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jueves, 15 de enero de 2015

"El vigilante", por Peter Terrin.

Dos vigilantes aislados en el sótano de un edifico de lujo. Sin ver la luz del sol, durmiendo en turnos de cinco horas, inmersos en monótonas rondas y constantes recuentos de provisiones. Con una pistola a la cadera y una gorra calada, a juego con el resto del impoluto uniforme. 

Apuntalada en esta sorprendente base, la novela de Peter Terrin es una lectura tremendamente incómoda, intensa, compleja. Y es, además, una sofocante metáfora del mundo en que vivimos: seres sociales sólo en apariencia, aislados emocionalmente, inmersos en un sistema de clases sociales en el que cada cual acepta su rol sin pestañear. “El vigilante” es, ante todo, un ensayo sobre la soledad.

Armada en capítulos brevísimos, algunos de apenas unas líneas, 
se intercalan instantes de la vida cotidiana en el aparcamiento con cortas ensoñaciones u obsesiones, pequeños soplos de aire fresco que apenas aciertan a colarse por la rendija de la puerta de este sótano impenetrable.

La prosa de Peter Terrin, en un extraño ejercicio literario, se mimetiza con el texto. En los primeros compases, cuando la narración se centra en la monotonía y el aislamiento cotidiano de Harry y Michel, los vigilantes, su estilo se vuelve casi tedioso, sencillo, descuidado. Pero conforme la trama avanza y la atmósfera se va enrareciendo, surgen recursos nuevos que cogen desprevenido al lector. Así, llegamos a ciertos pasajes donde se funden belleza y horror, tanto en lo ficticio como en lo literario.

También otorga el autor gran importancia al aspecto sensorial: cualquier olor, cualquier sonido, por insignificante que parezca, pondrá en guardia a los vigilantes. Dentro de su aislamiento, cualquier estímulo resulta insoportable, una especie de bombardeo a los sentidos, que conduce incluso a la paranoia y el desconcierto.

Entre la distopía y el thriller, quizá con un toque de ciencia ficción, “El vigilante” es una novela inclasificable, una interesante excepción entre lecturas más corrientes. Avalada por el Premio de Literatura de la Unión Europea y editada por la editorial Rayo Verde, esta novela de Peter Terrin os promete emociones distintas que muy probablemente no gustarán a todos, pero que merece la pena probar.

martes, 23 de septiembre de 2014

"El corredor del laberinto", por James Dashner

Ay. Algunos autores de novela juvenil no leyeron la letra pequeña del decálogo de “El buen autor de novela juvenil”. Y se pasaron por el arco del triunfo el apartado aquel de “Sus lectores son jóvenes, pero no son tontos”. Que alguien le traiga unas gafas a James Dashner, o se lo lea en voz alta o algo…

A estas alturas, imagino que todos habéis oído hablar de la novela y sabéis un poquito de qué va. Por su acaso, aquí tenéis la sinopsis y el tráiler de su adaptación cinematográfica, que se ha estrenado recientemente. No me negaréis que la premisa es buena. El laberinto es un clásico, y yo me moría por echarle un ojo a Thomas, al que  imaginaba como un Teseo moderno y repeinado, que habría de resolver complejos enigmas para tratar de liberarse.

Otra vez ay. Porque la cosa se queda en eso. En una buena idea, sin más. James Dashner falla estrepitosamente en dos aspectos fundamentales: el primero y principal, el desarrollo de sus personajes. Planos, insustanciales. No evolucionan, ni vienen ni van a ninguna parte. Todos son tópicos con patas: el líder simpático que ayuda al protagonista, el líder malhumorado, la chica… Y a todos les pasan cosas que se ven venir desde el principio. El autor no tiene recursos para entretener ni emocionar más allá de lo de siempre. De hecho, ocurre algo hacia al final que de puro simplón, ni me conmovió lo más mínimo, cuando lo normal habría sido llorar como una magdalena.

Tampoco funciona demasiado bien ése lenguaje inventado, que no va más allá de cuatro o cinco palabras, que James Dashner introduce en su historia, supongo que para dotarla de cierta originalidad. En lugar de ello, lo que consigue es que todos los personajes, independientemente de su situación, su edad o sus circunstancias, se expresen exactamente del mismo modo, lo que les resta personalidad y credibilidad. Cada vez que leía eso de cara fuco, me acordaba de Álex, el protagonista de “La naranja mecánica”. En la mítica novela de Anthony Burgess también aparece una jerga inventada, pero que en este caso, sí funcionaba (y entorpecía a partes iguales). La cuestión es que Thomas, tan pusilánime y tan lleno de preguntas, le habría durado poquito a mi querido Álex.

Divagaciones aparte, ocurre lo mismo con el desarrollo de la historia. Un tópico tras otro, la información se dosifica a través de los recursos más simples. Thomas va recordando oportunamente, callando cuando es necesario, hasta que llega un momento en que sientes que llevas leídas cientos de páginas y realmente, no ha pasado nada. Había leído en varias reseñas que “El corredor del laberinto” era una novela adictiva. Yo he tardado casi dos meses en leerla y he tenido mis serias dudas acerca de si iba o no a terminarla.

En resumidas cuentas, que me he aburrido bastante. Y teniendo en cuenta que lo único que esperaba de este título era un poco de entretenimiento, sin más, calificarlo de decepcionante se queda corto.