“A los once años yo era un niño huérfano de madre. Mantenía intactas, sin embargo, la sonrisa y la inocencia. Pero leer aquella carta me convirtió en el hijo de una mujer asesinada y vengar su muerte, en un homicida.”
Así da comienzo
“Estricnina”, asestando un puñetazo brutal al lector, contándole a las claras
que aquel que te contará la historia, tu hilo conductor, tu narrador, es un
asesino. Sus motivos también se exponen en las primeras páginas. Sin embargo,
esa contundencia inicial da paso, muy pronto, a una historia mucho más sosegada
y costumbrista, plagada de referencias a la niñez y la inocencia.
Ignacio es un tipo
anodino, un hombre gris como su pasado, gris como su repentina transición a la
madurez cuando descubre que el cura para el que ejercía de monaguillo fue el
asesino de su madre. En un arrebato de ira, Ignacio acaba convirtiéndose en el
verdugo del párroco. Años más tarde, el azar le lleva a reencontrarse con
Adeline, la niña francesa que veraneaba en su barrio. Y al volver a ella, ha de
retornar también a su pasado.
Contada en dos líneas
temporales alternas, me ha parecido especialmente lograda la más antigua de
ella, la que se ubica en la niñez del protagonista en Logroño. Quizá porque la
ambientación resulta entrañable para una niña de pueblo como yo, que también
jugaba en la calle Datrás y Dalante. Mercedes Sáenz logra dibujar
con mucho acierto a esa ciudad pequeña, con aroma a pueblo, en el que las
beatas conforman casi un movimiento social que hace y deshace, que todo lo
conoce.
No me ha entusiasmado
tanto la línea temporal ubicada en la actualidad, quizá porque toda ella se
impregna del carácter deslavazado de Ignacio. Me ha parecido que la puesta en
marcha de los engranajes que conducen al protagonista hacia su pasado resulta
algo forzada, plagada de pequeñas casualidades y de algún comportamiento que no
he terminado de entender.
El estilo de la autora me
ha sorprendido gratamente, me ha parecido que su prosa era la de alguien con
más oficio y no parece, en ningún caso, la propia de una primeriza en esto de
las letras. Desprende además un aire de nostalgia que casa a la perfección con
la historia que nos está contando. El único pero que le pondría es que he
encontrado ciertas expresiones que me han resultado chocantes, quizá porque
introducen una nota de humor que me sonaba discordante con el resto.
“Estricnina” me ha
resultado una lectura grata, bien narrada y tejida, ambientada entre Logroño y
Mérida, dos parajes que la literatura patria no frecuenta con asiduidad y que
quizá, por eso mismo, me ha resultado tan agradable transitar. A pesar de
algunos aspectos a pulir, me quedo con la sensación de que estamos ante una
autora a la que hay que seguir la pista.
