jueves, 15 de marzo de 2018

"Una suerte pequeña", por Claudia Piñeiro.



Después de veinte años una mujer vuelve a la Argentina, de donde partió escapando de una desgracia. Pero la que regresa es otra: no luce igual, su voz es diferente. Ni siquiera lleva el mismo nombre. ¿La reconocerán quienes la conocieron entonces? ¿La reconocerá él?

Mary Lohan, Marilé Lauría o María Elena Pujol -la que es, la que fue, la que había sido alguna vez- vuelve al suburbio de Buenos Aires donde formó una familia y vivió hasta que decidió huir. Aún no termina de entender por qué aceptó regresar al pasado que se había propuesto olvidar para siempre. Pero a medida que lo comprenda, entre encuentros esperados y revelaciones inesperadas, entenderá también que a veces la vida no es ni destino ni casualidad: tal vez su regreso no sea otra cosa que una suerte pequeña.


Una suerte, no sé de qué tamaño, fue encontrarme este título en la biblioteca, abandonado por algún demente entre los ejemplares de una colorida colección de clásicos firmados por autores americanos. Más desubicado no podía estar el pobre. Así que lo recogí y, de inmediato, reconocí a una autora y una novela de las que había oído hablar maravillas. Por supuesto, se vino a casa y se coló entre las lecturas que tenía previstas. Quién soy yo para ignorar al destino.

La protagonista, Mary Lohan, ha de volver a Buenos Aires, la ciudad que abandonó veinte años atrás y en la que dejó a la persona más importante de su vida. Entonces era María. Era la misma mujer que ahora, pero en su versión anterior. Porque siempre, en todas las vidas, hay un instante, o varios. Un punto de inflexión que lo pone todo patas arriba, y que ya no te permite volver atrás y dejar todo como estaba. Mary Lohan, Marilé, María, una mujer que es tres mujeres a la vez dependiendo de su ubicación antes o después del incidente.

Claudia Piñeiro se vale de una narración intimista, con apenas diálogos, y da voz en primera persona a su protagonista

"La tercera persona aleja, protege en la distancia. La primera me lleva al borde del abismo, me invita a saltar. La tercera me permite esconderme, quedarme dos pasos más atrás, no mirar el vacío ni siquiera al contarlo."

y nos permite ahondar en su psicología, ofreciéndonos las tres caras de esa misma mujer, su necesidad de alejarse de la tragedia, en una reacción tan acertada, tan válida, tan fallida, como lo habría sido cualquier otra. La prosa de Piñeiro es una delicia, juguetea con el lenguaje con gusto y mucho oficio. Y nos mantiene atrapados sin necesidad de giros ni grandes sorpresas, aunque acierta al mantener ese misterio acerca del instante en el que la tragedia y María se encuentran por primera vez.

Y a partir de ahí, la resiliencia. La capacidad de la persona para seguir adelante a pesar de lo vivido. Pero ¿qué hay de los demás? ¿Qué pasa con los seres que orbitan alrededor de esa persona? ¿Hasta dónde alcanza la onda expansiva? En la historia de María, tendremos que volver atrás con ella para entender cómo su desgracia alcanzó a su entorno, lo que dejó tras de sí cuando se marchó.  

Como veis, estamos ante una novela honda, muy íntima, de lectura sencilla pero compleja en lo emocional, y que me ha descubierto a una autora a la que me encantará volver a leer.

martes, 20 de febrero de 2018

"Reino de fieras", por Gin Phillips.


Lincoln es un buen niño. Con cuatro años es curioso, inteligente y bien educado. Hace lo que su madre le dice y sigue las normas.
«Hoy las reglas son distintas. Y las reglas dicen que nos escondamos y no permitamos que el hombre del arma nos encuentre.»

Cuando un día feliz en el zoo se convierte en una pesadilla y Joan se ve atrapada con su hijo, deberá hacer acopio de todas sus fuerzas y encontrar el coraje para protegerlo a cualquier precio; incluso si eso significa cruzar la línea entre el bien y el mal, entre la humanidad y el instinto animal. Una línea que nadie imaginaría nunca traspasar.

Pero, a veces, las normas son diferentes.



"Reino de fieras" llegó al mundo en nuestro país a principios de este año, amparada bajo sonoras recomendaciones y al cobijo de una campaña publicitaria brutal. No hay más que echar un vistazo a la faja promocional para encontrar rotundas y entusiastas frases que lo colocan entre los mejores thrillers del año. En ella leeréis "inteligente", "irresistible", "adictiva", "nervios de acero", "rebosante de adrenalina". La mayor parte es mentira. De hecho, tras muchísimas frases de este tipo en distintos libros, empiezo a dudar de que existan realmente medios como The Observer o Publishers Weekly.

Partiendo de la base, pues, de que todo eso no es cierto, y de que por regla general, no suelo creérmelo, intenté afrontar su lectura borrando de mi mente todo lo leído al respecto. Las primeras reseñas fueron más entusiastas, y la segunda hornada, mucho más tibia. Cuando el libro llegó a mis manos, tenía ante todo curiosidad por ver qué sensaciones me dejaba a mí, porque tenía bastante claras las que había dejado en el resto del mundo.

El punto de partida a mí sí me impactó de alguna forma. En este mundo en el que estamos, ya nadie se sorprendería de que un par de locos entraran armados a cualquier sitio y empezasen a disparar a diestro y siniestro. Como Joan, yo también tengo un niño de cuatro años locuaz, imaginativo y que necesita mucho de mi mano izquierda. Así que la autora lo tenía fácil conmigo para zambullirme en su historia.

Las primeras cien páginas se leen solas. El problema llega cuando tras ese buen arranque, Gin Phillips parece no saber muy bien qué hacer con sus personajes. Como si hubiese tenido claro el principio y el final de su historia, pero no hubiese sabido qué hacer para llegar de A a B. La parte central es entretenida, pero carece de nervio, de adrenalina y de la angustia que yo debería haber sentido ante la situación. La autora tampoco ahonda en el aspecto psicológico de Joan o de los agresores, y aunque en un determinado momento parece que la trama va a virar hacia ese punto, luego se diluye y se queda en nada.

Así que al final, "Reino de fieras" resultó más drama que thriller, entretenida pero no absorbente ni adictiva. Una novela que posiblemente se venderá como rosquillas y que dejará a muchos lectores con la sensación de que se podrían haber sacado mucho más de ella.

jueves, 15 de febrero de 2018

"Un largo silencio", por Harlan Coben.



Hace diez años, dos niños de familias acaudaladas fueron raptados. Los secuestradores pidieron rescate, pero luego desaparecieron sin dejar rastro. Ahora, cuando ya se había perdido toda esperanza, sucede lo que parecía imposible: Win y Myron Bolitar creen haber localizado a uno de esos chicos, ahora adolescente. 

Después de un largo silencio, la vuelta a casa del joven debería ser un paso definitivo hacia el fin de la pesadilla. Pero no lo va a ser. ¿Dónde ha estado estos diez años y qué recuerda del día, hace media vida, en que lo cogieron? Y, todavía más importante: ¿qué puede contar a Myron y Win sobre el destino de su amigo perdido?



Hacía tiempo que los seguidores de la saga protagonizada por Myron Bolitar esperábamos que Harlan Coben nos sirviera una nueva entrega de sus aventuras. Y por fin, a finales del año pasado, llegó a las librerías "Un largo silencio", un título que no podría ser más elocuente y que pone fin a varios años de espera. Enseguida me hice con ella, con ilusión y con un poco de ése miedo que nos entra cuando retomamos autores y personajes por los que uno siente un cariño especial.

"Un largo silencio" comparte las bondades de todas sus predecesoras. Estamos ante novelas autoconclusivas, que pueden leerse sin ninguna dificultad de modo aleatorio e independiente, pero que contienen un montón de guiños para los fieles a Myron. Aquí nos encontramos de nuevo con una de ésas tramas imposibles, llenas de giros y sorpresas, de sólo un capítulo más y lo dejo. Buen ritmo, capítulos breves, esa narrativa nerviosa y ágil de Coben y, sobre todo, ése sentido del humor tan característico de Myron y su inseparable Win, hacen de "Un largo silencio" una novela para leer y disfrutar en dos sentadas.

¿Y no hay ningún "pero"? Pues sí, mal que me pese. Y es que esta vez, la historia de los dos niños desaparecidos me han parecido un poquito más floja de lo habitual, como una idea que por desgana, Coben no llegara a rematar. Como desabrida. Sosa. Y luego están los secundarios, con los que al autor se le va un poquito la mano y cruzan el umbral de lo excéntrico para caer en la caricatura.

Tampoco me ha entusiasmado la idea de ésa especie de crossover entre la saga de Myron y la saga juvenil protagonizada por su sobrino, Mickey Bolytar. Buen intento Harlan, pero no cuela.

Aún así, a pesar de todo, he disfrutado del reencuentro con unos personajes que llevan acompañándome muchísimos años (la primera novela de la saga se publicó en 1995, ahí es nada), y a los que tengo intención de seguir acompañando allá donde quieran ir. Siempre que Coben nos lo permita porque, confieso, el final me ha dejado un poquito preocupada al respecto...

miércoles, 7 de febrero de 2018

"Los buenos", por Hannah Kent.



Inspirada en un caso real de infanticidio, Los Buenos se sitúa en el año 1825 en un remoto valle de Irlanda. Allí viven tres mujeres a las que unirán una serie de acontecimientos extraños y trágicos. Nóra Leahy ha perdido a su hija y a su marido el mismo año: solo le queda su pequeño nieto Michael, que no sabe andar ni hablar, y al que tiene oculto para que los vecinos no crean que ha sido víctima de una maldición sobrenatural. Mary Clifford es la joven contratada para cuidarlo y Nance Roche es la vieja curandera que alivia con hierbas y consejos los males inexplicables. 

La vida de estas tres mujeres se complicará con la llegada al pueblo de un nuevo sacerdote empeñado en limpiar el valle de supersticiones.



"Para cuando cayó la noche, la choza estaba llena de vecinos que se habían enterado de que Martin había muerto en la encrucijada junto a la herrería, se había desplomado cuando el martillo golpeó el yunque igual que si lo hubiera matado el tañido del hierro."

Así da comienzo "Los Buenos", con la muerte de Martin Leahy y sus vecinos reuniéndose en torno al fuego de su hogar y al aguardiente, encendiendo pipas de arcilla y lanzando cenizas para ahuyentar a Los que pudieran entorpecer su tránsito al otro lado.

Ya desde las primeras líneas, se intuye una narración magnífica a manos de la australiana Hannah Kent, que inspirándose en el folclore mágico irlandés, consigue crear una ambientación absolutamente perfecta para su novela. Desde el lenguaje utilizado hasta las referencias a las creencias populares de la Irlanda rural del siglo XIX, Kent mima cada pasaje, creando una especie de sinestesia que le permite al lector sentir, escuchar, oler cada rincón. Y eso no se logra solamente con una labor tremenda de documentación, que la hay, sino a través un estilo pulcro, riquísimo en matices y muy sugestivo. Una auténtica delicia.

En medio de ese universo, entre lo fantástico y lo histórico, están tres mujeres que conducen el peso de la historia: Nóra Leahy, la viuda que también perdió a su hija y que carga con un nieto que ni habla ni se sostiene en pie; Mary Clifford, la joven encargada de ayudar a Nóra en el cuidado del niño; y la anciana Nance Roche, que conoce en profundidad los males que aquejan al mundo y la forma de aliviarlos. Todas habitan un microcosmos cuyo equilibrio se rompe tras la muerte de Martin, como si ese fuese el más nefasto de los presagios. Las vacas dejan de dar leche, las mujeres embarazadas caminan en sueños y las gentes hablan de maldiciones. Una ruptura que se personifica también en la llegada del padre Healy, cuyas convicciones religiosas chocan de frente con el modo de actuar de los lugareños.

La trama que se desarrolla en torno a todos ellos se inspira en un hecho real, y a poco avezado que sea el lector, pronto averiguará cuál será su desenlace. A pesar de ello, el interés se mantiene y el ritmo de la novela, aunque pausado, no decae en ningún momento. No es este una novela de giros imprevisibles ni grandes sorpresas, pero sí una lectura para degustar con calma. Muy recomendable.

miércoles, 31 de enero de 2018

"El deshielo", por Lize Spit.



En 1988 nacieron tres niños en la pequeña ciudad de Bovenmeer: Laurens, Pim y Eva. Durante la infancia, y debido a la difícil situación familiar que vivía, la niña se volcó en su amistad con sus compañeros. Al llegar a la adolescencia, y azuzados por una incipiente curiosidad sexual, los chicos iniciaron un escabroso juego que tendría graves consecuencias para ellos. Transcurridos trece años de ese último verano juntos en que todo se desbocó, Eva regresa a Bovenmeer dispuesta a ajustar cuentas con el pasado. 

Esta es una de ésas novelas difíciles de reseñar. Primero, porque desde que se publicó en Bélgica allá por 2015, ha entrado en una bola creciente de popularidad que ha hecho que la veamos hasta en la sopa. Segundo, porque viene avalada por varios premios y una buena dosis de controversia, dos ingredientes que nunca fallan a la hora de azuzar a cualquier lector que se precie. Y tercero, por la novela en sí misma, por su contenido y por la forma de contarlo. Cómo se las gasta Lize Spit, amigos.


Eva vuelve a su localidad natal, Bovenmeer, después de años de exilio, con la excusa de participar en un homenaje a Jan, fallecido cuando ambos eran apenas adolescentes. Pronto sentiremos el peso que arrastra Eva, focalizado en ese enorme bloque de hielo que transporta en el maletero del coche, y que la llevará a recorrer su infancia y adolescencia junto a los otros dos niños que nacieron el mismo año que ella: Laurens y Pim. 

La infancia y los primeros compases de la adolescencia de Eva no son precisamente un terreno fácil ni agradable de pisar. En el hogar familiar, Eva sólo halla refugio en la figura de su hermana pequeña, Tesje, aquejada de un mal que la obliga a repetir rituales absurdos de forma constante.

Estructurada en varios tiempos, con constantes saltos adelante y atrás en el tiempo, "El deshielo" es una novela tremendamente exigente, que requiere una buena dosis de paciencia para entrar en ese clima cerrado, opresivo, de la infancia de Eva en Bovenmeer. Splitz se vale de un entorno rural, de ésos dados a la maledicencia y la rumorología, de ésos en los que uno vale más por lo que calla que por lo que cuenta, y en él coloca a Eva, Laurens y Pim en pleno despertar sexual. Una transición especialmente compleja en esta historia, que en más de una ocasión va a dejar al lector sin aliento, más por la dureza de lo que cuenta que por el ritmo de la novela, que es más que pausado. No por ello decae el interés del lector, que se ve inmerso en una trama que va in crescendo hasta que, en las últimas cien páginas, te golpea con contundencia. Fueron varias las veces en las que tuve que cerrar el libro para tomar aire, yo que pensaba que tenía el estómago curtido para estos menesteres.

Supongo que si habéis leído hasta aquí, no queda nada claro si la novela me ha gustado o no. Personalmente, sí. Me ha gustado la narrativa, pausada y con carácter, de Lize Spit. Me ha gustado que, después de tantas novelas negras a las espaldas, haya conseguido doblegarme como lectora, especialmente en las últimas cien páginas, y me haya obligado a tomar aire. Me ha gustado, pero no lo hará a todo el mundo, ese final tan necesario. ¿La recomendaría? Sólo a lectores con cierto bagaje y buena capacidad para encajar los golpes. ;)

jueves, 25 de enero de 2018

"Respirar por la herida", por Víctor del Árbol.


Para Eduardo la vida no tiene sentido desde que perdió a su esposa y a su hija en un trágico accidente de coche. A partir de entonces, pasa los días inmerso en un estado depresivo, incapaz de cerrar la profunda herida que le atormenta. Abandonó la pintura y pasó de ser un artista respetado a convertirse en víctima del alcohol y la autocompasión.

Pero su vida da un nuevo giro cuando recibe un encargo insólito. Gloria Tagger, una famosa violinista, le pide que pinte el retrato de Arthur Fernández, un rico empresario responsable de la muerte de su hijo y de otra niña. Él, tanto como Gloria, necesita comprender qué se esconde tras su rostro; averiguar qué siente, qué piensa y si se arrepiente. A cada pincelada, y a medida que cobra forma la obra, más supura la herida de Eduardo. Ha iniciado un viaje del que tal vez no podrá regresar...


Nunca he salido viva de una novela de Víctor del Árbol. De hecho, ya procuro enfrentarme a ella con los arrestos que precisa semejante tarea, a sabiendas ya de la que me espera: un esfuerzo para entrar, para querer formar parte de una amalgama de personajes grisáceos, desmenuzados en su pasado y en su interior para ofrecérselos a un lector que ha de encargarse de ubicarlos. Ya se encarga el propio autor después de irles cambiando de sitio, de llevar al infierno a los buenos para que los despedace la vida y de mostrarnos al torturador vulnerable y con principios. Aquí ya sabemos que no hay categorías, que nadie está a salvo, ni siquiera parapetado tras las páginas. De aquí no sale nadie indemne.

"Respirar por la herida" es un tratado sobre el dolor y la pérdida, una visita guiada por la cara más fea de la vida, todo disfrazado de novela negra, camuflado bajo una trama complejísima, que se asemejaba en mi mente, cuando iba leyendo, a una construcción descomunal, llena de entresijos. La sostienen unos cimientos sólidos, sus personajes, al principio ladrillos sueltos que van conformando, poco a poco, un todo. A Eduardo, a Gloria, a Arthur, a todos los que orbitan a su alrededor, es imposible no sentirlos cerca, no sentir por ellos compasión. Pero también se les detesta un poco, por pusilánimes, o por cobardes, o por exceso de arrojo. Como sea, son ellos los que sostienen sobre sus hombros el peso de una trama llena de giros y vericuetos, de cambios de tiempo y escenario que nos van a situar en el pasado y el presente de todos ellos.

Y narrándolo todo, el estilo asfixiante de Víctor del Árbol, su prosa delicada y dolorosa, su vocabulario, sus metáforas, sus diálogos, su forma casi exclusiva de contar el dolor.  

El único pero que encontré, allá por los compases finales, fue la sensación de que alguna pieza necesitaba un esfuerzo extra para ser encajada, como si ya mi mente anduviese saturada de probabilidades, dolor y casualidad. También es cierto que estamos ante una novela extensa y que requiere un esfuerzo, sobre todo, emocional, para completarla, por lo que es inevitable la sensación final de hartazgo y tristeza.


martes, 23 de enero de 2018

"La parte escondida del iceberg", por Màxim Huerta.

«Te doy todo este libro para que aparezcas», dice el protagonista. Se ha escapado, mantiene una relación con el pasado, pero el pasado ya no está. La parte escondida del iceberg es la reconstrucción amorosa de un ser excepcional. Un escritor perdido en París; la ciudad le pesa, solo la necesita para encontrar los recuerdos, como migas de pan, de aquello que fue. Para eso debe atravesar un invierno de recuerdos. Se adentra en un territorio desconocido, devastado además por una tormenta emocional, una ruptura que arrasó su paisaje interior hasta hacerlo irreconocible. 

Un inventario de mentiras que le contaron y de las verdades que no quiso aceptar. Este es un libro sobre la vida, a medio camino entre el recuerdo y la superación del dolor; habla de las risas, de las amistades, de la noche, los días… y de ese lado vacío de la cama que se queda para siempre ocupado de recuerdos. Un libro que nos revelará muchas cosas de nosotros mismos.


Será difícil escribir esta reseña, me temo. Tan difícil como a mí me ha resultado la lectura de "La parte escondida del iceberg", una novela que he leído en varios tiempos, que tiene demasiadas cosas que no me han gustado, que directamente me estorbaban, pero que me ha provocado dolor en algunas partes del cuerpo que están tan hondas que no sabría ni nombrarlas. Esta es una de esas historias que a uno, como lector, le cuesta procesar y digerir. Que nunca recomendaríamos leer a alguien. Y aquí estoy, a ver qué os cuento.

"La parte escondida del iceberg" es, dice su autor, una especie de alivio de luto. No esperéis una novela, ni una biografía novelada como se podría intuir. Es más un exorcismo. Un sacarse de dentro el dolor dándose cabezazos contra una pared. Y por mucho que esa pared esté ubicada en el mismísimo alma de París, en la ciudad más bella del mundo, el golpe seguirá doliendo. Màxim Huerta juega a desnudar su pérdida, y enlaza ese dolor con el proceso creativo como herramienta para asumirla: "Aquel día comprendí nítidamente esa sensación, por bufonesca que parezca, que resume bien toda esta novela, mezcla de berrinche y de lápida."

El autor se revuelca en su dolor, en los errores y los recuerdos, en los "y si...". Recorre de nuevo París, ahora sin ninguna mano a la que aferrarse, y la ciudad parece ir cambiando de color bajo el prisma de su estado de ánimo. Montparnasse, el Marais, La Jolie Bohème, los cafés, las mujeres, los croissants... El empacho parisino fue, en mi caso, inevitable.

"En mi cerebro apareció París. No el París de las postales, apareció el París que visitamos juntos y que se quedó en la parte escondida del iceberg a falta de fotos. Esa novela que lleva atrapa en mi garganta dese hace tantos años y que surge a trozos en las que voy publicando. Ya no estoy en esas escenas, estoy en esta."

Y, sin embargo, me quedo a seguir leyendo. A pesar del exceso, a pesar del dolor, de las digresiones, de la vuelta al mismo lugar. Me quedo porque me gusta cómo escribe Màxim Huerta, y me quedo porque yo estuve en ese París, sin haber estado nunca. Me quedo porque más allá del berrinche y el dolor, escribe un autor que sabe plasmar las emociones de una forma que yo entiendo y siento. Y me quedo también por Anna Gavalda, Rosa Montero, Antonio Muñoz Molina.. por todos esos autores a los que alude el escritor, que han conformado su bagaje, que le han enseñado a crear, a escribir, a dibujar ésas emociones. Y me quedo por las referencias a sus novelas anteriores, a cada uno de los caminos que le llevaron a ellas.

"La novela es un territorio literario en el que reina la imprecisión y la fantasía y en el que, como n la foto de Doisneau, todo puede parecer verdad. Me imagino que esa ha sido una de las razones por las que me hice escritor, contar mentiras desde niño para cambiar la realidad."

Hay un pasaje, uno inesperado, que no acababa de casar con la historia que el autor me estaba contando, en el que retoma su infancia en Utiel, las mujeres de su vida, que ya protagonizaron "La noche soñada". Una escena que me conmovió hasta las lágrimas. Lo que no estaba consiguiendo el protagonista, con todo su desamor, con todo su París, lo consiguió el niño en el cementerio de Utiel.

Sé que mi reseña resulta caótica. Quizá porque así se me antojó esta lectura. O porque me cuesta poner en orden tantas sensaciones, porque no sería capaz de decir que me ha gustado, ni que no lo ha hecho, ni que la leas ni que dejes de hacerlo. Quién soy yo. No es una novela fácil, ni amable, ni ágil, ni divertida, ni bonita. No es ni de lejos lo mejor que ha escrito el autor. Quizá valga solo para los muy devotos, o justo lo contrario, para los que no lo son. Es, si tuviese que calificarlo de algún modo, un acto de contrición, un autor lamiéndose las heridas a solas con el que lee. Una invitación a una intimidad que intimida y abruma.

"Y todo eso que no cuento de ti constituye la parte sumergida de mi iceberg. La que soy incapaz de asumir ni de visitar."