Todos tenemos nuestros
amantes literarios. Algunos varios, ya se sabe que los lectores somos seres
promiscuos y dados a la infidelidad en lo que a los libros y autores se
refieren. Nos apasionamos y olvidamos con pasmosa rapidez y el que todo lo
vendió este mes será sustituido el que viene por otro que vendrá y nos
encandilará. Todos tenemos nuestros amores clásicos, de siempre, con los que
uno va sobre seguro. Nuestros amores de invierno o de verano, que vuelven cada
año. Y luego están aquellos que son como amantes: intermitentes y esporádicos,
que consiguen matarte de pasión un día y que siempre que vuelven, te obligan a
correr a sus brazos. A pesar de algún mal encuentro, a pesar de las decepciones
ocasionales, siempre queda por encima lo memorable, los grandes instantes.
Así ha sido a lo largo de
los años lo mío con Somoza, un autor con el que tuve un agradable primer
encuentro (“Zigzag”) y al que me enganché con la fabulosa “Clara y la
penumbra”. Con él pasé miedo de verdad (“La dama número trece”) e incluso
homenajeamos a algún clásico (“La llave del abismo”). Con los años vinieron los
desencuentros (“Tetrammeron”) y los fiascos (“La cuarta señal”). Pero aún así,
cuando él me llama, no puedo decir que no. Desde la editorial Stella Maris me
ofrecieron la lectura de “Croatoan”, lo nuevo de Somoza, así que a ellos les
debo la reconciliación.
En 1950, los habitantes
del poblado americano de Roanoke desaparecieron sin dejar rastro. En un árbol
de la entrada del pueblo se encontró grabada una única palabra: “Croatoan”. La
misma palabra que aparece un buen día en el email de Carmela Garcés, etóloga y
alumna estrella del maestro Carlos Mandel, que se suicidó dos años atrás. Mientras,
en las calles de las grandes ciudades del mundo, los seres humanos se rebelan,
los animales se mueven en masa. El mundo parece estar volviéndose
definitivamente loco.
“La silueta oblicua de las Torres
Kio se enmarca en las ventanillas como rascacielos a punto de desplomarse. Una
arquitectura torcida propia de una ciudad que se derrumba. Laredo limpia el
vaho de la ventanilla y contempla algo más lejos las erguidas sombras de las
otras cuatro altísimas torres financieras, tan ridículas en esa ciudad derrotada”
En “Croatoan”, Somoza
vuelve a retomar las buenas costumbres, aquellos aspectos que me gustaron
cuando le descubrí hace años: la acertadísima mezcla de géneros. Aquí arma un
thriller que, aunque coquetea sin complejos con la ciencia ficción, contiene un
poso de realidad y crítica social que te mantiene con los pies en el suelo.
“Croatoan” podría ser, perfectamente, el apocalipsis según Charles Darwin.
Sus personajes funcionan
dentro de lo esperado, y ocurre como en más de una ocasión en sus novelas, que
sus secundarios terminan eclipsando a sus héroes. Pero yo diría que Somoza lo
hace adrede, que ya nos vamos conociendo.





