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martes, 16 de enero de 2018

"Al envejecer, los hombres lloran", por Jean - Luc Seigle.


El 9 de julio de 1961 es un gran día para la familia Chassaing y los habitantes del pequeño pueblo en el que viven: hoy llegará el primer televisor al lugar, y el novedoso aparato les traerá las imágenes del hijo mayor, Henri, destinado a la guerra de Argelia. Todo el mundo está invitado al gran acontecimiento que marcará las vidas de estos recién nacidos telespectadores.

Durante el día en el que transcurre la novela, el lector se enfrenta a la muerte, el adulterio, la mentira, y a una revelación en la que la Historia en mayúscula se mezcla con la historia de una familia que ya no volverá a ser la misma.



"Un obrero es como un viejo neumático,
cuando revienta,
ni reventar se le oye."
Jacques Prévert, Citroën, 1933
Poema en apoyo a la Huelga de los obreros.

Empieza esta novela con esa cita del Poema en apoyo a la Huelga de los obreros, escrito por Jacques Prévert en 1933. Mi padre ha sido obrero toda su vida. Mis abuelos trabajaron en el campo, siempre para otros, y se los comieron a turnos el frío, el sol y el hambre. No sé si eso justifica que ese cita inicial me provocase un vuelco en el estómago. Sí sé que empecé la novela al borde de las lágrimas, y del mismo modo la terminé.

" Era la primera vez que pensaba en la felicidad al mismo tiempo que en terminar su vida. Quizá porque ese deseo del fin estaba arraigado en él desde hacía mucho tiempo, como una bala que se hubiera alojado en su cuerpo sin matarlo. En Albert, la bala imaginario estaba alojada muy cerca de su corazón."

Jean - Luc Seigle nos sitúa en el 9 de Julio de 1961, el día en que se desarrolla, a lo largo de sus 236 páginas, esta historia. Amanecemos junto a Albert, nos asomamos a su rostro poblado de sudor, a la quietud de su dormitorio y su hogar, en el que todos duermen menos él. Albert mira a Suzanne, que permanece inmóvil al otro lado de la cama. Piensa en su madre, esa anciana frágil que posiblemente habrá pasado la noche con los ojos abiertos como platos. Piensa en su hijo Gilles, el que lee a todas horas pero no se apaña con la ortografía. No piensa en Henri, su hijo destinado en la guerra de Argelia.

Enseguida llega la mañana en todo su esplendor, y recorremos el día en que el televisor llegará al hogar de los Chassaing, una pantalla que les permitirá asomarse a la guerra y recuperar el rostro de su hijo. Y así discurren la tarde, el crepúsculo, la noche y la mañana del día siguiente.

Estructura en siete partes que recorren las distintas fases del día, Jean - Luc Seigle se vale de una narración sencilla, dotada de una intensa intimidad, para hablarnos de la pérdida, el deseo, la necesidad de amar y ser amado o la imposibilidad de retener el tiempo que se va. Es imposible no caer rendida a los pies de un personaje como Albert, el sereno padre de familia, que esconde bajo su apariencia imperturbable una bala imaginaria que se esfuerza por mover, a ver si por fin le alcanza el corazón. A Albert le cuesta tanto sostener su pasado como su presente, del futuro ni se habla.

A su alrededor orbitan el resto de personajes de la novela: la esposa, Suzanne, rejuvenecida e inexplicablemente más bella tras la partida del hijo, quizá porque necesita volver a cuidar de sí misma para no volverse loca;  Gilles, el entrañable hijo pequeño, al que las frases del "Eugène Grandet" de Balzac se le antojas sinuosas, pero que se esfuerza por seguirlas; la apacible Madeleine, tan frágil...
Una galería de personajes y escenas, como esa en la que Albert entra en el dormitorio de su madre para asearla por primera vez, que hacen que sea esta una lectura que merece la pena abordar. Sólo por ese instante, por ese puñado de páginas, ya os diría que la leáis. Pero es que hay más. Hay unos personajes tan humanos, tan de verdad; hay ternura, hay tristeza, pero también hay un canto a la esperanza, a la posibilidad real, por remota que parezca, de salir adelante. Aunque para ello haya que dejar ir al niño que fuimos.

Tengo que darle las gracias a mi amiga Ana, del blog Cuéntame algo...  mejor, escríbemelo, que puso en mis manos esta historia. De todas las cosas buenas que tiene este mundo virtual de lecturas,lo mejor sin duda es encontrarse con gente como tú en el camino.

miércoles, 8 de febrero de 2017

"Juntos, nada más", por Anna Gavalda.

Nosotros cuatro, aquí, ahora, en este Clío destartalado, liberados, juntos, y que venga lo que tenga que venir…

Qué difícil se me hace hablar de las historias que me alcanzan así, a traición. De esa forma tan inesperada que a veces te arrebatan los libros la vida que tienes fuera de ellos. Esos días en los que caminas con la cabeza en otra parte, en los que te encuentras frunciendo el ceño y sonriendo sin motivo, ajena a lo que ocurre a tu alrededor, buscando un resquicio de calma para abrir una novela y evadirte. Evadirte de verdad, marcharte lejos, no entender nada de lo que ocurre a tu alrededor. Así han sido mis días con ellos, con Camille, con Paulette, con Franck y Philipert. “Juntos nada más” se llama la historia que ha regalado un montón de instantes de absoluta felicidad. Y Anna Gavalda su autora, a la que tanto hice esperar en mi estantería…

Camille dibujaría si tuviera fuerzas para hacerlo. Malvive en una buhardilla y limpia oficinas de noche. Un día, cuando ya está al borde del abismo, es rescatada por su vecino, Philibert, un caballero venido de unos siglos atrás, educado, tartamudo y vendedor de postales, compañero de piso de un cocinero malhablado, Franck Lestatier, que a su vez, vive encabronado porque la única persona que le ha querido en la vida se apaga en un asilo sin que él pueda hacer más por ella, por su abuela Paulette.

Y eso es todo. No ocurre mucho más a lo largo de las más de quinientas páginas que conforman esta novela. Ni falta que le hace. Porque sus personajes, con sus vivencias, llenan el espacio que necesita el lector y hacen que uno quiere quedarse con ellos por siempre. Anna Gavalda construye unos personajes reales, sazonados de una tristeza inmensa de la que aprenden a desprenderse juntos. Y así, Camille empieza de nuevo a dibujar, y Franck cocina en casa para que a esa niña frágil le engorden las muñecas y las piernas, y Philibert va encajando las sílabas y perdiendo el miedo, y Paulette aprende y enseña acerca de la resignación.

Sonrieron a sus reflejos en el espejo y ese medio segundo duró más que un medio segundo normal.

Para conseguir eso, se necesita escribir muy bien. Y así lo hace Gavalda en esta historia, cuánto lamento el tiempo que la tuve en la estantería, sin acercarme siquiera a mirarla. Aún no me explico cómo no presentí la ligereza, la belleza que se escondía en sus páginas. La francesa no necesita alardes literarios, no presume de nada. Escribe, del mismo modo que Camille dibuja, con sencillez, aferrada a lo mínimo, a lo más básico. Sin adornos ni exquisiteces, con delicadeza, con ternura, captando instantes que van de lo cotidiano a lo excepcional, retratándolos con exactitud. La francesa insufla vida a sus personajes a través de los diálogos, buscando la voz propia con la que ha de expresarse cada uno de ellos y logrando unos diálogos que suenan espontáneos y reales.

Como veis, ha sido una lectura de la que he disfrutado muchísimo y a la que no he encontrado nada que objetar. Ahora me toca seguir leyendo a la francesa, aunque me da un poco de respeto leer por ahí que esta es su mejor novela y que quizá las otras no vayan a gustarme tanto. ¿Me recomendáis algún otro título suyo?