jueves, 6 de agosto de 2015

"La trampa", por Melanie Raabe.

Ocurre a veces que los astros caprichosos se  alinean de tal forma que ocurre un hecho extraño, si no excepcional, cuando menos insólito o poco corriente. También ocurre con los libros, no con ellos como seres de páginas y pastas duras y blandas, sino en nuestra relación con ellos. Y encontramos algo que se sale de lo acostumbrado. Quizá no mejor, ni peor, sólo distinto. “La trampa” de Melanie Raabe es una extraña y acertada confabulación de los elementos para traernos un thriller que cumple las normas de uso del género pero que viene aderezado con ése algo más del que casi siempre carece.

Quizá mucha culpa la tenga la saturación del género negro. Hoy en día las líneas se difuminan y el thriller psicológico, el más puro, se mezcla con novela negra, distopías, thrillers venidos de otras vertientes, unas apocalípticas, otras políticas, otras más clásicas. Y quizá por culpa de esta súper población, nos hemos empeñado en adjetivar al thriller siempre del mismo modo. Ni uno se sacude el sambenito de la adicción y las prisas. Trepidante, vertiginoso, adictivo. Qué mareo.

En “La trampa”, la escritora Linda Conrads se erige como un completo misterio para prensa y lectores. Vive recluida en una casa aislada, no concede entrevistas, no asiste a fiestas o actos literarios. Se ha dicho de casi todo sobre ella, pero nadie adivina que Linda vive sumida en un terrible shock post traumático causado por el asesinato de su hermana once años atrás. Y un buen día, su vida se pone patas arriba cuando reconoce en televisión al asesino de Anna, el famoso periodista y corresponsal televisivo Victor Lenzen.

Como veis, nada que se salga de lo convencional en cuanto a argumento.  O quizá sí, porque la narración que Melanie Raabe hace en algunos pasajes del estado emocional de Linda me ha resultado, cuanto menos, interesante. Es difícil, sumamente difícil, entrar en la mente de alguien paralizado por el miedo y por la conciencia de ésa misma parálisis. Un bucle infinito, complejo, del que es imposible salir. Ni cuando se duerme.

Mis sueños siempre comenzaban alegres y luminosos, pero tarde o temprano, al principio de forma imperceptible, muy paulatina, se teñían como un papel secante sumergido en tinta negra. En la selva les hojas caían y los animales enmudecían. El cristal multicolor de pronto era afilado y cortaba los dedos, el cielo se cernía en tonos burdeos.

También aparece el juego literario de la novela dentro de la novela. Y así, la narración de Linda en primera persona se intercala con los pasajes de su nueva publicación, en la que narra, a través de Sophie, su alter ego literario, lo ocurrido años atrás con su hermana y la posterior investigación que la policía llevó a cabo. Cierto es que en algún momento, los fragmentos de la novela rompen con el ritmo de la línea principal, en una especie de brutal coitus interruptus, de ésos que te dejan con ganas de gritar palabras muy muy feas. Pero Raabe juega bien sus cartas y logra una buena dinámica entre ambas partes, que se complementan con acierto.

Es una pena que con tanto a su favor, la autora caiga en alguna ocasión en el juego sucio, en la trampa facilona que provoca el golpe de efecto necesario para cerrar el capítulo. Reconozco que es un recurso que cuando me resulta demasiado evidente, no me hace demasiada gracia. Sobre todo porque quizá la novela no lo necesitaba, y ocurre unas cuantas veces. Pero volvemos al principio, a las exigencias del género.

A pesar de ello es una lectura intensa y ligera a un tiempo, de las que absorben y paralizan el reloj, de las que te piden leer un poquito más. Sustentada en dos perfiles interesantes y con cuerpo, "La trampa" es una buena lectura para evadirse y jugar a ponerse del lado de uno u otro personaje. Tú, ¿con quién irás?


miércoles, 29 de julio de 2015

"Mr. Mercedes", por Stephen King.

Dicen que “Mr. Mercedes” es una novela que no parece escrita por Stephen King. Quizá el cambio de género haya influido en ésa percepción, con la que no puedo estar menos de acuerdo. “Mr. Mercedes” cumple punto por punto con las características del universo King, desde la forma en que está escrita hasta el punto y final, pasando por el desarrollo de los personajes y ésa especial capacidad para convertir en espeluznante lo cotidiano. Y por si acaso a alguien le quedaban dudas, King nos va dejando pequeñas migas de sus personajes y obras más emblemáticas, de los que fácilmente reconoceréis, aún sin ser devotos de su obra, al payaso Pennywise y a Christine.

Lo mejor de “Mr. Mercedes” son sin duda sus personajes. Y eso que no, no hay nada nuevo bajo el sol. El inspector retirado Hodges es un tipo aburrido, obeso, apático, cansado. Su némesis, Bradley, es un pequeño Norman Bates que contiene tanto del clásico de Alfred Hitchcock como del personaje de la serie de la A&E interpretado por un fabuloso Freddie Highmore. Hasta la madre de Bradley podría ser ésa seductora Vera Farmiga de “Bates Motel”. Así pues, tenemos un enfrentamiento tan clásico como efectivo: el inspector retirado contra el asesino fugado. Quizá lo más novedoso sea la presencia del enemigo exhibida desde el principio. Aquí no hay que encontrar al malo, no hay que seguir pistas. Bradley, ése ser siniestro, inteligente, despliega su brutal complejo de Edipo y su absoluta carencia de escrúpulos desde las primeras páginas. Y lo peor, se nos muestra como un ser anodino. Lo más inquietante de Bradley es que podría ser cualquiera, desde el tipo que le vende los helados a tus hijos al chaval de rojo que repone discos en Media Markt.
Y junto a estos dos pilares desfilan unos secundarios pletóricos y radiantes, llenos de encanto, peculiares, salpicados de un humor necesario y oscuro. Jerome, ése encantador negro zumbón, y Holly, ésa pequeña y adorable psicótica.

El estilo de King, os lo prometo, que ya llevamos él y yo unas cuantas páginas compartidas, es el de siempre. De ése que hace que las letras se te escurran entre los dedos, en el que todo fluye y te atrapa, en el que lo cotidiano se torna primero inquietante y después atroz. Los que la habéis leído (¡gracias chicos, fue genial!) seguro que recordáis ése episodio de la infancia de Bradley que tiene que ver con un camión y una puerta de sótano, ¿verdad? A eso me refiero. A cómo King agarra los sentimientos más puros, más comunes, más sencillos y los retuerce en un giro imposible, convirtiéndolos en un acto de horror.

El ritmo de la novela me ha recordado mucho a uno de los primeros clásicos que leí de la vasta obra de King, la fabulosa “Ojos de fuego”. Un ritmo que sin llegar a ser trepidante, sin ser de ésos que te deja sin aliento, consigue enredarte y hacerte querer leer más, más, más. Un poquito más. Y ya una vez dentro del enredo, temes. No se te vaya a morir ése personaje que te encanta. Y sonríes, aunque la cosa no tenga gracia. Y aprietas los gemelos, para que Hodges y Jerome y todos ellos corran más aprisa. Ya está dentro. De eso se trata a veces esto de la lectura. De la más grata y amable evasión.

martes, 21 de julio de 2015

"Diario de Gordon", por Marcos Chicot.

Querido diario:

Por fin he conocido al dichoso Gordon. Me habían hablado tanto de él que no veía el momento de encontrármelo y poder opinar, al fin, de su persona. Y qué persona… No. Pongamos todas las letras. Qué personaje.

Sabes bien, querido diario, que no soy muy dada a la algarabía y la carcajada literaria. Que con una cerveza en la mano y el ambiente adecuado, puedo reírme hasta de mi sombra. Pero por escrito, lo sabes, el que me quiera sacar la risa se tiene que trabajar la suela. Así que ya te imaginarás, con semejantes antecedentes, que no, no me he reído demasiado con Gordon. No me gustan los misóginos, no me hacen gracia las vomitonas y los pedos de ascensor. Llámame rara.

Había leído ya antes a Marcos Chicot, y alabo su prosa y su valentía para, a estas alturas, sacar del cajón a Gordon. Porque muchos de los que han leído sus thrillers históricos con gusto podrían frenar en seco al toparse con semejante sucesión de situaciones inverosímiles, incluso dentro de su contexto,  y a mi parecer, siempre a mi parecer, carentes de gracia. Entiéndeme, querido diario, cuando digo esto. Y no olvides nunca que igual es cosa mía, que seguro que hay un público para el humor de Gordon. Pero es que yo, la sal gorda, sólo con la lubina al horno.

No todo lo que te voy a contar es malo, lo prometo. Quiero redimirme y ser una persona mejor, contar cosas bonitas de todo lo que leo, intentar encontrar el lado bueno de las cosas. Aunque me cueste. Así que te confesaré que “Diario de Gordon” está bien escrito, que se nota que Chicot tiene oficio, que le gusta jugar con la palabra. Y también se nota que se lo pasó bien escribiendo esta historia, y le agradezco la franqueza al hacerlo. Que el ejercicio al que nos invita, el hecho de mirar el mundo a través de los ojos de alguien como Gordon, es interesante.

Pero exceptuando lo dicho, me reitero, no me ha gustado. He terminado sobrepasada por el abuso de la mortadela y la mantequilla de cacahuete, casi mareada ante tantas exageraciones y momentos imposibles, peleada con un humor que no está hecho para mí.

martes, 30 de junio de 2015

"Extraños en el tren nocturno", por Emily Barr.

Si “Extraños en el tren nocturno” fuese una película en vez de un libro, es muy probable que Alfred Hitchcock hubiese estado encantado de dirigir su primera parte, David Fincher habría hecho virguerías con la segunda y la tercera habría quedado para un director majo de acción rollo Pierre Morel. La novela de Emily Barr parte de una interesante premisa y una excelente ambientación que no logra mantenerse hasta el final. Pero es que era difícil.

Lara Finch es una mujer aburrida, en una ciudad aburrida, casada con un hombre que la aburre soberanamente. Lara se asfixia, y así lo cuenta, en primera persona. Lara es una gran narradora, y por eso uno rápidamente se mete en su pellejo. Un trabajo en Londres se erige como su única opción para tomar aire, una salida para pasar cinco días fuera de casa y volver cada viernes a Cornualles en el tren nocturno. En ese tren conocerá a Guy, un tipo terriblemente encantador. No os cuento más. Esta es una de ésas historias en las que cuanto menos se sepa, mejor.

Como os decía, “Extraños en el tren nocturno” tiene un arranque brutal. La narración de Lara tiene fuerza, es una heroína inmoral, hastiada, a la que tú, lector, quieres ayudar a escapar. Ése tren nocturno resulta un escenario sugerente y propicio para la seducción y el misterio. Un tren de pequeños vagones que pasa la noche traqueteando mientras sus habitantes beben gintonics en el bar y se rozan inevitablemente al cruzarse por los estrechos pasillos. Sobre los personajes, y sobre el lector, flota la sensación de que algo va a ocurrir. Y también de que algo ocurrió que, de algún modo, nos ha traído hasta aquí. Y hasta aquí habría filmado Hitchcock.

En la segunda parte, Iris toma el relevo de Lara y la narración pierde un poquito de fuelle. Y aún así, la intriga se mantiene aún cuando cambiamos el tren nocturno por un Londres gris y bullicioso. Sigue existiendo el misterio, la tensión, la expectación. Y poco a poco, la narración va ganando en ritmo y en esta ocasión eso no es bueno. Porque la intriga va derivando en una novela de la acción más básica, con un malo tremendamente malo, intentos de huída in extremis y algún mamporro que podría haber firmado Liam Neeson. La historia sigue siendo entretenida pero ahora nos falta el encanto inicial.

No os defraudará la novela de Emily Barr si os la lleváis en la maleta para leer entre chapuzón y granizado, o para amenizar alguna noche de hotel o un viaje en avión. No será una lectura que marque vuestro verano, pero sí tiene el suficiente empaque y, a la vez, es lo bastante ligera, como para resultar grata y entretenida.

miércoles, 24 de junio de 2015

"Amor prohibido", por Coia Valls.

Empecé este año con un montón de retos en mente, siempre lo hago. Me gusta que el tiempo me marque pautas, inicios, finales, me ayuda a poner orden. Luego la inconstancia me traiciona, pero siempre doy pasitos pequeños. De momento no me ha ido mal. Una de mis propuestas era diversificar, ampliar horizontes y salir un poco, de vez en cuando, de mi área de confort. Un espacio en el que me instalo cuando me encuentro apática o agobiada y que hace que mis lecturas se reduzcan a un par de novelas negras ligeritas y mal leídas. Así pues, con el objetivo de obligarme a hacer alguna expedición literaria, me apunté a un montón de retos e iniciativas, a leer cosas que de otro modo no leería. Gracias al mes de la novela histórica, y a la recomendación de Francisco, ése lector indiscreto que es casi un máster del universo en la materia, llegué a la novela que hoy os traigo. Él me puso frente al nombre de Coia Valls y, casualmente, unos días después, fui a toparme en la librería del barrio con un libro suyo. Y se vino a casa.

“Amor prohibido” os puede llevar a engaño, como hizo conmigo. El título y la sinopsis parecen ponernos en el camino de la más clásica novela romántica, un sacerdote y una señorita de bien, allá en la Barcelona medieval, sufriendo de mal de amores. Cuando empecé a leer no las tenía todas conmigo, lo reconozco. Pero es fácil, muy fácil, dejarse envolver por la delicada y hermosa prosa de Coia Valls. Su narración resulta tan agradable, tan sencilla, que te atrapa. Por sus páginas empiezan a desfilar una serie de personajes abrumados por el amor y la culpa, moviéndose en el escenario de una Cataluña medieval y casi apocalíptica, asolada por el hambre, las epidemias y los terremotos.

Es precisamente la narración del terremoto que asoló en Valle del Camprodon en 1428 el que marca un punto de inflexión en la novela, cambiando de lugar la piedra angular que la sostiene. Así, la relación entre Agnès y Marc pasa a un segundo plano y gana protagonismo otro amor vetado, el de una mujer por el oficio de la medicina en pleno siglo XV. Y aquí es cuando me quedé prendada de esta historia. La estancia de Agnès en Manresa y su formación como doctora de la mano de las figuras de Floreta Sanoga y Margarida Tornerons aportan a la novela otra línea argumental más interesante, para mí, que la anterior. La historia de amor inicial permanece tras esta, malviviendo al paso de los años, escondida bajo la sombra de una ermita en la que San Valentín protege y bendice a los enamorados.

También se atreve a poner Coia Valls entre sus letras temas como la lucha de clases, la todopoderosa presencia de la iglesia o el celibato en el sacerdocio. Y lo hace situando su historia en un hermosísimo escenario, muy bien dibujado, que nos llevará por la Cataluña de la época, una tierra de valles luminosos y monasterios, de asaltantes en los caminos, de hambre, supersticiones y oraciones.

Como veis, ha sido agradable mi primer encuentro con esta autora catalana. Reconozco que quizá me quedaría más con la forma de contarlo que con lo que nos cuenta, que igual no estamos ante una trama que me haya resultado particularmente atractiva en sus inicios, pero que va ganando en consistencia conforme avanza. Y sobre todo, me quedaría con sus personajes, los que existieron y los que no, y los particulares demonios y luchas de cada uno de ellos.

jueves, 18 de junio de 2015

"El hombre de la máscara de espejos", por Vicente Garrido y Nieves Abarca.

“Tesis” es la película con la que más miedo he pasado en mi vida. Para los que tengáis la fortuna de ser lo suficientemente jóvenes como para no haber oído hablar de ella, os contaré que se trata de la película con la que debutó un tal Alejandro Amenábar, que por entonces era un chaval que me imagino que ni soñaba con ganar un Oscar. “Tesis” nos descubrió a todos el concepto de las películas snuff, grabaciones en las que aparecen escenas de sexo, violencia y muerte que son reales. Quizá ahora que tenemos estómagos grandes y resistentes, que ya nos queda lejos el romanticismo de grabar con una mastodóntica cámara al hombro, “Tesis” os resulte menos dura, incluso un poquito naif. Pero en los noventa, acojonaba. Os lo prometo.

“El hombre de la máscara de espejos” retoma aquel concepto, no demasiado explotado en el cine y la literatura, y lo hace poniendo al frente a dos personajes llenos de carisma: la inspectora Valentina Negro y el criminólogo Javier Sanjuán, viejos conocidos de los que ya hemos leído con gusto las entregas anteriores de la saga escrita por Vicente Garrido y Nieves Abarca. Dos caracteres contrapuestos, ella mujer de carácter, brusca, honesta hasta la médula; él reflexivo, pausado. Su evolución, la de ellos mismos como personajes y la de la relación que mantienen es una de las grandes bazas de la novela. Una maduración que resulta creíble, sólida y serena, que se dibuja aquí mejor que nunca.

Esta tercera entrega, lo reconozco, me ha resultado menos algo menos intensa que las anteriores, especialmente que su predecesora “Martyrium”. Y he echado en falta algo de ésa intensidad. No es porque esta tercera entrega sea menos violenta o menos explícita, sino más bien me queda la sensación de que yo también le he fallado a la novela, a lo que ella me pedía a mí. Un thriller que ofrece un ritmo alto, que te obliga a seguir leyendo, te exige también a ti, como lector, dedicarle cierto tiempo, mantenerle el pulso. Y yo no he podido hacerlo al ritmo que ella me pedía. Así que se me ha antojado un poco larga, no tanto por las páginas que tiene si no por el tiempo que yo he necesitado para leerla.

Otro aspecto que he echado de menos, respecto a las entregas anteriores, es todo lo referido al mundo del arte. En este caso, nuestro criminal es un cinéfilo empedernido, con unos gustos de lo más peculiares. Pero en mi caso, prefería el clasicismo de El Artista que el expresionismo alemán, que me pilla un poquito lejos.

“El hombre de la máscara de espejos” es, a pesar de mis peros particulares, una continuación acorde, entretenida y coherente que disfrutaréis de igual modo si habéis leído las entregas anteriores o si no lo habéis hecho, ya que resulta algo más independiente que el resto y creo que puede leerse sin problemas como novela única. Nieves Abarca y Vicente Garrido vuelven a enseñarnos lo bien que se les da pensar a dúo y escribir a cuatro manos, ojalá algún día nos cuenten su secreto.

martes, 16 de junio de 2015

"Noche de almas", por Mikel Santiago.

La escasez de medios agudiza el ingenio. Así que como el presupuesto no me da para comprar todos los libros que quisiera leer, aplico una técnica que aprendí de una cadena de televisión privada y que siempre da muy buen resultado: ante un gran estreno, recurrir a versiones anteriores u otras obras del mismo autor pero más baratas. Fácil y efectivo. Así pues, como a todos os dio por leer la nueva novela de Mikel Santiago, “El mal camino”, y encima os pusisteis de acuerdo para hablar maravillas de ella, decidí darle una oportunidad a “Noche de almas”, un compendio de relatos del autor vasco que se puede descargar de forma gratuita para kindle.

Vaya acierto, qué grata sorpresa. Y no lo tenía del todo claro porque “La última noche en Tremore Beach”, a pesar de sus bondades, de su elegante atmósfera y prosa, no consiguió cautivarme por completo. Pero es que “Noche de almas” ya nos previene de lo bueno que vamos a encontrar en los escritos de Mikel Santiago y encima, remienda los defectos que yo encontré en su novela debut. En todos y cada uno de los relatos que componen esta “Noche de almas” encontraréis ambientaciones distintas, desde el desierto a la alta montaña, esbozadas con increíble sencillez pero dotadas de intensidad y consistencia. Santiago se perfila como un magnífico constructor de ambientes, no importa que el lugar sea una casa aislada en el desierto o una fiesta en el centro de una capital abarrotada. Lo importa es lo que se respira en cada uno de ésos lugares: la culpa, la soledad, el miedo a la pérdida. Disfrazados de relato de terror, escondidos bajo elementos clásicos del género, pero fácilmente identificables.

“Noche de almas” es el relato más extenso y el que da título a este volumen, una historia de terror de corte clásico con una pareja, Daniel y Pía, que se extravían en una ruta por el desierto de Petaril y que llegarán al límite de sus fuerzas a Villa Augusta, la mansión aislada en la que habitan la señora Elena Duarte y su criado Manuel. Una historia de fantasmas en la que confluyen el miedo a la soledad, el peso de los remordimientos  y el sentimiento de culpa.

Un sentimiento que protagoniza, de nuevo, “Escorpio” y “La sombra”, dos relatos hilados con menos precisión pero con empaque y efectividad suficientes. En ambos vuelven a aparecer la culpa y la pérdida vestidas de cuento de terror, de ruidos en la noche y sombras que se mueven en fotografías antiguas.

Cierran el volumen “Una entre un millón” y “La razón de Dios”, dos relatos menos clásicos, muy sólidos, en los que Santiago se las apaña para dotar de cuerpo a sus personajes con apenas unas líneas, en un interesante ejercicio de condensación y ambientación.

Sería un enorme acierto que alguien se animara a editar y corregir esta “Noche de almas”, ya que sí es fácil encontrar erratas, repeticiones y algún error ortográfico y sintáctico (que no es lo mismo encender una higuera que una hoguera, por ejemplo) que entorpecen una lectura  que vale realmente la pena, independientemente de si sois o no asiduos al género de terror.