Hay personas que
harían cualquier cosa por los demás. Como Philippa Longman, una abuela de 53
años con una familia que la adora, marido, tres hijos, nietos pequeños, que
solo desea llegar a casa después de su trabajo en la tienda en una noche
calurosa y asfixiante. Como Roisin McAvoy, una jovencísima madre de corazón de
oro, una mujer leal a su marido que protege a sus amigos con uñas y dientes.
Como el sargento Aector McAvoy, un hombre obsesionado con proteger a los demás,
ya sea a su familia del resto del mundo o a los habitaciones de Hull,
Inglaterra, de una epidemia de crímenes violentos.
Hay personas que
harían cualquier cosa para vengarse. pero hay rencores que nunca mueren, que
son más fuertes que la bondad, y pronto estos tres espíritus afables aprenderán
la misma lección: a las buenas personas también les suceden cosas malas.
Esta es una de ésas veces en las que uno se lanza a la
aventura sin referencias de ningún tipo, dejándose llevar por una corazonada.
Quise saber qué había detrás de esa chica que hace equilibrismos, de espaldas a
nosotros, sobre la vía del tren. Y averiguar también qué tenía de especial su
historia para que la publique dentro de su catálogo de Policíaca una editorial
como Siruela. Y el resultado fue una sorpresa muy, muy grata.
"No todo el mundo es asesinado por alguna razón extravagante,
sargento. a veces es tan simple como que hay gente estúpida u horrible, o
directamente mala."
A pesar de esa imagen inicial, es un hombre el alma de
"El dolor que nos une". El sargento McAvoy, que antes de esta ya ha
protagonizado dos novelas más (autoconclusivas), un tipo enorme, con un
estricto sentido de la moral, absolutamente atípico en su comportamiento, que
para nada casa con el antihéroe que le pega a todos los vicios y que vive atormentado
por su pasado. Vale, quizá sí hay un poquito de esto último, pero no pesa
demasiado en la trama, no es, digamos, determinante a la hora de construir la
personalidad del personaje. Flanqueando al bondadoso gigantón, dos mujeres de
armas tomar: Roisin, su esposa, y Trish Pharaoh, su compañera, de la que yo me
he enamorado completamente por todo lo que esconde tras su fachada de cabrona
de primer orden. Y alrededor de ellos, un entramado de secundarios que no se
limitan a ser meros figurantes. También en ellos invierte David Mark un pequeño
espacio, para construirles y establecer nexos comunes entre ellos,
convirtiéndolos más en personajes y menos en meras excusas al servicio del
asesino.
Como telón de fondo
una ciudad, Hull, tomada por el negocio de la droga, en la que las bandas
campan a sus anchas creando un microcosmos que se rige por la coacción, la
extorsión y el chantaje. Y sobre ella, un cielo plomizo, gris. Un calor grisáceo
que da lugar a una atmósfera crispada, que se palpa en el aire y en las maneras
de los habitantes de la ciudad. Una ambientación sencilla pero muy trabajada,
que está presente de forma constante y que consigue crear inquietud y malestar.
