Mostrando entradas con la etiqueta J. K. Rowling. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta J. K. Rowling. Mostrar todas las entradas

martes, 10 de junio de 2014

"El canto del cuco", por Robert Galbraith.

“El canto del cuco” es una novela que agradece que el lector se acerque a ella bajo dos condiciones: no haber leído reseñas al respecto y no saber quién se esconde bajo el seudónimo de Robert Galbraith. Siento que bajo ese prisma, la novela se lee con otra luz, y se lee mejor.

Quizá era yo el único ser de este planeta que no sabía que Galbraith era realmente J. K. Rowling. De haberlo hecho, posiblemente, esta reseña tendría un enfoque distinto. Prejuicios. Pero resulta que empecé a leer sin tener ni idea de ello, y habiendo leído además varias reseñas que ponían la novela a caldo. Lenta, tibia, aburrida, floja…
Clásica. Elegantemente clásica. Así la definiría yo.

Alejada de los cánones de la novela negra actual, más proclive a los asesinos en serie que dejan tras de sí un rastro indeleble de vísceras y destrucción, aquí no hay más sangre que la de ese frágil Cuco roto sobre el asfalto. No hay sofisticadas torturas (excepto si eres ex fumadora, porque los protagonistas se pasan la novela dándole al cigarrito, lo que ayuda a crear atmósfera pero te destroza la firme convicción de no volver a dar una calada). No hay ADN que contrastar, sino huellas sobre la alfombra.

Carece también de giros constantes, y nos ofrece a cambio un ritmo pausado pero mantenido, sin altibajos, con un buen uso de los diálogos y una prosa fantástica que se desliza ocasionalmente, y de forma acertada, sobre un fondo de oscuro humor británico (si es que esa combinación es, en algún modo, posible).

El protagonista es un detective de antes de los de manual. Jodido, muy jodido, todo lo jodido que se puede estar física y emocionalmente. Abandonado por su prometida, sin tener donde caerse muerto, arrastrando una pierna ortopédica, una cama plegable y un hervidor de agua. Fumador empedernido, proclive a los excesos alcohólicos y con un pasado que le atormenta cuando le viene en gana. Cormoran Strike es el alma de la novela. Un personaje construido con todos los requerimientos básicos del género y que es, además, absolutamente encantador, inteligente, sagaz. En búsqueda constante de la pregunta adecuada para desentrañar el misterio.

Como no podía ser de otro modo, el detective siempre ha de tener una eficiente ayudante. Robin cumple a la perfección con su papel de Watson, equilibra las personalidades del dúo protagonista y aporta un punto de frescura y alivio a la atormentada personalidad de Strike. Entre ambos se crea una química más que palpable que daría para unas cuantas entregas más.

La ambientación es otro de los puntos fuertes de la novela. Las calles de Londres se convierten en algo más que puro elemento paisajístico, toman cuerpo y se funden, como un protagonista más, con la narración, evocando lugares y estados de ánimo bajo su niebla y su lluvia constante. Calles, puentes, edificios de ladrillo rojo, pubs londinenses y taxis negros… una perfecta atmósfera británica y un perfecto caldo de cultivo para la trama.

Así, despacito y con buena letra, la autora nos conduce hasta un final que a mí personalmente me ha resultado acertado, aunque aderezado con una serie de giros previos a su resolución algo innecesarios pero tampoco excesivos (sin llegar al nivel de mareo y desorientación de novelas como “La verdad sobre el caso Harry Quebert” o similares). Una historia para disfrutar sin prisa y, a ser posible, con un Earl Grey caliente entre las manos mientras llueve fuera.