martes, 13 de octubre de 2015

"Croatoan", por José Carlos Somoza.

Todos tenemos nuestros amantes literarios. Algunos varios, ya se sabe que los lectores somos seres promiscuos y dados a la infidelidad en lo que a los libros y autores se refieren. Nos apasionamos y olvidamos con pasmosa rapidez y el que todo lo vendió este mes será sustituido el que viene por otro que vendrá y nos encandilará. Todos tenemos nuestros amores clásicos, de siempre, con los que uno va sobre seguro. Nuestros amores de invierno o de verano, que vuelven cada año. Y luego están aquellos que son como amantes: intermitentes y esporádicos, que consiguen matarte de pasión un día y que siempre que vuelven, te obligan a correr a sus brazos. A pesar de algún mal encuentro, a pesar de las decepciones ocasionales, siempre queda por encima lo memorable, los grandes instantes.

Así ha sido a lo largo de los años lo mío con Somoza, un autor con el que tuve un agradable primer encuentro (“Zigzag”) y al que me enganché con la fabulosa “Clara y la penumbra”. Con él pasé miedo de verdad (“La dama número trece”) e incluso homenajeamos a algún clásico (“La llave del abismo”). Con los años vinieron los desencuentros (“Tetrammeron”) y los fiascos (“La cuarta señal”). Pero aún así, cuando él me llama, no puedo decir que no. Desde la editorial Stella Maris me ofrecieron la lectura de “Croatoan”, lo nuevo de Somoza, así que a ellos les debo la reconciliación.

En 1950, los habitantes del poblado americano de Roanoke desaparecieron sin dejar rastro. En un árbol de la entrada del pueblo se encontró grabada una única palabra: “Croatoan”. La misma palabra que aparece un buen día en el email de Carmela Garcés, etóloga y alumna estrella del maestro Carlos Mandel, que se suicidó dos años atrás. Mientras, en las calles de las grandes ciudades del mundo, los seres humanos se rebelan, los animales se mueven en masa. El mundo parece estar volviéndose definitivamente loco.

“La silueta oblicua de las Torres Kio se enmarca en las ventanillas como rascacielos a punto de desplomarse. Una arquitectura torcida propia de una ciudad que se derrumba. Laredo limpia el vaho de la ventanilla y contempla algo más lejos las erguidas sombras de las otras cuatro altísimas torres financieras, tan ridículas en esa ciudad derrotada”

En “Croatoan”, Somoza vuelve a retomar las buenas costumbres, aquellos aspectos que me gustaron cuando le descubrí hace años: la acertadísima mezcla de géneros. Aquí arma un thriller que, aunque coquetea sin complejos con la ciencia ficción, contiene un poso de realidad y crítica social que te mantiene con los pies en el suelo. “Croatoan” podría ser, perfectamente, el apocalipsis según Charles Darwin.

Sus personajes funcionan dentro de lo esperado, y ocurre como en más de una ocasión en sus novelas, que sus secundarios terminan eclipsando a sus héroes. Pero yo diría que Somoza lo hace adrede, que ya nos vamos conociendo.

¿Os gustaría “Croatoan”? Sí si disfrutáis de los thrillers clásicos y no os asusta un poquito de ciencia ficción. No la recomendaría, en ningún caso, para estómagos sensibles y enemigos de los escenarios apocalípticos. La disfrutaréis si ya conocéis al autor y habéis tenido vuestros buenos momentos con él. Si no le habéis leído nunca, os animo a hacerlo pero eligiendo otro título, especialmente la imprescindible “Clara y la penumbra”.

jueves, 8 de octubre de 2015

"La mujer que nunca tenía frío", por Elisabeth Elo.

“La mujer que nunca tenía frío” se llama Pirio Kaspárov. Una noche, mientras navega junto a su amigo Ned en un pequeño pesquero, un carguero les embiste dejándoles a la deriva. Pirio consigue sobrevivir alrededor de cuatro horas en las frías aguas del Atlántico Norte hasta que es rescatada, un acto prodigioso que la convertirá en una celebridad. Pero más allá de su aparente suerte, Pirio empezará a sospechar que el accidente no fue fortuito. Y es que las leyes que rigen en el mar no tienen mucho que ver con las que conocemos aquí en tierra.

Odio las etiquetas. A veces una palabra mal colocada, una adjetivación poco acertada o una frase promocional desafortunada pueden hacerme no comprar un libro. Será que soy una superficial, pero cuando me llevé a casa “La mujer que nunca tenía frío” no reparé en dos conceptos que se han usado para vender la novela y que me provocan una urticaria emocional terrible: thriller ecológico y suspense femenino. Cuánto horror en tan poco espacio. Por si acaso os topáis con la novela, olvidaos de todo eso. Los hombres pueden leerla con gusto sin temor a que se les desarrollen los pechos y también podéis disfrutarla aunque no recicléis la basura.

Elisabeth Elo dedica buena parte de los primeros compases de la novela a perfilar a unos personajes de intenso carácter. Desde la propia Pirio, que actuará como narradora, hasta la figura ausente de su madre Isa, todos ellos de fuerte personalidad, pincelados a través de recuerdos, actitudes y unos potentes diálogos que ayudan a dotarles de un carisma muy particular. Ellos son el pilar que sostiene una trama que parte del drama para ir virando lentamente hacia el thriller convencional.

“La mujer que nunca tenía frío” no es una novela para devorar. Como es decía, la autora se toma su tiempo para mimar a sus personajes y construir los cimientos de la historia que nos quiere contar. Lo hace con gusto, a mi parecer, y consigue despertar nuestra curiosidad sin necesidad de anzuelos. Se adentra, además, en un terreno poco frecuentado y denuncia unos hechos que nos pillan muy lejos pero que estremecen: genocidios animales que quedan impunes, de los que poco se sabe ni se quiere saber.

No os desvelo más. Sólo os animo a aprovechar este frío que llega como excusa para darle una oportunidad a la novela de Elisabeth Elo. A hacerlo con calma y sin prisa, sobre todo si sois asiduos al thriller más convencional y rítmico, y permitáis que Pirio os cuente lo que ella aprendió sobre las leyes del mar.

martes, 6 de octubre de 2015

"Un millón de gotas", por Víctor del Árbol.

Mi padre empezó a poner ladrillos muy pronto. No lo hacía por gusto, le gustaban más los libros que la paleta, pero a veces no se puede elegir. Mi padre es albañil, y aunque no es lo que él quería ser, hace su trabajo con extraña devoción. Coloca los ladrillos, deberíais verlo, con mimo y precisión, y entorna mucho los ojos para ajustar el nivel y tensar la cuerda. Puede pasar mucho tiempo así. Dando pasos aquí y allí que nadie podría descifrar, pasos que sólo él entiende.

He pensado mucho en mi padre leyendo "Un millón de gotas". En parte porque Víctor del Árbol habla mucho de éso, de nuestros padres, de lo que nosotros vemos, de la que imagen que de ellos dibujamos para construir sus mitos. Y en parte porque me imagino al autor haciendo un trabajo parecido al que hace mi padre. Un trabajo lento y minucioso, feo al principio, desolador cuando aún se están echando los cimientos. Una obra que gana en belleza y empaque con tiempo y paciencia, que necesita horas de incomodidad para erigirse como el lugar hermoso y casi confortable que resulta al final.

"Un millón de gotas" es la historia de Elías Gil, el joven que llegó a la URSS con un título de ingeniería bajo el brazo y volvió con una carga demasiado pesada a la espalda. Es la historia de Gonzalo, el hijo de Elías, un antihéroe, un hombre sometido por su familia política, por su incómodo matrimonio y por la carga de su propio padre. Es también la historia de Laura, de Luis, de Alcázar... Un amplio coro de personajes que no se pierden en la enorme galería que conforman, sino que se dibujan de forma individual, precisa e intensa. Víctor del Árbol toma páginas y tiempo, todo el que necesita, para recrearse en su creación, dándoles forma a través de su presente y su pasado, de sus actitudes y sus miedos, dando lugar a una fascinante amalgama de personalidades e historias crudas y amargas, como la vida misma.

No os voy a engañar, no es una lectura cómoda ni fácil, sino una de ésas que necesita paciencia, tiempo y fe para entrar en ella. El apartado histórico recoge varios episodios de la historia de ésos que hacen que tengas ganas de bajarte del mundo, plagados de violencia, crudos y descarnados. Víctor del Árbol escribe bonito pero no disfraza ni pone paños en la herida, su prosa no se recrea en las heridas, pero tampoco las tapona. Como si quisiera dejar la sangre fluir.

Reconozco que hacia el final, cuando ya estaba completamente dentro de la historia, y como ya me pasó con su novela "La tristeza del samurai", a veces debía pararme para cerrar el libro, tomar aire y tratar de deshacer el nudo del estómago. "Un millón de gotas" es una novela que duele, pero también me ha parecido imprescindible para los amantes de la buena literatura.
No es título, sin embargo, que me atrevería a recomendar a nadie. Creo que es una novela que da mucho pero que exige otro tanto al lector; que requiere de ciertos espacios, ambientes y estados de ánimo. "Un millón de gotas" necesita de un instante muy particular para ser leída, un lugar en el tiempo que yo no supe encontrarle y que me dificultó mucho el avance durante la primera mitad de la novela. Pero a pesar de ello, es casi con toda seguridad, una de las mejores lecturas que me ha traído este año.

martes, 15 de septiembre de 2015

"Déjame saber quién eres", por Estefanía Yepes.

A veces el alcohol hace extraños compañeros de cama. Unas copas de vino y una cena tediosa y larga fueron los culpables de que acabase entre las sábanas con un título como el que hoy os traigo. Muchos ya sabéis que no frecuento demasiado el género rosa. Soy muy incrédula para estas cosas y creo que me falta un poquito de romanticismo. Cuando lo he intentado, el resultado ha sido el mismo que al intentar comer merengue. He terminado empachada y jurando no volver a hacerlo. Pero aún así, esta vez caí. Llegué a casa a altas horas, sin frío ni sed en este cuerpo mío y un poquito enfadada con el mundo en general. Así que abrí mi kindle y me dispuse a tomarme la última en el sofá mientras navegaba por la librería virtual. Entre las ofertas del día vi aparecer un título muy sugerente, "Déjame saber quién eres". Me dejé llevar por las estrellitas, le di a la tecla de comprar, me acomodé y...

Las letras me entraban con la misma facilidad que el vino. Así como os lo cuento. Me ventilé la primera mitad de una sentada y además me enteré de todo, que tiene mérito dado mi estado de agitación mental en aquellos momentos. Me dormí abrazada al lector, imbuida por el espíritu del amor verdadero e intrigada por un vestido de novia sin dueña y unas cartas sin remite llenas de palabras bonitas. Y a pesar de la resaca, desperté con ganas de seguir conociendo a Étienne, ése músico guapo, con su coleta despeinada (lo que me gusta a mí un chico con coleta) y su aire despreocupado y encantador. Oh sí, quería saber más. Me importó medio pimiento que la novela cumpliese a rajatabla con los clichés del género: la chica que no quiere saber nada del amor, el chico encantador que la obliga a correr bajo la nieve, guitarras, música y fuegos artificiales.

Estefanía Yepes, a la que no había tenido el gusto de leer antes, muestra una prosa solvente y sencilla, ciertamente prometedora aunque con algunos aspectos a pulir. Y es que me exasperaban un poco las descripciones de la ropa de Brianna, la protagonista, y las continuas referencias a las habilidades de nuestra chica combinando bolso y zapatos. También hay algún error ortográfico y gramatical, aunque he de decir que me han parecido menos de los que se suelen encontrar en muchas novelas autoeditadas. Con un repaso en ambos aspectos, nos quedaría una novela agradable, ligera y bien escrita con la que pasar un buen rato.

Al final "Déjame ser quién eres" resultó ser un caramelo, ya sabéis lo que eso implica. Amable, azucarado, quizá un pelín empalagoso en los últimos coletazos, pero que a veces, apetece. Que a nadie le amarga un dulce, ya lo dice el refrán.


martes, 8 de septiembre de 2015

"Nos vemos allí arriba", por Pierre Lemaitre.

“Sin dejar de abrazarlo, Albert se dice que durante toda la guerra Édouard no ha pensado más que en sobrevivir, como todos, y ahora que la guerra ha acabado, y está vivo, resulta que lo único en lo que piensa es en desaparecer. Si incluso los supervivientes sólo desean morir, qué desastre…”

Todos tenemos nuestras guerras. Ganamos y perdemos pequeñas y grandes batallas. Constantemente. Vivimos en mil frentes, y en todos ellos habita el amigo y el enemigo. Perdemos efectivos, ganamos camaradas, celebramos el descalabro del otro. Y como en la vida, la novela de Lemaitre se vale de ése encuadre bélico como excusa para hablar de todo lo demás. De padres e hijos, de la comprensión mutua que ambas palabras exigen; de amistad y paciencia, de amor de hermana, de madre, de compañero. De ambición y escrúpulos.

Si habéis leído a Lemaitre y no habéis leído “Nos vemos allí arriba”, entonces es como si sólo le hubieses leído a medias. Como si sólo hubieseis atisbado un pequeño destello de lo que puede darnos este autor francés. Porque aquí hay mucho más que un narrador correcto o un gran creador de ambientes. Aquí hay un escritor en estado de gracia, dotado de una inmensa lucidez para destripar al ser humano. No de la forma que lo hace en sus thrillers, sino desde el plano más emocional. Sin caer en el drama, con lo fácil que era entre tanta bala, tanta tumba y tanto soldado muerto, mutilado, traumatizado. Con sobriedad, con una pizca de ése humor que a veces baila sobre la línea de lo correcto, Lemaitre describe hombres, lugares,  situaciones, estados de ánimo. Y lo hace esgrimiendo una narración fluida, evocadora, de ésas que te obligan a luchar con tus propias convicciones para no terminar llenando las páginas de subrayados y pegatinas.

No os voy a hablar de cómo construye Leimatre a sus personajes. No os voy a decir nada de la adjetivación, ni de la profundidad. Prefiero enseñároslo.

“Y junto a ése padre amante pero poco expansivo, estaba Édouard, Édouard el exuberante, diez años, doce, quince, desbordante, Édouard el apocalíptico, el disfrazado, el actor, el extravagante, el desaforado, la llama, la creatividad…

Y así, así todo el tiempo. No sólo con Albert, con Édouard, con ése malvado Pradelle, el más maniqueo de todos ellos, pero tan necesario para la historia, como todos los malos lo son. Lemaitre dibuja a todo un país, a una Francia de posguerra que vive sumida en su pérdida, que ensalza y alaba a los que cayeron en el frente y le vuelve la cara a los que tuvieron la desgracia de volver de él (“El país era presa de un frenesí conmemorativo en honor de los muertos directamente proporcional a su aversión por los supervivientes”.) Y con mano firme y prodigiosa, retuerce sus destinos, entrelazándolos y separándolos, de decepción en decepción, de abrazo en abrazo. Hasta dejarse acunar por una muerte contra la que uno se revuelve a pesar de desearla a veces.

“Édouard aguardaba la muerte y, tardara lo que tardase, era la única solución posible, menos que un cambio, la simple transición de un estado a otro, aceptada con resignada paciencia, como esos silenciosos e impotentes ancianos a quienes se acaba por no ver y que ya sólo sorprenden el día en que se mueren.”

La novela de Lemaitre es magnífica desde donde la quieras mirar. Lo es en su desarrollo, lo es en la intensa profundidad de sus personajes, lo es en la forma y en el fondo. Y es, también, una novela valiente, en la que el autor sale de la comodidad de los thrillers a los que nos (se) había acostumbrado para adentrarse en una trama hecha de retazos de historia, capaz de zarandearte y obligarte a sonreír al instante siguiente. “Nos vemos allí arriba” se halla en las antípodas de “Alex” o “Vestido de novia” y conserva, sin embargo, la pulcritud y el estilo de su autor, que permanece reconocible pero elevado a la enésima potencia. Diría que al señor Lemaitre le va a costar superar esto. Pero no me atrevo.

viernes, 4 de septiembre de 2015

"Las flores de la guerra", por Geling Yan.

Hay hechos que la historia misma parece querer olvidar, que apenas aparecen en los libros, de los que casi no se habla porque destrozan nuestro concepto del ser humano y nos muestran hasta dónde puede llegar la brutalidad intencionada contra nuestros semejantes. Hechos que el tiempo se traga. Yo nunca había oído hablar de la masacre de Nanjing. Por si a vosotros os ha ocurrido lo mismo, os pongo en antecedentes. En 1937, el ejército japonés sitió la ciudad de Nanjing. Durante meses, sus habitantes vieron como su ciudad era bombardeada, quemada y asfixiada. En Diciembre, las tropas entraron y comenzó una masacre que acabó con la vida de miles de civiles. Los soldados japoneses tenían especial predilección por las mujeres, que fueron vejadas, torturadas y violadas de forma sistemática. Aquellas que tenían la desgracia de sobrevivir eran enviadas a las llamadas casas de confort, en las que trabajaban como esclavas sexuales hasta su muerte.

Una historia tan dura exige ser contada con el talante que lo hace Geling Yan en “Las flores de la guerra”.  Porque a pesar de ello, los horrores de la guerra se cuentan como el que mira de reojo, a través de pequeños fragmentos de recuerdos, entre tragos de vino y humo de cigarro, a través de la fragilidad de la niñez o de los ojos de un extranjero.

Durante toda la narración, apenas salimos de la pequeña parroquia de Santa María Magdalena, la iglesia del padre Engelmann, en la que han quedado atrapadas trece estudiantes. Al iniciarse la invasión, un pequeño grupo de prostitutas llegará allí buscando refugio. El choque es brutal, como os podréis imaginar. Pero cuando afuera silban las balas, quizá las diferencias  más evidentes no sean tan importantes. Sacerdotes, niñas y prostitutas inician una convivencia condicionada por el miedo y sus diferencias, sin apenas comida ni agua, en la que todos resultan ser igualmente vulnerables.

Gaeling Yan construye una novela coral, poblada de personajes que traza con intensidad y mucho tino a través de sus recuerdos y actitudes. Destacan la figura del padre Engelmann, párroco y hombre al frente de tan dispar rebaño; Fabio, hombre de Dios y extranjero en todas partes; Zhao Yumo, una prostituta de alto copete que un día también fue una niña bien.  Todos ellos me han conmovido, de una forma u otra. Algunos hasta las lágrimas. Mucha culpa la tiene también la narración de la autora china, que no se vale de florituras ni dramatismos, sino que dibuja el panorama con lucidez y precisión, con una pasmosa sencillez y una elegantísima naturalidad.

“Las flores de la guerra” es una novela para sentirla, para leerla con la pausa que requiere y dejarse envolver por una historia que, a pesar de su crudeza, sabe ser también hermosa. Una de ésas historias que te arrebata la fe en el ser humano para luego devolvértela.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

"Seis años", por Harlan Coben.

Hay pocos hombres que no me hayan fallado nunca en la vida. Harlan Coben es uno de ellos. Es un buen tipo, es divertido, y está ahí siempre que le necesito. Nunca me llena la cabeza de problemas ni tonterías. Si acaso me debe algunas horas de sueño que me ha ido robando a lo largo de los años, pero oye, sarna con gusto no pica.

Harlan Coben no ha inventado nada nuevo, pero sí ha dado con una fórmula, un estilo propio, que funciona a las mil maravillas. En “Seis años” vuelve a montar una trama de ésas que contiene mil recovecos, plagada de giros imposibles, entretenida a rabiar, fácil de leer, sencilla y compleja. Puro divertimento.

“Seis años” son los que han pasado desde que Natalie se casó y dejó a Jack en la estacada. Seis años han pasado sin saber nada de ella. Hasta que un día, nuestro héroe se topa con la necrológica de Todd, el marido de Natalie, y decide curiosear un poco. Ya os podréis imaginar que va a encontrarse un montón de cosas que no esperaba encontrar.

Coben pone siempre al frente de sus historias al mismo personaje. Da igual que se llame Myron Bolitar que Will Klein que Jack Fisher. Siempre es un tipo majo, que te cae bien desde la primera línea. Un tío al que alguien ha jodido un montón pero que siempre, siempre, se repone. No suelen ser amargados, ni alcohólicos, ni nada que se le parezca. Son tipos grandotes, con algún pasado rollo portero de discoteca que les permite dar puñetazos contundentes a los malos que van surgiendo. O eso, o tienen un amigo fuertote que lo hace por ellos. La cuestión es que cuando uno quiere darse cuenta, ya se ha embarcado en la aventura con el protagonista. Sin remedio.

Otra cosa que me gusta de las novelas de Coben, y que se da también en “Seis años” es que las tramas carecen de sangre, vísceras y exceso de muertos. Aquí la gente mata por amor, por celos, por dinero. No tenemos psicópatas con planes complejísimos ni gusto por los ritos satánicos ni torturas ancestrales. Aquí hay un tipo que se ve forzado a huir hacia adelante y un montón de personajes que no sabemos de qué lado están.

Vuelvo todos los años a Coben, en julio o agosto, para tomarme vacaciones de todo, hasta de mí. En “Seis años” ha vuelto a darme lo que siempre le pido: evasión, adrenalina, una buena historia y una aventurilla de verano con un tipo estupendo. Un regalazo.