"Los colores de una vida gris" ha sido, en mi caso, una
lectura complicada. Tanto como se me antoja dar forma a esta reseña plasmando
mis sensaciones pero sin desvelar, al mismo tiempo, nada crucial sobre su
argumento, al que creo que deberíais acercaros con la mínima información
posible.
La novela arranca presentándonos a un grupo de cinco amigas, todas
de alto nivel económico, casadas, que viven en una urbanización de lujo a las
afueras de Madrid. He aquí el primer escollo que yo, en lo personal, encontré
en la narración. Pilar Muñoz retrata en la primera parte de su historia un
mundo que me resulta ajeno por completo. Las cinco protagonistas resultan ser
personajes tremendamente frívolos, superficiales, fríos. Seres con los que es
imposible conectar de una u otra forma. Ni siquiera las pequeñas pinceladas que
la autora nos va dejando acerca del pasado y las motivaciones de cada una de
ellas me ayudaban a comprenderlas o empatizar con ellas. En algunos pasajes,
sus actitudes llegaron a resultarme intolerables, me asqueaban.
Entiendo, leída la novela en su totalidad, cuál es la intención de
la autora con ello. Pero es innegable que es un arranque difícil para cualquier
lector: cinco (o diez) personajes, todos
igualmente detestables.
Me costó, como digo, esta primera parte. La autora se sumerge en
esa otra galaxia y yo me encontraba, casi, vagando por ese espacio sin ser
capaz de entender nada. Cuando surge el "juego" que marcará el giro
de la historia, estuve a punto de abandonar. Tengo que reconocerlo. Asistí
entre escandalizada e incrédula a la propuesta de Olga, y me pregunté si de
verdad quería seguir leyendo. No me creía a los personajes, ni sus actitudes,
ni mucho menos la propuesta que supondrá el giro a la historia.
Por suerte, lo hice. Porque es en esa segunda parte en la que
reside el alma de la historia. Un descenso al más mundano de los infiernos, la
devastadora realidad dibujada con buen trazo por las manos de Pilar
Muñoz.
Amparada la narración bajo un acertado y sutil marco histórico, la
protagonista emprende una vida nueva que la llevará a reordenar el mundo, su
mundo, en el que ahora ya no es ella el personaje principal. Habrá de
establecer una nueva escala de prioridades, una nueva forma de caminar hacia
adelante, descubrirá un concepto nuevo de la amistad y el amor.
Una evolución tremendamente elaborada, creíble y progresiva. Un
viraje lento pero firme hace una nueva forma de entender las cosas.
Sólo lastra esta parte, quizá, el mismo “pero” que encontraba al
principio: cierta tendencia al estereotipo, a una generalización que no ha
terminado de cuajar en mi. Todas las mujeres que acompañan a nuestra
protagonista en esta segunda parte son amables, valientes, luchadoras… y
pobres. Como si una cosa fuese necesaria para lo otro. Tal como ocurre en el
arranque de la novela, el status social para ser condicionante de la
personalidad. Y uno no consigue sacudirse ese cierto maniqueísmo a pesar de que
la autora intenta suavizarlo en ocasiones, aportando pequeñas motivaciones,
conversaciones y recuerdos.
En el conjunto final, se echa también en falta ese pulido final
del que suele carecer lo auto publicado, ése trabajo del editor que da lustre,
corrige, retoca, recorta. Es un aporte que, creo, beneficiaría a la novela,
reconstruyendo alguna extrañeza gramatical y quizá eliminando algunas líneas
que hicieran desaparecer la sensación ocasional de que la historia se estanca,
como ocurre por ejemplo durante la narración del 11M, en la que el marco
histórico toma, a mi parecer, demasiado protagonismo y se extiende durante
demasiadas páginas.
“Los colores de una vida gris” es una novela arriesgada, a la que
se le intuye un profundo trabajo y mucha constancia; pero también es una novela
complicada, capaz de provocar sensaciones encontradas. No es una historia
fácil, ni por su temática, ni por su extensión, pero estoy segura que, si
decidís entrar en ella, disfrutaréis del viaje.
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