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miércoles, 15 de febrero de 2017

"Hacia rutas salvajes", por Jon Krakauer.

En abril de 1992, Chris McCandless , recién graduado por la Universidad Emory de Atlanta e hijo de una familia adinerada, se adentró en los bosques de Alaska sin más equipaje con una pequeña mochila y unos kilos de arroz. Cuatro meses más tarde, una partida de cazadores de alces encontró su cuerpo en un autobús abandonado junto a La Senda de la Estampida. No es una sinopsis, ni un resumen propiamente dicho, sino que ocurrió así. De verdad. En el libro que hoy os traigo, su autor, Jon Krakauer, repasa el periplo de McCandless e indaga en las causas que le condujeron a la muerte. De eso va “Hacia rutas salvajes”.

En enero de 1993, Krakauer publicó un artículo para la revista Outsider que sería la antesala de la novela que hoy os traigo. Causó tal fascinación entre los lectores, y entre el mismo autor, que éste se lanzó a una investigación mucho más pormenorizada y exhaustiva de la figura de Christopher McCandless. Ya avisa Krakauer en el prólogo de su incapacidad para ser un biógrafo imparcial, y así se siente a lo largo de los dieciochos capítulos que componen la novela, en la que se palpa la admiración del autor por la figura de Chris. Un niño que lo tenía todo, pero que decidió buscar en lo básico su propia felicidad.

“La dicha de vivir proviene de nuestros encuentros con experiencias nuevas y de ahí que no haya mayor dicha que vivir con unos horizontes que cambian sin cesar, con un sol que es nuevo y distintos cada día. Si quieres obtener más de la vida, debes renunciar a una existencia segura y monótona.”

La figura de McCandless no causa, desde luego, indiferencia. A unos les parecerá un loco, un desaprensivo, un idiota o un arrogante. Para otros es casi un ídolo, un ejemplo a seguir. Pero lo que es innegable es que su idealismo conduce a la reflexión, invita a pensar en cómo sería una vida más sencilla, volviendo a los orígenes, supliendo los excesos de nuestra vida acomodada a base de nuevas emociones. Yo no esperaba, sinceramente, que una historia como esta pudiera tocarme tanto. Pero de alguna forma, conseguí empatizar con McCandless de un modo extraño. Y en ningún momento me pareció un idiota, ni un loco, sino un niño inmaduro, quizá dolido con un padre al que sobró dinero y mano firme y al que le faltó comprensión, mimado en exceso en lo material, en permanente búsqueda de una relación de verdad.

El estilo de Krakauer, aunque aséptico, objetivo y alejado de sentimentalismos, destila una absoluta devoción por la figura de McCandless, e incluso introduce un par de paréntesis en la historia para narrar su propia aventura en el Pulgar del Diablo, con la que trata de introducir ciertos paralelismos entre el protagonista de su narración y él mismo. Lo cierto es que me han parecido la parte más prescindible de esta historia.

Sé que os traigo hoy una historia que para muchos será poco atractiva a priori, acostumbrados como estamos a narraciones con más ritmo, menos reflexivas. Reconozco que ni yo misma esperaba acabar tan imbuida por el personaje de McCandless y su aventura, pero acabé cerrando el libro con lágrimas en los ojos y bastante tocada emocionalmente. Supongo que es una razón tan buena como otra para animaros a leerlo.