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lunes, 16 de junio de 2014

"La noche soñada", por Màxim Huerta

Hay ocasiones en que uno se encuentra, de repente, con que una novela se te pega a la piel. Como una lapa. Y se queda ahí. Pasan los días y persiste su esencia, su presencia. “La noche soñada” es una historia poblada de aromas, instantes, sabores que, como el azúcar glas con el que tía Visi espolvorea los dulces, forman una capa que se adhiere a ti, lector, por dentro. Es una novela para releer, para saborear, para pararse a respirar. Es una historia sobre el amor más puro y universal. Es una novela tan bonita, tan triste, sobre lugares tan comunes, que será asequible para cualquiera. Porque habla de cosas que todos entendemos, que hemos sentido. Porque se vale de un lenguaje universal. Aquí, o en cualquier lugar, todo el mundo sabe, entiende, reconoce lo que vale y significa el abrazo de una madre.

Con una prosa volcada en lo sentimental y un lenguaje cercano, sencillo pero con vocación poética, Máxim Huerta se mete de lleno en un universo femenino, poblado de mujeres que revolotean alrededor de Justo, el niño que hará de su nombre su cometido en la vida. El día que Ava Gadner, estrella ya venida a menos, visita la población de Calabella para inagurar el cine de verano, Justo decide que es el momento de cambiar el rumbo de su vida y la de su familia. Que ha de ser él, y nadie más, quien se haga cargo. Treinta años después, desde Roma, el niño ya hecho hombre recordará aquel día, dispuesto a soltar el peso que ha lastrado, desde entonces, su existencia.

No os voy a contar más, todos sabéis donde encontrar una sinopsis si estáis interesados en ella. Realmente la trama no importa tanto como las sensaciones. Hacía mucho tiempo que no encontraba tantas entre las tapas de un libro. Tanta nostalgia, tanta esperanza, tanta pena. El recuerdo constante de que esta vida es una enfermedad irreversible, que el tiempo pasa, pasa, pasa constantemente para todos. La esperanza de que aún puedes ser la mejor madre, o el mejor hijo, o la mejor hermana. La pena que te produce echar de menos tantas cosas.

Tampoco sabría decir si ha calado tanto en mi porque es  realmente una obra escrita para ello, o porque mi momento personal así lo ha decidido, o porque se adentra en aspectos de la vida que a uno le tocan de cerca. No me hagáis mucho caso. Quizá la leáis y no sintáis, ni veáis, nada de eso. Ya sabéis como es esto de leer, de interpretar, de sentir con una historia. Tantas lecturas como lectores.

miércoles, 23 de abril de 2014

"La luz de Candela", por Mónica Carrillo.

"La vida es eso
El paso, el peso que pisa
La vida es el poso y mucho más
Todo lo que se puso
#microcuento"

Empecé a leer "La luz de Candela" con ciertas reservas. Siempre lo hago cuando el libro que tengo entre manos lo firma un rostro conocido, o cuando viene precedido de una intensa campaña de publicidad. Por regla general, lo primero causa siempre lo segundo.

Mónica Carrillo, a Dios gracias, no es Belén Esteban ni la Quintana. Mónica tiene un aura dulce, que inspira amabilidad a pesar de dedicarse a los informativos (el programa más terrible de la televisión a día de hoy).
Los que seguimos además su cuenta de Twitter, conocemos su buena mano con esos #microcuentos que de vez en cuando deja caer. Historias cortísimas, en 140 caracteres, plagadas de juegos de palabras, sensaciones e inspiración.
Adoro los #microcuentos de Mónica. Por eso tenía que leer su novela.

¿Y que me he encontrado? Pues sensaciones contrapuestas. Me ha gustado a ratos. Me ha cansado a ratos. A veces me ha emocionado. Pero sólo a veces. Probablemente pocas para un libro que nace con vocación de hacer, precisamente, eso. Emocionar.

"La luz de Candela" está narrada en su mayor parte por la propia protagonista, que se dirige directamente a Manuel, ése Manuel que le ha trastocado la vida y se la ha puesto patas arriba, el hombre del que se ha enamorado perdidamente y que no puede, o no sabe quererla de la misma forma. La novela es la historia de una desilusión, de cómo a veces nos empeñamos en algo que sabemos de antemano que está condenado al fracaso.

Hay ciertos pasajes realmente evocadores, hermosos en la forma y en el contenido. Aparecen sobre todo al principio de la novela. El fragmento en el que su amiga Berta retrata a Candela (en uno de los pocos capítulos narrados por otros personajes) es realmente emotivo, bonito, bien armado. Como un #microcuento larguito. Pero poco a poco, la historia se va diluyendo, como si la autora se hubiera ido cansando de ella o como si se tratase de una de aquellas redacciones del instituto, en las que había que llegar a un mínimo de palabras y nunca sabías qué más contar. Falta un argumento más consistente que dé cuerpo a las más de 300 páginas que lo componen. Así, terminas con la sensación de que lo mismo, contando en mucho menos espacio, habría resultado más intenso.

Se esconden también en la novela multitud de referencias al cine, la música y la literatura, con capítulos dedicados casi íntegramente a ellos, escritos con versos de canciones o frases míticas de películas que todos conoceréis. Y vuelve a ocurrir lo mismo. Quizá en un exceso de vocación poética, la prosa de Mónica termina visitando lugares comunes y frases ya muy trilladas a las que les falta alma y personalidad.

Encontraremos también, de forma ocasional, capítulos totalmente dialogados que pretenden ser ágiles, divertidos y cercanos, pero que solo lo consiguen a veces, cayendo (otra vez) en tópicos típicos del género "conversaciones entre amigas treintañeras". O eso, o yo soy el bicho raro que no suele conversar con sus amigas acerca de las vidas y milagros del famoseo. Que también podría ser. ;)

domingo, 6 de abril de 2014

"El tango de la guardia vieja", por Pérez Reverte

"Tal vez fuese amor aquel desgarro intolerable, el vacío ante la inminencia de la partida, la tristeza desoladora que casi desplazaba al instinto de ponerse a salvo y sobrevivir"

Sinopsis + Autor


Descubrí a Pérez Reverte hará cosa de quince años, en mi época universitaria, cuando tuve la fortuna de asistir en su tierra a un congreso sobre su obra narrativa y periodística. Hasta entonces, había leído un par de novelas suyas y conocía su faceta como reportero, pero nada más. Fue durante aquellos días cuando surgió mi curiosa relación literaria con el autor.

Siempre es un privilegio para el que disfruta leyendo poder escuchar al escritor, en vivo, hablar de su creación. Y Pérez Reverte, cuando lo hace, destila pasión por su oficio y su obra. No es cuestión de si estás o no de acuerdo con él (su faceta como opinador es la que me provoca siempre más sentimientos encontrados). Es cuestión de que es un tipo que cree en lo que dice, que habla de sus personajes como seres reales, de carne y hueso. Y más allá de eso, de lo que él sienta o crea, está su capacidad para transmitir esa pasión.
Desde entonces, he leído casi todo lo que ha escrito Don Arturo, con más o menos agrado. Nunca fui muy de las novelas de Alatriste, pero sí me encantaron títulos como "La carta esférica", "La piel de tambor" o "Cachito", ese cuento que releo con nostalgia cada cierto tiempo.

En "El tango de la guardia vieja" hay un reencuentro sentimental con el autor. Y es que en sus últimas novelas no encontraba yo lo que me había gustado tanto de las primeras, esa pasión evocadora, palpable en las letras, sus personajes tan ciertos y tan humanos.
Este tango es, como todos, una historia de amor sucia y arrabalera, surgida a bordo de un transatlántico de lujo entre música y humo de cigarro, dividida en tres actos. Y es también la mejor novela de Reverte en los últimos años.

Buenos Aires, Niza y Sorrento son los acompañantes, más allá de meros escenarios, del devenir de Max Costa y Mecha Izunza. Él, héroe de segunda, bailarín a bordo que seduce mujeres para robarles algo más que el alma. Ella, esposa del compositor Armando de Troeye e incapaz de vivir a la sombra de éste, en continua búsqueda ansiosa de vivir. Incapaces de renunciar a lo que son en esencia, Max y Mecha habrán de luchar, a lo largo de las años, para mantener su esencia y seguir por el camino que ambos han elegido, al margen del otro, sin dejarse doblegar por una pasión que les sacude los cimientos.

Escrita con una prosa densa, que a ratos toma tanto protagonismo como lo que cuenta, no es una novela que vaya a gustar a todos los que se acerquen a ella. No hay un ancla de enganche ni hay una necesidad de seguir leyendo para averiguar. Las páginas pasan por el placer de hacerlo, por el gusto de recorrer las vidas de los protagonistas. No es un thriller, no es un drama, no es ni mucho menos una novela romántica tal como nos han hecho entenderla hoy. Es una historia de amor mucho más compleja, más sucia, más cierta, más intensa.

En "El tango de la guardia vieja", Pérez Reverte hace todo aquello que por lo general se le da bien: trabajo de documentación, creación de ambientes y personajes, historias de amor abocadas a la desgracia y, de cuando en cuando, un par de guantazos a mano abierta a su España "querida", país de beatos y mezquinos. Y además, se adentra en terrenos que antes si acaso había tocado de pasada: el sexo y la vejez. El primero narrado de forma envidiable, seca, cruel pero elegante en las formas; nada que ver con el pseudo porno mal escrito que últimamente triunfa por ahí; la segunda como un monstruo que nos va menguando, marcando la piel y amenazando con la llegada de un día en el que serás incapaz de llevar a cabo lo que antes era casi rutina.

Con todo esto, lo que no me entra en la cabeza es por qué Alfaguara, una editorial con tantísimos años a las espaldas, publica este libro con ésa cubierta.Una portada que no puede estar más lejos de la pasión brutal que contiene dentro. Nada que ver con los coloristas años 20, ni con la luminosa ciudad de Sorrento, ni con esa arrebatadora Mecha Izunza. No sé si el que la diseñó leyó el libro o solamente se lo contaron. Imagino que lo segundo, porque la señora retratada, si es que pretende ser la protagonista, se parece a ella como un huevo a una castaña. Ni rastro de esa mujer sensual, dulce, vestido de flecos, guantes largos, envuelta en humo. Una portada gris y deslustrada, poco atractiva y desligada completamente del tono de la historia. No hay más que echar un ojo a las ediciones extranjeras, que tampoco es que sean una joyita estética, para darse cuenta de que parecen contar cosas distintas. Llamadme superficial, pero el objetivo de una portada está ahí, tiene que resultar atractiva y si es posible, que igual es rizar el rizo, tener algo que ver con las letras que hay dentro.



No tengo por costumbre recomendar libros a nadie. Un libro tiene tantas lecturas distintas como personas se acerquen a él. Incluso depende del tiempo, del momento. Nunca habría disfrutado este tango de haber caído en mis manos hace diez años. Como dice Pérez Reverte, igual me faltaban canas para afrontarlo. "El tango de la guardia vieja" es para lectores con callo, para apasionados de historias de amor faltas de amor, para los que sueñan con trasatlánticos y años veinte, y para los que ya peinan alguna canita pero les gusta cómo les queda. Es un libro para disfrutar leyendo, sin más.