El 9 de julio de 1961
es un gran día para la familia Chassaing y los habitantes del pequeño
pueblo en el que viven: hoy llegará el primer televisor al lugar, y el
novedoso aparato les traerá las imágenes del hijo mayor, Henri,
destinado a la guerra de Argelia. Todo el mundo está invitado al gran
acontecimiento que marcará las vidas de estos recién nacidos
telespectadores.
Durante el día en el que transcurre la novela, el lector se enfrenta a la muerte, el adulterio, la mentira, y a una revelación en la que la Historia en mayúscula se mezcla con la historia de una familia que ya no volverá a ser la misma.
"Un obrero es como un viejo neumático,
cuando revienta,
ni reventar se le oye."
Jacques Prévert, Citroën, 1933
Poema en apoyo a la Huelga de los obreros.
Empieza esta novela con esa cita del Poema en apoyo a la
Huelga de los obreros, escrito por Jacques Prévert en 1933. Mi padre ha sido
obrero toda su vida. Mis abuelos trabajaron en el campo, siempre para otros, y
se los comieron a turnos el frío, el sol y el hambre. No sé si eso justifica
que ese cita inicial me provocase un vuelco en el estómago. Sí sé que empecé la
novela al borde de las lágrimas, y del mismo modo la terminé.
" Era la primera vez que pensaba en la felicidad al mismo tiempo
que en terminar su vida. Quizá porque ese deseo del fin estaba arraigado en él
desde hacía mucho tiempo, como una bala que se hubiera alojado en su cuerpo sin
matarlo. En Albert, la bala imaginario estaba alojada muy cerca de su
corazón."
Jean - Luc Seigle nos sitúa en el 9 de Julio de 1961, el día
en que se desarrolla, a lo largo de sus 236 páginas, esta historia. Amanecemos
junto a Albert, nos asomamos a su rostro poblado de sudor, a la quietud de su
dormitorio y su hogar, en el que todos duermen menos él. Albert mira a Suzanne,
que permanece inmóvil al otro lado de la cama. Piensa en su madre, esa anciana
frágil que posiblemente habrá pasado la noche con los ojos abiertos como
platos. Piensa en su hijo Gilles, el que lee a todas horas pero no se apaña con
la ortografía. No piensa en Henri, su hijo destinado en la guerra de Argelia.
Enseguida llega la mañana en todo su esplendor, y recorremos
el día en que el televisor llegará al hogar de los Chassaing, una pantalla que
les permitirá asomarse a la guerra y recuperar el rostro de su hijo. Y así
discurren la tarde, el crepúsculo, la noche y la mañana del día siguiente.
Estructura en siete partes que recorren las distintas fases
del día, Jean - Luc Seigle se vale de una narración sencilla, dotada de una
intensa intimidad, para hablarnos de la pérdida, el deseo, la necesidad de amar
y ser amado o la imposibilidad de retener el tiempo que se va. Es imposible no
caer rendida a los pies de un personaje como Albert, el sereno padre de
familia, que esconde bajo su apariencia imperturbable una bala imaginaria que
se esfuerza por mover, a ver si por fin le alcanza el corazón. A Albert le
cuesta tanto sostener su pasado como su presente, del futuro ni se habla.
A su alrededor orbitan el resto de personajes de la novela:
la esposa, Suzanne, rejuvenecida e inexplicablemente más bella tras la partida
del hijo, quizá porque necesita volver a cuidar de sí misma para no volverse
loca; Gilles, el entrañable hijo
pequeño, al que las frases del "Eugène Grandet" de Balzac se le
antojas sinuosas, pero que se esfuerza por seguirlas; la apacible Madeleine,
tan frágil...
Una galería de personajes y escenas, como esa en la que
Albert entra en el dormitorio de su madre para asearla por primera vez, que
hacen que sea esta una lectura que merece la pena abordar. Sólo por ese
instante, por ese puñado de páginas, ya os diría que la leáis. Pero es que hay
más. Hay unos personajes tan humanos, tan de verdad; hay ternura, hay tristeza,
pero también hay un canto a la esperanza, a la posibilidad real, por remota que
parezca, de salir adelante. Aunque para ello haya que dejar ir al niño que
fuimos.
