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martes, 12 de mayo de 2015

"La campanilla de la doncella y otros relatos", por Edith Wharton.

A Edith Wharton le tocó vivir en un tiempo en el que era casi imposible ser todo lo que ella era. Mujer, novelista, divorciada, bisexual y ganadora de un Pulitzer. Demasiado para el recién nacido siglo XX. Y sin embargo, jamás cejó en su empeño de ser quien ella con plenitud. Escribió para ironizar sobre los de su sociedad, una clase pudiente de la que nunca se sintió parte. Escribió también sobre el amor, sobre los lugares que visitó. Y escribió también para exorcizar sus propios fantasmas, en el sentido más literal.

Cuando Edith Wharton tenía nueve años enfermó de tifus y alguien dejó en su mesita de noche un libro con relatos de fantasmas. Tanto la impactaron que, ya en la edad adulta, era incapaz de dormir en un cuarto donde hubiese un libro que contuviese historias de terror. Para matar sus miedos, empezó a escribirlos. Ahí surgió esta pequeña compilación de relatos de fantasmas que hoy os traigo y que son un caramelo para los asiduos al género.

Quizá tenga mucho que ver en el estilo narrativo de estos cuentos la influencia de Henry James, amigo personal de Wharton. La sombra de “Otra vuelta de tuerca” es alargada, y se proyecta especialmente sobre “La campanilla de la doncella”. En este relato, la joven Alice Hatley, aún recuperándose del tifus (no hay que ser un genio para ver la analogía entre autora y personaje), llega a trabajar como dama de compañía a la mansión de los Brympton. Pronto descubrirá una presencia espectral que se deja ver al final de los fríos y lóbregos pasillos.

Es posible que al lector de hoy algunos de estos relatos le resulten previsibles e insustanciales. Tan acostumbrados estamos a los giros y las sorpresas, a los fantasmas post góticos, que ya no sabemos disfrutar de aquella ambientación tan envolvente, de las damas con tendencia al vahído ante la más mínima impresión (¡qué sería hoy de ellas!) y de los clásicos fantasmas vestidos con enaguas y sombreros de ala ancha que pueblan estas páginas.

No eran los fantasmas la especialidad de Edith Wharton, que era más dada a la ironía y al retrato social. Hay ciertos relatos que sí resultan algo deslavazados, aunque también consigue asombrar con otros, como el fantástico “Kerfol” que recuerda tanto a Henry James como a algunas de las píldoras policíacas que escribía Ágatha Christie. Pero son lectura obligatoria para los amantes de los clásicos, más allá de géneros, o para conocer a otra Edith Wharton que sorprenderá a los que sólo la conocen por novelas como “La edad de la inocencia”.