Me gustan los libros
gordos. Los tochos. Me ponen los libros con más de seiscientas páginas. En
serio. No todos, claro. Intento ser selectiva y no sucumbir por puro placer. De
hecho, hace poco vi el último de Ken Follet y no me lo compré. Pero sí, me
gustan mucho. Aún más si la historia que traen viene contada en un tono
pausado, sin prisas, dedicando el tiempo necesario a construir, a dibujar, a
ambientar, a meterte dentro. Son dos características que cuando convergen a la
sombra de una buena historia… ay. Amor y éxtasis literario.
Hechas las aclaraciones
pertinentes, procedo a derramar mi más absoluto entusiasmo por “El cielo en un
infierno cabe”. En esta reseña vomitaré ríos de enamoramiento literario y
alabaré punto por punto las bondades de esta novela, que es hermosa desde su
título hasta sus últimas letras, en forma y contenido.
Dividida en dos extensas
partes, la primera de ellas nos sitúa en el Toledo del año 1625, cuando
Berenjena se sienta ante el Santo Oficio para relatar la historia de Bárbara,
la niña que llegó una noche al hospicio en el que ella trabajaba, envuelta en
un hermoso chal azul y con las manos ardiendo. Unas manos que pronto
demostraron su capacidad para sanar o destruir, y que ahora yacen envueltas en
trapos y cuerdas en una celda de la Inquisición, esperando tormento, muerte o
libertad. Tras esta primera parte, impregnada de un frío realismo pero con ciertos toques mágicos, se sucede una segunda en la que el ritmo es
algo más ágil y la trama abandona ése realismo imperante en el apartado anterior
para sumergirse de lleno en el mundo de la fantasía, la magia y la alquimia. Un giro que se
ha de tomar con la mente abierta para no derrapar en él.
Qué bonito escribe
Cristina López Barrios. Tanto, que olvidas que estás leyendo. Su prosa se
recrea en la descripción de lugares, olores, sensaciones, de una forma tan
sutil, tan elegante, que la novela se acaba convirtiendo en un bombardeo
sensorial, un ejercicio de inmersión brutal. La historia pasa ante tus ojos, se
ve, se siente. Hueles el humo, se te enfría el cuerpo, formas parte del todo.
La ambientación es
absolutamente magistral. Imagino que hay tras ella una ardua labor de
documentación que está ahí, pero que no se ve. Igual que hay autores que
necesitan páginas y más páginas para demostrarte cuanto han preparado su
historia, cuanto han aprendido en el proceso, aquí ese trabajo está integrado
de tal forma que no eres consciente de él.
Pero si hay algo
destacable de esta novela, es sin duda sus personajes. Seductores, misteriosos,
llenos de aristas y dualidades. No creo que nadie, al terminar la última
página, sea capaz de clasificarlos en modo algunos. Bárbara, Diego, Berenjena,
la hermana Ludovica, Tomás… todos ellos son víctimas de sus pasiones y sus
deseos, de sus virtudes y defectos. Todos yerran, todos aman de una u otra forma.

