Todo ocurre en una
tranquila villa de provincias francesa, a principios de los años treinta.
Silvio, el narrador, ha dilapidado su fortuna recorriendo mundo. A los sesenta
años, sin mujer ni hijos, sólo le queda esperar la muerte mientras se dedica a observar
la comedia humana en este rincón de Francia donde, aparentemente, nunca sucede
nada. Un día, sin embargo, una muerte trágica quiebra la placidez de esa
sociedad cerrada y hierática. A partir de allí, emergen uno tras otro los
secretos del pasado, hechos ocultados cuidadosamente que demuestran cómo la
pasión juvenil, ese ardor de la sangre, puede trastornar el curso de la vida.
Como en el juego de las cajas chinas, las confesiones se suceden hasta llegar a
una última y perturbadora revelación.
Cuando me toca hacer frente por primera vez a una autora tan
aclamada como Irène Némirovsky, tengo por costumbre hacerlo con alguna de sus
novelas menos conocidas. Es algo así como dejarse el mejor bocado para el
final. En este caso, supongo, la gran obra sería "Suite francesa".
Por eso voy a postergarla, y por eso mismo decidí empezar por "El ardor de
la sangre", una obra quizá menor de la autora, que vio la luz por primera
vez en 2004, muchos años después de su muerte en Auschwitz.
"El ardor de la sangre" se ambienta en la campiña
francesa, a principios de los años treinta. Confieso que el entorno rural no
acaba de seducirme, quizá porque la niña que yo fui no siente tan lejos esa
sociedad cerrada, poblada de gente bien, cuyo sonido más característico es el de
la murmuración. En donde yo me crié, también se hablaba de los hijos que eran
de otro padre, o de los hombres que visitaban a escondidas a mujeres casadas que
luego iban a comulgar.
Partiendo de esa misma premisa, Némirovsky traza una novela
de personajes, en la que el narrador, Silvio, actúa apenas como observador de
las vidas de los demás, y su presencia sólo tendrá cierta relevancia al final,
cuando se acaben de destapar todos los secretos. A través de sus ojos,
conocemos a su prima Hèléne y a su esposo, François, un matrimonio perfecto en
apariencia; a la hija de estos, Colette, y a su esposo, Jean Dorin, cuya
trágica muerte destapará la caja de los secretos y las habladurías. Némirovsky
nos propone un viaje al interior de sus personajes, a su psicología y su
pasado, al tiempo en que se dejaron llevar por una pasión que ahora resuena,
lejana y absurda, en sus cabezas.
Hay algo, claro, de crítica social en esta novela breve,
pero hay, sobre todo, una exaltación del amor más puro, el que sólo se puede
vivir a ciertas edades, ese que nos enloquece. Y en contraposición, la
perspectiva de ese mismo ardor visto tras el paso de los años, con la distancia
que otorga el tiempo y la vejez.

