Dos vigilantes aislados en el sótano de un edifico de lujo.
Sin ver la luz del sol, durmiendo en turnos de cinco horas, inmersos en
monótonas rondas y constantes recuentos de provisiones. Con una pistola a la
cadera y una gorra calada, a juego con el resto del impoluto uniforme.
Apuntalada en esta sorprendente base, la novela de Peter Terrin es una lectura
tremendamente incómoda, intensa, compleja. Y es, además, una sofocante metáfora
del mundo en que vivimos: seres sociales sólo en apariencia, aislados emocionalmente,
inmersos en un sistema de clases sociales en el que cada cual acepta su rol sin
pestañear. “El vigilante” es, ante todo, un ensayo sobre la soledad.
Armada en capítulos brevísimos, algunos de apenas unas
líneas,
se intercalan instantes de la vida cotidiana en el aparcamiento con
cortas ensoñaciones u obsesiones, pequeños soplos de aire fresco que apenas
aciertan a colarse por la rendija de la puerta de este sótano impenetrable.
La prosa de Peter Terrin, en un extraño ejercicio literario,
se mimetiza con el texto. En los primeros compases, cuando la narración se
centra en la monotonía y el aislamiento cotidiano de Harry y Michel, los
vigilantes, su estilo se vuelve casi tedioso, sencillo, descuidado. Pero
conforme la trama avanza y la atmósfera se va enrareciendo, surgen recursos
nuevos que cogen desprevenido al lector. Así, llegamos a ciertos pasajes donde
se funden belleza y horror, tanto en lo ficticio como en lo literario.
También otorga el autor gran importancia al aspecto
sensorial: cualquier olor, cualquier sonido, por insignificante que parezca,
pondrá en guardia a los vigilantes. Dentro de su aislamiento, cualquier
estímulo resulta insoportable, una especie de bombardeo a los sentidos, que
conduce incluso a la paranoia y el desconcierto.


