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martes, 9 de mayo de 2017

"Hotel Iris", por Yoko Ogawa.

El Hotel Iris se halla junto al mar, en una pequeña localidad costera. Por él transitan los turistas, con la sal pegada a la piel, ajenos a la decadencia apenas perceptible que puebla sus paredes, con la pintura desconchada en los rincones. Pocos reparan en Marie, la joven tras el mostrador de recepción. Ni siquiera prestan atención a su pelo, recogido en un moño perfecto, a su mirada sumisa, a sus diecisiete años ansiosos de acumular experiencias. En el Hotel Iris se aloja una noche un traductor entrado en años, que acabará protagonizando un altercado en el pasillo con una prostituta. Su voz despierta en Marie algo cuya existencia ella desconocía. Y así se inicia entre ellos una historia difícil de calificar, con tantas formas de entenderla como lectores se aproximen a ella.

Reconozco que tenía muy buenas referencias sobre Yoko Ogawa,  especialmente de su “Lecturas de los rehenes”, y muchas ganas de adentrarme en el particular universo de esta autora japonesa que es conocida, sobre todo, por su capacidad para crear escenas perturbadoras. Al final, el azar quiso que me estrenara con ella con este “Hotel Iris”, una novela bastante menos conocida que aquella pero igualmente representativa de su estilo.

Y es que estamos ante una historia incómoda y densa en todos los sentidos. Quizá la mayor sencillez esté en la narración de la japonesa, que fluye con aparente simpleza, haciéndola asequible a cualquiera que se aproxime a ella. Mucho más compleja resulta en el plano emocional. La relación que surge entre el traductor y Marie provoca en el lector sensaciones encontradas, entre la atracción y la repulsión. Y entonces uno se acaba planteando en qué lugar nace ese rechazo que sentimos, esa incomodidad que la misma Marie no siente, pero si tú, como lector. ¿Hasta dónde llegan y de dónde vienen nuestros prejuicios?

Los encuentros de índole sexual entre Marie y el traductor van más allá del concepto que podréis hallar en cualquier novela calificada como erótica. La narración resulta incómoda, excesivamente gráfica sin ser descriptiva, a un tiempo, del acto sexual. Porque la esencia de la relación entre ambos no es sino la sumisión de Marie, una niña sin padre, sometida primero por una madre autoritaria que acaba extrapolando su forma de entender la vida al plano emocional. Que no puede sentirse querida si no es a través de la humillación.

Lo cierto es que esa atmósfera inquietante es una constante en toda la novela, y van mucho más allá del terreno sexual. Ogawa consigue transmitir un malestar palpable en otro tipo de escenas, como en la comida que comparten Marie, el traductor y el sobrino de éste, donde uno acaba con la piel electrificada por la tensión.

No es esta una novela para recomendar a nadie, sino una de ésas que permite distintas visiones, y que dependerá mucho de cómo la entienda cada lector. Es, sin lugar a dudas, una lectura triste, incómoda y ubicada a años luz de la zona de confort. Pero reconozco que a mí me ha gustado adentrarme en la obra de Ogawa, a la que tengo intención de seguir leyendo.