Ay. Algunos autores de novela juvenil no leyeron la letra
pequeña del decálogo de “El buen autor de
novela juvenil”. Y se pasaron por el arco del triunfo el apartado aquel de “Sus lectores son jóvenes, pero no son
tontos”. Que alguien le traiga unas gafas a James Dashner, o se lo lea en
voz alta o algo…
A estas alturas, imagino que todos habéis oído hablar de la
novela y sabéis un poquito de qué va. Por su acaso, aquí tenéis la sinopsis y
el tráiler de su adaptación cinematográfica, que se ha estrenado recientemente.
No me negaréis que la premisa es buena. El laberinto es un clásico, y yo me
moría por echarle un ojo a Thomas, al que
imaginaba como un Teseo moderno y repeinado, que habría de resolver
complejos enigmas para tratar de liberarse.
Otra vez ay. Porque la cosa se queda en eso. En una buena
idea, sin más. James Dashner falla estrepitosamente en dos aspectos
fundamentales: el primero y principal, el desarrollo de sus personajes. Planos,
insustanciales. No evolucionan, ni vienen ni van a ninguna parte. Todos son
tópicos con patas: el líder simpático que ayuda al protagonista, el líder
malhumorado, la chica… Y a todos les pasan cosas que se ven venir desde el
principio. El autor no tiene recursos para entretener ni emocionar más allá de
lo de siempre. De hecho, ocurre algo hacia al final que de puro simplón, ni me
conmovió lo más mínimo, cuando lo normal habría sido llorar como una magdalena.
Tampoco funciona demasiado bien ése lenguaje inventado, que no va más allá de cuatro o cinco palabras, que James Dashner introduce en su historia, supongo que para dotarla de cierta originalidad. En lugar de ello, lo que consigue es que todos los personajes, independientemente de su situación, su edad o sus circunstancias, se expresen exactamente del mismo modo, lo que les resta personalidad y credibilidad. Cada vez que leía eso de cara fuco, me acordaba de Álex, el protagonista de “La naranja mecánica”. En la mítica novela de Anthony Burgess también aparece una jerga inventada, pero que en este caso, sí funcionaba (y entorpecía a partes iguales). La cuestión es que Thomas, tan pusilánime y tan lleno de preguntas, le habría durado poquito a mi querido Álex.
Divagaciones aparte, ocurre lo mismo con el desarrollo de la
historia. Un tópico tras otro, la información se dosifica a través de los
recursos más simples. Thomas va recordando oportunamente, callando cuando es
necesario, hasta que llega un momento en que sientes que llevas leídas cientos
de páginas y realmente, no ha pasado nada. Había leído en varias reseñas que
“El corredor del laberinto” era una novela adictiva. Yo he tardado casi dos
meses en leerla y he tenido mis serias dudas acerca de si iba o no a terminarla.

