“El canto
del cuco” es una novela que agradece que el lector se acerque a ella bajo dos
condiciones: no haber leído reseñas al respecto y no saber quién se esconde
bajo el seudónimo de Robert Galbraith. Siento que bajo ese prisma, la novela se
lee con otra luz, y se lee mejor.
Quizá era yo
el único ser de este planeta que no sabía que Galbraith era realmente J. K.
Rowling. De haberlo hecho, posiblemente, esta reseña tendría un enfoque
distinto. Prejuicios. Pero resulta que empecé a leer sin tener ni idea de ello,
y habiendo leído además varias reseñas que ponían la novela a caldo. Lenta,
tibia, aburrida, floja…
Clásica.
Elegantemente clásica. Así la definiría yo.
Alejada de
los cánones de la novela negra actual, más proclive a los asesinos en serie que
dejan tras de sí un rastro indeleble de vísceras y destrucción, aquí no hay más
sangre que la de ese frágil Cuco roto sobre el asfalto. No hay sofisticadas
torturas (excepto si eres ex fumadora, porque los protagonistas se pasan la
novela dándole al cigarrito, lo que ayuda a crear atmósfera pero te destroza la
firme convicción de no volver a dar una calada). No hay ADN que contrastar,
sino huellas sobre la alfombra.
Carece
también de giros constantes, y nos ofrece a cambio un ritmo pausado pero
mantenido, sin altibajos, con un buen uso de los diálogos y una prosa
fantástica que se desliza ocasionalmente, y de forma acertada, sobre un fondo
de oscuro humor británico (si es que esa combinación es, en algún modo,
posible).
El
protagonista es un detective de antes de los de manual. Jodido, muy jodido,
todo lo jodido que se puede estar física y emocionalmente. Abandonado por su
prometida, sin tener donde caerse muerto, arrastrando una pierna ortopédica,
una cama plegable y un hervidor de agua. Fumador empedernido, proclive a los
excesos alcohólicos y con un pasado que le atormenta cuando le viene en gana.
Cormoran Strike es el alma de la novela. Un personaje construido con todos los
requerimientos básicos del género y que es, además, absolutamente encantador,
inteligente, sagaz. En búsqueda constante de la pregunta adecuada para
desentrañar el misterio.
Como no
podía ser de otro modo, el detective siempre ha de tener una eficiente
ayudante. Robin cumple a la perfección con su papel de Watson, equilibra las
personalidades del dúo protagonista y aporta un punto de frescura y alivio a la
atormentada personalidad de Strike. Entre ambos se crea una química más que palpable
que daría para unas cuantas entregas más.
La
ambientación es otro de los puntos fuertes de la novela. Las calles de Londres
se convierten en algo más que puro elemento paisajístico, toman cuerpo y se
funden, como un protagonista más, con la narración, evocando lugares y estados
de ánimo bajo su niebla y su lluvia constante. Calles, puentes, edificios de
ladrillo rojo, pubs londinenses y taxis negros… una perfecta atmósfera
británica y un perfecto caldo de cultivo para la trama.
