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miércoles, 12 de noviembre de 2014

"El cielo en un infierno cabe", por Cristina López Barrios.

Me gustan los libros gordos. Los tochos. Me ponen los libros con más de seiscientas páginas. En serio. No todos, claro. Intento ser selectiva y no sucumbir por puro placer. De hecho, hace poco vi el último de Ken Follet y no me lo compré. Pero sí, me gustan mucho. Aún más si la historia que traen viene contada en un tono pausado, sin prisas, dedicando el tiempo necesario a construir, a dibujar, a ambientar, a meterte dentro. Son dos características que cuando convergen a la sombra de una buena historia… ay. Amor y éxtasis literario.

Hechas las aclaraciones pertinentes, procedo a derramar mi más absoluto entusiasmo por “El cielo en un infierno cabe”. En esta reseña vomitaré ríos de enamoramiento literario y alabaré punto por punto las bondades de esta novela, que es hermosa desde su título hasta sus últimas letras, en forma y contenido.

Dividida en dos extensas partes, la primera de ellas nos sitúa en el Toledo del año 1625, cuando Berenjena se sienta ante el Santo Oficio para relatar la historia de Bárbara, la niña que llegó una noche al hospicio en el que ella trabajaba, envuelta en un hermoso chal azul y con las manos ardiendo. Unas manos que pronto demostraron su capacidad para sanar o destruir, y que ahora yacen envueltas en trapos y cuerdas en una celda de la Inquisición, esperando tormento, muerte o libertad. Tras esta primera parte, impregnada de un frío realismo pero con ciertos toques mágicos, se sucede una segunda en la que el ritmo es algo más ágil y la trama abandona ése realismo imperante en el apartado anterior para sumergirse de lleno en el mundo de la fantasía, la magia y la alquimia. Un giro que se ha de tomar con la mente abierta para no derrapar en él.

Qué bonito escribe Cristina López Barrios. Tanto, que olvidas que estás leyendo. Su prosa se recrea en la descripción de lugares, olores, sensaciones, de una forma tan sutil, tan elegante, que la novela se acaba convirtiendo en un bombardeo sensorial, un ejercicio de inmersión brutal. La historia pasa ante tus ojos, se ve, se siente. Hueles el humo, se te enfría el cuerpo, formas parte del todo.

La ambientación es absolutamente magistral. Imagino que hay tras ella una ardua labor de documentación que está ahí, pero que no se ve. Igual que hay autores que necesitan páginas y más páginas para demostrarte cuanto han preparado su historia, cuanto han aprendido en el proceso, aquí ese trabajo está integrado de tal forma que no eres consciente de él.

Pero si hay algo destacable de esta novela, es sin duda sus personajes. Seductores, misteriosos, llenos de aristas y dualidades. No creo que nadie, al terminar la última página, sea capaz de clasificarlos en modo algunos. Bárbara, Diego, Berenjena, la hermana Ludovica, Tomás… todos ellos son víctimas de sus pasiones y sus deseos, de sus virtudes y defectos. Todos yerran, todos aman de una u otra forma.

No es una novela para devorar, ni fácilmente catalogable. No podría encuadrarla dentro del género histórico, ni romántico, ni fantástico, aunque es todo ello a un tiempo. Es de desarrollo lento, invita a ir quedándose con pequeños detalles que quizá necesitaremos más adelante. Hay que leerla con pausa, dotándola del tiempo necesario para que su atmósfera nos absorba y sus personajes terminen de dibujarse. Pero una vez dentro, no querréis salir de ella.

martes, 15 de julio de 2014

"Los muertos no aceptan preguntas", por Antonia Romero.

“Los muertos no aceptan preguntas” es la última novela de Antonia Romero, una autora que ya lleva (auto) publicados varios libros con un exitazo tremendo en Amazon. Yo no había tenido el placer de estrenarme con ella, pero ahora que lo he hecho, sé que leeré alguna de sus obras anteriores. Una lectura grata, sorprendente y repleta de personajes muy bien construidos.

Nela es el eje central en torno al cual se articula toda la novela. Una joven traductora con vocación de pintora, hija de un afamado cirujano que no ha sido precisamente un padre ejemplar. Nela convive con su pasado, con sus miedos  y con los fantasmas que tienen a bien visitarla de forma ocasional. Hasta que un día conoce al pintor Nico Reverter, y su vida se pone (aún más) patas arriba.

Si bien Nela es un personaje magistralmente definido, he de reconocer que al principio me costó empatizar con ella. Ciertos cambios de humor, ciertas reacciones, se escapaban a la mecánica de mi razonamiento. Sin embargo, conforme vamos conociendo más de la Nela niña, vamos comprendiendo mejor a la mujer. Antonia Romero hace gala de una prosa elegante y sencilla, especialmente a la hora de narrar algunos episodios realmente duros, que te hace deslizarte por las páginas casi sin darte cuenta, construyendo a un tiempo un personaje principal creíble, con base, y con una evolución deliciosa.

Hay también una interesante galería de personajes masculinos que, a pesar de caer en algún tópico, se dibujan con acierto en el transcurso de la novela. Distintos tipos de hombre, distintas personalidades que orbitan en torno a Nela, y que la dotan de mayor profundidad. Personajes secundarios al servicio de su protagonista que, a la vez, tienen entidad propia. Para mi gusto, uno de los grandísimos aciertos de la novela.

Sin adscribirse a ningún género en concreto, la novela juega al romance, la intriga y los secretos familiares, y se adereza con un toque sobrenatural que no desentona en el conjunto y que se convierte, conforme avanza la historia, en otro de sus aspectos a destacar, pues consigue empastar con el resto y resultar creíble. Y eso tiene mucho mérito.

Sí que tengo que reconocer que varios de los hilos argumentales de esta historia me han resultado bastante predecibles: los encuentros de Nela en el acantilado, la historia de Gabriela… No son difíciles de intuir y desenmarañar antes de que se nos revelen en el transcurso de la novela. Sin embargo, en este caso no importa tanto el qué ocurre, sino el cómo. Y Antonia Romero lo cuenta muy, muy bien.

Quizá el único achaque que le pondría a su escritura sería el de ciertas descripciones demasiado exhaustivas, aunque obviamente, esto ya entra en el terreno del gusto personal. Por regla general, no me entusiasman demasiado ésas descripciones en las que se nos explica cómo está distribuido un salón o qué ropa viste determinado personaje. Prefiero aquellas que son más sutiles, o menos concretas, y dejan más a la imaginación. Pero, repito, esto entra en el terreno de la apreciación personal y las manías de cada cual.

También hay alguna escena que no voy a revelar que no terminé de entender, quizá porque no estuve atenta y no supe encajarla dentro de la trama, o bien porque realmente no tiene nada que ver con ella. En cualquier caso, lo normal es que la señorita despiste que aquí escribe anduviera a por uvas y no se enterara de nada. Últimamente me pasa demasiado. En todo caso, no tiene demasiada importancia.

No quisiera cerrar esta reseña sin hacer una mención especial a los títulos de los capítulos, un detalle de buen gusto y mimo por parte de la autora que no son solamente un adorno bonito, sino que guardan íntima relación con lo que se nos cuenta, tienen un sentido. Cada encabezado es un caramelo, no os digo más, os toca descubrirlo a vosotros.


Hallaréis, pues, en “Los muertos no aceptan preguntas” una trama bien tejida, (muy) buenos personajes  y un estilo accesible y amable. Pero hallaréis, sobre todo, una buena novela, en la que se adivina un intenso trabajo y un enorme mimo por parte de la autora. Un buen cóctel de géneros que deja un regusto agradable y ganas de más.