas escenas, estoy en esta."

Y, sin embargo, me quedo a seguir leyendo. A pesar del exceso, a pesar del dolor, de las digresiones, de la vuelta al mismo lugar. Me quedo porque me gusta cómo escribe Màxim Huerta, y me quedo porque yo estuve en ese París, sin haber estado nunca. Me quedo porque más allá del berrinche y el dolor, escribe un autor que sabe plasmar las emociones de una forma que yo entiendo y siento. Y me quedo también por Anna Gavalda, Rosa Montero, Antonio Muñoz Molina.. por todos esos autores a los que alude el escritor, que han conformado su bagaje, que le han enseñado a crear, a escribir, a dibujar ésas emociones. Y me quedo por las referencias a sus novelas anteriores, a cada uno de los caminos que le llevaron a ellas.

"La novela es un territorio literario en el que reina la imprecisión y la fantasía y en el que, como n la foto de Doisneau, todo puede parecer verdad. Me imagino que esa ha sido una de las razones por las que me hice escritor, contar mentiras desde niño para cambiar la realidad."

Hay un pasaje, uno inesperado, que no acababa de casar con la historia que el autor me estaba contando, en el que retoma su infancia en Utiel, las mujeres de su vida, que ya protagonizaron "La noche soñada". Una escena que me conmovió hasta las lágrimas. Lo que no estaba consiguiendo el protagonista, con todo su desamor, con todo su París, lo consiguió el niño en el cementerio de Utiel.

Sé que mi reseña resulta caótica. Quizá porque así se me antojó esta lectura. O porque me cuesta poner en orden tantas sensaciones, porque no sería capaz de decir que me ha gustado, ni que no lo ha hecho, ni que la leas ni que dejes de hacerlo. Quién soy yo. No es una novela fácil, ni amable, ni ágil, ni divertida, ni bonita. No es ni de lejos lo mejor que ha escrito el autor. Quizá valga solo para los muy devotos, o justo lo contrario, para los que no lo son. Es, si tuviese que calificarlo de algún modo, un acto de contrición, un autor lamiéndose las heridas a solas con el que lee. Una invitación a una intimidad que intimida y abruma.

"Y todo eso que no cuento de ti constituye la parte sumergida de mi iceberg. La que soy incapaz de asumir ni de visitar."

viernes, 19 de enero de 2018

"El motel del voyeur", por Gay Talese.

Poco antes de la publicación de La mujer de tu prójimo, Gay Talese recibió una carta de un misterioso hombre de Colorado que le hacía partícipe de un secreto sorprendente: había comprado un motel para dar rienda suelta a sus deseos de voyeur. En los conductos de ventilación había instalado una «plataforma de observación» a través de la cual espiaba a sus clientes.

Talese viajó entonces a Colorado, donde conoció a Gerald Foos y pudo comprobar con sus propios ojos la veracidad de la historia. Además, tuvo acceso a algunos de sus muchos diarios: un registro secreto sobre el cambio producido en las costumbres sociales y sexuales de su país. Pero Foos había sido también testigo de un asesinato, y no lo había delatado. Tenía, pues, muchos motivos para permanecer en el anonimato, y Talese pensó que esta historia nunca vería la luz.

Hoy, treinta y seis años más tarde, Foos está listo para hacerla pública y Talese puede darla a conocer. El motel del voyeur es una extraordinaria obra de periodismo narrativo que abre un intenso debate ético, y uno de los libros de los que más se ha hablado en los últimos años.

El 7 de Enero de 1980, el prestigioso periodista estadounidense Gay Talese recibió una carta escrita a mano, enviada por correo exprés y sin firma, en la que su  autor afirmaba haber comprado un motel, quince años atrás, destinado a satisfacer su curiosidad como voyeur. Más concretamente, para estudiar el comportamiento sexual de la especie humana en la intimidad de sus dormitorios. En aquel momento, Talese estaba a punto de publicar "La mujer de tu prójimo", en el que estudiaba el negocio del sexo  en Estados Unidos, y que más tarde vendería millones de ejemplares en todo el mundo.  
Algo incrédulo, pero azuzado por el instinto, Talese respondió a la misiva ofreciéndole un encuentro al misterioso voyeur. Así comienza la relación entre Talese y Gerald Foos, que se encontraron varias veces a lo largo de las décadas posteriores y que culmina en este "El motel del voyeur".

Como podéis entrever, no estamos ante una novela al uso, sino ante un extenso reportaje sobre la figura de Foos y todo lo que este observó a lo largo de los años, valiéndose de los agujeros, simulados bajo rejillas de ventilación, que practicó en varios de los dormitorios de su propio motel. Y aunque así, a bote pronto, suene todo bastante espantoso, lo cierto es que el relato de Talese te atrapa, y te obliga a preguntarte cuánta razón tiene Foos al afirmar que dentro de cada uno de nosotros hay un voyeur en potencia.

- ¿Cómo le gustaría que le describieran en la prensa cuando haga pública su historia? - quise saber.
- Espero que no me describan como un pervertido o una especie de mirón - dijo -. Me considero un "pionero de la investigación sexual".

Foos se tomó tan en serio su papel que recopiló toda la información que iba extrayendo de sus observaciones en decenas de cuadernos. Unas observaciones que le condujeron, a su vez, a una serie de conclusiones más o menos acertadas, pero sin duda, llamativas. Al final, el voyeur acaba revelándose como un ser casi superior...

" ...a veces se presentaba como historiador social, un pionero de la investigación sexual, alguien que denunciaba la corrupción de la sociedad, un solitario, alguien con doble personalidad, y un crítico resulto a sacar a la luz las hipocresías y apetitos ocultos de sus contemporáneos"

Y es que, ante todo, el relato de Foos, más allá de las peripecias sexuales de sus huéspedes, es un recorrido por el pensamiento y la práctica sexual a través de varias décadas. Asistimos a la irrupción de la píldora, a la supuesta liberación a la que condujo; el aborto, el sexo interracial o la normalización de prácticas entre personas del mismo sexo... A través del tiempo, los criterios morales en lo que respecta al sexo se van redefiniendo, las conductas antaño tachadas de perversión se van incorporando a lo habitual. Un recorrido curioso, cuando menos, y que sirve también para ver, tal como lo hace el voyeur, desde fuera, nuestra propia hipocresía y falsedad a través de los actos de los que son observados.

No es una lectura para recomendar alegremente, pero sí tengo que confesar que a mí me ha hecho pasar un rato entretenido y que me ha parecido, como poco, curiosa y atractiva. 

miércoles, 10 de enero de 2018

"Eleanor Oliphant está perfectamente", por Gail Honeyman.


Nadie le dijo a Eleanor que la vida podía ser mejor.
Eleanor Oliphant siempre dice lo que piensa. Lucha por dejar de ser alguien con pocas habilidades sociales. Se ha preparado un calendario vital cuidadoso y estricto para evitar interacciones sociales: los fines de semana los pasa sola comiendo pizza congelada y bebiendo vodka y todos los miércoles habla con su madre. Pero todo cambia cuando Eleanor conoce a Raymond, el informático de la oficina. Juntos abandonarán la soledad en la que han estado viviendo.

Una novela cálida y elegante. La historia de una heroína fuera de lo común, cuya inexplicable rareza e ingenio descarado la llevará a darse cuenta de que la única manera de sobrevivir en el mundo real es abriendo su corazón a la amistad.


Eleanor Oliphant está perfectamente, a pesar del par de litros de vodka que se mete los fines de semana entre pecho y espalda. Pero eh, está perfectamente. No le afecta en demasía ser el hazmerreír ocasional de algunos de sus compañeros de oficina. Y le importa un bledo la cicatriz que le cruza la cara. Eleanor es una desertora de las convenciones sociales, una amante de los zapatos planos que cierran con velcro y de la buena ortografía.  Eleanor es también una superviviente nata, una mujer que se ha sobrepuesto, a su manera, a cosas que a cualquiera de nosotros nos habrían matado de pena. Así que podríamos decir que sí, que está perfectamente.

Gail Honeyman construye un personaje del que es imposible no enamorarse, que te atrapa desde la primera página. Eleanor es una rareza, una mujer de treinta años que vive sola, en el sentido más amplio y literal de la palabra. Y que quiere vivir así, porque es la única forma de sentirse a salvo. Hasta que un pequeño problema con su ordenador la conduce hasta Raymond, el técnico de la oficina. Un tipo noble, pelín desastroso, fumador empedernido. La antítesis de nuestra pulcra y organizada Eleanor.

De la mano de una prosa sencilla y amable, recorremos el día a día de Eleanor y, a partir de su encuentro con Raymond, recorreremos también parte de su duro pasado. Una pequeña dosis de intriga, mucho humor y mucha ternura pueblan el periplo de nuestros protagonistas, ante los que se abre también un nuevo camino en el que Eleanor deberá explorar la sensación de tener alguien a su lado, que se preocupe y cuide de ella.

"Hoy en día la soledad es el nuevo cáncer: algo vergonzoso, bochornoso, que tú misma te infringes si bien de un modo poco claro. algo temible e incurable, tan espantoso que no te atreves a mencionar; la gente no quiere oír la palabra en voz alta, por miedo a verse también infectada, o tentar a la suerte y que caiga sobre ellos un horror similar".

Honeyman se atreve a construir a un personaje fuera de lo común, que se salta todos los cánones, y le diseña un pasado en el que nuestra protagonista peregrina por distintos hogares de acogida sin llegar a encajar en ninguna parte. Un tema durísimo, casi tabú en nuestra sociedad, que aquí está siempre como trasfondo de la historia aunque la autora no se ceba en él. Ni falta que hace. Lo que importa es el ahora, una Eleanor que nos va a hacer reír, que nos va a emocionar y que amenaza con quedarse contigo, lector, por mucho tiempo.

Confieso que cuando la acabé sólo podía ponerle una pega: que Honeyman no nos hubiese regalado otras tantas páginas (unas quinientas habría estado bien) para seguir acompañando a Eleanor en su camino y ver hasta dónde puede llegar. Una lectura ideal para sacudirse el malestar y el miedo, para reír, emocionarse y pasar un muy buen rato.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Don de lenguas

Barcelona, 1952. Quedan pocas semanas para el Congreso Eucarístico, y la consigna oficial es dar una imagen impoluta de la ciudad, pues está en juego la legitimidad internacional del Régimen.
Ana Martí, novata cronista de sociedad de La Vanguardia, encontrará en el encargo de cubrir el asesinato de Mariona Sobrerroca, una conocida viuda de la burguesía, su oportunidad para escribir sobre temas serios. el caso ha sido encomendado al inspector Isidro Castro de la Brigada de Investigación Criminal, un hosco policía de doloroso pasado, que tendrá que aceptar de mala gana que Ana cubra la investigación.
Pero la joven periodista pronto descubrirá nuevas pistas que se apartan de la versión oficial de los hechos y recurre a la ayuda de su prima Beatriz Noguer, una eminente filóloga. Lo que en principio parecía una inofensiva consulta lingüística sobre unas misteriosas cartas encontradas entre los papeles de la difunta se convertirá en el inicio de una serie de revelaciones en las que están implicadas personas muy influentes de la sociedad barcelonesa.
En medio de un ambiente hostil poblado de funcionarios y políticos corruptos, porteras entrometidas, policías violentos, prostitutas y ladrones de buen corazón, la inteligencia y el arrojo de Ana y los conocimientos lingüísticos y literarios de Beatriz serán sus únicas armas para resolver el caso.

Hacía mucho que quería leer a Rosa Ribas, y coincidiendo con la publicación de su última novela, "La luna en las minas", me decidí a estrenarme con ella. Es difícil atinar a la primera a la hora de escoger un título de una autora tan prolífica, así que le dejé toda la tarea al azar. En la biblioteca estaba "Don de lenguas", me gustó mucho esa portada en blanco en negro (qué bonitas las ediciones de Siruela) y me la llevé a casa. De esto hace ya unos meses, y aún tenía pendiente hablaros de ella. Y es que me dejó con muchas sensaciones encontradas...

Ya os adelanto que la puesta en escena no era la mejor para conquistarme precisamente a mí. El apogeo del franquismo en España es una época gris, con la que me cuesta lidiar y de la que se ha escrito tanto y hemos leído tanto, que a veces uno no necesita saber más. Aún así, se agradece a Rosa Ribas, que escribe aquí a cuatro manos junto a Sabine Hofmann, que la cuestión política sea un mero escenario y que se centre más en el papel de la mujer. En este caso, en una Ana Martí que quiere hacer periodismo. Periodismo de verdad, nada de ésas crónicas rosas que escribe desganada porque al fin y al cabo, es lo único que se le permite escribir. Y por si fuera poco ser mujer, Ana debe cargar también con el apellido de una familia caída en desgracia tras la guerra, y el recuerdo de un hermano asesinado por el régimen.

"En los últimos años muchas palabras habían cambiado de significado. [...] También habían cambiado los nombres de las calles y las plazas, la forma habitual de los regímenes de tomar posesión de los lugares. [...] Unas palabras desaparecían, otras mutaban de significado, otras devenían omnipresentes, como España, destino, hombría, santo."

A través del personaje de su protagonista, nos regalan Ribas y Hofmann varios momentos entrañables, como el pasaje en que ofrece sus servicios como amanuense en las casetas cerca del mercado de la Boquería, leyendo y redactando cartas para aquellos que no sabían hacerlo; o la historia de Carmiña y Hernán, ella preparando un ajuar a base de pequeños robos y él en la cárcel por robar una máquina de coser. Ribas retrata desde otra perspectiva una época caracterizada por la represión y la censura.

Son los personajes lo que sostienen la trama de "Don de lenguas", y no al contrario. Quizá la que menos me ha llenado ha sido esa Ana Martí, una heroína un tanto forzada que yo no me acabé de creer. Mucho más me gustó su prima, Beatriz Noguer, la filóloga capaz de leer entre líneas y desentrañar misterios de entre las letras de una carta. Eché de menos algo más de protagonismo del inspector Castro, un tipo del ala dura que tiene una interesante progresión como personaje pero del que me habría gustado saber más para acabar de creérmelo. Todos ellos confluyen en una trama que se narra sin grandes aspavientos, a un ritmo pausado y sin demasiado giro ni revelaciones sorprendentes.

Como veis, me he topado en mi primer encuentro con Rosa Ribas con ciertos aspectos que me han gustado mucho y otros tantos que no. Y ante estos casos, mi decisión es siempre la misma. Volver a leer a la autora y ver qué prevalece. ¿Me recomendáis, ya que estáis aquí, alguna otra novela suya?


jueves, 2 de noviembre de 2017

"Nosotros en la noche", por Kent Haruf.

Louis Waters y Addie Moore llevan gran parte de su vida siendo vecinos en la apacible localidad de Holt, en Colorado. Ambos enviudaron hace años y acaban de franquear las puertas de la vejez, por lo que no han tenido más opción que acostumbrarse a estar solos, sobre todo en las horas más difíciles, después del anochecer. Pero Addie no está dispuesta a conformarse. De la forma más natural, decide hacer una inesperada visita a su vecino: «Me preguntaba si vendrías a pasar las noches conmigo. Y hablar...». Ante tan sorprendente propuesta, Louis no puede hacer otra cosa que acceder.

Al principio se sienten extraños, pero noche tras noche van conociéndose de nuevo: hablan de su juventud y sus matrimonios, de sus esperanzas pasadas y sus miedos presentes, de sus logros y errores. La intimidad entre ambos va creciendo y, a pesar de las habladurías de los vecinos y la incomprensión de sus propios hijos, vislumbran la posibilidad real de pasar juntos el resto de sus días.


Addie ha llegado a esa edad magnífica en la que le importa poco y menos lo que piensen los demás de ella. Addie lleva una vida tranquila, demasiado apacible quizá para una mujer que se encuentra bien y en cuyos planes a corto plazo no entra la opción de dejarse morir tejiendo bufandas en un sillón. Addie está harta de guardar la compostura y está harta de estar sola. Y así se lo dice a su vecino Louis, otro que tal baila, que tampoco está por la labor de irse al otro barrio a pesar de que ya nadie parece esperar nada de él. Addie y Louis son dos ancianos más, de ésos que a veces parecen invisibles en este mundo en que vivimos, que no se resignan a ser un simple elemento de atrezzo en la vida de sus hijos. Que aún tienen una vida, la suya, y la quieren vivir de la mejor forma posible. Por eso Louis acepta la propuesta de Addie, y allí se planta una noche, con su pijama y su cepillo de dientes, dispuesto a compartir una cerveza con su vecina antes de irse a la cama con ella.

La incomodidad inicial va dejando paso, poco a poco, a una intimidad deliciosa en la que Louis y Addie se sienten cada vez más ellos mismos, sin el hándicap de su edad o de su vida anterior. Asistimos, como invitamos de excepción, a unos diálogos colmados de humor y ternura, a una historia sencilla que te gana, precisamente, gracias a esa baza.

Reina en la narración de Haruf una serenidad palpable, una calma que no sé si sale del autor, que escribió "Nosotros en la noche" a sabiendas de que eran sus últimos días. Supongo que es difícil abstraerse de ese factor cuando, como lector, te acercas a la novela conociendo esa sentencia que pende sobre la cabeza del que escribe. Puede que yo sea muy sugestionable, pero era algo que sobrevolaba constantemente mi lectura, y que ante ciertas frases y antes ciertos instantes que viven Addie y Louis, me provocaba un pellizco en el estómago. Una tristeza que dudo que Haruf quisiera transmitir, pero que yo no podía ignorar.

Confieso que ha sido para mi una lectura bonita pero que me ha puesto un poquito triste. Me ha hecho añorar, me ha hecho sentir cierta inquietud, a ratos incluso culpabilidad, sobre todo ternura. Y eso es lo mejor de esto, cuando las letras nos alcanzan.




miércoles, 13 de septiembre de 2017

"Delirio", por Laura Restrepo.


Un hombre regresa a casa después de un corto viaje de negocios y encuentra que su esposa ha enloquecido completamente. No tiene idea de qué le pudo haber ocurrido durante los tres días de ausencia, y con el fin de ayudarla a salir de la crisis empieza a investigar, sólo para descubrir lo poco que sabe sobre las profundas perturbaciones escondidas en el pasado de la mujer que ama.

Narrada con talento y emoción, la historia principal de esta novela se fragmenta en otras que se anudan a través de personajes llenos de matices. la autora muestra en esta obra una energía narrativa fuera de lo común, en donde el suspense se mantiene hasta un final esperanzador que cierra una hermosa novela, bien construida, mejor contada y brillantemente desarrollada.



El delirio de Agustina vivía ya en ella mucho antes de que su marido la encuentre, muda y enloquecida, en una habitación de hotel. Su locura empezó antes de nacer, ya en la mente del abuelo Portulinos; y se cuajó a la sombra de la figura gigantesca de un padre riguroso y estricto y de una madre que asiste impertérrita a un catálogo inacabable de mentiras y falsedades. "Delirio" no es sino el compendio de secretos que cada familia bien barre y guarda bajo la alfombra. Pero contado como pocas veces lo hemos leído. Ahí reside su valor, y eso es lo que la convierte en una de mis mejores lecturas de estos últimos meses.

"Mentira mata mentira, dime si no es como para volverse loco."

Laura Restrepo se vale de una narrativa tremendamente densa para contarnos "Delirio". Y cuando digo "muy densa", lo digo en serio. En las más de trescientas páginas que la conforman, no hay una sola subdivisión en capítulos, y los párrafos se extienden a lo largo de varias páginas sin pausas. Los diálogos no se señalan en el texto a través de guiones o separaciones de ningún tipo, sino que nacen allá donde van a caer y se señalizan si acaso con una mayúscula. A eso hay que sumarle una sintaxis compleja, llena de oraciones yuxtapuestas, enumeraciones y localismos, y un vocabulario a ratos exuberante, a ratos barriobajero y sucio. Y como guinda del pastel, una alternancia de voces narrativas, que a su vez hacen uso indiscriminado de la primera, la segunda y la tercera persona; y que no vienen marcadas en modo alguno, por lo que es cosa tuya, lector, adivinar quién habla y en qué momento lo hace.

"Yo mientras tanto pensaba en ti, que es lo que hago cuando no quiero pensar en nada, le dice el Midas McAlister a Agustina, digamos que me fascina la textura que adquieres en el recuerdo, lisa y resbaladiza y  sin responsabilidades ni remordimientos, algo así como acariciarte el pelo, la pura sabrosura de acariciarte el pelo siempre y cuando eso pudiera hacerse sin consecuencias, mala pasada nos jugó Dios con eso de que una cosa lleva a la otra hasta que se forma la endiablada cadena que no para, te juro que el infierno debe ser un lugar donde te encierran con tus consecuencias y te obligan a lidiar con ellas."

Y así, entonces, ¿cómo consigue una lectora media, del montón, como yo, disfrutar de una lectura como esta de una forma tan brutal? Pues porque del mismo modo que la Restrepo se emplea escribiendo, también lo hace dándole vida a sus personajes. Y consigue que cada cual tenga su particular forma de expresarse, para que el lector no necesite nada más para ubicarle. Se alternan las voces de Aguilar, ese marido pusilánime, falto de empaque, que despierta en el lector pena y repulsión a partes iguales; la voz del Midas McAlister, con su complejo de niño pobre y la ternura con que se dirige a Agustina, pues sólo se dirige a ella cuando habla; el abuelo Portulinus, con la cabeza llena de música y ruido; la propia Agustina, de vuelta a su niñez, recordando las visiones y las ceremonias que llevaba a cabo con su hermano pequeño. Ya veis, una galería amplia de personajes, cada uno con su propia historia que se entrelaza con la de los otros, o se mete dentro o la provoca desde otro tiempo y otro lugar.

Como telón de fondo, una Colombia tomada por el negocio del narcotráfico, en la que Pablo Escobar ordena y manda. Sin excesivas alusiones, la autora logra meternos de lleno en un país azotado por la droga, las revueltas estudiantiles y la corrupción política, y aunque no se explicita la época, es fácil deducir que nos hallamos en los ochenta, en pleno auge del Cartel de Medellín. A través de los continuos saltos temporales, no sólo ahondaremos en los entresijos de los Londoño, sino también en los de un país largamente castigado en las tres últimas décadas del siglo XX.

Me ha recordado el estilo de Laura Restrepo, tanto en la forma como en el uso particular del realismo mágico, al de la española Cristina López Barrios, cuyas novelas siempre me han conquistado. Ambas escriben como si les desbordara la historia que quiere contar, y algún lector se puede sentir apabullado o incómodo ante ese uso del lenguaje tan exuberante. Pero es cierto que la historia, ese delirio de Agustina, te atrapa y te obliga a indagar en su origen.

En definitiva, si sois de los que os dejáis atrapar con las sagas familiares, si os gusta el realismo mágico, si os quedasteis con ganas de más "Cien años de soledad" (me perdonen los puristas la comparación pero mi mente es así, y hace estas asociaciones), o si simplemente os apetece arriesgaros y leer algo diferente, probad con esta. Yo repetiré con la autora, sin duda.

martes, 27 de junio de 2017

"Cicatriz", por Sara Mesa.

Sonia conoce a Knut en un foro literario de internet y, a pesar de los setecientos kilómetros que los separan, establece con él una particular relación marcada por la obsesión y la extrañeza. Entre la atracción y la repulsión, no puede evitar sentirse fascinada por este personaje insólito y perfeccionista, que vive fuera de toda norma social y que la corteja a través de suntuosos regalos robados. «Le gustaba ir siempre bien vestido, incluso para ir a robar una simple lata de conservas. Tan joven y hablando de escritores del XIX. Filosofando. Cuestionándolo todo. Teorizando sobre el individuo y el grupo, y la hipocresía social, y los chivos expiatorios, y Dios y el destino, la virginidad y el sexo. Solía decir que no hay placer comparable a pensar. Y no, no era petulante ni vanidoso. Era simplemente... exhaustivo.» Su necesidad de poner distancia cuando Knut se vuelve demasiado absorbente, pero también su irrefrenable curiosidad y el ansia de vivir experiencias más allá de una existencia excesivamente reglada, llevarán a Sonia a una doble vida secreta en la que quedará atrapada durante años sin posibilidad de exculparse.

“Cicatriz” fue una lectura que se me hizo cuesta arriba casi desde el inicio, y mira que tenía ganas de descubrir a esta autora. Seguí leyendo por pura cabezonería, en busca de algo que esperaba encontrar y que finalmente no llegó. Y esta vez no fueron las expectativas ni una mala elección del momento. Fue, más bien, que no congeniamos. Incompatibilidad de caracteres lo llaman ahora. Obviamente, esto no es más que una percepción mía, y no dudo que habrá lectores que puedan sacarle todo el jugo a esta historia. Pero no ha sido mi caso.

“El amor no es más que una proyección de las propias carencias, una entelequia, como lo eran Odette y Albertine para el joven Marcel.”

Sonia y Knut se conocen en un foro literario de Internet y se establece una relación entre ellos bastante peculiar. En los inicios surge cierta atracción que va dejando paso, poco a poco, a una relación tóxica y tremendamente obsesiva, especialmente por parte de él. A los larguísimos emails que intercambian pronto se añade el envío de libros que Knut roba para Sonia. Y ella comienza cediendo al halago y acaba atrapada en una tela de araña de la que ni puede ni quiere salir.

No sé a vosotros pero a mí la premisa de la novela me gustaba. De hecho, sigue siendo ese punto de partida lo mejor de ella: que pone sobre la mesa el cómo nuestra forma de relacionarnos con el resto del género humano ha cambiado a peor, como si de algún modo esas tecnologías destinadas a favorecer el contacto se hubieran convertido en todo lo contrario. A Sonia y Knut la pantalla que les hace de vía de comunicación les sirve también de parapeto para explayarse en su falsedad. Aquí todo resulta más fácil: el halago, la exigencia, la mentira. Sonia se ve incapaz, en un principio, de poner freno a la intromisión de Knut en su vida. Y después ya está demasiado enganchada como para querer salir.

Mi problema ha sido que todo en la novela me ha resultado extenuante, agotador. Los monólogos de Knut, su pasión por ésos autores a los que él considera únicos y especiales y cuya prosa a mí me resulta tan cargante como él. Yo no, no he leído a Proust, más allá de algunos pasajes cuando era estudiante. No he leído a Faulkner. Posiblemente porque me falta bagaje y capacidad para hacerlo, no pasa nada. Quizá algún día esté preparada para hacerlo pero ahora mismo no. Y así, el componente metaliterario, que por regla general logra que disfrute mucho más de cualquier historia, tiene aquí una presencia tan brutal que se convirtió, para mí, en lastre.

Ambos personajes están construidos, no me cabe duda de que con toda la intención, para resultar desagradables y provocar un rechazo en el lector. Para obligarle a plantearse ciertas cosas acerca de sí mismo. Y eso no está mal y, además, lo consigue en gran parte.

La prosa de esta autora, de la que tan bien había oído hablar, me ha resultado en ocasiones un tanto árida, algo cargante en ocasiones, no sabría distinguir si por culpa de lo que pone en boca de sus personajes o por sí misma. En cualquier caso, es un libro que seguramente le gustaría leer a Knut, y que quizá por eso, a mí no me ha ganado en absoluto.

jueves, 15 de junio de 2017

"Casa de verano con piscina", por Herman Koch.

Próspero médico de cabecera en Ámsterdam, Marc Schlosser ejerce su profesión con cierta dosis de cinismo. Su nutrida clientela valora especialmente el tiempo que dedica a las consultas, pero esta aparente generosidad esconde unas intenciones menos nobles, que Marc disimula con habilidad. Cuando uno de sus pacientes, el famoso actor Ralph Meier, lo invita a pasar unos días de verano junto a su familia, Marc acepta pese a las reticencias de Caroline, su esposa, molesta por la arrogante vulgaridad de Ralph y su actitud de seductor irresistible. Así, los Schlosser y los Meier, con sus respectivos hijos adolescentes, compartirán con un maduro director de Hollywood y su novia, cuarenta años más joven, una casa con piscina a pocos kilómetros de una playa mediterránea. Los días transcurren con apacible monotonía, entre comidas, paseos, largas conversaciones de sobremesa, excesos con el alcohol y flirteos más o menos inocentes, hasta que una noche se produce un grave incidente que interrumpirá las vacaciones y cambiará para siempre la relación entre las dos familias.

Casa de verano con piscina es una novela apasionante en la que nadie es del todo inocente, ni siquiera quienes parecen más frágiles e inofensivos. Herman Koch logra que el lector quede atrapado ante una incómoda encrucijada moral, que lo mantiene en vilo hasta la última página.


A veces, ante lecturas como esta, uno se pregunta qué extraños mecanismos tendrá nuestra psique para que acabemos disfrutando, tanto como yo lo he hecho, de una historia como esta. Porque se le puede echar la culpa a la brillante narrativa de Herman Koch, con la que he tenido el placer de encontrarme por primera vez, o a la magnífica construcción de sus personajes. Pero lo cierto es que la posición en que nos coloca debería ser suficiente razón para cerrar el libro y huir en dirección contraria. Y sin embargo uno se queda, y lo hace encantado, para ver hacia dónde nos lleva.

“Casa de verano con piscina” es un viaje hacia atrás que iniciamos ya sabiendo que el protagonista, Marc Schlosser, está a punto de enfrentarse al Tribunal Médico por una posible negligencia que originó la muerte de su amigo, el afamado actor Ralph Meier. Y a partir de ahí, volvemos al punto de partida, a su primer encuentro, y a esos días de verano que ambos, junto a sus familias, van a compartir en la casa de verano de los Meier.

Los primeros compases, tras el descubrimiento inicial, avanzan en un tono pausado, contando una historia en la que no pasa demasiado. Koch se vale de la narración en primera persona, dando voz a su protagonista, para desgranar con ironía el día a día de un médico hastiado, al que repugnan los problemas y las carnes de sus pacientes. Hablando en plata, Marc Schlosser es un cabrón de manual, un cínico. El autor neerlandés debe habérselo pasado en grande poniendo en boca de su criatura argumentaciones que se pasan lo políticamente correcto por el arco del triunfo. La cuestión es que capta tu atención, te atrapa, y aún no ha pasado (casi) nada.

De hecho, la trama apenas avanza hasta mediada la novela, cuando los invitados ya se acomodan en esa casa de verano con piscina, con un enorme jardín en el que cada cual juega a su juego. Los padres ven a los hijos con ojos de padres, igual que lo hacen sus hijos con ellos.  Los hombres y las mujeres se miran como lo que son, y surge el flirteo, la ocasión de experimentar algo diferente. Y nace una tensión que me ha recordado, en ciertos momentos, a la magnífica novela de Marcelo Luján, “Subsuelo”. Como en aquella, aquí ocurre poco en la superficie y mucho bajo las convenciones sociales y las sonrisas falsas que alcanzamos a ver.

Y de repente ocurre algo que nos pone, como promete la sinopsis, ante una especie de dilema moral. Me choca que se insista en ello cuando, realmente, toda la narración de Marc Schlosser está salpicada de ello. Pero sí, ocurre algo que marca un antes y un después. Me ha gustado el planteamiento, el modo y, sobre todo, la resolución. Koch es un valiente.

Creo que es obvio lo mucho que me ha gustado la novela, aunque deba admitir que no es una lectura para todo momento y para todos los lectores. La narrativa de Koch, y los juicios que pone en boca de sus personajes, pueden resultar chocantes en ocasiones, pero merece la pena probar de ambos y jugar a ponerse en la encrucijada que nos plantea. 

miércoles, 31 de mayo de 2017

"Música para feos", por Lorenzo Silva.


Mónica y Ramón se conocen por azar, en un local nocturno, en el que ninguno de los dos pinta gran cosa. A veces, las historias comienzan así. Mónica y Ramón no han tenido mucha suerte en la vida, ni les quedan demasiadas esperanzas de tenerla alguna vez. Mónica es una periodista al borde de los treinta que subsiste con un subempleo que detesta. Ramón, mediados los cuarenta, se obstina en ser un misterio: no desvela a qué se dedica. 

Podrían no haberse vuelto a ver nunca, pero una semana después se reencuentran y la cosa ya no tiene remedio: la música que se les negaba empieza a sonar. Tiempo después, Mónica lo recuerda. En sus propias palabras: “Lo único limpio y hermoso que de veras he tenido”.




Qué difícil resulta escribir una buena historia de amor. Qué complejo retratar el sentimiento más universal y más trillado de la literatura, y hacerlo sin caer en la cursilada y el tópico. Y qué valiente en este caso en particular, viniendo de la mano de un autor consagrado como Lorenzo Silva, cuyo nombre se asocia además a un género que está en las antípodas de esta “Música para feos”. Y sin embargo, viene a demostrar que las buenas historias lo son sin más, ajenas a etiquetas y prejuicios.

A través de Mónica y Ramón, Silva saca esa capacidad tan suya para retratar el alma humana y su contenido. Y así dibuja llena de luz una primera parte que me robó el sueño, que me dejó temblando, como si me hallase yo misma en ésa cálida antesala de la historia de amor naciente. Con Mónica, con Ramón, asistimos a la reconciliación que uno ha de llevar a cabo consigo mismo antes de empezar de nuevo, y con ellos retomamos la esperanza, la fe. Sin revolcarse en las penurias pasadas, con la convicción que te otorgan esos primeros días.

“Me dormí pensando lugares donde citarle, con aquel temor antiguo a que decidiera no venir; el temor que un día había sido la antesala de la luz más hermosa, la luz que esa noche recé, como la creyente que ya no era, para que volviera a acariciarme la piel”.

Por mucho que me empeñe, difícilmente haré justicia con mis palabras, tan limitadas, a la amalgama de sensaciones que esa primera parte despertó en mí. Pero todo me pareció tan bien narrado, tan acertado en el tono y en la forma, envuelto en el aura de una madurez que suelo echar de menos cuando un autor me quiere hablar de amor.

Me gustó también la segunda parte, en la que la música toma protagonismo, y a través de ella casi siempre se hablan Mónica y Ramón, se dicen aquello con lo que no les alcanzan las palabras y los cuerpos. Porque a pesar del devenir de la trama, de la que nada más se debe desvelar, conserva la calidez y la belleza que me conquistó en los primeros capítulos.

Mucho más dura me resultó una tercera parte de la poco puedo hablar por miedo a hacerlo más de la cuenta. Pero me lo resultó, sobre todo, porque se aborda un tema sobre el que mis ideas están tan claras, desde hace tanto, que no pude acabar de conectar con ella. En el fondo, yo solo quería que siguiera sonando la música.

“Y veo la paz de eso que ya éramos, de eso que podríamos ser, no sé si durante meses, años o toda la vida, porque esto nadie lo sabe y los escorpiones de la incomprensión y el recelo acechan debajo de cada piedra que puedas un mal día o una mala noche levantar.”

No seré yo quien le descubra a nadie, a estas alturas, las bondades de la narrativa de Silva. Pero sí os invito a visitar esta novela, que ha sido para mí una grandísima sorpresa, a pesar de que ya estaba familiarizada con su estilo, pues por mis manos han pasado prácticamente todas las novelas protagonizadas por Bevilacqua y Chamorro. Aquí hay música, aquí reside una historia más honda, más bella, e inevitablemente, más dolorosa. 

miércoles, 24 de mayo de 2017

"La amaba", por Anna Gavalda.


Pierre, un rico industrial de sesenta y cinco años, invita a Chloé, su joven nuera, a pasar un fin de semana en la casa de campo familiar. Ella acepta, llevada por la necesidad de cambiar de aires ante el reciente abandono de su marido. La amaba está magistralmente tejida en torno al diálogo que ambos mantienen en un momento crucial de sus vidas. Él, siempre arrogante e introvertido, bajará la guardia por primera y última vez para revelarle un secreto, lo que vivió... o tal vez lo que nunca vivió. La amaba es una novela alegre y triste a la vez, un fragmento de vida, una punzante historia de amor contada con la eficacia y la capacidad de observación que caracterizan a esta deslumbrante figura de las letras francesas. A través de un diálogo conmovedor, Anna Gavalda nos habla de nuestras vidas, nuestras dudas, nuestras renuncias, y también de nuestras esperanzas, nuestra ironía y nuestra ternura.


Descubrí a Anna Gavalda, como muchos, con “Juntos nada más”, quizá su novela más conocida y más “apta” para todos los públicos. Me gustó tanto que me propuse ahondar más en la literatura de la autora francesa, buscar ese algo más, ese pasito más allá, que sabía que sus letras podrían darme. Pedí una recomendación y me llegó de buena mano. “La amaba”, una novela mucho más íntima, mucho más densa en lo emocional. Que no se parece en nada a aquella historia que me la descubrió. Qué suerte la mía.

Reconozco que la premisa me pareció incómoda, casi la calificaría de poco creíble. Porque difícilmente me viene a la mente intimidad más extraña que la de un suegro y una nuera. Y sin embargo, también se lo parece a Chloé, que al fin y al cabo, ya no sabe qué creer de nada. Quizá por eso se deja conducir a esa casa de campo, porque está noqueada, abatida. Con dos niñas a su cargo y quebrada por una ruptura que no vio venir. O que no quiso ver, poco importa ya. La vida, tal como la entendía, se ha ido al garete, y Chloé es incapaz de recomponerse.

Narrada en su mayor parte como un diálogo entre Pierre y Chloé, Gavalda se revuelca en sentimientos tan universales, tan conocidos, que es imposible no quedarse atrapado en esa extraña intimidad que surge entre ambos. Por primera vez, el hombre arrogante y descreído que ha sido Pierre se resquebraja ante la espectadora más inesperada. Como si la ruptura de su hijo y su nuera fuese también, en parte, aquella que él no fue capaz de acometer.

“La amaba” es una de ésas historias que uno no se atreve a recomendar. Que sólo os animaría a leer en unos de ésos momentos de asfixia, cuando se necesita parar a respirar. Si podéis, debéis asistir a este diálogo tal cual lo hace Chloé, junto a la chimenea, con una copa de vino en la mano, respirando la soledad necesaria para dejarse llevar.
                                                                                                                                        


martes, 16 de mayo de 2017

"La chica que dejaste atrás", por Jojo Moyes.


En 1916 el artista francés Édouard Lefèvre ha de dejar a su mujer, Sophie, para luchar en el frente. Cuando su ciudad cae en manos de los alemanes, ella se ve forzada a acoger a los oficiales que cada noche llegan al hotel que regenta. Y desde el momento en que el nuevo comandante posa su mirada en el retrato que Édouard pintó de su esposa nace en él una oscura obsesión que obligará a Sophie a arriesgarlo todo y tomar una terrible decisión.

Casi un siglo más tarde, el retrato de Sophie llega a manos de Liv Halston como regalo de boda de su marido poco antes de su repentina muerte. Su belleza le recuerda su corta historia de amor. Pero cuando un encuentro casual revela el verdadero valor de la obra, comienza la batalla por su turbulenta historia, una historia que está a punto de resurgir, arrastrando con ella la vida de Liv.



Hay algo especial en la forma de escribir de Jojo Moyes. Creo que es la naturalidad con la que fluye su narración, la forma en la que crea sus personajes, consiguiendo que casi se materialicen frente a tus ojos. Es también ese toque de humor en medio del caos, la sonrisa que surge en mitad de la desesperación que todos hemos sentido alguna vez. Porque Moyes construye historias amables, bonitas, que sin embargo contienen un poso de tristeza en sus cimientos.

En “La chica que dejaste atrás”, esos cimientos se hallan en la ocupación francesa por parte de las tropas alemanas durante la I Guerra Mundial. En la pequeña localidad de Péronne ya solo quedan mujeres y niños, pues los hombres partieron al frente. Allí, Sophie y su hermana Hèlene siguen regentando Le Coq Rouge, un pequeño hostal que supone el único medio de supervivencia para toda la familia.

Me ha parecido una auténtica delicia esta primera parte. Moyes retrata con precisión y sutilidad sentimientos como el dolor ante la ausencia de los seres queridos, la desazón de no poder alimentar a los tuyos o el miedo de vivir bajo la opresión del enemigo.  Todo ello en el marco del pequeño Le Coq Rouge, con sus olores y sabores, y más allá de sus puertas, el pequeño pueblo de St Péronne, con lo bueno y lo malo de ésos pequeños pueblos, con sus fidelidades, sus habladurías y sus maledicencias. Al frente de esta línea temporal se halla el personaje de Sophie, una mujer valiente, fiel a sus creencias, que se verá obligada a luchar contra sus propios principios para seguir adelante.

Quizá por eso me costó el cambio de tercio, cuando la historia de Sophie se corta de una forma un tanto abrupta y nos adentramos en la línea temporal presente.  En ella conocemos a Liv Halston, una mujer frágil, rota por la reciente pérdida de su marido, que se verá inmersa, para más inri, en un complicado proceso judicial. Y es que Liv es la dueña del cuadro La chica que dejaste atrás, en el que el artista francés Édouard Lefèvre retrató a su esposa, Sophie, antes de la guerra y que acabó en manos de los nazis.

Me ha resultado interesante el tema de las obras de arte expoliadas durante la II Guerra Mundial, y el proceso por el que muchas de ellas son devueltas a los descendientes de sus legítimos dueños. Sin embargo, he de confesar que fascinada como estaba por la trama de Sophie, el periplo de Liv se me ha hecho innecesariamente largo y doloroso, aderezado por un romance bonito pero que se desarrolla de forma un tanto precipitada.

En todo caso, estamos a una lectura muy agradable, narrada con ese estilo amable y delicado tan característico de Moyes, con unos personajes bien perfilados y que acaban resultando entrañable (mención especial a ese neurótico padre de Liv). Una encantadora novela para todos los públicos, ideal para un fin de semana de ésos de manta, café calentito y sofá.

martes, 9 de mayo de 2017

"Hotel Iris", por Yoko Ogawa.

El Hotel Iris se halla junto al mar, en una pequeña localidad costera. Por él transitan los turistas, con la sal pegada a la piel, ajenos a la decadencia apenas perceptible que puebla sus paredes, con la pintura desconchada en los rincones. Pocos reparan en Marie, la joven tras el mostrador de recepción. Ni siquiera prestan atención a su pelo, recogido en un moño perfecto, a su mirada sumisa, a sus diecisiete años ansiosos de acumular experiencias. En el Hotel Iris se aloja una noche un traductor entrado en años, que acabará protagonizando un altercado en el pasillo con una prostituta. Su voz despierta en Marie algo cuya existencia ella desconocía. Y así se inicia entre ellos una historia difícil de calificar, con tantas formas de entenderla como lectores se aproximen a ella.

Reconozco que tenía muy buenas referencias sobre Yoko Ogawa,  especialmente de su “Lecturas de los rehenes”, y muchas ganas de adentrarme en el particular universo de esta autora japonesa que es conocida, sobre todo, por su capacidad para crear escenas perturbadoras. Al final, el azar quiso que me estrenara con ella con este “Hotel Iris”, una novela bastante menos conocida que aquella pero igualmente representativa de su estilo.

Y es que estamos ante una historia incómoda y densa en todos los sentidos. Quizá la mayor sencillez esté en la narración de la japonesa, que fluye con aparente simpleza, haciéndola asequible a cualquiera que se aproxime a ella. Mucho más compleja resulta en el plano emocional. La relación que surge entre el traductor y Marie provoca en el lector sensaciones encontradas, entre la atracción y la repulsión. Y entonces uno se acaba planteando en qué lugar nace ese rechazo que sentimos, esa incomodidad que la misma Marie no siente, pero si tú, como lector. ¿Hasta dónde llegan y de dónde vienen nuestros prejuicios?

Los encuentros de índole sexual entre Marie y el traductor van más allá del concepto que podréis hallar en cualquier novela calificada como erótica. La narración resulta incómoda, excesivamente gráfica sin ser descriptiva, a un tiempo, del acto sexual. Porque la esencia de la relación entre ambos no es sino la sumisión de Marie, una niña sin padre, sometida primero por una madre autoritaria que acaba extrapolando su forma de entender la vida al plano emocional. Que no puede sentirse querida si no es a través de la humillación.

Lo cierto es que esa atmósfera inquietante es una constante en toda la novela, y van mucho más allá del terreno sexual. Ogawa consigue transmitir un malestar palpable en otro tipo de escenas, como en la comida que comparten Marie, el traductor y el sobrino de éste, donde uno acaba con la piel electrificada por la tensión.

No es esta una novela para recomendar a nadie, sino una de ésas que permite distintas visiones, y que dependerá mucho de cómo la entienda cada lector. Es, sin lugar a dudas, una lectura triste, incómoda y ubicada a años luz de la zona de confort. Pero reconozco que a mí me ha gustado adentrarme en la obra de Ogawa, a la que tengo intención de seguir leyendo. 

viernes, 31 de marzo de 2017

"El ladrón de vírgenes", por David de Juan Marcos.


Después de quince años de misteriosa ausencia, Andrés Pajuelo regresa a su casa para proyectar el robo de una serie de valiosas obras de arte religioso. Para ello necesitará la ayuda de sus dos hijos, del melindroso prometido de su hija y de un enigmático gigante experto en teología y en arte sacro. Cuando todo parece estar listo para ejecutar el último y más lucrativo de los robos, es acusado de varios asesinatos. Para sorpresa de toda su familia, Andrés reconocerá al instante su culpa ahorcándose en público.

El ladrón de vírgenes es una reflexión sobre las mentiras que encierra toda religión y sobre la importancia de la religiosidad en la condición humana. Un análisis sobre los límites de la traición, la lealtad y la fuerza de las promesas. Un certero homenaje a la tradición oral de contar historias.


Cómo nos dejamos engañar a veces por las primeras impresiones. Me ocurrió con “El ladrón de vírgenes” que al recibirlo y tocarlo por primera vez, me transmitió la sensación de que era una novela pequeñita. Su portada monocromática, una edición bastante modesta y la firma de un autor no demasiado conocido me llevaron a pensar que quizá estábamos ante una historia de las mismas características. Por eso, quizá, fue mayor mi sorpresa al toparme con unas primeras líneas que me dejaron temblando. Por lo que transmitían y por lo bien escritas que estaban.

Cómo iba a saber que aquel hombre traía la muerte consigo. Debí darme cuenta por su olor a cebolla rancia. Debí darme cuenta cuando la leche cuajaba a su paso en los cubos de metal. Cuando las palomas morían desplumadas por la tiña, o porque allá por donde pasaba doblaba los racimos y dejaba una pestilencia a plomo de preludios de tormenta de verano.

En mi caso, era la primera vez que me topaba con las letras de esta autor, y mi sensación inicial fue de sorpresa. Qué bien escribe David de Juan. No es sólo el riquísimo vocabulario que maneja, el uso de las metáforas, su forma de ambientar… No es sólo eso, claro, sino el buen gusto con el que lo hace, la forma en la que mima cada pasaje, la elección de cada palabra, armando una prosa bellísima donde nada parece fortuito pero, a la vez, fluye con naturalidad, dando lugar a un estilo narrativo que no es sencillo pero que tampoco está vetado a nadie.

Me ha sorprendido también la recreación que el autor hace del mundo rural al que vuelve Andrés Pajuelo. Un pueblo pequeño, en los años de la posguerra, en los que las arraigadas creencias de sus gentes acaban convirtiendo al lugar en un nido de maledicencias, rumores y miedos.

Y de ese ambiente se vale David de Juan para poner sobre el tapete la religión, que en este caso es una como podría ser cualquier otra, porque las cuestiones que nos propone valen para todas. A través de la voz, sobre todo, del gigante Julio Ramón Ortega, miramos la religión desde distintos prismas: como acto de fe que nos ayuda a caminar hacia adelante, pero también como instrumento de manipulación, para inculcar el miedo. Unas creencias que nos exigen despojarnos de lo material mientras se idolatran iconos que cuestan mucho dinero del que se mueve en este mundo.

“Escucha, Cirilo, la Iglesia nos dice que el amor es el motor del mundo, pero mucho más fuerte que el amor, enormemente más intenso y omnipresente es el miedo. Claro. El miedo lo cubre todo con su velo de prejuicios, manías, caprichos, ciega el ánimo como una noche sin estrellas ni luna. El miedo, querido patriarca de Alejandría, es lo que tenía en mente Dios cuando se sentó a inventar lo más terrible.”

No quería terminar mi reseña sin hacer una mención a los personajes que ha creado el autor para esta historia. Sobre todo porque estamos ante una novela coral que no alcanza las doscientas páginas, con las que sin embargo, David de Juan se basta, no sólo para construir a sus personajes, sino también para dotarlos de profundidad y ahondar en su psicología. Para envolverles a todos en el velo de la miseria, la maldad, la culpa, la locura y la pasión, a cada cual lo suyo.

Como veis, me ha sorprendido de forma muy grata “El ladrón de vírgenes”, una novela que podría ser casi un thriller de tono pausado si no fuera porque su trama es, sobre todo, una excusa para hablar de otras cosas. No gustará a todos, pero sí es una apuesta segura para los que disfrutan de una buena narración y tengan ganas de descubrir la potente y novedosa voz de David de Juan Marcos.

martes, 21 de marzo de 2017

"Almas grises", por Philippe Claudel.

“Todo este tiempo ido, que las palabras no harán volver jamás, y también los rostros, las sonrisas, las heridas… Pero aún así debo intentar decirlo. Tengo que abrir el misterio con bisturí, como si fuera un vientre, y hundir en él las dos manos, aunque nada cambie nada de nada.”

Mi deuda con Philippe Claudel  viene de lejos. Hace ya unos años que llegó a mis manos un ejemplar de su novela “La nieta del señor Linh”, que empecé en su momento y con la que sin embargo no llegué a avanzar. No sé si fui yo, si fue el instante, pero se me quedó la espinita clavada, pues era una de ésas historias en las que uno ha puesto sus expectativas de una forma especial. Desde entonces, me he ido encontrando con Claudel de cuando en cuando, en librerías, bibliotecas, prensa, y siempre le he sentido como una asignatura pendiente. Hasta que casi sin darme cuenta, salí de la biblioteca con un ejemplar de “Almas grises”. Ya hemos saldado nuestra cuenta pendiente, y de qué manera.

En Diciembre de 1917, con la I Guerra Mundial sonando de fondo, el cuerpo sin vida de una hermosa niña aparece flotando en el canal en un pequeño pueblo del norte de Francia. A la escena del crimen acuden un policía, un juez instructor y un militar. En este mundo provinciano, el asesinato de la pequeña Belle suscita innumerables sospechas, despierta viejos rencores y sacude un orden social que se tambalea.

“Almas grises” en el relato, veinte años después del asesinato de la niña, del policía a cargo del caso. Un narrador que no se limitará a contarnos qué ocurrió, a quien señalaron los indicios o qué cree él que ocurrió en realidad, sino que nos invita a un recorrido por los diferentes rostros de la condición humana. Un recorrido en el que los rostros de los inocentes y los verdugos se mezclan y cambian de lugar, dejando al descubierto el hecho de que nadie es solamente una u otra cosa, sino que todos nos movemos en una amplia escala de grises.

“Las cosas no son ni blancas ni negras, lo que reina es el gris. Los hombres, sus almas…, pasa lo mismo. Tú eres un almas gris, rematadamente gris, como todos nosotros…
- Eso no son más que palabras…
¿Y qué te han hecho las palabras”.

No hallaréis en esta novela de Philippe Claudel nada que la asemeje a la novela negra o policíaca, a pesar de la sinopsis. La muerte de Belle no es más que una excusa para que el autor haga desfilar a un cortejo de almas en pena, una galería amplísima de personajes capaces de exhibir lo mejor y lo peor del ser humano. Desde la figura del narrador hasta la de la niña cuyo cuerpo flota a la orilla del río, pasando por el fiscal Destinat, que repartió tanta muerte en forma de condena; la maestra Lysia Verhareine, cuya sonrisa petrificaba el rostro de unos hombres para los que la mera idea de la mujer se había convertido en un insulto demasiado hermoso; todos ellos conforman sólo una excusa para hablar de lo bello y las miserias con las que nos topamos día a día, aunque aquí ya no suenen cañones de fondo.

La prosa de Claudel es tan hermosa que a mí me cuesta hablar de ella, no me alcanzan las palabras para describirla. Es una de ésas formas de escribir en las que uno quiere cobijarse, en las que carece de importancia lo que nos está contando, da igual cuan profundo o relevante sea. Uno sólo quiere quedarse embelesado en esa forma de narrar, que a veces es lírica hasta lo doloroso y que puede volverse, sin embargo, repentinamente descarnada en la línea siguiente.

“Puede que necesitara eso, una epopeya, para convencerme de que la vida, en el fondo, tiene un sentido, de que (…)  he hecho bien en posponer mi partida tantas veces, apartando en el último momento el cañón de la carabina de Gachentard, que me metía en la boca las mañanas en que me sentía vacío como un pozo seco.”

A través de sus apenas doscientas páginas, Claudel nos conduce a un final inesperado, que sacude los cimientos del lector y de la narración previa, y te obliga a hacer trizas el esquema, el orden mental, que habías establecido para con esa historia. Y te recuerda una vez más que los tonos blancos y negros apenas existen en su forma más pura, sino que ambos se difuminan y emborronan, creando claroscuros, seres grises como nosotros, que seremos culpables e inocentes, ambas cosas, uno u otro día.