A Edith Wharton le tocó
vivir en un tiempo en el que era casi imposible ser todo lo que ella era. Mujer,
novelista, divorciada, bisexual y ganadora de un Pulitzer. Demasiado para el
recién nacido siglo XX. Y sin embargo, jamás cejó en su empeño de ser quien
ella con plenitud. Escribió para ironizar sobre los de su sociedad, una clase
pudiente de la que nunca se sintió parte. Escribió también sobre el amor, sobre
los lugares que visitó. Y escribió también para exorcizar sus propios
fantasmas, en el sentido más literal.
Cuando Edith Wharton
tenía nueve años enfermó de tifus y alguien dejó en su mesita de noche un libro
con relatos de fantasmas. Tanto la impactaron que, ya en la edad adulta, era
incapaz de dormir en un cuarto donde hubiese un libro que contuviese historias
de terror. Para matar sus miedos, empezó a escribirlos. Ahí surgió esta pequeña
compilación de relatos de fantasmas que hoy os traigo y que son un caramelo
para los asiduos al género.
Quizá tenga mucho que ver
en el estilo narrativo de estos cuentos la influencia de Henry James, amigo
personal de Wharton. La sombra de “Otra vuelta de tuerca” es alargada, y se
proyecta especialmente sobre “La campanilla de la doncella”. En este relato, la
joven Alice Hatley, aún recuperándose del tifus (no hay que ser un genio para
ver la analogía entre autora y personaje), llega a trabajar como dama de
compañía a la mansión de los Brympton. Pronto descubrirá una presencia
espectral que se deja ver al final de los fríos y lóbregos pasillos.
Es posible que al lector
de hoy algunos de estos relatos le resulten previsibles e insustanciales. Tan
acostumbrados estamos a los giros y las sorpresas, a los fantasmas post
góticos, que ya no sabemos disfrutar de aquella ambientación tan envolvente, de
las damas con tendencia al vahído ante la más mínima impresión (¡qué sería hoy
de ellas!) y de los clásicos fantasmas vestidos con enaguas y sombreros de ala
ancha que pueblan estas páginas.
No eran los fantasmas la
especialidad de Edith Wharton, que era más dada a la ironía y al retrato
social. Hay ciertos relatos que sí resultan algo deslavazados, aunque también
consigue asombrar con otros, como el fantástico “Kerfol” que recuerda tanto a
Henry James como a algunas de las píldoras policíacas que escribía Ágatha
Christie. Pero son lectura obligatoria para los amantes de los clásicos, más
allá de géneros, o para conocer a otra Edith Wharton que sorprenderá a los que
sólo la conocen por novelas como “La edad de la inocencia”.
