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miércoles, 2 de noviembre de 2016

"La carne", por Rosa Montero.

Me voy familiarizando con Rosa Montero, y reconozco que cada vez me gusta más su forma de narrar, su peculiar sentido del humor y lo mucho que hay de ella misma en cada una de sus historias. En “La carne”, su última novela, conocemos a Soledad, solitaria como su nombre indica y sexagenaria, entendido esto último como una tremenda tragedia. Y para plantar batalla a todas sus calamidades, se le ocurre recurrir a Adam, un chico de compañía con la mitad de años y casi tantos frentes abiertos como ella. Sus caminos se cruzan por primera vez en una noche de ópera y se entrelazan de forma inevitable.

“La vida es un pequeño espacio de luz entre dos nostalgias: la de lo que aún no has vivido y la de lo que ya no vas a poder vivir. Y el momento justo de la acción es tan confuso, tan resbaladizo y tan efímero que lo desperdicias mirando con aturdimiento alrededor.”

Son poco amables los personajes que dibuja Rosa Montero y que llevan prácticamente todo el peso de la historia. Soledad es superficial, infantil a veces, insoportable. Adam, extranjero en tierra extraña, puto de profesión. No están hechos, ninguno de ellos, para que el lector empatice con ellos. Y sin embargo, es imposible no encariñarse de algún modo con esa sexagenaria que se niega a dejar caer sus carnes, con esa mujer que moriría de soledad antes que llevarse a la cama a un señor de su edad. Y con ese Adam del que es mejor que yo no os cuente nada, porque así me lo pide Rosa Montero al final de su novela, pero por el que uno también acaba sintiendo algo que no esperaba sentir en modo alguno.

Lo mejor de “La carne” es el sentido del humor que la autora imprime a su historia, que al final no deja de ser una trama ligerita, sin grandes giros ni sorpresas, pero que se lee con agrado y con una sonrisa en los labios, si es que uno es capaz de tolerar ese toque agrio y mordaz, y si somos capaces de comulgar con la visión que Montero nos ofrece del amor, del sexo y el paso del tiempo, con sus implicaciones.

“El cuerpo era una cosa tremenda, en efecto. La vejez y el deterioro se agazapaban de manera insidiosa ya menudo el interesado era el último en enterarse, como los cornudos del teatro clásico.”

Soledad, con sus sesenta, con sus soliloquios y sus complejos, se erige como una magnífica narradora, de prosa impecable, deliciosa, salpimentada con su peculiar humor. Y reconozco que se ha quedado conmigo, que a pesar de que hace semanas que cerré las páginas de “La carne”, miro la novela allá en la estantería y se me escapa una sonrisa de puro agradecimiento, esa que sólo le regalamos a las historias que nos hicieron sentir bien.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

"La ridícula idea de no volver a verte", por Rosa Montero.

A veces (tengo) la idea ridícula de que todo esto es una ilusión y que vas a volver. ¿No tuve ayer, al oír cerrarse la puerta, la idea absurda de que eras tú?

Es Marie Curie la que escribe esas palabras. La Marie Curie desconocida para el mundo. La que según sus propias palabras, aúlla como un animal salvaje, comida por el dolor tras la muerte de su marido Pierre.

La ignorancia es atrevida. ¿Sabéis quién era para mí Marie Curie antes de leer ésos retazos de su diario? Era una señora estirada, muy seria, vestida de negro. Una mujer sin más pasiones que el radio y el polonio, casada con un hombre igualmente frío, habitantes ambos de un laboratorio inhóspito. Sin hogar, sin más vida que su trabajo, partícipes de un matrimonio aséptico.

En un fuego enorme arrojo los jirones de tela recortados con los grumos de sangre y los restos de sesos. Horror y desdicha, beso lo que queda de ti a pesar de todo.

“La ridícula idea de no volver a verte” ha puesto patas arriba mi visión de la primera mujer que ganó un Nobel, la única que lo ha logrado en dos ocasiones. El diario que Marie Curie escribe tras la muerte de Pierre, atropellado por un carruaje, es dolor en un estado tan puro como el del radio que logró obtener. Es un dolor inconcebible, incomprensible, que rompe los esquemas de una mujer que había sido capaz de luchar contra todo pero que se encuentra desarmada e incapaz de manejar su nueva situación. Más allá de la pérdida, es el relato de una mujer tremendamente apasionada y vulnerable.

¿Qué aporta la autora Rosa Montero a todo esto? Mucho, objetivo y subjetivo. Dibuja con eficacia, por un lado, una biografía de la científica polaca desde su infancia hasta su muerte en 1934, prestando especial atención al contexto histórico y social en el que Marie Curie desarrolló su labor. Un mundo regido por hombres en el que no era corriente que una mujer despuntara en los terrenos que ella transitaba.

Aporta también Rosa Montero algo de ella misma, de su propia biografía, y trata de enlazar, unas veces con más tino que otras,  la pérdida de Marie con la suya propia tras el fallecimiento de su marido. No seré yo quien diga que los sentimientos de la autora son menos importantes que los de la Curie, pero es que ella misma confiesa que no es amiga de exhibirse, por lo que da la sensación de que su relato queda algo opaco, descafeinado. Sobre todo si lo comparamos con la exarcebada pasión y el desgarro  que se leen en el diario de Marie Curie.

Es una lástima que a ratos, Rosa Montero, a pesar de su agradable prosa, se vaya por los cerros de Úbeda con todo el equipaje. En su retrato de la época, y en su intento de enlazarlo con la sociedad de hoy, a la autora se le va la mano con el machismo, el feminismo y sus propios demonios. Y todo ello aderezado con una serie de hastag, cuyo propósito desconozco pero que me parece que están totalmente fuera de lugar con el tono y la historia que se nos está contando.

¿Hay que leerlo? Sí. Marie Curie lo vale. Sólo por sus palabras, escritas de primera mano en su diario, hay que echarle un vistazo. Al fin y al cabo, ella es el alma de estas páginas.