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martes, 28 de marzo de 2017

"Subsuelo", por Marcelo Luján.



Un cuerpo vivo que se cambia por un cadáver. Una piscina. Un flash. El pantano. Y los mellizos, que comparten un secreto del que no parece fácil escapar. Como un murmullo bajo la tierra centenaria, la indiferencia adolescente se puede ver truncada por la calma del agua; apenas un instante dentro de aquella noche que suda veneno. Familia, recuerdos, pasado. Hormigas. Las raíces escondidas que siempre están presentes y tan activas: apretando el músculo de la sentencia. Como el pulso a dos manos que obliga a soluciones suicidas. Como el cordón umbilical que une y separa, que ata y aprieta. Hasta la muerte. Hasta la culpa. Dos veranos son suficientes para que la parcela del valle se convierta en el escenario de una perfecta tortura emocional. 





Pocas veces me he encontrado una sinopsis tan acertada  como la que se lee en la contraportada de “Subsuelo” y que os dejo aquí arriba. Porque incita a leer sin desvelar pero, sobre todo, es representativa de lo que se halla dentro de ella, fiel a su contenido. En el tono, en lo sombrío, en su lenguaje afilado.

La novela de Marcelo Luján es lo que ahí leéis. Es una historia sobre la culpa, la pérdida, la maldad y el miedo. Acerca de cómo se vive cargando con todo eso que yace en el subsuelo de nuestra conciencia, que bulle como las hormigas que pueblan el jardín de la parcela en la que ocurrirá casi todo lo que ha de ocurrir. De cómo tirar para adelante sin arrancarse los recuerdos a manotazo limpio, aprendiendo a sobreponerse, a que los demás no noten lo que se nos mueve dentro.

La magnífica prosa de Marcelo Luján dota a esta historia de un peso que quizá no tendría en otras manos. Porque “Subsuelo” es la gran novela es, sobre todo, por cómo está contada. No es Luján el primero, ni el último, que pretende abordar a través de sus personajes conceptos tan complejos. Pero sí es la primera vez que me encuentro con un estilo narrativo tan peculiar, duro, de los que aprietan, incómodo y a la vez cargado de lirismo y belleza. Luján juguetea con los tiempos verbales, se vale en ocasiones de la narración en futuro para inquietar, para hablar de lo que ignoramos que va a venir. Una narrativa sin apenas diálogos, en la que estos se intuyen solo por una mayúscula que aparece en mitad de una frase. Recursos que Luján usa a su antojo para que sobre ti, lector, caiga todo el peso de su historia.

"Pensó en sus hijos y en Ana y en los hijos de Ana. Y pensó No puede pasar de nuevo. Y dijo, como si intentara convencerse o como si le hablara a otra persona, Ya no puede pasarnos nada más. Lo negó muchas veces con las manos clavadas en el canto de la encimera y los ojos probablemente inútiles [...] Giraban y se movían y se acercaban todos los actores. Y no lo pensó porque nadie lo piensa nunca ni mucho menos lo pronuncia, pero ya se sabe que las cosas siempre pueden ser peor."

Una historia poblada de personajes, una galería encabezada por los mellizos, por Fabián y Eva, que tiran de la cuerda que nos conduce al resto: su familia, sus amigos. Los que reciben la onda expansiva cuando se produce el punto de inflexión en el que todo cambia, cuando la vida se da la vuelta y lo pone todo del revés. Personajes tocados por la maldad, por la desgracia, que crean pasajes que, a menos a mí, me han resultado muy duros en el plano emocional.

Todo ello envuelto en una atmósfera cerrada, opresiva y agobiante, que apenas deja una rendija de aire por la que respirar. Una ambientación en la que reinan los secretos, las incertidumbres, la falta de fe.

“Subsuelo” es una novela que no me voy a cansar de recomendar a aquellos lectores que se atrevan con ella. Sugestiva, perturbadora, una historia difícil que calificar que bucea en los entresijos de una familia acomodada para hallar lo que se esconde bajo su apariencia modélica. Luján indaga en lo que yace debajo y emerge cuando rascas la brillante y aparentemente sólida superficie. Lo que nadie quisiéramos ver.

miércoles, 13 de abril de 2016

"El faro del silencio", por Ibon Martín.

Siempre he sido una enamorada del norte. Supongo que por aquello de que uno siempre ansía lo que no tiene. La cuestión es que todo lo que tenga que ver con aquellas tierras, desde su gastronomía a sus paisajes, me seducen sin remedio. Por eso, cuando empecé a leer las primeras reseñas de “El faro del silencio”, de Ibon Martín, supe que era una novela que me encantaría. Y así ha sido.

Porque la indiscutible y absoluta protagonista de “El faro del silencio” no es Leire Antuna, la escritora al frente de la trama, sino la bellísima población de Pasaia. Es imposible no sucumbir ante la descripción que Martín hace del lugar, de sus olores, de sus rincones, de sus gentes. El autor no se limita a lo estético, a lo superficial, sino que ahonda en el carácter mismo del lugar y sus habitantes, sus tabernas, sus tiendas y su costa. No te lo cuenta, te sumerge, te lleva. Tanto que me he hecho el firme propósito de visitar Pasaia y alrededores en cuanto pueda escaparme. Nada más que añadir al respecto.

El segundo puntal de la novela está en su bien orquestada trama y el buen ritmo al que ésta se desarrolla. Ibon Martín dosifica la información con buen pulso y mantiene la incertidumbre hasta el final, moviendo las intrigas de un personaje a otro, descolocando al lector, que va poniendo los ojos en uno y otro, cambiando de sospechoso como quien cambia de calcetines. Llegado el final, uno clama para sí aquello de “ya lo imaginaba…”. Pero lo admites, todos eran candidatos a ser el malo de la película.

También acierta el autor imprimiendo carácter a sus personajes. A la cabeza una aceptable protagonista, Leire Antuna, con carácter pero sin excesos (que nos plantan cada heroína últimamente en la novela negra que ríete tú de Wonder Woman) y un amplio y afinado elenco de secundarios, con distintas personalidad, oficios y misterios, que conforman una galería jugosa y con carácter.

Como veis, he disfrutado de mi primer encuentro con Ibon Martín, y como la suerte está de mi parte, pronto repetiré con él, ya que en unos días comenzaremos con la lectura conjunta de su novela “La fábrica de las sombras”, que comparte protagonista con esta que hoy os traigo y que espero, me vuelva a dejar tan buenas sensaciones.

miércoles, 9 de marzo de 2016

"Hormigas en la playa", por Rafa Moya.

“Hormigas en la playa” es una de ésas historias que uno nunca esperaría encontrar tras su apariencia. Una de ésas a la que llegas por recomendaciones, de oídas, pero a la que quizá nunca habrías llegado por ti mismo. Bajo su aspecto algo anodino, tras un título no demasiado sugerente, uno no espera darse de bruces con una de ésas historias que actúan como espejo de nosotros mismos. Es inevitable encontrarse en la novela de Rafa Moya, en alguno de sus personajes y en sus obsesiones y frustraciones. Algo así como mirarse en un espejo de feria, de los que devuelven la imagen deforme pero reconocible de uno, en este u otro tiempo.

El reencuentro de Eric y Pau, treinta años después de los tiempos de instituto, supone para el primero el retorno a las obsesiones de antaño, a la necesidad de poseer, orquestar, dirigir. La relación de Eric y Pau, que se puede leer como romántica, como platónica o como una simple pasión mal comprendida, no volverá a ser como entonces, a pesar del empeño de Eric.

Un planteamiento mil veces visto, una sinopsis que nos puede llevar a error, porque lo mejor de “Hormigas en la playa” no es lo que cuenta sino cómo lo hace. Es la forma en la que Rafa Moya consigue que la frustración empape cada palabra, el modo en que te causa cierto malestar, una irreconocible incomodidad, porque nos jode que dentro de nosotros haya un poco de sus personajes.

En esa atmósfera sucia, compleja, oscura, tiene mucho que ver la Barcelona que el autor dibuja, alejada de la ciudad cosmopolita y vibrante que vemos desde fuera. La ciudad de Eric y Pau es un lugar gris, aquejado de una superpoblación de seres idénticamente aburridos, habitantes replicantes de un mecanismo mecánico, donde todos se mueven a las horas previstas, saliendo y entrando de soñadas jaulas de oro.

Siempre hay un pero, claro. Siempre hay que tratar de encontrar un pero. Quizá en su desarrollo, la trama es a veces algo irregular, en ocasiones decae el ritmo y uno se asfixia un poquito entre sus páginas. Es cierto también que a veces uno piensa que los recursos de Eric son demasiado sofisticados e inagotables. Todo eso lo piensa uno, como lector, pero se le olvida cuando cierra la última página, tras ése final perturbador, abierto y cerrado a un tiempo, que uno se queda masticando durante días. Un cierre que deja muy buen sabor de boca y eleva la sensación final que queda, dejándote convencido de que has leído una muy buena historia.

jueves, 7 de mayo de 2015

"Buenaventura", por Toni Aparicio.

Soy una de ésas personas con una habilidad especial para construir castillitos en el aire. A veces se me caen. Eso me pasó con “Buenaventura”. Que me hice un castillo grande, grande, grande. Y se me cayó.

“Buenaventura” es la segunda novela de Toni Aparicio y está ambientada en la sugerente, gris y misteriosa Asturias de los años treinta. Esperanza, una joven huérfana, llega a la mansión de los Campoamor para trabajar como dama de compañía de doña Rosario. Allí se topará, como no podía ser de otra manera, con un misterio que está relacionado con la única hija de la señora y con una galería de personajes llenos de claroscuros.

La primera parte de la novela es un ejemplo fantástico de cómo crear expectativas en el lector respecto a la historia que se le va a contar. En primer lugar, hay una ambientación deliciosa: una mansión en las afueras de una villa en tierras asturianas. Pasillos lóbregos, enormes cortinas, escaleras y puertas prohibidas… ¿Quién se resiste a semejante enclave? Ante nuestros ojos comienzan a desfilar unos personajes irresistibles: Doña Agustina, la sigilosa y estirada ama de llaves; Diego Carreño, el atractivo administrador de la fortuna de doña Rosario; Sagrario, la criada… y frente a todos ellos Esperanza, la frágil Esperanza, que habrá de hacer frente a las intrigas de los habitantes de Campoamor y desenmarañar el secreto que todos ellos esconden. Porque hay un secreto, un misterio que se palpa, pero del que aún no podemos saber nada porque estamos empezando con la historia.

A todo esto hay que añadir que el estilo del autor resulta muy ágil y sencillo y que la estructura de los capítulos, que son de corta extensión, consigue transmitir la sensación de que el libro se lee solo. Uno se desliza por las páginas movido por la intriga y la necesidad de saber sólo un poco más, así que cuando quieres darte cuenta, has alcanzado las doscientas páginas casi por ensalmo.

En la segunda parte empiezan los peros. Alguno, pero nada grave. El aire de misterio que envuelve la novela se mantiene a costa de no revelar nada. Los diálogos de los personajes se tornan algo artificiosos, y a uno le cuesta entender por qué no hablan claro si están solos y todos ellos saben lo que se traen entre manos. Pero aún así, se entiende y se concede la licencia para mantener la intriga. Esperanza hace alguna cosa rara, pero es nuestra heroína y… bueno, las heroínas hacen ésas cosas.

El castillo se desmorona en la tercera parte. Por alguna razón que no acabo de comprender, el estilo narrativo de Aparicio se torna confuso y a ratos, uno no consigue situarse ni entender hacia dónde van los personajes o en qué momentos nos encontramos. Por otra parte, la magnitud del misterio creado es tal que cuando uno va atisbando la solución, no puede remediar pensar que quizá no era para tanto. Y luego hay un par de recursos que salen de ninguna parte y que caen en la trama como dos parches, dos remiendos que se han colocado ahí para evitar una fuga masiva. Pero uno se queda con la sensación de que la resolución hace aguas por todas partes y que nada de lo acontecido es como se esperaba. Claro, siempre habrá que alguien que piense que es cuestión de leer entre líneas.

La sensación final, en mi caso, no fue buena. La novela tiene un buen sustento inicial, hay una ambientación interesante y personajes con el suficiente empaque para mantenerla y tirar para adelante. Pero la tercera parte pierde fuelle y coherencia por momentos hasta llegar a un epílogo que, para mi gusto, está también fuera de lugar. Quizá otro lector, más avezado, más espabilado o más entendido, haya comprendido mejor el trasfondo de "Buenaventura".  No ha sido mi caso.