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martes, 5 de septiembre de 2017

"El dolor que nos une", por David Mark.

Hay personas que harían cualquier cosa por los demás. Como Philippa Longman, una abuela de 53 años con una familia que la adora, marido, tres hijos, nietos pequeños, que solo desea llegar a casa después de su trabajo en la tienda en una noche calurosa y asfixiante. Como Roisin McAvoy, una jovencísima madre de corazón de oro, una mujer leal a su marido que protege a sus amigos con uñas y dientes. Como el sargento Aector McAvoy, un hombre obsesionado con proteger a los demás, ya sea a su familia del resto del mundo o a los habitaciones de Hull, Inglaterra, de una epidemia de crímenes violentos.

Hay personas que harían cualquier cosa para vengarse. pero hay rencores que nunca mueren, que son más fuertes que la bondad, y pronto estos tres espíritus afables aprenderán la misma lección: a las buenas personas también les suceden cosas malas.




Esta es una de ésas veces en las que uno se lanza a la aventura sin referencias de ningún tipo, dejándose llevar por una corazonada. Quise saber qué había detrás de esa chica que hace equilibrismos, de espaldas a nosotros, sobre la vía del tren. Y averiguar también qué tenía de especial su historia para que la publique dentro de su catálogo de Policíaca una editorial como Siruela. Y el resultado fue una sorpresa muy, muy grata.

"No todo el mundo es asesinado por alguna razón extravagante, sargento. a veces es tan simple como que hay gente estúpida u horrible, o directamente mala."

A pesar de esa imagen inicial, es un hombre el alma de "El dolor que nos une". El sargento McAvoy, que antes de esta ya ha protagonizado dos novelas más (autoconclusivas), un tipo enorme, con un estricto sentido de la moral, absolutamente atípico en su comportamiento, que para nada casa con el antihéroe que le pega a todos los vicios y que vive atormentado por su pasado. Vale, quizá sí hay un poquito de esto último, pero no pesa demasiado en la trama, no es, digamos, determinante a la hora de construir la personalidad del personaje. Flanqueando al bondadoso gigantón, dos mujeres de armas tomar: Roisin, su esposa, y Trish Pharaoh, su compañera, de la que yo me he enamorado completamente por todo lo que esconde tras su fachada de cabrona de primer orden. Y alrededor de ellos, un entramado de secundarios que no se limitan a ser meros figurantes. También en ellos invierte David Mark un pequeño espacio, para construirles y establecer nexos comunes entre ellos, convirtiéndolos más en personajes y menos en meras excusas al servicio del asesino.

Como telón de fondo una ciudad, Hull, tomada por el negocio de la droga, en la que las bandas campan a sus anchas creando un microcosmos que se rige por la coacción, la extorsión y el chantaje. Y sobre ella, un cielo plomizo, gris. Un calor grisáceo que da lugar a una atmósfera crispada, que se palpa en el aire y en las maneras de los habitantes de la ciudad. Una ambientación sencilla pero muy trabajada, que está presente de forma constante y que consigue crear inquietud y malestar.

Estamos ante una novela muy cuidada, como veis, en todos los aspectos. David Mark se toma su tiempo para construir, revelar, ambientar, sin perder el pulso narrativo, manteniendo una intriga que carece de ése ritmo vertiginoso que a veces esperamos en un thriller, pero que no decae en ningún momento. Bien hilada, coherente, pero sin giros bruscos ni imprevistos en exceso. "El dolor que nos une" se puede leer cómodamente sin haber leído las dos entregas anteriores, aunque es probable que si os animáis con esta, acabéis como yo, con las dos anteriores ya a buen recaudo.