Me ha conmovido “Patria” de una forma poco común. Ha sido
una especie de catástrofe invisible, sin destrozos ni lágrimas ni nada que se
le parezca. Tan silenciosa y cotidiana que creo que es precisamente eso lo que
hace especial esta novela de Fernando Aramburu, que está consiguiendo que todo
el mundo la lea, la compre y hable de ella. Y con razón.
“Patria” es la historia de dos familias, que una vez fueron
una, y a las que distanció su distinta forma de entender el mundo. Así lo
cuenta Aramburu, así nos lo hace ver. Desde esa premisa tan simple, recorremos
las dos vertientes de una misma historia, la del pueblo vasco, la de oprimidos
y opresores, que a veces se identifican con la idea que tenemos de ellos, y
otras tantas no. Y lo cuenta no desde el panfleto, el grito, la reivindicación
o el odio, que sería lo fácil. Sino que narra desde la intimidad de la cocina
de Miren, desde el cuarto donde el Txato
duerme su última siesta, desde la cama de la celda de Jose Mari, por donde se
atisba un pedazo de cielo.
“Patria” es una novela larga e intensa, dos factores que
pueden repelerse o como aquí, amoldarse para conformar una novela con
mayúsculas, que discurre en vaivenes que nos llevan de delante atrás y vuelta
para adelante, de la casa de Bittori a la de Miren y de allí al pisito donde
Gorka huye del miedo y la represión, la celda en la que Jose Mari engorda su
odio por miedo a verlo morir, y de allí vuelta a la casa de Miren, al espejo
donde Arantxa se ve vieja y enferma y aún así, decidida a mirar hacia adelante.
No son demasiados los personajes que sostienen “Patria” pero sí son todos ellos
importantes porque en cada cual vive una forma de abordar el conflicto vasco
desde dentro de cada uno: huir, gritar, asumir, callar, luchar, morir.






