Amparándose en la coartada del
terrorismo islámico, unos políticos teócratas se hacen con el poder y, como
primera medida, suprimen la libertad de prensa y los derechos de las mujeres.
En la República de Gilead, el cuerpo de Defred
sólo sirve para procrear, tal como imponen las férreas normas establecidas por
la dictadura puritana que domina el país. Si Defred se rebela —o si, aceptando
colaborar a regañadientes, no es capaz de concebir— le espera la muerte en
ejecución pública o el destierro a unas Colonias en las que sucumbirá a la
polución de los residuos tóxicos. Así, el régimen controla con mano de hierro
hasta los más ínfimos detalles de la vida de las mujeres: su alimentación, su indumentaria,
incluso su actividad sexual. Pero nadie, ni siquiera un gobierno despótico
parapetado tras el supuesto mandato de un dios todopoderoso, puede gobernar el
pensamiento de una persona. Y mucho menos su deseo.
Los peligros inherentes a mezclar religión
y política; el empeño de todo poder absoluto en someter a las mujeres como paso
conducente a sojuzgar a toda la población; la fuerza incontenible del deseo
como elemento transgresor: son tan sólo una muestra de los temas que aborda
este relato desgarrador, aderezado con el sutil sarcasmo que constituye la seña
de identidad de Margaret Atwood. Una escritora universal que, con el paso del
tiempo, no deja de asombrarnos con la lucidez de sus ideas y la potencia de su
prosa.
Nolite te
bastardes carborundorum
<<No
dejes que los cabrones te hagan polvo>>
Creo
que es justo decir, primero de todo, que mi visión de “El cuento de la criada”
viene condicionada por el hecho de haber leído la novela de Margaret Atwood
prácticamente al mismo tiempo que veía la adaptación televisiva creada por HBO.
No hace falta, ya lo sé, que os hable del poder de la pantalla. Pero es que en
mi caso, es imposible entender la novela sin tener en cuenta, por ejemplo, el
impresionante trabajo que hace Elisabeth Moss metiéndose en la piel de Defred,
y que a mí me ha servido para entenderla de otro modo, para sentir la novela de
Atwood con una intensidad que es difícil alcanzar solamente a través de su
lectura. Quizá también porque, en contra de lo que estamos acostumbrados, la
serie se atreve a explorar aspectos de los personajes que no llegan a tratarse
en el libro, pero lo hace, en todo momento, respetando el arco argumental
propuesto por la autora para ellos. Así que sobra decir que os recomiendo
ambas, novela y adaptación televisiva, y que inevitablemente aquí, en mis
impresiones, se entremezclarán una y otra.
“Me gustaría creer que esto no es más
que un cuento que estoy contando. Necesito creerlo. Debo creerlo. Los que
pueden creer que estas historias son sólo cuentos tienen mejores
posibilidades.”
Cuenta
Margaret Atwood en el prólogo de “El cuento de la criada” que cuando escribió
la novela, allá por 1984, tenía claro que no ocurriría nada en su mundo
distópico que no hubiese ocurrido ya antes en el mundo real. Cierto es, como
ella misma reconoce, que para alguien que nació en 1939 no es difícil imaginar
el derrumbe de un sistema político, de una nación, en aras de un supuesto bien
común. Así pues, no existe nada en Gilead que no exista en nuestro mundo. De
hecho, el mayor acierto de esta historia es ese: que hoy día, más de treinta
años después de su creación, la historia de Defred nos remite cada vez más al
mundo en que vivimos. Porque sigue habiendo mujeres sometidas, mutiladas,
violadas, violentadas de algún modo en distintos lugares del mundo. Porque la
condición sexual sigue siendo motivo de muerte en algunos países. Porque la
religión sigue controlando las vidas de muchos, aún en contra de su voluntad.
Porque como June, Luke y Hannah, miles de familias tratan de alcanzar fronteras
cargadas con sus hijos en los brazos, en busca de un lugar mejor.
“Hay más de una forma de ser libres,
decía Tía Lydia. Puedes gozar de algunas libertades, pero también puedes
liberarte de ciertas cosas. En los tiempos de la anarquía, se os concedían
ciertas libertades. Ahora se os concede vivir libres de según qué cosas. No lo
menospreciéis.”
Narrada
en primera persona por la propia Defred, que aún alcanza a recordar el tiempo
en que fue libre, cuando se llamaba June, antes del centro de adiestramiento, y
que ahora trabaja como criada en casa de los Waterford. Allí habita despojada
de toda identidad, el régimen decide qué ropa debe vestir, con quién debe
hablar y qué día del mes deberá ser violada, con fines únicamente reproductivos
y en presencia de la esposa, por el comandante y cabeza de familia.
Atwood
construye una sociedad que nada tiene que envidiar a la que Orwell creó en
“1984”, donde la mujer es sólo un recipiente que debe ser usado para la
procreación, sin derechos de ningún tipo, donde se les prohíbe incluso leer. La
atmósfera resulta opresiva, realmente aterradora en algunos pasajes, y cobra
vida en la versión televisiva gracias a una espectacular fotografía y, de
nuevo, a lo que hace Elisabeth Moss con Defred y que, me apuesto lo que sea, le
valdrá un Emmy el próximo mes de septiembre.
“No quiero sentir dolor, no quiero ser una
bailarina ni tener los pies en el aire y la cabeza convertida en un rectángulo
de tela blanca, sin rostro. No quiero ser una muñeca colgada del Muro, no
quiero ser un ángel sin alas. Quiero seguir viviendo, como sea. Cedo mi cuerpo
libremente para que lo usen los demás. Pueden hacer conmigo lo que les venga en
gana. Por primera vez siento el verdadero poder que ellos tienen.”
No
es “El cuento de la criada” una lectura amable, en ningún sentido. Se suma a lo
duro de su temática el desarrollo, deliberadamente lento, lo reflexivo en
ocasiones del monólogo de Defred y la prosa, cuidada y riquísima, a veces punzante e irónica, de Margaret
Atwood. Pero bien merece la pena abordarla sin prisas, degustar despacio la
progresión de Defred, porque al final, hay cosas que ningún gobierno, por
poderoso y despótico que sea, puede frenar. Y bajo la toca y el vestido rojo
que anula la identidad de Defred, resurge una June que batalla contra sí misma,
contra el miedo y el deseo, contra las ganas de pelear, que pugnan por hacerse oír en un
mundo en el que la única actitud aceptable es la resignación.
“El
miedo es un estimulante poderoso. Entonces llamaba a la puerta con suavidad,
como lo haría un pordiosero. Siempre temía que él se hubiera ido; o, peor aún,
que no me dejara entrar, que me dijese que no quería seguir quebrantando las
normas, que no quería estar con la soga al cuello por mi culpa. […] Que nunca
llegase a hacer nada de eso me parecía de una benevolencia y una fortuna
increíbles. Ya te he dicho que el asunto se ponía feo.”
Ya
veis que a pesar del tiempo transcurrido desde su publicación original, estamos
ante una novela cuyos argumentos siguen más vigentes que nunca, y quizá por eso
le ha tocado volver a la palestra. Pero independientemente de los motivos,
siempre es una suerte para el lector que se recuperen historias como esta, más
en este caso, en el que además contamos con una adaptación televisiva mimada
hasta el extremo, que ha contado incluso con el asesoramiento de la propia
Atwood. Leedla. Y vedla.