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martes, 23 de septiembre de 2014

"El corredor del laberinto", por James Dashner

Ay. Algunos autores de novela juvenil no leyeron la letra pequeña del decálogo de “El buen autor de novela juvenil”. Y se pasaron por el arco del triunfo el apartado aquel de “Sus lectores son jóvenes, pero no son tontos”. Que alguien le traiga unas gafas a James Dashner, o se lo lea en voz alta o algo…

A estas alturas, imagino que todos habéis oído hablar de la novela y sabéis un poquito de qué va. Por su acaso, aquí tenéis la sinopsis y el tráiler de su adaptación cinematográfica, que se ha estrenado recientemente. No me negaréis que la premisa es buena. El laberinto es un clásico, y yo me moría por echarle un ojo a Thomas, al que  imaginaba como un Teseo moderno y repeinado, que habría de resolver complejos enigmas para tratar de liberarse.

Otra vez ay. Porque la cosa se queda en eso. En una buena idea, sin más. James Dashner falla estrepitosamente en dos aspectos fundamentales: el primero y principal, el desarrollo de sus personajes. Planos, insustanciales. No evolucionan, ni vienen ni van a ninguna parte. Todos son tópicos con patas: el líder simpático que ayuda al protagonista, el líder malhumorado, la chica… Y a todos les pasan cosas que se ven venir desde el principio. El autor no tiene recursos para entretener ni emocionar más allá de lo de siempre. De hecho, ocurre algo hacia al final que de puro simplón, ni me conmovió lo más mínimo, cuando lo normal habría sido llorar como una magdalena.

Tampoco funciona demasiado bien ése lenguaje inventado, que no va más allá de cuatro o cinco palabras, que James Dashner introduce en su historia, supongo que para dotarla de cierta originalidad. En lugar de ello, lo que consigue es que todos los personajes, independientemente de su situación, su edad o sus circunstancias, se expresen exactamente del mismo modo, lo que les resta personalidad y credibilidad. Cada vez que leía eso de cara fuco, me acordaba de Álex, el protagonista de “La naranja mecánica”. En la mítica novela de Anthony Burgess también aparece una jerga inventada, pero que en este caso, sí funcionaba (y entorpecía a partes iguales). La cuestión es que Thomas, tan pusilánime y tan lleno de preguntas, le habría durado poquito a mi querido Álex.

Divagaciones aparte, ocurre lo mismo con el desarrollo de la historia. Un tópico tras otro, la información se dosifica a través de los recursos más simples. Thomas va recordando oportunamente, callando cuando es necesario, hasta que llega un momento en que sientes que llevas leídas cientos de páginas y realmente, no ha pasado nada. Había leído en varias reseñas que “El corredor del laberinto” era una novela adictiva. Yo he tardado casi dos meses en leerla y he tenido mis serias dudas acerca de si iba o no a terminarla.

En resumidas cuentas, que me he aburrido bastante. Y teniendo en cuenta que lo único que esperaba de este título era un poco de entretenimiento, sin más, calificarlo de decepcionante se queda corto.