Querido diario:
Por fin he conocido al
dichoso Gordon. Me habían hablado tanto de él que no veía el momento de
encontrármelo y poder opinar, al fin, de su persona. Y qué persona… No. Pongamos
todas las letras. Qué personaje.
Sabes bien, querido
diario, que no soy muy dada a la algarabía y la carcajada literaria. Que con
una cerveza en la mano y el ambiente adecuado, puedo reírme hasta de mi sombra.
Pero por escrito, lo sabes, el que me quiera sacar la risa se tiene que
trabajar la suela. Así que ya te imaginarás, con semejantes antecedentes, que
no, no me he reído demasiado con Gordon. No me gustan los misóginos, no me
hacen gracia las vomitonas y los pedos de ascensor. Llámame rara.
Había leído ya antes a
Marcos Chicot, y alabo su prosa y su valentía para, a estas alturas, sacar del
cajón a Gordon. Porque muchos de los que han leído sus thrillers históricos con
gusto podrían frenar en seco al toparse con semejante sucesión de situaciones
inverosímiles, incluso dentro de su contexto,
y a mi parecer, siempre a mi parecer, carentes de gracia. Entiéndeme,
querido diario, cuando digo esto. Y no olvides nunca que igual es cosa mía, que
seguro que hay un público para el humor de Gordon. Pero es que yo, la sal
gorda, sólo con la lubina al horno.
No todo lo que te voy a
contar es malo, lo prometo. Quiero redimirme y ser una persona mejor, contar
cosas bonitas de todo lo que leo, intentar encontrar el lado bueno de las
cosas. Aunque me cueste. Así que te confesaré que “Diario de Gordon” está bien
escrito, que se nota que Chicot tiene oficio, que le gusta jugar con la
palabra. Y también se nota que se lo pasó bien escribiendo esta historia, y le
agradezco la franqueza al hacerlo. Que el ejercicio al que nos invita, el hecho
de mirar el mundo a través de los ojos de alguien como Gordon, es interesante.
