Me voy familiarizando con Rosa Montero, y reconozco que cada
vez me gusta más su forma de narrar, su peculiar sentido del humor y lo mucho
que hay de ella misma en cada una de sus historias. En “La carne”, su última
novela, conocemos a Soledad, solitaria como su nombre indica y sexagenaria,
entendido esto último como una tremenda tragedia. Y para plantar batalla a
todas sus calamidades, se le ocurre recurrir a Adam, un chico de compañía con
la mitad de años y casi tantos frentes abiertos como ella. Sus caminos se
cruzan por primera vez en una noche de ópera y se entrelazan de forma
inevitable.
“La vida es un pequeño espacio de luz entre dos nostalgias: la de lo
que aún no has vivido y la de lo que ya no vas a poder vivir. Y el momento
justo de la acción es tan confuso, tan resbaladizo y tan efímero que lo
desperdicias mirando con aturdimiento alrededor.”
Son poco amables los personajes que dibuja Rosa Montero y
que llevan prácticamente todo el peso de la historia. Soledad es superficial,
infantil a veces, insoportable. Adam, extranjero en tierra extraña, puto de
profesión. No están hechos, ninguno de ellos, para que el lector empatice con
ellos. Y sin embargo, es imposible no encariñarse de algún modo con esa
sexagenaria que se niega a dejar caer sus carnes, con esa mujer que moriría de
soledad antes que llevarse a la cama a un señor de su edad. Y con ese Adam del
que es mejor que yo no os cuente nada, porque así me lo pide Rosa Montero al
final de su novela, pero por el que uno también acaba sintiendo algo que no
esperaba sentir en modo alguno.
Lo mejor de “La carne” es el sentido del humor que la autora
imprime a su historia, que al final no deja de ser una trama ligerita, sin
grandes giros ni sorpresas, pero que se lee con agrado y con una sonrisa en los
labios, si es que uno es capaz de tolerar ese toque agrio y mordaz, y si somos
capaces de comulgar con la visión que Montero nos ofrece del amor, del sexo y
el paso del tiempo, con sus implicaciones.
“El cuerpo era una cosa tremenda, en efecto. La vejez y el deterioro se
agazapaban de manera insidiosa ya menudo el interesado era el último en
enterarse, como los cornudos del teatro clásico.”

